Mi primer error fue creer que las tres enfermeras anteriores habían renunciado porque Massimo era insoportable.
Al tercer día comprendí que solo era una parte del problema.
—Otra vez —ordené.
Massimo estaba frente a las barras paralelas del gimnasio privado de la mansión, las manos aferradas al metal.
—Llevamos cuarenta minutos.
—Entonces llevas cuarenta minutos quejándote.
Sus ojos se clavaron en mí.
—La última persona que me habló así perdió dos dientes.
—Perfecto. Cuando puedas alcanzarme caminando, me preocuparé.
Desde la puerta llegó una tos ahogada.
Uno de sus hombres estaba intentando ocultar una sonrisa.
Massimo lo fulminó con la mirada.
—Fuera.
Cuando estuvimos solos, volví a colocar mis manos junto a sus caderas para estabilizarlo.
—No quiero que uses los brazos para cargar todo el peso. Concéntrate en la pierna derecha.
—No siento la pierna derecha.
—Eso dijiste ayer.
—Porque sigue siendo verdad.
—No completamente.
Massimo se quedó inmóvil.
Le mostré mis notas.
—Ayer reaccionaste dos veces a estímulos en el pie derecho antes de verme tocarlo.
Por primera vez perdió aquella expresión arrogante.
—¿Estás segura?
—Sí.
Su mirada bajó hacia sus piernas.
Y durante un segundo no vi a un jefe criminal. Vi a un hombre aterrorizado de tener esperanza.
—Otra vez —dijo.
Trabajamos hasta que el sudor empapó su camiseta.
No consiguió dar un paso.
Pero consiguió mantenerse de pie durante diecisiete segundos.
Aquella noche alguien dejó un sobre debajo de la puerta de mi habitación.
Dentro había cinco mil dólares en efectivo.
Y una nota.
«DEJA DE FORZARLO. COBRARÁS IGUAL.»
Me quedé mirando aquellas palabras.
No se lo conté a Massimo.
Todavía.
Guardé el sobre y empecé a prestar atención.
Durante la semana siguiente observé algo extraño.
Cada mañana Massimo estaba peor que la tarde anterior.
Menos fuerza.
Más somnolencia.
Reflejos más lentos.
Al principio pensé que era agotamiento.
Después revisé su medicación.
Había un relajante muscular prescrito para la noche.
La dosis registrada era correcta.
Pero cuando conté las pastillas, faltaban demasiadas.
—¿Quién prepara esto? —pregunté.
El hombre encargado de la casa, Luca, señaló al médico privado.
—El doctor Bellini controla todo.
Aquella tarde esperé hasta que Massimo terminó la rehabilitación.
—Necesito preguntarte algo.
—Eso nunca termina bien contigo.
—¿Quién administra tus medicamentos por la noche?
—Bellini o alguien de su equipo.
—¿Confías en él?
Massimo me observó.
—Operó conmigo después del accidente.
—Eso no responde mi pregunta.
Silencio.
—Confiaba.
Aquella palabra me heló.
Le mostré las pastillas.
Su rostro cambió.
—¿Qué encontraste?
—Todavía no lo sé.
Al día siguiente pedí que nadie le administrara nada sin que yo lo registrara primero.
La diferencia fue visible en menos de cuarenta y ocho horas.
Massimo estaba más alerta.
El temblor disminuyó.
Y durante nuestra sesión del viernes sucedió.
Tenía ambas manos sobre las barras.
Yo estaba frente a él.
—Pierna izquierda.
La movió.
—Ahora derecha.
Su mandíbula se tensó.
Nada.
—No luches contra todo el cuerpo. Solo piensa en mover el pie.
—Tessa…
—Hazlo.
Entonces ocurrió.
La rodilla derecha avanzó.
Apenas unos centímetros.
Pero avanzó.
Massimo se quedó mirando su pierna.
Yo también.
—Otra vez.
Lo intentó.
El pie se deslizó hacia delante.
Massimo Pascale acababa de dar su primer paso desde el accidente.

Solté una carcajada incrédula.
Él me miró.
Y sonrió.
No aquella sonrisa peligrosa que utilizaba para intimidar.
Una sonrisa real.
—Lo hice.
—Lo hiciste.
Intentó otro paso.
Sus piernas cedieron.
Lo sujeté antes de que golpeara el suelo y ambos terminamos apoyados contra las barras.
Massimo respiraba con dificultad.
—No se lo digas a nadie.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
Su expresión había vuelto a endurecerse.
—A nadie, Tessa.
—¿Por qué?
—Porque si tienes razón con las medicinas, alguien dentro de esta casa necesita que yo siga en esa silla.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
—Eso voy a descubrir.
