PARTE 2: MIENTRAS MI FAMILIA INTENTABA CONVENCER A LA POLICÍA DE QUE MI ATAQUE HABÍA SIDO UN ACCIDENTE, EL TESTAMENTO FINAL DE MI ABUELO REVELÓ POR QUÉ LLEVABAN AÑOS INTENTANDO QUITARME TODO.

Cuando desperté de la cirugía, Wyatt estaba dormido en una silla junto a mi cama, todavía con la misma camisa manchada de aquella tarde.

Lo primero que recordé fue el ladrillo.

Lo segundo, la sonrisa de mi madre.

Después vi el sobre.

Seguía sobre la mesa.

—Wyatt.

Abrió los ojos inmediatamente.

—Estoy aquí.

Se acercó y me tomó la mano con cuidado.

—¿Qué pasó con mi padre?

—Sigue detenido.

—¿Y mamá? ¿Melanie?

Su expresión cambió.

—Están intentando decir que todo fue un accidente.

Solté una risa amarga que me provocó dolor.

—Claro que sí.

Wyatt señaló el sobre.

—Pero creo que tenemos un problema mucho mayor.

Había llamado a Samuel Grayson.

El abogado llegaría aquella mañana.

Dos horas después, un hombre de cabello gris entró acompañado por el detective Beckett.

Samuel dejó un maletín sobre la mesa.

—Sadie, conocí a tu abuelo Robert durante treinta y siete años.

Mi corazón dio un vuelco.

Mi abuelo había muerto cuando yo tenía diecinueve años.

Según mis padres, apenas había dejado suficiente dinero para cubrir sus deudas.

—¿Qué tiene que ver mi abuelo con esto?

Samuel abrió el maletín.

—Todo.

Sacó una carpeta envejecida.

TESTAMENTO Y FIDEICOMISO DE ROBERT WHITMORE.

—Ese no es el testamento que nos enseñaron —susurré.

—Porque probablemente nunca lo viste.

Samuel explicó que mi abuelo había modificado su patrimonio pocos meses antes de morir.

Había dejado una parte considerable de sus propiedades dentro de un fideicomiso.

El beneficiario principal no era mi padre.

Era yo.

Me quedé mirándolo.

—Eso es imposible.

—No lo es.

Samuel colocó delante de mí una copia certificada.

Había terrenos.

Una cartera de inversiones.

Dos edificios comerciales.

Y una antigua propiedad agrícola que yo recordaba vagamente de mi infancia.

Su valor actual superaba varios millones.

Wyatt dejó escapar el aire lentamente.

—¿Por qué Sadie nunca recibió nada?

Samuel me miró con gravedad.

—Porque debía recibir el control completo al cumplir treinta años o al casarse, lo que ocurriera primero.

Sentí un escalofrío.

Mi boda.

De repente, los últimos meses adquirieron un significado completamente distinto.

Mi madre insistiendo en que aplazara el compromiso.

Papá diciendo que Wyatt no era adecuado.

Melanie apareciendo constantemente alrededor de él.

Y después de que Wyatt vendiera su empresa…

todos comenzaron a presionarlo para que me dejara y eligiera a mi hermana.

—Ellos sabían —dije.

Samuel no respondió inmediatamente.

No necesitaba hacerlo.

El detective Beckett abrió otra carpeta.

—Encontramos algo durante el registro de la casa.

Sacó varias fotografías.

En el despacho de mi padre habían encontrado copias del fideicomiso.

También correspondencia reciente con una empresa de tasación.

—Tu padre conocía perfectamente el patrimonio —dijo Beckett.

—¿Por qué necesitaba que Wyatt me abandonara?

Samuel contestó:

—Porque existe otra cláusula.

Pasó varias páginas.

—Si fallecías antes de asumir formalmente el control del fideicomiso, la parte principal del patrimonio pasaba a tu padre.

La habitación quedó completamente en silencio.

Wyatt soltó mi mano y se levantó.

—Ese hombre la golpeó con un ladrillo.

Beckett asintió.

—Y ahora sabemos que podía tener un incentivo económico.

Sentí náuseas.

Durante toda mi vida había buscado la aprobación de mi padre.

Había soportado que Melanie recibiera cumpleaños más grandes, mejores regalos y todas las excusas.

Siempre pensé que simplemente la preferían.

Nunca imaginé que yo fuera más valiosa para ellos muerta que viva.

—¿Y mi madre?

Beckett abrió su teléfono.

—Tenemos algo sobre ella también.

Uno de los seis testigos había sido una vecina que paseaba a su perro.

Su cámara corporal para corredores había seguido grabando durante todo el enfrentamiento.

En el audio se escuchaba a mi madre antes del ataque.

