Durante unos segundos no pude moverme.
El anillo de Adrian seguía sobre la mesa.
Daniel estaba frente a mí con aquella expresión satisfecha que conocía demasiado bien.
Como si después de traicionarme, casarse con mi mejor amiga y arrodillarse ante mí durante su propia boda, todavía creyera que todo aquello terminaba con él recuperándome.
Entonces entendí algo.
No quería a Daniel.
Ni siquiera quería vengarme de él.
Quería alcanzar al hombre que acababa de marcharse.
Cogí el anillo.
—Sophie.
Daniel intentó detenerme.
Me aparté.
—No me toques.
—Espera. Tenemos que hablar.
—Tú tienes una esposa con la que hablar.
Olivia seguía a pocos metros.
Tenía lágrimas en las mejillas.
Pero ya no sentí pena por ninguno de los dos.
Salí del salón.
La lluvia golpeaba las cristaleras del hotel con tanta fuerza que apenas podía verse el exterior.
Adrian estaba cruzando el vestíbulo.
—¡Adrian!
No se detuvo.
Corrí tras él.
Lo alcancé justo cuando un empleado abría la puerta principal.
—Espera.
Adrian se volvió.
Nunca lo había visto mirarme así.
No había enfado.
Eso habría sido más fácil.
Había decepción.
—Vuelve dentro, Sophie.
—No.
—Daniel te está esperando.
—No quiero a Daniel.
Una sonrisa fría apareció en sus labios.
—Hace diez minutos no parecías tan segura.
Aquello me dolió.
—Me sorprendió.
—Claro.
—Adrian…
—¿Qué quieres que diga?
Su voz seguía tranquila.
—Acepté exactamente lo que propusiste. Seis meses. Una boda. Algunas fotografías. Un matrimonio útil.
—No tienes que decirlo así.
—¿Cómo quieres que lo diga?
Finalmente perdió aquella calma.
—¿Quieres que finja que no sabía por qué me elegiste?
Di un paso hacia él.
—Nunca te mentí.
—No. Ese es precisamente el problema.
Me quedé quieta.
Adrian miró hacia la lluvia.
—Siempre fuiste brutalmente sincera conmigo.
Entonces volvió a mirarme.
—Excepto cuando empezaste a hacerme creer que quizá aquello había dejado de ser una actuación.
Mi respiración se cortó.
—¿Qué?
Adrian soltó una risa amarga.
—Olvídalo.
Intentó marcharse.
Le sujeté la manga.
—No.
Sus ojos bajaron hacia mi mano.
—Suéltame.
—No hasta que me expliques eso.
—No hay nada que explicar.
—Has dicho que te hice creer algo.
—Sophie.
—¿Qué creíste?
Su mandíbula se tensó.
Durante siete años había visto a Adrian discutir con jefes de departamento, enfrentarse a cirujanos veinte años mayores y permanecer imperturbable mientras una vida dependía de sus manos.
Pero en aquel momento evitaba mis ojos.
Y eso me asustó más que cualquier respuesta.
—Creí que podías querer quedarte —dijo finalmente.
No supe qué decir.
El ruido de la lluvia llenó el silencio.
Adrian miró mi rostro y pareció interpretar mi sorpresa como rechazo.
—Exactamente.
Se soltó de mí.
—Por eso terminamos aquí.
—Adrian…
—El contrato ha terminado.
—Faltan tres meses.
—No los quiero.
Aquellas cuatro palabras me dolieron de una manera absurda.

—¿Y el hospital? ¿Los eventos? ¿Todo lo que dijimos?
—Mis abogados pueden encargarse.
—¿Tus abogados?
—Prepararán la anulación si eso es lo que quieres.
Anulación.
La palabra hizo que el pecho me ardiera.
Entonces la puerta del hotel se abrió detrás de nosotros.
—Sophie.
Daniel.
Adrian cerró los ojos un instante.
—Perfecto.
Me giré.
Daniel había salido sin chaqueta.
—Necesito explicarte lo del contrato.
—No necesito nada de ti.
—Sí, porque hay algo que Hughes no te ha contado.
Adrian se puso rígido.
Lo noté.
Daniel también.
Y sonrió.
—Pregúntale por qué aceptó casarse contigo tan rápido.
Miré a Adrian.
—¿De qué habla?
—Está intentando manipularte.
—Entonces respóndeme.
Daniel dio otro paso.
—Sophie, ese contrato no fue idea tuya.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Al menos no completamente.
Adrian avanzó hacia él.
—Cállate.
Era la primera vez que escuchaba verdadera amenaza en su voz.
Daniel soltó una carcajada.
—¿Ahora tienes miedo?
—Daniel —dije—, habla.
Adrian me miró.
—No lo escuches.
Pero ya era demasiado tarde.
Daniel sacó su teléfono.
—Tres semanas antes de que yo enviara las invitaciones, Adrian vino a verme.
El mundo pareció inclinarse.
—Eso es mentira.
—Pregúntaselo.
Miré a Adrian.
Esperé que negara aquello inmediatamente.
No lo hizo.
Y ese silencio fue peor que una confesión.
—¿Fuiste a ver a Daniel?
Adrian apretó los labios.
—Sí.
Sentí que algo se hundía dentro de mí.
