PARTE 2: CUANDO MI MARIDO LE ENTREGÓ MI ÚLTIMA OPORTUNIDAD DE VIVIR A LA MUJER QUE NUNCA DEJÓ DE AMAR, LA ANCIANA DE LA CAMA DE AL LADO REVELÓ UN PODER QUE NADIE EN EL HOSPITAL SE ATREVÍA A DESAFIAR.

Clara abrió los ojos con dificultad.

Las alarmas seguían sonando, pero entre los médicos que rodeaban su cama distinguió una mano delgada extendiéndose hacia ella desde la cama contigua.

La anciana parecía tener más de ochenta años.

Cabello blanco perfectamente peinado.

Rostro pálido.

Una cánula de oxígeno bajo la nariz.

Pero sus ojos estaban despiertos.

Demasiado despiertos.

—Mírame, niña —ordenó.

Clara obedeció casi por instinto.

La anciana le apretó los dedos.

—No te atrevas a morir por un hombre que acaba de demostrarte que no merece ni una lágrima tuya.

El monitor comenzó a estabilizarse lentamente.

El doctor Evans miró a la anciana con desconcierto.

—Señora, necesita descansar.

Ella ni siquiera lo miró.

—Doctor, ¿cuánto tiempo tiene?

Evans vaciló.

—No puedo discutir información médica de otra paciente.

La anciana soltó una pequeña risa.

—Entonces pregúntele si le da permiso.

Clara apenas podía hablar.

—Se lo doy.

Evans bajó la mirada.

—Sin un trasplante… estamos hablando de días. Tal vez semanas si conseguimos estabilizarla.

La mano de la anciana se endureció alrededor de la de Clara.

—Bien.

Todos la miraron.

—¿Bien? —repitió Evans.

—Significa que todavía tenemos tiempo.

Entonces la anciana giró la cabeza hacia una mujer de traje gris que permanecía junto a la puerta.

Clara ni siquiera había notado su presencia.

—Margaret.

La mujer se acercó inmediatamente.

—Sí, señora Whitmore.

—Llama a Daniel.

La expresión de Margaret cambió.

—¿A su hijo?

—Ahora.

La anciana volvió los ojos hacia Clara.

—Y dile que prepare el helicóptero.

Clara creyó que había oído mal.

—¿Quién… quién es usted?

La mujer sonrió.

—Eleanor Whitmore.

El doctor Evans dejó caer ligeramente la carpeta que llevaba.

Clara conocía aquel apellido.

Todo el país lo conocía.

Whitmore Medical Group.

Hospitales.

Laboratorios.

Centros de investigación.

Fundaciones.

Una de las redes médicas privadas más poderosas del país.

Eleanor Whitmore había desaparecido de la vida pública años atrás.

Clara jamás habría imaginado encontrarla sola en la cama de al lado.

—¿Por qué me ayudaría?

La expresión de Eleanor se suavizó.

—Porque llevo cuatro días escuchándote.

Clara frunció el ceño.

—Pensé que estaba inconsciente.

—Los viejos tenemos muchas ventajas. Una de ellas es que la gente habla delante de nosotros creyendo que no escuchamos.

Eleanor había oído sus llamadas.

Sus discusiones con Liam.

Las noches en que Clara lloraba en silencio para que las enfermeras no la escucharan.

Incluso había oído la llamada aquella mañana.

—Ese hombre te quitó un corazón —dijo Eleanor—. Yo voy a conseguirte otro.

Clara negó lentamente.

—No funciona así.

—Lo sé mejor que nadie.

—No puede comprarme un órgano.

La mirada de Eleanor se volvió severa.

—Y jamás lo intentaría.

Se inclinó apenas hacia ella.

—Pero puedo conseguirte algo que tu marido no te dio: una oportunidad justa.

Veinte minutos después, tres especialistas entraron en la habitación.

Después otros dos.

Revisaron análisis, imágenes y expedientes.

Clara observaba sin comprender mientras llamadas cruzaban hospitales de varios estados.

Finalmente, un cardiólogo se acercó.

—Existe un programa de trasplante de alta prioridad en el Whitmore Heart Institute. Su caso podría cumplir los criterios para traslado inmediato y evaluación.

Clara sintió que volvía a respirar.

No era un corazón garantizado.

Pero era una posibilidad.

Y hacía una hora no tenía ninguna.

Entonces la puerta se abrió violentamente.

Liam apareció.

Todavía llevaba una pulsera de visitante del Mercy General.

Había venido directamente desde donde Khloe esperaba el corazón que debía haber recibido Clara.

—¿Qué está pasando?

Nadie respondió.

Liam vio a los especialistas.

Luego a Eleanor.

Finalmente a Clara.

—Me dijeron que están preparando tu traslado.

—Así es.

—No puedes irte.

Clara lo miró.

Algo dentro de ella se rompió definitivamente.

—¿Perdón?

Liam se acercó.

—Tus médicos conocen tu historial. Moverte ahora es peligroso.

Eleanor habló desde la cama contigua.

—Curioso.

Liam se volvió hacia ella.

—¿Quién es usted?

—Una mujer preguntándose por qué un esposo preocupado por los riesgos médicos de su mujer estaba hace una hora acompañando a otra paciente que iba a recibir su corazón.

El rostro de Liam se endureció.

—Esto es un asunto familiar.

—No —respondió Eleanor—. Lo convertiste en un asunto médico cuando utilizaste tu influencia para alterar el destino de un órgano.

Liam palideció.

