—La prueba de que no fui la única.
Aquellas palabras me devolvieron de golpe a mis nueve años.
Durante quince años había intentado convencerme de que la casa de la viuda Cooper solo escondía un horror.
Una niña.
Una puerta cerrada.
Una noche que nadie quiso recordar.
Pero mientras seguía a aquella mujer hacia la vivienda abandonada, comprendí que quizá lo que yo recordaba era únicamente la parte que alguien me había permitido conservar.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
Se detuvo en el umbral.
—Elena Ward.
El nombre no despertó nada.
Ella debió notarlo.
—Cuando me encontraste, te dije que me llamaba Ellie.
Entonces sí.
Un destello.
Una niña susurrando:
Ellie.
Una mano diminuta aferrándose a mi camisa.
Una voz detrás de nosotros gritando que corriéramos.
Me llevé una mano a la frente.
—¿Estás bien?
—Sí.
Mentí.
Entramos.
La casa olía a humedad y madera podrida. Los hombres que acompañaban a Elena habían retirado unas tablas del suelo de la cocina.
Debajo apareció una escalera.
—La entrada al sótano estaba en el pasillo —dije.
Elena me miró.
—La entrada que tú conocías.
Sentí un escalofrío.
Bajamos.
Las paredes parecían más estrechas de lo que recordaba.
Al fondo estaba la habitación donde había encontrado a Ellie.
La vieja argolla continuaba fijada al muro.
Aparté la mirada.
Elena no.
Se quedó observándola varios segundos.
—Durante años pensé que regresar aquí me destruiría.
—¿Por qué has vuelto?
—Porque murió la última persona que podía impedirme hacerlo.
Uno de sus hombres se acercó.
—Señorita Ward.
Había encontrado una pequeña abertura detrás de una estantería oxidada.
Retiraron el mueble.
Apareció una puerta metálica.
Yo retrocedí.
La conocía.
No sabía de dónde.
Pero mi cuerpo sí.
Las manos comenzaron a temblarme.
—Yo estuve ahí.
Elena se volvió.
—¿Lo recuerdas?
—No.
Miré aquella puerta.
—Pero sé que estuve.
Uno de los hombres abrió la cerradura.
Detrás había un corredor.
Las bombillas ya no funcionaban, así que avanzamos con linternas.
La primera habitación estaba vacía.
La segunda también.
En la tercera encontramos una pared cubierta de pequeñas líneas grabadas.
Grupos de cinco.
Decenas.
Elena pasó los dedos sobre ellas.
—Contábamos los días.
La miré.
—¿Contábamos?
Se dio cuenta de lo que había dicho.
—Las niñas.
—Has dicho «contábamos».
No respondió.
Continuamos.
Al final del corredor había seis puertas.
Seis.
Mi estómago se revolvió.
Dentro de cada habitación encontramos una cama pequeña fijada al suelo.
Nada más.
En la última había dibujos infantiles arañados sobre la pared.
Casas.
Árboles.
Personas sin rostro.
Y un avión.
Me acerqué.
Era idéntico al dibujo que Elena llevaba consigo.
—Esto lo hice yo.
—Sí.
—¿Cómo?
Elena bajó la mirada.
—Porque no entraste aquí una sola vez.
Me giré hacia ella.
—¿Qué significa eso?
—Me visitaste durante semanas.
Sentí que el aire desaparecía.
—No.
—Me llevabas agua. Pan. Una vez robaste antibióticos del botiquín de tu padre porque una de las niñas tenía fiebre.
—No recuerdo nada de eso.
—Lo sé.
Su respuesta fue demasiado rápida.
—¿Por qué no lo recuerdo?
Antes de que contestara, uno de los hombres llamó desde el corredor.
Habían abierto la caja metálica.
Dentro había fotografías, fichas escritas a mano y varias cintas de vídeo.
Elena tomó una fotografía.
Me la entregó.
Aparecían cuatro niñas.
Reconocí a Ellie.
Pero había alguien más.
Yo.
Estaba sentado junto a ellas.
Tenía nueve años.
En la parte posterior había una fecha.
Tres semanas antes de la noche en que creía haber encontrado a Elena por primera vez.
—No puede ser.
Pasé a la siguiente.
Yo aparecía otra vez.
Después otra.
Y otra.
En una llevaba comida.

En otra sostenía una llave.
—¿Quién tomó estas fotografías?
—La viuda Cooper no trabajaba sola.
Mi mirada se levantó.
—¿Quién más?
Elena tardó en responder.
—Eso es lo que vine a descubrir.
Uno de sus hombres encontró un reproductor antiguo en una habitación lateral.
