PARTE 2: DIEZ MINUTOS DESPUÉS DE QUE ETHAN CANCELARA NUESTRA BODA PARA HUMILLARME, ME VIO CASARME CON EL HOMBRE QUE SIEMPRE HABÍA ESTADO DISPUESTO A ELEGIRME.

Adrian tomó mi mano y caminamos hacia la máquina de turnos.

Detrás de nosotros nadie volvió a reír.

La empleada revisó nuestros documentos y levantó las cejas.

—Han tenido suerte. Queda un último turno disponible.

Antes de que pudiera responder, Ethan apareció a mi lado.

—Grace, ya fue suficiente.

Lo miré.

Por primera vez desde que lo conocía, no vi al hombre que amaba. Vi a alguien que estaba furioso porque su juguete había dejado de obedecerle.

—Apártate.

Ethan soltó una risa seca.

—¿De verdad vas a casarte con un hombre al que rechazaste durante años solo para castigarme?

Adrian permaneció en silencio.

No necesitaba defenderme.

Eso, extrañamente, me dio más valor.

—Tú cancelaste nuestro turno —dije—. Ya no tienes nada que hacer aquí.

—Era una broma.

—Para ti.

Chloe se acercó rápidamente.

—Grace, todos exageramos un poco. Pero casarte por despecho es una locura.

La miré.

—¿Apostaste cuánto tardaría en descubrir que habían cancelado mi boda?

Chloe palideció.

—Yo…

—Entonces no vuelvas a llamarte mi mejor amiga.

Su expresión se quebró.

Ethan dio un paso hacia mí.

—Vas a arrepentirte.

Adrian se interpuso por primera vez.

No lo empujó.

Ni levantó la voz.

Solo se colocó entre nosotros.

—Ella te pidió que te apartaras.

Ethan lo miró con desprecio.

—Esto no tiene nada que ver contigo.

Adrian bajó la vista hacia el número que sostenía en su mano.

—Dentro de unos minutos tendrá bastante que ver conmigo.

La cara de Ethan se endureció.

La pantalla cambió.

Nuestro número apareció.

Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que por un instante tuve miedo.

No de Adrian.

De mí misma.

Cinco años no desaparecían en diez minutos.

Cinco años de perseguir a Ethan, justificarlo y convencerme de que algún día me amaría como yo necesitaba no podían borrarse con un acto de orgullo.

Adrian debió notarlo.

Antes de entrar, soltó suavemente mi mano.

—Todavía puedes detenerte.

Lo miré sorprendida.

—¿No estás enfadado?

—Grace, he querido casarme contigo durante mucho tiempo.

Hizo una pausa.

—Precisamente por eso no quiero conseguirte en un momento en que no puedas decidir con claridad.

Aquellas palabras terminaron de romper algo dentro de mí.

Ethan siempre había utilizado cuánto lo amaba para hacerme esperar.

Adrian estaba haciendo exactamente lo contrario.

Me estaba dando una salida.

Miré hacia atrás.

Ethan seguía allí.

Esperaba.

Y entonces comprendí qué esperaba.

Que corriera hacia él.

Que llorara.

Que pidiera perdón por haberlo asustado.

Que volviera a ocupar el lugar donde siempre me había tenido.

Sonreí.

Luego volví a tomar la mano de Adrian.

—Estoy segura.

Entramos.

La empleada comenzó a revisar nuestros documentos.

Nombre.

Identificación.

Estado civil.

Firmas.

Todo avanzó con una sencillez casi absurda.

Hasta que la puerta se abrió de golpe.

—¡Grace!

Ethan.

La empleada levantó la cabeza.

—Señor, debe esperar fuera.

—Ella no está pensando con claridad.

Me puse de pie.

—Estoy perfectamente bien.

Ethan me miró fijamente.

—Cinco años, Grace.

Su voz finalmente perdió aquella seguridad arrogante.

—¿Vas a tirar cinco años por una broma?

Sentí un dolor pequeño y profundo.

Pero no retrocedí.

—No.

Negué lentamente.

—Los cinco años los tiraste tú cuando convertiste mi deseo de casarme contigo en entretenimiento para tus amigos.

Ethan se quedó mudo.

Me senté otra vez.

Firmé.

Adrian firmó después.

Cuando la empleada estampó el último sello, escuché un sonido detrás de mí.

Algo había caído al suelo.

Era la carpeta de Ethan.

Nadie la recogió.

La funcionaria sonrió.

—Felicidades.

Miré el documento.

Grace Cole.

Durante cinco años había imaginado otro apellido después de mi nombre.

Pensé que sentiría tristeza.

