Natalie llegó a las ocho de la mañana.
No llevaba flores para una viuda.
Llevaba un portátil, dos teléfonos y una carpeta vacía.
En cuanto cerré la puerta del estudio, puse frente a ella las fotografías del compartimento secreto.
El billete.
Los libros contables.
La tarjeta.
La carta donde mi marido muerto me pedía que interrumpiera el embarazo.
Natalie leyó todo dos veces.
Después levantó los ojos.
—Claire, si Ethan está vivo, esto ya no es únicamente adulterio.
—Lo sé.
—Fingir estar entre las víctimas de un accidente para desaparecer mientras mueve activos puede tener consecuencias muy serias.
Señaló la carta.
—Y necesito saber quién preparó esto.
La voz dentro de mi vientre apareció inmediatamente.
—El socio.
Me quedé inmóvil.
Natalie lo notó.
—¿Qué pasa?
Todavía no estaba preparada para decirle que mantenía conversaciones con mi hijo no nacido.
Así que respondí:
—Quiero investigar a Marcus Chen.
El socio de Ethan.
Natalie tomó nota.
—Bien. Pero desde ahora no toques ningún dinero, no contactes a Ethan y no le digas a nadie que sospechamos que sigue vivo.
—¿Ni siquiera a mi madre?
—A nadie.
Mi hijo protestó.
—Yo ya lo sé.
Apoyé una mano sobre el vientre.
—Excepto tú.
Natalie arqueó una ceja.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
Pasamos seis horas revisando copias.
Al mediodía encontramos la primera anomalía.
Los veinte millones no habían salido de una sola cuenta.
Habían sido divididos en treinta y siete transferencias durante nueve meses.
Empresas intermediarias.
Fondos de inversión.
Cuentas extranjeras.
Y al final de la cadena aparecía Yvette Yu.
Natalie frunció el ceño.
—Esto fue planificado durante mucho tiempo.
—¿Antes de que Ethan supiera que estaba embarazada?
Revisó las fechas.
—Sí.
Aquello me dolió de una manera distinta.
No había comenzado cuando apareció nuestro hijo.
Ethan llevaba preparando su desaparición mientras todavía dormía a mi lado, me besaba antes de ir al trabajo y hablaba de nombres para el bebé.
Entonces encontramos algo peor.
Una transferencia de quinientos mil dólares había sido autorizada utilizando mi firma electrónica.
—Yo nunca firmé esto.
Natalie se inclinó hacia la pantalla.
—¿Estás segura?
—Completamente.
La voz infantil habló:
—Papá practicó tu firma.
Sentí que se me erizaba la piel.
—¿Dónde?
—En el cuaderno gris de su escritorio.

Busqué.
Segundo cajón.
Debajo de una agenda.
Había un cuaderno gris.
Lo abrí.
Las primeras páginas contenían cálculos.
Las siguientes…
mi firma.
Una y otra vez.
Claire Lin.
Claire Lin.
Claire Lin.
Hasta que las últimas imitaciones parecían casi perfectas.
Natalie dejó escapar lentamente el aire.
—No vuelvas a tocarlo.
Fotografiamos cada página.
Entonces sonó el timbre.
Mi cuerpo entero se tensó.
Natalie miró la cámara exterior.
Marcus Chen estaba en la puerta.
—No abras —dijo.
Pero Marcus llamó inmediatamente a mi teléfono.
—Claire, necesito hablar contigo.
—¿Sobre qué?
—Sobre Ethan.
Mi mano apretó el móvil.
—¿Qué queda por decir?
—Hay asuntos de la empresa que deben resolverse antes del funeral.
Funeral.
La palabra casi me hizo reír.
Estaban preparando un funeral para un hombre que tomaba cócteles con su amante en Maldivas.
—Hoy no puedo.
Marcus permaneció en silencio.
Después cambió el tono.
—¿Has entrado en el estudio de Ethan?
Natalie y yo nos miramos.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque ciertos documentos de la empresa podrían estar allí.
La voz de mi hijo susurró:
—Tiene miedo.
Yo también lo sabía.
—No he encontrado nada que entienda.
La respuesta salió deliberadamente ambigua.
Marcus respiró.
—Si encuentras memorias USB, libros de cuentas o tarjetas bancarias, no los manipules. Podrían contener información confidencial.
Qué conveniente.
—Lo recordaré.
—Claire.
—¿Sí?
—Ethan confiaba en mí.
Miré el billete a Maldivas.
