Song Yaqi levantó el micrófono.
—Antes de cortar el pastel, preparé una pequeña sorpresa para el director Gu.
Los invitados aplaudieron.
Yaqi hizo una señal.
En la pantalla gigante apareció un video con fotografías de los últimos cuatro años: reuniones, viajes de negocios, celebraciones corporativas.
En demasiadas imágenes aparecían juntos.
Al final surgió una frase:
“Gracias por confiar siempre en mí.”
Los aplausos aumentaron.
Gu Chengfeng sonrió.
Entonces Yaqi sacó una pequeña caja.
—Director Gu, feliz cumpleaños.
Dentro había unos gemelos personalizados.
Alguien bromeó:
—¡La señorita Song conoce mejor al presidente Gu que su propia esposa!
Varias personas rieron.
Gu Chengfeng me miró inmediatamente.
Quizá esperaba celos.
Yo levanté mi copa.
—Es verdad. La señorita Song conoce muchas cosas de mi esposo que yo desconozco.
Yaqi sonrió victoriosa.
—Después de cuatro años trabajando juntos es inevitable.
—Por supuesto.
Saqué la memoria USB plateada.
—Precisamente por eso también preparé un regalo.
La sonrisa de Chengfeng desapareció.
—Mingzhu, ¿qué haces?
—Celebrar tu cumpleaños.
Caminé hasta el técnico encargado de la pantalla y le entregué la memoria.
Song Yaqi dejó el micrófono.
—Señora Mingzhu, quizá los asuntos privados deberían resolverse en casa.
La miré.
—Esto no es privado.
La pantalla cambió.
Apareció el primer documento.
PRÉSTAMO: 300 MILLONES DE YUANES.
El salón quedó en silencio.
Después apareció una transferencia.
Luego otra.
Y otra.
Todas conducían a empresas que, mediante varias sociedades intermediarias, terminaban relacionadas con una persona:
Song Jianhua.
El padre de Yaqi.
La copa de Chengfeng quedó suspendida frente a sus labios.
—¿Qué significa esto?
Respondí sin apartar los ojos de Yaqi.
—Pregúntaselo a la persona en quien confías completamente.
Yaqi palideció.
—¡Eso es falso!
—Entonces será sencillo demostrarlo.
Mostré el historial de accesos.
Su cuenta.
Sus horarios.
Los expedientes copiados.
Los borradores de cambios societarios.
Pero todavía faltaba lo principal.
—Hace tres semanas te advertí —le dije a Chengfeng—. Como decidiste ignorarme, entregué todo al comité de auditoría.
Su rostro cambió.
—¿Qué?
—La investigación lleva diecinueve días abierta.
Yaqi retrocedió.
—¡No tenías autoridad!
Sonreí.
—Ahí está tu error.
Durante años, casi todos dentro de aquella empresa me habían tratado únicamente como la esposa del director general.
Habían olvidado quién era antes de casarme.
Mi padre había sido uno de los primeros inversionistas del grupo.
Después de su muerte, sus participaciones pasaron a un fideicomiso.
Y tres meses antes, al cumplir las condiciones establecidas en el acuerdo sucesorio, yo había recuperado el control directo de aquellas acciones.
No era la accionista mayoritaria.
Pero tenía suficiente participación para solicitar una auditoría extraordinaria.
Chengfeng lo sabía.
Song Yaqi, evidentemente, no.
—Mingzhu —dijo mi esposo—, apaga esto.
—Todavía falta tu regalo.
Abrí el último archivo.
Era una grabación.
La voz de Yaqi llenó el salón.
—Cuando se apruebe el préstamo, moveremos el dinero antes de que revisen las subsidiarias.
Otra voz preguntaba:
—¿Y Gu Chengfeng?
Yaqi se rio.
—Mientras crea que soy la única persona que jamás lo traicionaría, firmará lo que le ponga delante.
Nadie volvió a reír.
Chengfeng miró a Yaqi.
Ella comenzó a temblar.
—Puedo explicarlo.
—¿Esa es tu voz?
—Sí, pero está fuera de contexto.
—¿Firmé documentos que tú preparaste?
