PARTE 2: CUANDO ALEJANDRO POR FIN ADMITIÓ QUE ESTABA CELOSO DE MATEO, YO DESCUBRÍ QUE SU DISTANCIA NUNCA HABÍA SIDO FALTA DE AMOR, SINO EL MIEDO DE UN HOMBRE QUE NO SABÍA CÓMO PEDIRME QUE ME QUEDARA.

A la mañana siguiente, Alejandro ya estaba sentado a la mesa cuando bajé.

Había café.

Tostadas.

Fruta cortada.

Y una expresión tan seria que parecía dispuesto a negociar una adquisición multimillonaria.

Me senté enfrente.

—Buenos días.

—Buenos días.

Silencio.

Tomé una fresa.

Alejandro miró mi bolso.

Más específicamente, el llavero de Mateo colgando de la cremallera.

—¿Vas a llevar eso ahí?

Mordí la fresa.

—Sí.

—Puede caerse.

—No se caerá.

—Podría engancharse.

—Alejandro.

—¿Qué?

—Son las ocho de la mañana y ya estás peleando con un llavero.

Frunció ligeramente el ceño.

—No estoy peleando.

—Estás perdiendo, además.

Su mirada subió hacia mí.

Tuve que contener la risa.

Entonces dejó la taza.

—Quiero hablar contigo esta noche.

Eso sí me sorprendió.

—¿Sobre qué?

—Nosotros.

Casi escupo el café.

En tres meses de matrimonio, Alejandro jamás había pronunciado espontáneamente aquella palabra en plural.

—¿Nosotros?

—Sí.

—¿Existe un nosotros?

Me arrepentí en cuanto lo dije.

Su expresión cambió apenas.

Dolor.

Fue rápido.

Pero lo vi.

—Eso es precisamente lo que quiero discutir.

Se marchó a trabajar antes que yo.

Durante todo el día pensé en aquella conversación.

También pensé en Sofía.

Había encontrado información sobre ella casi por accidente semanas antes.

No había fotografías comprometedoras.

Ni viajes románticos.

Ni mensajes ambiguos.

Solo años de apoyo financiero.

Pero había una pregunta que nunca me había atrevido a formular.

¿Por qué ella?

Alejandro llegó a casa poco después de las siete.

Yo estaba en el salón leyendo.

Se quitó la chaqueta.

Se sentó frente a mí.

Y durante casi un minuto no dijo nada.

—Esto va genial —comenté.

Me lanzó una mirada.

—Estoy organizando mis ideas.

—Llevas tres meses organizándolas.

—Clara.

Sonreí.

—Vale. Habla.

Alejandro apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Sofía no es mi amante.

—Nunca dije que lo fuera.

—Lo pensaste.

No respondí.

—Su padre trabajaba para mi familia —continuó—. Murió cuando ella tenía diecisiete años.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Qué ocurrió?

—Un accidente durante un viaje de trabajo. Su madre había muerto años antes. No tenía a nadie.

Guardó silencio.

—Mi padre se negó a hacerse responsable porque legalmente la empresa no tenía obligación. Yo acababa de incorporarme al grupo.

Ahora comprendía.

—Así que tú lo hiciste.

Asintió.

—Pagué sus estudios porque sentía que era lo correcto.

—¿Por qué nunca me lo explicaste?

Alejandro me miró.

—Porque nunca me preguntaste directamente.

Abrí mucho los ojos.

—¿Perdona?

—Eso ha sonado peor de lo que pretendía.

—Muchísimo peor.

Se pasó una mano por el rostro.

—No sé hacer esto.

—¿Hablar?

—Estar casado.

Aquella confesión me dejó callada.

Alejandro continuó:

—Pensé que si no interfería en tu vida, serías feliz.

—¿De dónde sacaste semejante idea?

—De tu abuelo.

Me quedé inmóvil.

Otra vez mi abuelo.

Pero esta vez había algo diferente.