En cambio, respiré como si acabaran de abrir una ventana en una habitación donde llevaba demasiado tiempo encerrada.

Adrian se inclinó ligeramente.

—Señora Cole.

Me reí por primera vez aquel día.

Una risa real.

Detrás de nosotros, Ethan tenía el rostro completamente blanco.

Chloe se acercó a él.

—Ethan…

Él apartó su mano.

—Cállate.

Entonces me miró.

—Grace, ven conmigo. Hablaremos solos.

Adrian no intervino.

Yo tampoco necesitaba que lo hiciera.

—No tenemos nada que hablar.

—No puedes irte con él.

—Acabo de casarme con él.

Aquella frase pareció finalmente atravesarlo.

Ethan avanzó un paso.

—Tú me amas.

Silencio.

Sus ojos estaban rojos.

—Me has amado desde la universidad.

Asentí.

—Sí.

Su expresión recuperó una chispa de esperanza.

Pero terminé la frase.

—Y ese fue exactamente el problema. Te amé tanto que te convenciste de que podías hacerme cualquier cosa y yo seguiría esperando.

La esperanza desapareció.

Tomé mi bolso.

Adrian recogió nuestros documentos.

Íbamos hacia la salida cuando Chloe corrió detrás de mí.

—Grace, espera.

No quería hacerlo.

Pero algo en su voz me detuvo.

Chloe parecía realmente asustada.

—Hay algo que debes saber.

Ethan giró bruscamente.

—Chloe.

Ella lo ignoró.

—La cancelación del turno no fue idea de todos.

La miré.

—¿Qué quieres decir?

Chloe tragó saliva.

—Ethan lo planeó.

—Eso ya lo sé.

—No.

Negó con la cabeza.

—No sabes por qué.

Ethan avanzó.

—Cierra la boca.

Adrian se colocó discretamente junto a mí.

Chloe sacó su teléfono.

—Ayer Ethan nos dijo que cancelaría el turno para comprobar hasta dónde estabas dispuesta a humillarte por él.

Sentí náuseas.

Pero Chloe continuó.

—Había una apuesta.

Abrió el chat del grupo.

Vi mi nombre.

Vi fotografías mías.

Vi mensajes.

Y después vi una cifra.

Cincuenta mil dólares.

—¿Qué es esto?

Chloe bajó la voz.

—El dinero que apostaron a que, después de descubrir la cancelación, tú misma pedirías otro turno y terminarías rogándole a Ethan que se casara contigo.

Mis dedos se enfriaron.

Adrian tomó el teléfono.

Leyó varios mensajes.

Su expresión cambió.

—Grace.

—¿Qué?

Me mostró una captura.

Ethan había escrito:

«Puede enfadarse todo lo que quiera. Grace jamás me dejará.»

Debajo había otro mensaje.

Mucho peor.

«Después de hoy entenderá quién decide cuándo nos casamos.»

Le devolví el teléfono a Chloe.

Ya no sentía dolor.

Sentía vergüenza de haber permitido durante tanto tiempo que aquel hombre confundiera mi amor con debilidad.

Ethan intentó acercarse.

—Grace, estaba enfadado cuando escribí eso.

Retrocedí.

—No me toques.

Entonces Adrian habló.

—Nos vamos.

Salimos del registro civil.

Creí que aquello sería el final.

Pero Ethan nos siguió hasta las escaleras.

—Adrian.

Nos detuvimos.

—¿Crees que has ganado?

Adrian giró lentamente.

—Esto nunca fue una competición.

—Para ti quizá no.

Ethan sonrió de una forma extraña.

—Pregúntale a Grace por qué nuestras familias jamás permitieron que ustedes dos estuvieran juntos.

Fruncí el ceño.

—¿De qué estás hablando?

Adrian se quedó completamente inmóvil.

Lo miré.

—Adrian.

No respondió.

Y aquella reacción me inquietó mucho más que las palabras de Ethan.

—¿Qué sabe él?

Adrian apretó la carpeta con nuestros documentos.

—Grace, deberíamos irnos.

Ethan soltó una carcajada amarga.

—Claro. Llévatela antes de que descubra la verdad.

—¿Qué verdad?

Ethan me sostuvo la mirada.

—Pregúntale a tu nuevo marido qué ocurrió realmente hace cinco años, la noche anterior a que tú y yo empezáramos a salir.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Miré a Adrian.

Esperaba que se riera.

Que dijera que Ethan estaba mintiendo.

Pero Adrian no lo hizo.

Su rostro había perdido todo color.

Y entonces comprendí algo aterrador.

El hombre con quien acababa de casarme en diez minutos llevaba cinco años guardándome un secreto.

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