La policía no fue a buscar a Adrián para arrestarlo de inmediato.
Primero querían reconstruir exactamente qué había ocurrido.
Eso, curiosamente, lo enfureció más.
Porque Adrián estaba acostumbrado a resolverlo todo antes de que se convirtiera en un problema.
Una llamada.
Un favor.
Un apellido.
Una transferencia.
Pero esta vez había una grabación.
Había mensajes.
Había fotografías.
Había cámaras del campus.
Y sobre todo, había una mujer que ya no estaba dispuesta a proteger su reputación.
Durante dos días no supe nada de él.
El tercero, Elena entró corriendo en nuestra habitación.
—Clara.
Levanté la vista del portátil.
—¿Qué pasa?
Me mostró su teléfono.
Una fotografía circulaba entre estudiantes.
Un automóvil negro estaba estacionado frente a la entrada principal de la universidad.
Junto a él estaba Adrián.
Mi estómago se cerró.
—Ha venido.
Elena bloqueó la pantalla.
—No vas a salir sola.
—No pienso esconderme.
—Eso no significa que tengas que ponerte delante de él sin protección.
Tenía razón.
Avisamos a seguridad.
También llamamos al agente que llevaba mi denuncia.
Cuando finalmente bajé, Adrián seguía allí.
Vestía camisa blanca.
Abrigo oscuro.
Perfectamente arreglado.
Parecía exactamente el hombre del que me había enamorado.
Y por eso verlo me dolió más de lo que esperaba.
Al verme, dio un paso adelante.
—Clara.
Dos guardias universitarios se interpusieron.
Adrián frunció el ceño.
—Solo quiero hablar con mi novia.
Mi voz salió antes de que pudiera temblar.
—Ya no soy tu novia.
Su mirada se endureció.
—No hagas esto delante de desconocidos.
—Tú decidiste traerlo hasta aquí.
Elena estaba a mi lado.
También había estudiantes observando desde lejos.
Adrián bajó la voz.
—Vuelve conmigo.
—No.
—Retira la denuncia.
—No.
—Yo puedo arreglar lo que pasó.
—Eso es precisamente lo que siempre haces.
Su expresión cambió.
—Clara.
—Crees que si algo se rompe, puedes pagarlo.
—Si alguien habla, puedes callarlo.
—Si yo me voy, puedes hacerme sentir miedo hasta que regrese.
Dio un paso más.
Los guardias volvieron a detenerlo.
—Te dije que nadie iba a hacerte daño.
—Mandaste gente a seguirme.
—Para vigilarte.
—Sin mi consentimiento.
—Porque estabas sola.
Lo miré.
—No estaba sola.
Adrián apretó la mandíbula.
Señaló a Elena.
—¿Ella te ha llenado la cabeza?
Elena soltó una risa breve.
—No necesito hacerlo. Tú mismo estás hablando bastante.
Adrián ni siquiera la miró.
Sus ojos seguían sobre mí.
—Clara, sabes perfectamente cómo funciona mi mundo.
—Sí.
—Entonces sabes que no puedes simplemente desaparecer y esperar que yo no haga nada.
Aquella frase provocó un silencio extraño.
El agente que había llegado unos minutos antes se acercó.
—Señor Xie, quizá quiera dejar de hablar.
Adrián lo miró por primera vez.
—¿Quién es usted?
El hombre mostró su identificación.
La expresión de Adrián se volvió fría.
—Esto es un asunto privado.
—Dejó de serlo cuando otras personas comenzaron a vigilar y seguir a la señorita Chen.
Adrián respiró lentamente.
Luego volvió a mirarme.
—¿De verdad quieres hacerme esto?
Sentí algo romperse dentro de mí.
Pero esta vez no fue el corazón.
Fue la última culpa.
—Yo no te estoy haciendo esto. Tú lo hiciste.
Por primera vez, no supo responder.
Entonces apareció otro automóvil.
La mujer de la fiesta bajó de él.
La señorita Lin.
Todos miramos hacia ella.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Qué haces aquí?
