Adrián tardó exactamente dos días en comprender que algo iba mal.
El primero todavía estaba enfadado.
El segundo empezó a preocuparse.
Al tercero apareció frente a la casa de mis padres.
Mi madre abrió la puerta.
—¿Dónde está Serena?
—Se fue.
Adrián frunció el ceño.
—¿Adónde?
—Eso ya no te corresponde saberlo.
Intentó entrar.
Mi padre apareció detrás de ella.
—No des un paso más.
Adrián se quedó inmóvil.
Conocía a mi padre desde niño. Jamás lo había visto mirarlo así.
—Señor Su, hubo un malentendido.
—Mandaste a mi hija a una comisaría para impedirle asistir a tu compromiso con otra mujer.
—Yo solo quería evitar una escena.
Mi padre soltó una risa sin humor.
—Pues lo conseguiste. Serena ya no volverá a hacerte ninguna.
Adrián palideció.
—Necesito hablar con ella.
—Tuviste siete años.
La puerta se cerró.
Esa misma tarde Adrián descubrió que yo había renunciado a varios proyectos locales, transferido mis responsabilidades y enviado mis pertenencias personales al extranjero.
No era una rabieta.
Yo había desmontado mi vida entera sin dejarle una sola puerta por la que entrar.
Entonces comenzó a llamar desde números desconocidos.
Los bloqueé todos.
Mandó correos.
No respondí.
Incluso utilizó teléfonos de empleados.
En cuanto reconocía su voz, colgaba.
Mientras tanto, mi nueva vida comenzó a tomar forma a miles de kilómetros.
Mi hermano dirigía una filial familiar en Singapur y llevaba meses pidiéndome ayuda.
Me entregó la dirección de una división que acumulaba pérdidas.
—No voy a tratarte como a mi hermana pequeña —advirtió.
Sonreí.
—Eso espero.
Trabajé hasta quedar agotada.
Y por primera vez, aquel cansancio me gustó.
No tenía tiempo para revisar las redes de Adrián.
No esperaba mensajes.
No calculaba la diferencia horaria pensando qué estaría haciendo.
Un día desperté y comprendí que habían pasado cuarenta y ocho horas sin pensar en él.
Luego fueron tres días.
Después una semana.
Adrián, en cambio, empezó a desmoronarse.
Su compromiso con Daniela debía convertirse en la boda del año.
Pero algo había cambiado.
Cuando Daniela se quejaba, él ya no la consolaba.
Cuando lloraba, la observaba en silencio.
Cuando exigía regalos, recordaba cada vez que había utilizado aquellos mismos regalos para compensarla después de discutir conmigo.
Hasta que una noche preguntó:
—¿Tú sabías lo de la comisaría?
Daniela apartó la mirada.
—¿Qué importa ahora?
—Te pregunté si lo sabías.
—Adrián, estabas intentando proteger nuestro compromiso.
—¿Lo sabías?
Ella perdió la paciencia.
—¡Sí!
El silencio que siguió fue insoportable.
—También sabías que Serena intentó llamarme.
Daniela cruzó los brazos.
—¿Y qué? Si hubieras contestado, habría venido a arruinarlo todo.
Adrián la miró durante varios segundos.
—Sal de mi casa.
—¿Qué?
—He dicho que salgas.
Daniela empezó a llorar.
Esta vez él no cedió.
Dos semanas después canceló el compromiso.

Pero cancelar una boda no podía borrar lo que me había hecho.
Tres meses después, mi abogado me llamó.
—Serena, tenemos novedades sobre el incidente de aquella noche.
Dejé el bolígrafo.
—¿Qué encontraron?
—Los hombres que provocaron el accidente no actuaron por casualidad.
Eso ya lo sabía.
—Adrián los contrató.
—Sí, pero hay algo más.
Mi abogado hizo una pausa.
—El dinero no salió de ninguna cuenta de Adrián.
Sentí un frío desagradable.
—¿De quién?