Durante los siguientes diez días fingimos.
Cuando alguien entraba al gimnasio, Massimo parecía más débil de lo que realmente estaba.
Cuando estábamos solos, trabajábamos.
Un paso se convirtió en tres.
Tres en seis.
Después consiguió cruzar las barras completas.
Y mientras su cuerpo recuperaba fuerza, su comportamiento también cambió.
Empezó a comer con el personal algunas noches.
Preguntó el nombre del joven jardinero.
Incluso llamó a su hermana, con quien llevaba casi dos años sin hablar.
Una tarde me encontró estudiando junto a la chimenea.
—¿Qué haces?
—Intento conservar mi doctorado mientras rehabilito a un paciente imposible.
Dejó un sobre sobre mi libro.
Era una confirmación bancaria.
Mi matrícula estaba pagada.
Toda.
Levanté la cabeza.
—No.
—Ya está hecho.
—Nuestro acuerdo era cincuenta mil.
—Considéralo una bonificación.
Empujé el documento hacia él.
—No quiero deberte nada.
Massimo sostuvo mi mirada.
—Tú eres la única persona en esta casa que parece no querer nada de mí.
Se quedó callado unos segundos.
—Por eso precisamente quería hacerlo.
No acepté.
Pero aquella noche comprendí que Camila había tenido razón.
El hombre que estaba conociendo no era el mismo que había entrado en aquella silla tres meses atrás.
Y eso lo hacía todavía más peligroso para quien quisiera mantenerlo incapacitado.
La respuesta llegó dos noches después.
Me despertó un ruido en el pasillo.
Abrí la puerta.
Un hombre salía de la habitación de Massimo.
No era Bellini.
Era Carlo Pascale.
El primo de Massimo y el hombre que había asumido gran parte del control de la organización después del accidente.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
Carlo sonrió.
—Mi primo necesitaba dormir.
Miré la jeringa vacía en su mano.
—¿Qué le diste?
Su sonrisa desapareció.
—Vuelve a tu habitación.
Intenté pasar.
Carlo me agarró del brazo.
—Te pagaron para moverle las piernas, doctora. No para investigar.
Mi corazón golpeó contra mis costillas.
Entonces una voz surgió desde la oscuridad de la habitación.
—Suéltala.
Carlo se congeló.
Massimo estaba despierto.
—Te dije que la soltaras.
Carlo entró.
—Massimo, necesitas descansar.
—¿Qué había en la jeringa?
—Tu medicación.
—Tessa suspendió esa medicación hace diez días.
El rostro de Carlo cambió.
Solo durante un instante.
Pero fue suficiente.
Massimo apartó la manta.
Colocó ambos pies en el suelo.
Carlo frunció el ceño.
—¿Qué estás haciendo?
Massimo apoyó una mano en la cama.
Y se levantó.
Solo.
Carlo retrocedió como si hubiera visto regresar a un muerto.
Massimo dio un paso.
Luego otro.
—Parece que tu plan tuvo un problema.
La puerta se abrió detrás de nosotros.
Luca entró acompañado por dos hombres.
Carlo palideció.
—Puedo explicarlo.
—Lo harás.
Massimo señaló la jeringa.
—Pero primero quiero saber quién te ordenó mantenerme paralizado.
Carlo soltó una risa nerviosa.
—¿Crees que esto empezó conmigo?
Massimo dejó de avanzar.
—Habla.
Carlo me miró.
Y aquella mirada hizo que mi estómago se cerrara.
—Pregúntale a tu terapeuta por qué Camila sabía que necesitabas exactamente a alguien con su especialidad.
Me quedé helada.
—¿Qué estás diciendo?
—Tessa —dijo Massimo lentamente—, ¿cómo consiguió Camila este trabajo para ti?
—Dijo que representaba a gente relacionada con tu familia.
Carlo comenzó a reír.
—Claro que sí.
Massimo lo agarró por la camisa.
—¿Quién la contrató?
Carlo dejó de reír.
—La misma persona que organizó tu accidente.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
Massimo aflojó lentamente la mano.
—¿Qué?
Carlo señaló hacia mí.
—Tessa nunca fue elegida para ayudarte a caminar.
Mi corazón se aceleró.
—Entonces ¿para qué?
Carlo abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, se escuchó un disparo en la planta baja.
Después otro.
Las luces de la mansión se apagaron.
En la oscuridad, comenzaron a sonar alarmas.
Luca sacó su arma.
Massimo agarró mi muñeca y me colocó detrás de él.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje de Camila.
Solo seis palabras.
«TESSA, SAL DE ESA CASA AHORA.»
Debajo apareció otro.
«MASSIMO NO ERA EL OBJETIVO. ERAS TÚ.»