Arturo Mendoza no necesitó ver la transmisión dos veces.
En la pantalla de su teléfono, Mariana estaba tendida junto a la alberca, empapada, apenas moviéndose.
Rodrigo seguía a pocos metros de ella.
Durante tres segundos, Arturo no habló.
Los cuatro hombres sentados alrededor de la mesa de juntas dejaron de revisar documentos al ver cómo cambiaba su expresión.
—Cancelen todo —ordenó.
Uno de sus asistentes se levantó.
—¿Señor Mendoza?
Arturo giró el teléfono.
Todos vieron la imagen.
Su hija, con siete meses de embarazo, inmóvil sobre una superficie cubierta de escarcha.
—Activen el protocolo médico de Mariana. Quiero ambulancia, seguridad y acceso remoto a todas las cámaras de esa propiedad.
—¿Avisamos a la policía?
Arturo miró nuevamente a Rodrigo.
—Sí.
Luego añadió:
—Y guarden tres copias de cada segundo de esta grabación. Nadie borra nada.
A sesenta kilómetros de allí, Rodrigo finalmente empezó a comprender que algo iba mal.
La luz roja del brazalete seguía parpadeando.
Se agachó junto a Mariana y le dio unas palmadas suaves en la mejilla.
—Mariana.
Ella no respondió.
—Ya estuvo. Levántate.
Nada.
Su seguridad desapareció.
—Mariana.
Rodrigo cerró la llave y miró alrededor.
Entonces reparó en una de las cámaras.
Estaba apuntándolo directamente.
Su rostro cambió.
Corrió hacia el panel de control junto a la puerta y tecleó el código.
“ACCESO DENEGADO”.
Lo intentó de nuevo.
Mismo resultado.
—¿Qué demonios…?
Sacó el teléfono y llamó al administrador del sistema.
No obtuvo respuesta.
Después llamó a Teresa.
Su madre contestó al tercer tono.
—¿Ya entendió?
—Mamá, tenemos un problema.
—¿Qué hizo ahora?
Rodrigo miró a Mariana.
—Se desmayó.
Hubo un silencio.
—¿La golpeaste?
—¡No!
—Entonces métela a la casa y di que resbaló.
Rodrigo tragó saliva.
—Las cámaras están activadas.
Teresa dejó de hablar.
—¿Qué cámaras?
—Las nuevas. Las que instaló su padre.
Otra pausa.
Esta vez mucho más larga.
—Rodrigo, borra esas grabaciones ahora mismo.
—Estoy intentando hacerlo.
—Pues sigue intentando.
La llamada terminó.
Rodrigo regresó junto a Mariana y trató de levantarla.
En ese instante, ella abrió ligeramente los ojos.
—No…
Él se congeló.
—Mariana, escucha. Te caíste. ¿Entendido?
Ella apenas podía enfocar la mirada.
—El bebé…
—Está bien.
—No sabes eso.
Rodrigo apretó los dientes.
—Cuando llegue alguien, vas a decir que saliste porque estabas alterada, resbalaste y encendiste la regadera por accidente.
Mariana lo miró como si estuviera viendo a un desconocido.
Tal vez porque, por primera vez, realmente lo estaba viendo.
—Me dejaste ahí.
—No empieces.
—Te pedí ayuda.
Rodrigo escuchó un sonido lejano.
Motores.
Se volvió hacia la entrada de la propiedad.
Primero apareció una camioneta negra.
Después otra.
Luego una tercera.
Cuando la sexta se detuvo frente a la reja, Rodrigo quedó completamente inmóvil.
Los faros iluminaron el jardín.
Las puertas se abrieron casi simultáneamente.
Bajaron paramédicos, personal de seguridad y varios hombres vestidos con abrigos oscuros.
Rodrigo retrocedió.
—¿Qué hiciste?
Mariana cerró los ojos.
—Nada.
Era verdad.
Solo había presionado un botón.
La puerta principal se abrió desde fuera.
Rodrigo miró el teclado de seguridad.
—¿Cómo entraron?
Una voz respondió desde el pasillo.
—Porque el sistema me pertenece.
Arturo Mendoza apareció en la entrada.
Rodrigo lo había visto únicamente dos veces.
La primera, durante una comida formal.
La segunda, el día de la boda.
Siempre había creído que Arturo era simplemente un empresario retirado con suficiente dinero para consentir a su única hija.
Nunca se había molestado en averiguar demasiado.
Ahora comenzó a sospechar que había cometido un error.
Arturo no miró a Rodrigo.
Pasó junto a él directamente hacia Mariana.
Se quitó el abrigo y se arrodilló.
—Mi niña.
Mariana abrió los ojos.
—Papá…
La palabra apenas salió de su garganta.
Arturo le tomó la mano.
—Estoy aquí.
Los paramédicos comenzaron a atenderla.