Ella caminó hacia nosotros.
—Intentando evitar que empeores todavía más las cosas.
Yo la observé.
No parecía nerviosa.
Solo cansada.
Se volvió hacia mí.
—Clara, tenemos que hablar.
Adrián reaccionó de inmediato.

—No.
Ella lo ignoró.
—La noche de aquella fiesta, yo no estaba allí como su cita.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Nuestras familias estaban negociando un proyecto conjunto.
Miró a Adrián.
—Él sabía que todos asumirían otra cosa.
Adrián no respondió.
La señorita Lin continuó.
—Y tampoco corregiste a nadie cuando comenzaron a burlarse de ella.
—Suficiente.
—No.
Su voz se endureció.
—Llevas semanas tratando de hacerme responsable de algo que tú provocaste.
Me miró.
—Después de que te marcharas, él se enteró de que habías escuchado la conversación.
Mi pecho se tensó.
—¿Cómo?
La mujer señaló a uno de los amigos de Adrián, que acababa de aparecer cerca de la entrada.
—Porque alguien se lo dijo.
Adrián cerró los ojos un instante.
Entonces comprendí.
—Tú sabías que yo estaba allí.
No respondió.
—Adrián.
—Me enteré después.
—¿Y aun así no me llamaste durante dos semanas?
Su silencio fue respuesta suficiente.
La señorita Lin añadió:
—Porque estaba seguro de que volverías sola.
Sentí náuseas.
Adrián me miró.
—No fue así.
—Entonces explícalo.
—Necesitabas calmarte.
Solté una risa sin humor.
—¿Necesitaba calmarme después de escucharte decir que saliste conmigo para probar a una chica común?
—Fue una broma.
—Una broma que no corregiste.
—Estaba con amigos.
—Exactamente.
Nos quedamos mirándonos.
Y por primera vez entendí algo que me había negado durante dos años.
Adrián no había sido cruel conmigo únicamente cuando se aburría.
Había sido cruel porque estaba convencido de que yo siempre regresaría.
Mi cariño era una garantía.
Mi paciencia, un permiso.
Mi inseguridad, su ventaja.
Entonces el agente recibió una llamada.
Se apartó unos segundos.
Cuando regresó, su expresión había cambiado.
—Señor Xie.
Adrián giró hacia él.
—Uno de los hombres contratados para vigilar a la señorita Chen acaba de prestar declaración.
El rostro de Adrián se tensó.
—Yo no contraté a nadie.
—Dice que recibió instrucciones de una empresa de seguridad vinculada a su asistente.
Adrián guardó silencio.
El agente continuó:
—También afirma que se les pidió crear situaciones para que la señorita Chen se sintiera insegura.
Elena me agarró del brazo.
Yo dejé de respirar.
—¿Qué clase de situaciones? —pregunté.
El agente me miró.
—Seguirla.
—Aparecer repetidamente en lugares cercanos.
—Enviar fotografías.
Hizo una pausa.
—Y dañar algunas de sus pertenencias para aumentar la sensación de peligro.
Pensé inmediatamente en mi bicicleta.
En las flores.
En el hombre de la cafetería.
Miré a Adrián.
—Dijiste que solo querías que me vigilaran.
—Clara…
—Dijiste que las fotografías no formaban parte del plan.
—No sabía todo lo que iban a hacer.
—Pero sí sabías que querías asustarme.
—Solo un poco.
La frase salió demasiado rápido.
Y demasiado clara.
El agente volvió la cabeza hacia él.
Adrián comprendió su error.
La señorita Lin lo miró con auténtico desprecio.
—¿Te escuchas?
Él perdió finalmente la calma.
—¡Todo esto pasó porque ella huyó!
El silencio fue inmediato.
Adrián señaló hacia mí.
—Dos años.
—Dos años estuve con ella.
—La presenté a mis amigos.
—La llevé a eventos.
—La ayudé cuando tuvo problemas.
—¿Y un comentario borra todo eso?
Lo miré sin reconocerlo.
—No fue el comentario.
