PARTE 2: TRES AÑOS DESPUÉS DE HUIR CREYENDO QUE ADRIAN AMABA A MI HERMANA, DESCUBRÍ QUE AQUELLA NOCHE ÉL YA SABÍA QUE YO NO ERA SOPHIE.

—Tus horarios eran distintos.

Adrian dio otro paso hacia mí.

—Sophie decía que odiaba quedarse despierta después de medianoche. Tú podías hablar conmigo hasta las tres de la mañana. Ella no sabía nada de las películas que tú mencionabas. Ni recordaba conversaciones que supuestamente habíamos tenido.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Entonces… ¿cuándo empezaste a sospechar?

—Mucho antes de aquella última llamada.

Lo miré sin entender.

—¿Y seguiste hablando conmigo?

—Sí.

Aquella respuesta dolió de una forma inesperada.

—¿Por qué?

Adrian guardó silencio unos segundos.

—Porque para entonces ya no me importaba si eras Sophie.

Mi corazón golpeó con fuerza.

Negué inmediatamente con la cabeza.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque la buscabas a ella.

—Al principio.

Esas dos palabras me dejaron inmóvil.

Adrian desbloqueó el teléfono y buscó algo entre sus archivos.

—Pedí el contacto de Sophie porque me parecía interesante. Eso es verdad. Pero apenas la conocía, Summer. Era una atracción. Una posibilidad. Nada más.

Levantó los ojos.

—La persona de la que me enamoré durante aquellos seis meses era quien estaba al otro lado del teléfono.

Quise responder.

No pude.

Durante tres años había construido mi vida alrededor de una verdad completamente diferente.

Yo había huido convencida de haber sido el reemplazo de mi hermana.

—Entonces aquella noche…

—Quería preguntarte quién eras.

—Pero dijiste su nombre.

—Dije “Sophie” y antes de poder terminar la pregunta te quedaste en silencio.

Recordé perfectamente aquel momento.

Mi corazón rompiéndose.

Mis dedos temblando sobre el teléfono.

La vergüenza.

—Después colgaste —continuó—. Y cuando intenté llamarte, ya me habías bloqueado.

Aparté la mirada.

—Te dije que te había mentido.

—Y también dijiste que termináramos.

Su voz se volvió más baja.

—Pero nunca me diste la oportunidad de decirte que ya sabía que algo estaba mal.

—Podrías haber encontrado a Sophie.

Adrian soltó una risa amarga.

—Lo hice.

Lo miré de golpe.

—¿Qué?

—Fui a verla dos días después.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Para confesarle tus sentimientos?

—Para preguntarle quién eras tú.

No respiré.

Adrian continuó:

—Le enseñé algunas cosas que me habías contado. Ella reconoció una historia sobre vuestra abuela. Después vio una fotografía que me habías enviado de una taza junto a una ventana.

Recordaba aquella fotografía.

La había tomado en mi dormitorio.

Sin rostro.

Sin nada que pudiera identificarme.

Eso creía.

—Sophie reconoció las cortinas.

Cerré los ojos.

Qué absurdo.

Tres años escondiéndome y unas simples cortinas habían revelado mi identidad.

—Entonces lo sabías…

—Desde tres días después de que desaparecieras.

Retrocedí.

—¿Tres días?

—Sí.

—Pero acabas de decir que llevas tres años buscándome.

—Porque cuando fui a tu casa ya te habías marchado.

Mi garganta se cerró.

—Sophie dijo que habías aceptado repentinamente aquella plaza en el extranjero. Tu vuelo había salido esa mañana.

Todo encajaba.

Demasiado tarde.

—¿Por qué no me escribiste desde otra cuenta?

Adrian me sostuvo la mirada.

—Lo hice.

Me quedé callada.

—Correos. Números nuevos. Incluso envié una carta a la universidad.

Negué lentamente.

Yo había cambiado mi correo principal.

Había rechazado mensajes desconocidos.

Y cuando mi familia preguntaba si podía darle mi contacto a alguien, siempre respondía lo mismo:

A nadie relacionado con Adrian Cole.

De pronto me sentí ridícula.

Pero también enfadada.

—¿Y qué esperabas? ¿Que regresara después de descubrir que todo empezó porque querías a Sophie?

—Esperaba poder explicártelo.

—Pues ahora ya lo hiciste.

Intenté marcharme.

Adrian me sujetó suavemente por la muñeca.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más quieres?

—Tres años, Summer.

Su voz se quebró apenas.

—He esperado tres años para tener esta conversación y tú quieres irte después de cinco minutos.

—Porque tú tuviste tres años para prepararte. Yo acabo de descubrir que la razón por la que destruí aquello que más quería quizá nunca existió.

Adrian soltó mi muñeca.

Y eso dolió todavía más.

Entré en casa sin mirar atrás.

Pero aquella noche no pude dormir.

Cada recuerdo había cambiado de significado.

Los mensajes.