—Era trabajo normal.
—¿Utilizaste mi autorización?
Yaqi intentó tocarlo.
Él retrocedió.
La misma mujer que veinte minutos antes se aferraba orgullosamente a su brazo ahora no podía acercarse.
Entonces entraron tres miembros del comité de auditoría junto con los abogados de la corporación.
La fiesta había terminado.
La investigación posterior reveló que parte de las operaciones todavía no se había completado.
Eso evitó una pérdida mucho mayor.
Pero los intentos de mover fondos y modificar el control de determinadas subsidiarias eran suficientemente graves para que Yaqi fuera despedida y el asunto pasara a revisión legal.
Su padre también quedó involucrado en la investigación financiera.
El collar de aquella noche resultó particularmente irónico.
Había sido comprado con una tarjeta corporativa.
Chengfeng lo descubrió dos días después.
Me encontró haciendo una maleta.
—¿Adónde vas?
—A mi apartamento.
—¿Desde cuándo tienes apartamento?
—Desde hace un mes.
Se quedó mirando mi ropa.
—¿Estabas preparando marcharte?
—Sí.
—¿Incluso antes de la fotografía?

Cerré la maleta.
—La fotografía no terminó nuestro matrimonio.
Lo miré.
—Lo terminó el día que te llevé pruebas de que alguien estaba poniendo en riesgo tu empresa y tú decidiste que mi preocupación eran celos.
Chengfeng apretó la mandíbula.
—Nunca tuve una relación con ella.
—Puede ser.
Pareció sorprendido.
—¿Entonces por qué quieres irte?
—Porque no necesito que te acuestes con otra mujer para sentirme traicionada.
Guardó silencio.
—Durante cuatro años permitiste que ocupara un lugar que correspondía a nuestra relación. Confiabas en ella antes que en mí. La defendías antes de escucharme. Incluso esta noche me advertiste que no hiciera una escena mientras ella estaba colgada de tu brazo.
—Me equivoqué.
—Sí.
—Puedo arreglarlo.
—La empresa, quizá.
Tomé la maleta.
—El matrimonio no.
Una semana después, Song Yaqi me envió un mensaje.
“¿Estás satisfecha? Lo perdí todo.”
Respondí una sola vez:
“No. Perdiste lo que nunca fue tuyo.”
Después la bloqueé.
Chengfeng tardó más en aceptar el divorcio.
Intentó regalarme joyas.
Las devolví.
Mandó flores.
Las regalé al hospital cercano.
Finalmente apareció frente a mí sin regalos.
—Ahora entiendo por qué respondiste “gracias por avisarme”.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque ya habías decidido marcharte.
Negué.
—Porque ella creyó que estaba avisándome que esa noche tú le pertenecías.
Hice una pausa.
—En realidad me estaba avisando de que yo ya no tenía ninguna razón para seguir protegiendo vuestra mentira.
Chengfeng bajó la cabeza.
—¿Todavía me quieres?
La pregunta llegó demasiado tarde.
—Eso dejó de importar cuando aprendí a quererme lo suficiente para irme.
Seis meses después, el divorcio quedó cerrado.
Conservé mis acciones.
Volví al sector financiero y acepté un puesto en el consejo de otra compañía.
Gu Chengfeng logró estabilizar su empresa, aunque perdió parte del poder ejecutivo mientras se revisaban los controles internos que él había ignorado.
No me alegró verlo caer.
Tampoco necesité verlo sufrir.
Mi verdadera victoria ocurrió una mañana mucho más sencilla.
Compré café.
Entré en mi nueva oficina.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
No tenía que revisar fotografías enviadas por otra mujer.
No tenía que preguntarme dónde dormiría mi esposo.
No tenía que competir por un lugar en mi propio matrimonio.
Aquella noche de cumpleaños, Song Yaqi creyó que su fotografía había sido una declaración de victoria.
No entendió que me había hecho el último favor que necesitaba.
Me mostró, con absoluta claridad, aquello que llevaba demasiado tiempo negándome a aceptar:
ella podía quedarse con el lugar que había luchado tanto por ocupar.
Porque yo ya había decidido abandonar la mesa entera.