PARTE 2: LA CARTA INCOMPLETA REVELÓ UNA VERDAD QUE NUNCA DEBIÓ QUEDAR SEPULTADA ENTRE EL FRÍO Y LAS MENTIRAS

Diego no recordaría jamás cómo bajó los cuatro pisos.

Solo sabía que corría.

Las escaleras parecían interminables. Sus manos golpeaban los barandales mientras repetía el nombre de Lucía una y otra vez.

¡Lucía! ¡Lucía!

Al llegar al jardín, descubrió que el bulto blanco no era un cuerpo.

Era la cobija que ella había usado en el sofá durante la semana anterior.

La lluvia fina la había empapado y el viento la había arrastrado hasta el árbol.

Diego respiró con tanta fuerza que sintió dolor en el pecho.

Pero Lucía seguía sin aparecer.

Levantó la vista hacia el balcón.

Entonces comprendió algo extraño.

La huella sobre el barandal no apuntaba hacia afuera.

Apuntaba hacia adentro.

Como si alguien hubiera entrado al balcón desde el edificio.

Subió de nuevo casi sin respirar.

Pilar estaba despierta en la sala.

—¿Qué escándalo haces?

—¡Lucía no está!

Ella frunció el ceño.

—Seguro salió a darle lástima a alguien.

Diego ni siquiera respondió.

Abrió completamente la puerta del balcón.

El aire helado entró de golpe.

Fue entonces cuando vio algo que antes había pasado por alto.

Junto a una maceta había una colilla de cigarro.

Ninguno de los dos fumaba.

Pilar tampoco.

La recogió con un pañuelo.

Todavía conservaba un ligero olor a tabaco.

Un segundo después encontró otra cosa.

Una hoja doblada, atrapada debajo de una silla de aluminio.

Estaba húmeda.

La tinta se había corrido en varias partes.

Era una carta escrita a mano.

No tenía destinatario.

Solo alcanzaban a leerse algunas líneas.

“…perdóname por no decirte la verdad…”

“…cuando junte el dinero…”

“…no quiero que él cargue con esto…”

Y después…

La lluvia había borrado el resto.

Diego sintió un vacío enorme.

—¿Qué dice? —preguntó Pilar.

Él escondió la hoja.

—Nada.

Pero por primera vez desde la discusión, comenzó a dudar.

Si Lucía realmente estaba robándole dinero…

¿Por qué escribiría una carta pidiendo perdón?

¿Por qué ocultar algo que parecía dolerle tanto?

En ese momento sonó su teléfono.

Era un número desconocido.

—¿Señor Diego?

—Sí.

—Habla el vigilante del edificio de enfrente.

Diego no entendía.

—¿Qué sucede?

—Creo que está buscando a una señora de su edificio.

El corazón le dio un vuelco.

—¿La vio?

—La vi salir hace unos veinte minutos.

—¿Sola?

El hombre tardó unos segundos.

—No exactamente.

Diego sintió un escalofrío.

—Había un señor esperándola junto a la reja.

Pilar abrió los ojos.

—¿Un hombre?

El vigilante continuó.

—No discutieron.

Ella apenas podía caminar del frío.

Él le puso una chamarra encima y la ayudó a subir a un automóvil gris.

La llamada terminó.

Pilar cruzó los brazos.

—¿Ya ves? Te estaba engañando.

Pero Diego ya no estaba tan seguro.

Porque si Lucía hubiera planeado irse…

¿Por qué dejar la carta?

¿Por qué permanecer horas congelándose en el balcón?

Algo no encajaba.

A la mañana siguiente comenzó a revisar el departamento.

Necesitaba entender qué estaba ocurriendo.

Encontró el celular viejo de Lucía dentro de un cajón.

No tenía contraseña.

Abrió los mensajes.

Había conversaciones con compañeras de trabajo.

Con una vecina.

Con su madre.

Nada extraño.

Después abrió las notas.

Solo había una.

Fechada tres días antes.

Decía:

“Si algún día Diego descubre esto antes de tiempo, probablemente me odiará. Pero prefiero que me odie unos meses a que viva con culpa toda la vida.”

Diego dejó caer el teléfono.

Aquellas palabras no eran las de una mujer infiel.

Eran las de alguien que estaba protegiendo un secreto.

Corrió hacia la computadora.

Entró nuevamente a la banca electrónica.

Observó con cuidado las tres transferencias.

Dos mil quinientos.

Dos mil quinientos.

Tres mil.

Ocho mil pesos.

Por primera vez abrió el comprobante completo.

La cuenta destinataria no aparecía con un nombre.

Solo con una referencia.

“Fundación Luz Nueva”.

Frunció el ceño.

Eso no era una persona.

Era una institución.

Buscó el nombre en internet.

Decenas de resultados aparecieron inmediatamente.

Era una asociación civil de Guadalajara.

Ayudaba a niños con enfermedades renales.

Diego sintió que el estómago se le cerraba.

Marcó al número de contacto.

Una mujer respondió.

—Buenos días, Fundación Luz Nueva.

—Necesito saber algo.

La mujer guardó silencio unos segundos.

—Depende.

—Mi esposa hizo unas transferencias a esta cuenta.

¿Podría decirme para quién eran?

—Lo siento, señor. Esa información es confidencial.

Diego insistió.

Explicó que Lucía había desaparecido.

Hubo un largo silencio.

Finalmente la mujer habló.

—Solo puedo decirle una cosa.

—¿Cuál?

—Su esposa nunca hizo esas donaciones para ella.

Diego cerró los ojos.

—Entonces… ¿para quién?

La voz del otro lado sonó con una tristeza inesperada.

Eran para cubrir el tratamiento urgente de un paciente menor de edad.

Diego respiró con dificultad.

—¿Quién es ese niño?

—No puedo revelar su identidad.

—Por favor…

La empleada dudó unos segundos más.

—Lo único que puedo decirle es que… ese niño tiene una relación muy cercana con usted.

La llamada terminó.

Diego quedó inmóvil.

Un paciente menor.

Muy cercano a él.

Las posibilidades comenzaron a desfilar por su cabeza.

Un sobrino.

Un primo.

¿El hijo de algún amigo?

No encontraba ninguna respuesta.

En ese instante, Pilar entró al estudio con un sobre amarillo en la mano.

—Encontré esto dentro del clóset de Lucía.

Diego lo abrió con las manos temblorosas.

Dentro había estudios médicos.

Resultados de laboratorio.

Y una copia de un acta de nacimiento infantil.

Al leer el nombre del menor, sintió que el mundo entero desaparecía bajo sus pies.

Porque los ocho mil pesos jamás habían sido para la madre de Lucía.

Habían sido enviados durante meses para intentar salvar la vida de un niño cuya existencia él nunca supo… y cuya identidad cambiaba por completo todo lo que creía conocer sobre su propio matrimonio.

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