—Antes de morir me dijo que eras una persona que necesitaba libertad. Que odiabas sentirte controlada. Me hizo prometer que si algún día terminabas bajo mi responsabilidad…

—No estoy bajo tu responsabilidad.

—Ahora lo sé.

Me miró directamente.

—Pero entonces pensé que cuidarte significaba no exigir nada de ti.

Mi pecho se apretó.

—Así que decidiste convertirme en una compañera de piso.

Alejandro cerró los ojos.

—Visto así, fue una estrategia terrible.

Me reí sin querer.

Él también sonrió un poco.

Después su expresión volvió a ponerse seria.

—Hay otra cosa.

—¿Cuál?

Se quedó callado demasiado tiempo.

—Yo no me casé contigo solamente por tu abuelo.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Qué?

—Eso fue lo que me dije.

Alejandro levantó la mirada.

—Y lo que te dije a ti porque era más fácil.

—¿Más fácil que qué?

Respiró profundamente.

—Que admitir que llevaba años queriéndote.

Esta vez no tuve ninguna respuesta preparada.

Nada.

—Alejandro…

—Te conocí cuando tenías veintidós.

—Lo recuerdo.

—Yo también.

Sonrió sin humor.

—Demasiado bien.

Entonces comenzó a contarme cosas que yo ni siquiera recordaba.

El vestido amarillo que llevaba en la fiesta de cumpleaños de mi abuelo.

La noche en que discutí con un camarero porque había tratado mal a una empleada.

La vez que me quedé dormida en la biblioteca de casa con un libro sobre la cara.

Lo miré completamente desconcertada.

—¿Te acuerdas de todo eso?

—Sí.

—Pero casi no hablábamos.

—Ese era el problema.

—¿Por qué?

Su sonrisa desapareció.

—Porque tú eras la nieta del hombre que me dio mi primera oportunidad profesional. Cinco años menor. Y yo no quería convertirme en alguien que confundiera gratitud con derecho sobre ti.

Me quedé mirándolo.

Durante tres meses había pensado que aquel hombre apenas me soportaba.

Y ahora descubría que había construido una muralla porque sentía demasiado, no demasiado poco.

—Entonces llegó el testamento de mi abuelo.

—No decía que tuvieras que casarte conmigo —aclaró Alejandro—. Solo me pidió que estuviera pendiente de ti.

Parpadeé.

—Espera.

—Sí.

—¿Mi abuelo nunca te pidió que te casaras conmigo?

—No.

Cogí un cojín.

Se lo lancé.

Alejandro lo atrapó.

—¡Me dijiste que estabas cumpliendo su última voluntad!

—Dije que me había confiado tu futuro.

—¡Eso es manipulación semántica!

—Soy empresario.

—¡Eres un sinvergüenza!

Por primera vez desde nuestra boda, Alejandro se echó a reír de verdad.

Yo intenté mantenerme enfadada.

Duré aproximadamente ocho segundos.

Después me reí también.

Cuando nos calmamos, volvió a mirarme.

—El matrimonio fue idea mía.

—¿Por qué?

—Porque pensé que era mi única oportunidad.

—¿Y después de conseguirla decidiste ignorarme?

Su rostro adquirió una expresión de absoluta derrota.

—Cuando lo dices así…

—No existe otra forma de decirlo.

—Tenía miedo de que descubrieras que quería demasiado.

Aquella frase me tocó mucho más de lo que quería admitir.

Bajé la mirada.

—Yo pensé que estabas enamorado de Sofía.

—No.

—Pensé que te habías casado conmigo por obligación.

—No.

—Pensé que te daba igual si estaba o no.

Alejandro se inclinó hacia mí.

—Clara.

Levanté los ojos.

—La noche que saliste con Mateo comprobé el móvil treinta y siete veces.

Me quedé quieta.

—¿Treinta y siete?

—Probablemente más.

—Eso es bastante patético.

—Lo sé.

—¿Y lo de la altura?

Su mandíbula se tensó.

Sonreí.

—Alejandro Han, empresario brillante, compitiendo con un estudiante universitario por un centímetro.

—Podemos olvidar esa parte.