—Eso estoy empezando a comprender.
Colgué.
Natalie habló inmediatamente.
—Tenemos que sacar copias de todo de esta casa.
Antes del anochecer, el material estaba protegido.
Los originales permanecieron exactamente donde Ethan los había dejado.
Yo quería que, cuando regresara, creyera que nadie había descubierto nada.
Durante los siguientes cuatro días, representé a la viuda perfecta.
Recibí condolencias.
Vestí de negro.
Acepté comida de vecinos.
Escuché a familiares de Ethan contarme cuánto me había amado.
Y cada vez que alguien decía:
«Al menos te dejó ese último mensaje para que pudieras rehacer tu vida»,
sentía que estaba aprendiendo hasta dónde podía llegar su mentira.
Entonces llegó Yvette.
No en persona.
En redes sociales.
Una fotografía publicada desde una cuenta privada apareció gracias a uno de los investigadores de Natalie.
Una playa.
Dos copas.
Un reloj de hombre sobre la mesa.
Reconocí el reloj.
Yo se lo había regalado a Ethan por nuestro segundo aniversario.
La fotografía llevaba una ubicación.
Malé.
Maldivas.
Mi hijo parecía encantado.
—Te dije que papá era idiota.
—No insultes a tu padre.
—Pero mamá…
—Aunque tengas razón.
La pequeña voz soltó una risita.
Y por primera vez desde el accidente, sonreí de verdad.
Hasta que Natalie llamó.
—Claire, abre tu correo seguro.
Había encontrado el registro del vuelo de regreso.
Ethan debía aterrizar en Los Ángeles en nueve días.
Pero Yvette no regresaría con él.
—¿Por qué?
—Porque su billete continúa hacia Singapur.
—¿Y Ethan?
—Regresa aquí solo.
Fruncí el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Sí lo tiene si necesita terminar algo antes de desaparecer definitivamente.
Natalie abrió otro archivo.
Era un documento empresarial fechado para dos días después del supuesto regreso de Ethan.
Una autorización para liquidar varias participaciones.
Y mi nombre aparecía otra vez.
—Está utilizando mi identidad.
—Parece que sí.
—Entonces pensaba volver después de su propia muerte, mover el resto y marcharse.
—Probablemente sin que tú llegaras a saberlo.
Miré la carta.
«Interrumpe el embarazo.»
De repente comprendí algo.
—Natalie.
—¿Qué?
—¿Qué ocurriría con ciertos activos familiares si Ethan estuviera muerto y no hubiera ningún hijo?
Ella se quedó callada.
Después empezó a buscar.
Cinco minutos más tarde su rostro cambió.
—Claire…
—Dímelo.
—Hay un fideicomiso creado por el padre de Ethan.
Sentí un golpe en el pecho.
—Nunca me habló de él.
—Porque probablemente no quería que supieras las condiciones.
La pantalla mostró varias cláusulas.
Si Ethan moría sin descendencia reconocida, una parte considerable pasaría a otra rama familiar.
Pero si existía un hijo…
el niño heredaría una participación que Ethan no podía vender ni transferir.
Mi mano cayó sobre mi vientre.
Todo encajó.
La desaparición.
La carta.
La urgencia de Marcus.
No era únicamente libertad.
No era únicamente Yvette.
Mi bebé era un obstáculo financiero.
Entonces la voz dentro de mí perdió de repente todo su humor.
—Mamá.
—¿Qué pasa?
—Tenemos un problema.
Me puse rígida.
—¿Cuál?
—Papá cambió de plan.
—¿Cómo lo sabes?
Silencio.
Después:
—Porque ya no vuelve en nueve días.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Cuándo?
La respuesta llegó casi como un susurro.
—Esta noche.
Miré inmediatamente hacia la ventana.
Un automóvil negro acababa de detenerse frente a la casa.
Natalie seguía hablando por teléfono.
—Claire, ¿qué ocurre?
No respondí.
La puerta del coche se abrió.
Primero bajó Marcus Chen.
Después descendió un hombre con gorra, gafas oscuras y el rostro parcialmente cubierto.
Pero yo reconocería aquella forma de caminar en cualquier lugar.
Mi marido muerto acababa de regresar a casa.
Y mi hijo susurró una última advertencia:
—Mamá…
—Papá no viene a buscar los documentos.
Sentí que dejaba de respirar.
—Entonces ¿qué quiere?
La voz tardó un segundo en responder.
—Viene a buscarte a ti.