—¿Por qué?
Daniel respondió antes que él.
—Porque quería saber si iba a casarme contigo.
Lo miré.
—¿Qué?
—Me preguntó cuáles eran mis intenciones contigo. Le dije que nuestra relación estaba prácticamente acabada.
Adrian habló con frialdad.
—Eso no es toda la conversación.
—Entonces cuéntasela.
Daniel sonrió.
—Cuéntale lo que me dijiste después.
Adrian no respondió.
Yo apenas podía respirar.
—¿Qué le dijiste?
Adrian me miró durante un largo instante.
—Que si te hacía daño otra vez, respondería ante mí.
Me quedé completamente quieta.
Daniel soltó una risa.
—Qué romántico.
—¿Por qué hiciste eso? —pregunté.
Adrian apartó la mirada.
—No importa.
—Para mí sí.
—Sophie, vuelve dentro.
—¡Contéstame!
Por primera vez levanté la voz.
Adrian me miró.
Y algo en su expresión se rompió.
—Porque llevaba siete años enamorado de ti.
El ruido de la tormenta desapareció.
Daniel dejó de sonreír.
Yo tampoco podía moverme.
Siete años.
Nuestra rivalidad.
Las discusiones.
Las conferencias.
Cada competencia.
Cada vez que Adrian parecía aparecer exactamente cuando más necesitaba a alguien.
—No —susurré.
Él sonrió sin humor.
—Esa fue aproximadamente mi reacción también.
—¿Desde la facultad?
—Desde antes de aquella práctica de cirugía que hice pedazos delante de todos.
Lo miré horrorizada.
—Me humillaste.
—Estabas a punto de entregar un procedimiento con un error grave.
—Podrías haberme avisado en privado.
—Tenía veinticuatro años y estaba enamorado de la única mujer que conseguía hacerme comportar como un imbécil.
A pesar de todo, casi me reí.
Casi.
Pero entonces comprendí.
—Por eso pusiste la cláusula sobre Daniel.
Adrian no respondió.
—No querías que volviera con él.
—No.
—¿Y cuando te llamé para proponerte matrimonio?
Cerró los ojos.
—Pensé que era la peor idea que había escuchado en mi vida.
—Pero aceptaste.
—Porque eras tú.
Aquellas palabras me dejaron sin defensa.
Daniel dio un paso hacia mí.
—Sophie, no permitas que convierta esto en una historia de amor. Te manipuló.
Me giré hacia él.
—Tú te acostaste con Olivia.
—Cometí un error.
—Durante meses.
Daniel calló.
—Y ella entró en mi apartamento.
Olivia apareció entonces bajo el techo de la entrada.
Había salido detrás de él.
Tenía el vestido de novia empapado en el borde.
—Daniel no sabe todo —dijo.
Él se volvió.
—¿Qué significa eso?
Olivia temblaba.
Pero esta vez me estaba mirando a mí.
—Yo no encontré el contrato por casualidad.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué hiciste?
—Entré buscando otra cosa.
—¿Qué?
Olivia abrió el bolso.
Sacó un sobre blanco.
Lo reconocí inmediatamente.
Era del hospital Hughes.
Adrian perdió el color.
—Olivia.
Ella retrocedió.
—Ella merece saberlo.
Miré a Adrian.
—¿Saber qué?
Olivia extendió el sobre hacia mí.
En la parte superior figuraba una fecha.
Ocho meses antes de mi matrimonio con Adrian.
Abrí el documento.
Solo necesité leer las primeras líneas.
Era una solicitud de traslado.
Mi nombre aparecía escrito allí.
Doctora Sophie Bennett.
Debajo estaba la firma de Adrian.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Intentaste contratarme ocho meses antes de que yo te llamara?
Adrian no respondió.
Pasé la página.
Había otra hoja.
Una carta manuscrita que nunca había recibido.
Reconocí su letra.
La primera frase hizo que mis manos comenzaran a temblar.
«Sophie, llevo siete años buscando una manera de decirte esto sin darte una razón nueva para odiarme…»
Miré a Adrian.
—¿Por qué nunca me entregaste esta carta?
Él estaba completamente inmóvil.
Pero Olivia respondió.
—Porque alguien la encontró antes que tú.
Giré la cabeza.
Daniel también parecía confundido.
—¿Quién?
Olivia bajó lentamente los ojos hacia su nuevo esposo.
—Daniel.
Él palideció.
Y entonces comprendí que aquella boda, aquel contrato y nuestros últimos ocho meses podían haberse construido sobre una mentira mucho más antigua.
Apreté la carta entre los dedos.
—Daniel…
Pero Olivia todavía no había terminado.
—Sophie, hay algo más.
Metió nuevamente la mano en el bolso.
—La noche en que Daniel te engañó conmigo tampoco ocurrió como él te contó.
Daniel se lanzó hacia ella.
—¡Olivia, cállate!
Adrian se interpuso.
Y yo vi el terror auténtico aparecer en el rostro del hombre al que una vez había amado.
Olivia sacó un segundo documento.
—Porque aquella noche Daniel ya sabía que Adrian estaba enamorado de ti.
Y antes de que pudiera explicarme cómo lo sabía, Daniel intentó arrancarle el papel de las manos.