Consiguieron conectarlo a un generador portátil.
Introdujeron una cinta.
La imagen tembló.
Después apareció el sótano.
La fecha correspondía a aquella última noche.
Vi a mi yo de nueve años corriendo por el corredor.
Llevaba a Elena de la mano.
Detrás venían dos niñas más.
Me quedé helado.
—Había otras.
—Sí.
—Entonces ¿dónde están?
Elena no contestó.
En la grabación llegábamos a las escaleras.
Entonces apareció un hombre.
La calidad era terrible.
Solo distinguí su espalda.
Me agarró.
Elena gritó.
Una de las niñas escapó hacia un lado.
La grabación se cortó.
—¿Quién era?
—Sigue mirando.
La imagen regresó.
Ahora estábamos fuera de la casa bajo la tormenta.
Un segundo hombre apareció desde el camino.
Corría hacia nosotros.
Y cuando la luz de un relámpago iluminó su rostro, mis piernas casi cedieron.
Era mi padre.
—No.
Me acerqué a la pantalla.
—Mi padre murió hace ocho años.
Elena permaneció en silencio.
—Él me dijo que nunca supo nada de esto.
—Mintió.
—¿Mi padre ayudaba a Cooper?
—No.
La miré.
—Entonces ¿qué hacía aquí?
—Intentaba sacarnos.
Otro fragmento apareció.
Mi padre golpeaba al primer hombre.
Después me levantaba del suelo.
Había sangre en mi cabeza.
Entonces recordé.
No como un pensamiento.
Como una explosión.
La lluvia.
Mi padre gritando mi nombre.
Un coche.
Alguien diciéndome:
«Mañana no recordarás nada.»
Me tambaleé.
Elena me sostuvo.
—¿Qué me hicieron?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Después de aquella noche pasaste once días en un hospital.
—Eso es imposible.
—Tu padre contó al pueblo que habías ido a visitar familiares.
—Yo recuerdo estar en casa.
—Esos recuerdos comienzan después.
Me aparté.
—¿Por qué mi padre me ocultaría esto?
Elena tomó otra carpeta de la caja.
—Porque tenía miedo.
Dentro había cartas.
Todas dirigidas a mí.
Todas escritas por mi padre.
Ninguna enviada.
Abrí la última.
Solo alcancé a leer unas líneas.
«Hijo, si algún día Ellie regresa, significa que ya no pudieron mantener enterrado lo ocurrido. No confíes en nadie que te diga que Cooper actuaba sola.»
Debajo había una lista de nombres.
Algunos habían muerto.
Otros abandonaron el pueblo hacía décadas.
Pero reconocí tres inmediatamente.
El anciano Miller.
La señora Parker.
Y el antiguo médico de nuestra aldea.
Personas que acababan de observar desde la carretera la llegada de Elena.
—¿Todo el pueblo sabía?
—No —respondió ella—. Pero alguien aquí sí.
Entonces escuchamos un golpe arriba.
Uno de los hombres de Elena habló por radio.
Nadie respondió.
Otro golpe.
Después un estruendo.
Las luces del generador se apagaron.
Quedamos a oscuras.
Los guardaespaldas sacaron sus linternas.
—Todos detrás de mí.
Elena me agarró del brazo.
Desde la escalera llegó una voz.
Una voz vieja.
Temblorosa.
Pero perfectamente reconocible.
—Sabía que algún día regresarías, Ellie.
Elena se quedó petrificada.
Yo también conocía aquella voz.
El anciano Miller.
—Sube las manos —ordenó uno de los hombres.
Miller soltó una risa.
—Quince años buscando respuestas y todavía estáis haciendo la pregunta equivocada.
Elena avanzó.
—¿Dónde están las otras niñas?
Silencio.
Después escuchamos algo metálico rodar escaleras abajo.
Una llave.
Miller habló de nuevo.
—Pregúntale a tu salvador qué ocurrió después de que su padre se lo llevara.
Miré a Elena.
—¿De qué habla?
Ella estaba llorando.
—Hay algo que no te he contado.
—¿Qué?
Miller respondió por ella.
—La noche que él cree que te rescató no fue la última vez que estuvisteis juntos.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—Elena.
Ella cerró los ojos.
—Lo siento.
—¿Qué ocurrió?
Cuando volvió a mirarme, ya no vi a la mujer poderosa que había llegado escoltada por nueve automóviles.
Vi otra vez a la niña del sótano.
—Tres días después regresaste a buscar a las demás.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Y?
Elena apretó mi mano.
—Y esta vez, tú tampoco saliste solo.