—Entonces ¿qué?
—Fue descubrir lo fácil que te resultó reducirme a algo que probaste por curiosidad.
Su rostro cambió.
Seguí hablando.
—Y después fue descubrir que cuando me fui, no sentiste arrepentimiento.
—Sentiste que habías perdido una propiedad.
Adrián se acercó un paso.
—Nunca te consideré una propiedad.
—Entonces ¿por qué dijiste que si tú no terminabas conmigo, yo no podía terminar?
No respondió.
—¿Por qué mandaste hombres detrás de mí?
Nada.
—¿Por qué quisiste que tuviera miedo hasta necesitarte otra vez?
Sus labios se apretaron.
Yo asentí lentamente.
—Eso pensaba.
El agente le indicó que debía acompañarlo para continuar la declaración formal.
Adrián se resistió unos segundos.
No físicamente.
Con incredulidad.
Como si las reglas todavía fueran negociables.
Antes de marcharse me miró.
—Clara, esto no va a terminar así.
Por primera vez aquella amenaza no me paralizó.
—No.
Lo miré directamente.
—Va a terminar cuando yo decida que ya no tienes acceso a mi vida.
Se lo llevaron para declarar.
No fue esposado.
No hubo una escena espectacular.
Y quizá por eso todo resultó más real.
La vida de Adrián no se derrumbó en un segundo.
Comenzó a derrumbarse lentamente.
Con documentos.
Testimonios.
Registros.
Personas que dejaron de cubrirlo.
Durante las semanas siguientes, la universidad emitió restricciones de acceso.
Las autoridades ampliaron la investigación.
La empresa de seguridad entregó registros internos.
Uno de los hombres reconoció haber recibido instrucciones específicas para acercarse a mí.
Y entonces apareció algo que nadie esperaba.
Elena entró una tarde en nuestra habitación con el rostro completamente blanco.
—Clara.
—¿Qué ocurre?
Cerró la puerta.
—El abogado de Adrián acaba de entregar nuevos documentos.
—¿Sobre qué?
—Dicen que él no fue quien inició la vigilancia.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo?
—Su asistente utilizó su autorización.
—Pero Adrián admitió que quería asustarme.
—Sí.
Elena colocó varias hojas sobre mi escritorio.
—Pero aparentemente alguien llevaba siguiéndote antes de que tú terminaras con él.
Sentí un escalofrío.
—Eso no tiene sentido.
—Mira las fechas.
Lo hice.
La primera vigilancia registrada no comenzó en Macao.
Ni después de la fiesta.
Ni siquiera durante nuestra guerra fría.
Había empezado siete meses antes.
Cuando Adrián y yo todavía parecíamos felices.
Pasé a la siguiente página.
Fotografías mías saliendo de clase.
Entrando en mi apartamento.
Visitando a mi abuela.
Otra imagen mostraba a mi mejor amiga.
Otra, a mis padres.
—¿Quién ordenó esto?
Elena señaló un nombre parcialmente oculto dentro de los registros de pago.
No era Adrián.
Tampoco su asistente.
Era una empresa perteneciente a alguien que conocía.
Alguien que había estado en aquella fiesta.
Alguien que incluso había reído cuando Adrián dijo que había salido conmigo solo para “probar”.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Por qué alguien me vigilaba antes de que nuestra relación terminara?
Elena tragó saliva.
—Creo que esa es la pregunta equivocada.
—¿Entonces cuál es la correcta?
Giró la última página hacia mí.
Había una fotografía de Adrián.
Estaba saliendo de un edificio privado.
Junto a él aparecía el hombre que había pagado por seguirme.
Debajo de la imagen había una fecha.
Tres días antes de que Adrián me pidiera que fuera su novia.
Y una nota escrita a mano:
«OBJETIVO CLARA CHEN: ACERCAMIENTO APROBADO.»
Por primera vez desde nuestra ruptura, sentí un miedo completamente distinto.
Porque si aquel documento era auténtico…
quizá Adrián nunca me había elegido por casualidad.