Las llamadas.

Su desesperación cuando lo bloqueé.

“Amor, volvamos a empezar.”

No había estado hablándole a Sophie.

Me estaba hablando a mí.

A la mañana siguiente encontré a mi hermana preparando café.

Me senté frente a ella.

—Sophie.

—¿Sí?

—¿Adrian vino a buscarme después de que me fui?

La taza quedó suspendida entre sus manos.

Su expresión respondió antes que sus palabras.

—¿Ya te lo dijo?

Sentí una punzada.

—Lo sabías.

Sophie dejó lentamente la taza.

—Summer, yo…

—Tres años.

—Prometí no intervenir.

—¿Prometiste a quién?

—A Adrian.

Me levanté.

—¿Por qué?

Sophie también se puso de pie.

—Porque cuando comprendió por qué habías huido, quiso ir inmediatamente detrás de ti.

—¿Y no fue?

—Papá se lo impidió.

Me congelé.

—¿Papá?

Sophie se mordió el labio.

—Hay algo que no sabes.

Antes de que pudiera preguntar, Daniel apareció en la puerta.

Su expresión era seria.

—Sophie.

Mi hermana palideció.

—No ahora.

—Tiene derecho a saberlo.

Miré de uno a otro.

—¿Saber qué?

Nadie respondió.

—¿Qué hizo papá?

Sophie cerró los ojos.

—Adrian consiguió tu dirección durante tu primer año fuera.

Sentí que el corazón se me detenía.

—Entonces ¿por qué nunca apareció?

Daniel contestó:

—Porque tu padre fue a verlo primero.

La habitación quedó completamente silenciosa.

—¿Para qué?

Sophie parecía a punto de llorar.

—Para decirle que te dejara en paz.

—¿Y Adrian aceptó?

—No.

—Entonces…

Daniel apoyó una carpeta sobre la mesa.

—Tu padre le puso una condición.

Miré aquella carpeta.

—¿Qué condición?

Antes de que Daniel pudiera responder, la puerta principal se abrió.

Mi padre entró.

Y detrás de él estaba Adrian.

Los dos tenían expresiones tan tensas que comprendí inmediatamente que aquello no era una coincidencia.

Papá vio la carpeta sobre la mesa.

—Daniel, te dije que no se la enseñaras.

Mi sangre se heló.

Me acerqué y la abrí antes de que pudiera detenerme.

Había documentos financieros.

Contratos.

Fechas de hacía casi tres años.

Y una firma que reconocí.

ADRIAN COLE.

—¿Qué es esto?

Mi padre cerró los ojos.

Adrian no dijo nada.

Entonces Daniel pronunció lentamente:

—Summer, cuando tu familia estuvo a punto de perderlo todo hace tres años, alguien pagó la deuda.

Pasé una página.

La cantidad me hizo perder el aliento.

—No…

Levanté la vista hacia Adrian.

—¿Fuiste tú?

Él permaneció inmóvil.

Papá respondió por él.

—A cambio le exigí una sola cosa.

Sentí un frío profundo recorrerme.

—Que no fuera a buscarme.

Mi padre asintió.

Me quedé mirando a Adrian.

—¿Aceptaste?

—Summer…

—¿Compraste la seguridad de mi familia a cambio de desaparecer de mi vida?

—No fue así.

—Entonces dime cómo fue.

Adrian avanzó.

Pero en ese instante Sophie agarró mi brazo.

—Espera.

La miré.

Estaba pálida.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

Sophie miró primero a nuestro padre.

Después a Adrian.

—La deuda no era la verdadera razón por la que papá quería separarlos.

Mi padre endureció el rostro.

—Sophie, basta.

Ella negó con la cabeza.

—No. Ya ha perdido tres años por nuestro silencio.

Mi corazón comenzó a latir con violencia.

—¿De qué estás hablando?

Sophie abrió la carpeta y sacó un sobre que estaba escondido en el fondo.

Mi nombre aparecía escrito en el frente.

SUMMER.

La fecha era de tres años atrás.

Adrian palideció al verlo.

—¿De dónde has sacado eso?

Sophie me lo entregó.

—Papá lo guardó antes de que llegara a ti.

Rompí el sello.

Dentro había una carta escrita por Adrian.

Pero antes de que pudiera leer la primera línea, mi padre me arrancó el papel de las manos.

—¡Esto termina aquí!

Adrian se interpuso.

Y por primera vez vi desaparecer toda su calma.

—No. Esta vez Summer va a conocer toda la verdad.

Mi padre lo miró con una furia que jamás había visto.

—Si se lo cuentas, también tendrás que explicarle qué ocurrió realmente la noche en que pediste el contacto de Sophie.

Adrian se quedó completamente inmóvil.

Yo también.

Miré al hombre que durante tres años había creído víctima del mismo error que yo.

—Adrian…

Mi voz apenas salió.

—¿Qué ocurrió esa noche?

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