—Daniela Yao realizó el pago.
Me quedé callada.
—¿Adrián lo sabía?
—Parece que él pidió que te retrasaran. Pero Daniela fue quien organizó el método y añadió instrucciones.
—¿Qué instrucciones?
—Que te mantuvieran retenida el mayor tiempo posible.
Miré por la ventana.
No sentí celos.
Ni siquiera sorpresa.
—Procede legalmente.
—¿Contra Daniela?
—Contra todos los responsables.
Dos meses después tuve que regresar por una reunión relacionada con el caso.
No avisé a Adrián.
Pero alguien debió hacerlo.
Porque cuando salí del edificio, estaba esperando.
Habían pasado cinco meses.
Parecía más delgado.
Se acercó rápidamente.
—Serena.
Seguí caminando.
—Espera.
Me tomó del brazo.
Bajé la mirada hacia su mano.
Adrián la retiró inmediatamente.
—Perdón.
Aquella palabra habría significado el mundo para mí un año antes.
Ahora apenas significaba nada.
—Necesito hablar contigo.
—Habla.
Pareció sorprendido por mi calma.
—Cancelé el compromiso.
—Me enteré.
—Daniela me engañó.
—Tú también me engañaste.
Su rostro se tensó.
—Nunca estuve con ella mientras…
—No hablo de acostarte con alguien.
Lo miré.
—Me hiciste creer durante siete años que tenía un lugar en tu vida mientras construías un futuro donde yo sobraba.
Adrián bajó la cabeza.
—Me equivoqué.
—Sí.
—Quiero arreglarlo.
—No puedes.
—Serena, dame una oportunidad.
Negué.
—¿Recuerdas lo que dijiste aquella noche?
Sus ojos cambiaron.
Lo sabía.
—Dijiste que mi desaparición sería lo mejor que podría pasarte.
—Estaba hablando delante de mis amigos. No lo decía en serio.
—Ese es precisamente el problema, Adrián.
Mi voz permaneció tranquila.
—Me humillaste porque estabas seguro de que, hicieras lo que hicieras, yo seguiría allí.
Sus ojos comenzaron a enrojecerse.
—Te busqué durante meses.
—Y yo te esperé durante siete años.
No tuvo respuesta.
Me alejé.
Esta vez no intentó detenerme.
Pensé que aquella sería nuestra última conversación.
Me equivocaba.
Una semana después, durante una reunión familiar, mi abogado apareció con una carpeta.
—Hay algo que debes ver.
Sacó varios registros de llamadas.
—Encontramos al intermediario que contrató a los hombres de la carretera.
—¿Daniela?
—Ella pagó.
Señaló otra página.
—Pero alguien le proporcionó tus horarios, la matrícula de tu coche y la ruta exacta que tomarías hacia el hotel.
Fruncí el ceño.
—Adrián conocía mi matrícula.
—Sí.
—¿Fue él?
Mi abogado negó lentamente.
—No.
Pasó la página.
Allí aparecía un número que conocía desde hacía años.
Sentí que se me helaban las manos.
—Eso es imposible.
—Comprobamos los registros tres veces.
El teléfono pertenecía a alguien que había sabido dónde estaba prácticamente cada día de mi vida.
Alguien que conocía mis peleas con Adrián.
Alguien que me había consolado cuando él se comprometió.
Y, sobre todo, alguien que sabía que aquella noche yo conduciría desesperadamente hacia el hotel.
Levanté los ojos.
—¿Por qué haría algo así?
Mi abogado cerró la carpeta.
—Eso es lo que todavía no entendemos.
Mi teléfono vibró en ese instante.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Había una fotografía mía tomada aquella misma mañana.
Debajo, una sola frase:
«Irte al extranjero no cambió nada, Serena. Adrián nunca fue el verdadero motivo por el que necesitábamos que desaparecieras.»
Y entonces comprendí que la traición que me había hecho abandonar el país quizá solo había sido el principio.