—Jamás.

Por primera vez pareció avergonzado.

Y fue adorable.

Entonces pregunté:

—¿Estabas celoso?

Silencio.

—Alejandro.

—Sí.

—No te oigo.

Me lanzó una mirada peligrosa.

—Sí. Estaba celoso. Muchísimo.

Sonreí.

—Gracias.

—¿Eso era todo lo que querías escuchar?

—No.

Su expresión cambió.

Me acerqué un poco.

—Quiero saber qué quieres hacer ahora.

Alejandro no respondió inmediatamente.

Después hizo algo que jamás había hecho desde nuestra boda.

Tomó mi mano.

Sin obligación.

Sin excusas.

Sin mencionar a mi abuelo.

—Quiero empezar de nuevo.

Entrelazó sus dedos con los míos.

—Quiero invitarte a cenar.

—¿Como una cita?

—Sí.

—¿Después de tres meses de casados?

—Voy con retraso.

—Muchísimo.

—Lo compensaré.

—Ya veremos.

Sonrió.

—También quiero saber qué series te gustan.

—Odias mis series.

—Aprenderé.

—¿Y dejarás de controlar la hora a la que duermo?

Pensó.

—Negociable.

—Mal comienzo.

—Clara.

Me reí.

En ese momento sonó mi teléfono.

Mensaje de Mateo.

Alejandro miró automáticamente la pantalla.

Yo lo miré a él.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

Abrí el mensaje.

“Gracias otra vez. Mi madre quiere conocerte algún día. Dice que quien ayuda a su hijo ya es familia.”

Sonreí.

Alejandro suspiró.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—Qué maduro.

—Pero el apartamento se termina cuando consiga sueldo estable.

Solté una carcajada.

—¿Eso son celos o planificación financiera?

—Ambas cosas.

Una semana después tuvimos nuestra primera cita.

Tres meses después de nuestra boda.

Alejandro reservó un restaurante pequeño en lugar de uno de aquellos lugares privados que solía utilizar para negocios.

Hablamos durante cuatro horas.

Descubrí que odiaba el cilantro.

Él descubrió que yo soñaba con abrir una organización de becas.

Y meses después, Mateo se convirtió en el primer estudiante de nuestra nueva fundación.

Sí.

Nuestra.

Alejandro aportó el doble que yo.

Cuando le pregunté por qué, contestó:

—Hay muchas personas concretas que necesitan ayuda.

Reconocí inmediatamente mis propias palabras.

—Qué conveniente.

—Aprendo rápido.

Sofía terminó convirtiéndose en directora financiera de uno de nuestros proyectos.

La conocí.

Me cayó bien.

Cuando supo toda la historia de Mateo, se rio durante diez minutos.

Alejandro no volvió a mencionarla como argumento jamás.

Y respecto a nuestro matrimonio…

Seguimos teniendo dormitorios emocionalmente separados durante exactamente nueve días más.

Después desapareció también aquella distancia.

No porque Alejandro se transformara mágicamente en alguien expresivo.

Seguía siendo terrible diciendo lo que sentía.

Solo que ahora, cuando no encontraba palabras, lo intentaba.

Y yo aprendí algo también.

A veces el amor no fracasa porque no existe.

A veces fracasa porque dos personas esperan que la otra adivine aquello que ninguna se atreve a decir.

Una noche, casi un año después, encontré el viejo llavero de Mateo dentro de un cajón.

Alejandro apareció detrás de mí.

Lo miró.

—Todavía es barato.

Me eché a reír.

—¿Sigues celoso?

Me rodeó con los brazos y apoyó la barbilla sobre mi cabeza.

—No.

Esperé.

Cinco segundos.

—Aunque sigo midiendo uno ochenta y seis.

Me giré lentamente.

—Dios mío.

Alejandro sonrió.

Y comprendí que aquel hombre serio, distante e imposible que mi abuelo había dejado cerca de mí nunca había necesitado aprender a quererme.

Solo había necesitado aprender a dejar que yo lo viera.

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