Beckett no necesitó reproducirlo completo.

Solo una frase.

«Si no consigues que Wyatt elija a Melanie hoy, tendremos que hacerlo de otra manera.»

Cerré los ojos.

Wyatt apretó los puños.

—Quiero que paguen todos.

—Eso dependerá de las pruebas y del proceso —respondió Beckett—. Pero esas pruebas están aumentando rápidamente.

—¿Y Melanie?

El detective vaciló.

—Ella afirma que no sabía nada del fideicomiso.

Samuel negó lentamente.

—Entonces tenemos un problema.

Sacó otra hoja.

Era un correo electrónico impreso.

El destinatario era Melanie.

El remitente, mi padre.

En el asunto aparecía:

«PLAN B ANTES DE LA BODA.»

Melanie había recibido el mensaje tres semanas antes.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué decía?

—Todavía estamos recuperando los archivos adjuntos —explicó Beckett—. Parece que fueron eliminados.

Entonces recordé algo.

—El anciano.

Todos me miraron.

—El hombre detrás de la cortina.

Samuel se quedó inmóvil.

—¿Cómo era?

Se lo describí.

Su expresión cambió.

—Creo que sé quién era.

—¿Quién?

—Henry Whitmore.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—¿Whitmore?

Samuel asintió.

—El hermano menor de tu abuelo.

Me quedé helada.

Mis padres siempre me habían dicho que el tío abuelo Henry había muerto años atrás.

—Está vivo.

—Sí.

Samuel cerró el maletín.

—Y durante mucho tiempo fue el segundo administrador del fideicomiso.

Wyatt se inclinó hacia delante.

—Entonces ¿por qué estaba escondido en aquella casa?

Nadie tenía respuesta.

Hasta que el teléfono de Beckett sonó.

Contestó.

Escuchó durante varios segundos.

Su expresión se endureció.

—¿Cuándo?

Silencio.

—No toquen nada. Vamos para allá.

Colgó.

—Encontraron a Henry.

—¿Está bien?

—Está vivo. Apareció esta mañana en una comisaría de otro condado.

Sentí alivio.

Pero Beckett todavía no había terminado.

—Llevaba una caja fuerte portátil que, según él, pertenecía a tu abuelo.

Samuel se levantó inmediatamente.

—¿Qué contiene?

Beckett me miró.

—Documentos originales, registros bancarios y varias grabaciones.

—¿Grabaciones de qué?

—De reuniones entre Henry y tu padre.

Sentí que el pulso se aceleraba.

—¿Sobre el fideicomiso?

—Entre otras cosas.

Entonces Beckett bajó la voz.

—Henry también afirma que tu abuelo no murió de la manera que tu familia te contó.

El aire pareció desaparecer de la habitación.

—Mi abuelo tuvo un infarto.

Samuel cerró lentamente los ojos.

—Eso fue lo que te dijeron.

Miré de uno a otro.

—¿Qué significa eso?

Beckett recibió un archivo en su teléfono.

Lo abrió.

—Henry acaba de autorizar que nos envíen una de las grabaciones.

Presionó reproducir.

Primero escuchamos la voz de mi padre.

Más joven.

Pero inconfundible.

Después apareció la voz de mi madre.

Y finalmente la de mi abuelo.

Hubo una discusión.

Papeles moviéndose.

Una silla arrastrándose.

Entonces mi abuelo dijo algo que hizo que Wyatt se quedara completamente inmóvil:

—Si alguna vez le hacéis daño a Sadie, Henry entregará todo lo que sé a la policía.

La grabación continuó.

Mi padre respondió:

—Entonces tendremos que asegurarnos de que Henry también desaparezca.

Beckett detuvo el audio.

Nadie habló.

Yo miré el testamento sobre mis piernas.

El ladrillo ya no parecía el comienzo de aquella historia.

Parecía el final desesperado de un secreto que mi familia llevaba ocultando más de una década.

Entonces Samuel pasó a la última página del fideicomiso.

Su rostro perdió el color.

—Sadie…

—¿Qué?

Levantó la hoja.

—Hay una cláusula que ninguno de ellos esperaba que se activara.

—¿Qué cláusula?

Samuel me miró fijamente.

—La que entra en vigor si algún miembro de tu familia intenta impedir por violencia que reclames tu herencia.

Y antes de que pudiera preguntarle qué significaba, Beckett recibió un segundo mensaje procedente de la comisaría.

Esta vez solo contenía una fotografía.

Era una página manuscrita por mi abuelo.

En la parte superior había una fecha.

El día anterior a su muerte.

Y debajo, una frase:

«Si me ocurre algo, investiguen primero a mi hijo.»

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