Rodrigo dio un paso hacia ellos.
Dos hombres se interpusieron inmediatamente.
—Soy su esposo.
Arturo levantó lentamente la cabeza.
—Qué curioso.
—¿Qué?
—Hace cinco minutos parecías haber olvidado eso.
Rodrigo palideció.
—Señor Mendoza, esto no es lo que parece.
Arturo sacó su teléfono.
En la pantalla se veía una imagen congelada.
Rodrigo junto a la regadera.
Mariana en el suelo.
—Entonces explícame qué parece.
Rodrigo abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Los paramédicos colocaron a Mariana sobre una camilla.
Uno de ellos habló con Arturo en voz baja.
—Tenemos que trasladarla inmediatamente.
El corazón de Mariana volvió a acelerarse.
—¿Mi bebé?
—Vamos a revisarlos a los dos.
Arturo caminó junto a la camilla.
Pero Mariana agarró su manga.
—Papá.
—¿Sí?
—Mi bolsa.
Rodrigo levantó la vista.
Mariana señaló hacia el interior.
—Los documentos que Rodrigo quería que firmara están ahí.
El rostro de Arturo se endureció.
Uno de sus hombres encontró el bolso sobre una silla y se lo entregó.
Arturo abrió la carpeta.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Y en la tercera encontró algo que hizo que levantara lentamente los ojos hacia su yerno.
—¿Quién preparó esto?
Rodrigo intentó recuperar la compostura.
—Son asuntos del matrimonio.
—Te pregunté quién redactó estos documentos.
—Mi abogado.
Arturo cerró la carpeta.
—Interesante.

—¿Por qué?
—Porque esas acciones no pueden transferirse mediante este documento.
Rodrigo frunció el ceño.
—Claro que pueden.
Arturo lo observó durante varios segundos.
—No tienes la menor idea de qué empresa intentaste robarle a mi hija, ¿verdad?
Rodrigo soltó una risa nerviosa.
—No estoy robando nada.
Arturo entregó los papeles a uno de sus asistentes.
—Revísalos.
El hombre leyó algunas líneas.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Señor Mendoza…
—Dilo.
—Aquí aparece una sociedad intermediaria.
Rodrigo palideció.
—Eso es normal.
—No —respondió el asistente—. Porque esa sociedad fue disuelta hace cuatro años.
El jardín quedó en silencio.
Mariana, ya dentro de la ambulancia, apenas escuchaba.
Arturo volvió la cabeza hacia Rodrigo.
—¿Quién te dio estos papeles?
Rodrigo no contestó.
Entonces aparecieron nuevas luces detrás de las camionetas.
Patrullas.
Rodrigo miró hacia la entrada y su respiración se volvió irregular.
En ese momento llegó Teresa.
Salió precipitadamente de un automóvil y corrió hacia su hijo.
—¡No digas nada!
Demasiado tarde.
Todos la escucharon.
Arturo la observó.
Teresa se quedó paralizada.
—Señor Mendoza…
—Señora Salazar.
Ella forzó una sonrisa.
—Debe existir un terrible malentendido.
Arturo sostuvo la carpeta.
—Eso espero.
Teresa vio los documentos.
Y perdió el color.
Fue una reacción pequeña, pero Mariana la vio.
Antes de que las puertas de la ambulancia se cerraran, llamó a su padre.
—Papá.
Arturo se acercó.
Mariana señaló débilmente hacia Teresa.
—Ella sabía de los papeles.
Teresa dio un paso atrás.
—Está confundida.
Pero Mariana recordó algo.
Algo ocurrido durante la comida que en aquel momento no había entendido.
—Y dijo otra cosa.
Arturo se inclinó.
—¿Qué dijo?
Mariana respiró con dificultad.
—Que si yo no firmaba…
Miró a Rodrigo.
Luego a Teresa.
—iban a conseguir mi firma de otra manera.
El silencio fue absoluto.
Entonces uno de los agentes recibió una llamada.
Escuchó durante varios segundos y se acercó a Arturo.
—Señor Mendoza, necesitamos hablar con usted.
—¿Sobre qué?
El agente miró primero a Rodrigo.
Después abrió una fotografía en su teléfono.
—Hace menos de una hora se presentó electrónicamente una transferencia de las acciones de su hija.
Arturo quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—La solicitud lleva su firma digital.
Desde la ambulancia, Mariana sintió que el pecho se le cerraba.
—Yo no firmé nada.
El agente asintió lentamente.
—Eso es precisamente lo que necesitamos investigar.
Luego amplió la imagen.
Y cuando Arturo vio el nombre de la persona que había certificado la transferencia, su rostro cambió por completo.
Porque no era Rodrigo.
No era Teresa.
Era alguien en quien Arturo llevaba más de veinte años confiando.
Y aquella persona estaba, en ese mismo instante, dentro de una de las seis camionetas.