Clara lo observó.

—¿Qué significa eso?

Él evitó sus ojos.

Eleanor también lo notó.

—Ah.

Su voz se volvió fría.

—Entonces ella tampoco sabe esa parte.

—Señora, no sabe de qué está hablando.

—Liam.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Qué hiciste?

—Nada ilegal.

No era una respuesta.

—¿Qué hiciste?

Liam respiró profundamente.

—Khloe también estaba en la lista.

—Pero detrás de mí.

Silencio.

Clara sintió que la habitación se congelaba.

—¿Verdad?

Liam apretó la mandíbula.

—Su situación empeoró.

—¿Y utilizaste tu puesto en la junta para cambiar la asignación?

—Intentaba salvar una vida.

Clara soltó una risa rota.

—La suya.

Liam dio otro paso.

—Encontraré otro para ti.

—Como si estuvieras comprando otro coche.

—No pongas palabras en mi boca.

Entonces Clara entendió algo.

Durante años había pensado que Liam era frío.

Pero aquello no era frialdad.

Era certeza.

La certeza de un hombre convencido de que ella siempre estaría allí esperando mientras él elegía primero a otra persona.

Clara se quitó lentamente el anillo.

Liam miró su mano.

—¿Qué haces?

Ella dejó la alianza sobre la mesita.

—Te libero.

—Clara.

—Ve con Khloe.

—Estás alterada.

—Estoy muriendo.

Su voz no tembló.

—Y resulta que eso me ha ayudado a dejar de perder tiempo.

Liam tomó el anillo.

—Hablaremos cuando estés estable.

—No habrá nada de qué hablar.

Por primera vez apareció miedo en sus ojos.

Pero antes de que pudiera responder, Margaret regresó.

—Señora Whitmore, el transporte está listo.

Eleanor asintió.

Luego dijo algo inesperado:

—Prepare también los documentos.

Margaret se quedó inmóvil.

—¿Está segura?

—Completamente.

Clara miró entre ambas.

—¿Qué documentos?

Eleanor permaneció callada hasta que Liam salió.

Entonces pidió a Margaret que cerrara la puerta.

—Tengo setenta y nueve años —dijo—. Construí una fortuna, enterré a mi marido y sobreviví a dos hijos que solo aprendieron a preguntarme cuánto iban a recibir cuando muriera.

Clara no sabía qué decir.

Eleanor continuó:

—Mi familia lleva meses peleándose por mi patrimonio mientras todavía respiro.

—Lo siento.

—Yo no.

Una sonrisa extraña apareció en su rostro.

—Porque esta semana comprendí algo.

Eleanor tomó nuevamente la mano de Clara.

—La sangre crea parientes. No necesariamente crea familia.

Margaret colocó una carpeta gruesa sobre la mesa.

Clara vio el sello de un bufete jurídico.

—¿Qué es esto?

—Mi testamento.

Clara retiró la mano.

—No.

—Todavía no te he pedido nada.

—Sé hacia dónde va esto.

—Entonces eres más inteligente que mis hijos.

—Señora Whitmore, ni siquiera me conoce.

—Conozco suficiente.

Clara negó con la cabeza.

—No puedo aceptar su dinero porque siente lástima por mí.

Los ojos de Eleanor brillaron.

—¿Lástima?

Se incorporó cuanto pudo.

—Niña, yo no regalo imperios por lástima.

Clara quedó en silencio.

—Te estoy ofreciendo una elección. Sobrevive. Aprende. Conoce aquello que construí. Y si después sigues queriendo marcharte, podrás hacerlo.

—¿Y si no sobrevivo?

Eleanor sonrió tristemente.

—Entonces al menos morirás sabiendo que alguien luchó por ti.

Las lágrimas que Clara había contenido finalmente cayeron.

Pero antes de que pudiera responder, la puerta volvió a abrirse.

Esta vez entró un hombre alto, de unos cincuenta años.

Miró a Eleanor.

Después la carpeta.

Y finalmente a Clara.

Su rostro se transformó.

—Madre, ¿qué demonios estás haciendo?

Eleanor sonrió.

—Daniel. Qué rápido.

—Me dijeron que estabas modificando el testamento.

—Correcto.

Daniel señaló a Clara.

—¿Por ella?

Eleanor sostuvo su mirada.

—Desde hoy, Clara estará bajo mi protección.

El hombre quedó blanco.

—No puedes hacer esto.

—Puedo.

Entonces Margaret abrió la carpeta.

Clara vio su nombre impreso en la primera página.

CLARA BENNETT.

Debajo había una frase que le hizo olvidar durante un instante incluso su corazón enfermo.

HEREDERA PRINCIPAL DEL PATRIMONIO WHITMORE.

Daniel miró a Clara con un odio inmediato.

Pero el teléfono de Margaret sonó antes de que alguien pudiera hablar.

Contestó.

Escuchó durante varios segundos.

Luego miró directamente a Clara.

—Tenemos una alerta de posible donante.

Clara dejó de respirar.

Eleanor apretó su mano.

—¿Compatibilidad?

Margaret tragó saliva.

—Todavía están confirmándola.

Hubo una pausa.

—Pero hay otro problema.

—¿Cuál? —preguntó Eleanor.

Margaret levantó lentamente la mirada.

—Mercy General acaba de presentar una reclamación prioritaria para el mismo corazón.

Clara sintió que la sangre abandonaba su rostro.

Solo había una paciente allí cuya vida Liam había decidido colocar por encima de la suya.

Khloe.

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