PARTE 2: CUANDO MI MARIDO VOLVIÓ DESPUÉS DE TRES DÍAS ESPERANDO QUE YO LE ROGARA QUE NO ME DEJARA, ENCONTRÓ SU MALETA PREPARADA Y DESCUBRIÓ QUE SU «TIEMPO» TAMBIÉN ME HABÍA ENSEÑADO A VIVIR SIN ÉL.

Julian volvió al día siguiente a las nueve y veinte de la noche.

Yo estaba sentada en el sofá.

No había preparado la cena.

No había dejado encendida la lámpara de la entrada como hacía siempre.

Y, por primera vez desde que nos casamos, no fui a recibirlo cuando escuché la llave.

Entró lentamente.

Llevaba la misma chaqueta negra que aparecía en la fotografía del bar.

Dejó las llaves sobre el mueble.

—He vuelto.

—Ya veo.

Frunció ligeramente el ceño.

Parecía esperar algo más.

Una pregunta.

Un reproche.

Quizá lágrimas.

No recibió nada.

Se quitó la chaqueta y entonces vio la maleta junto a la pared.

—¿Te vas de viaje otra vez?

—No es mía.

Julian miró la maleta.

Después me miró a mí.

—¿Qué significa eso?

—Si necesitas tiempo, tómalo.

Se hizo un silencio incómodo.

—Claire, dije que habláramos.

—Estamos hablando.

—No hace falta dramatizar.

Aquello casi me hizo reír.

Había desaparecido tres días, rechazado mis llamadas y apagado el teléfono.

Pero una maleta era dramatizar.

—¿Por qué no fuiste al aeropuerto?

Julian suspiró.

—Estaba enfadado.

—¿Por qué?

—Porque olvidaste nuestra cena.

Me quedé inmóvil.

Entonces lo recordé.

Dos semanas antes me había mencionado que uno de sus antiguos compañeros estaría en la ciudad.

Nada más.

—Nunca me dijiste que fuera importante.

—Siempre necesitas que te explique todo.

—¿Por eso decidiste dejarme tirada en un aeropuerto?

—Quería que entendieras cómo se siente que alguien no te tenga en cuenta.

Lo miré durante varios segundos.

Aquella era su explicación.

No había ocurrido ninguna emergencia.

No había sufrido ningún accidente.

Simplemente había querido castigarme.

—¿Y los tres días?

Julian apartó la mirada.

—Necesitaba pensar.

—¿Dónde dormiste?

Su mandíbula se tensó.

—En casa de Marcus.

—¿Las tres noches?

—Sí.

Asentí.

—Bien.

Saqué mi teléfono.

Julian me observó.

—¿Qué haces?

Abrí una fotografía que había recibido aquella tarde.

Marcus estaba de viaje con su esposa.

Habían salido del país cinco días antes.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

Julian dejó de respirar durante un segundo.

—Claire…

—No necesito saber con quién estuviste.

—No pasó nada.

—Tampoco he preguntado eso.

Su expresión cambió.

—Entonces ¿qué quieres?

Esa pregunta me sorprendió.

Durante años había sabido exactamente qué quería.

Quería que llegara temprano alguna noche.

Que preguntara cómo había ido mi día.

Que dejara el teléfono mientras cenábamos.

Que recordara nuestros aniversarios sin que yo tuviera que insinuarlo.

Quería sentir que tenía marido y no simplemente un hombre que compartía dirección conmigo.

Pero aquella noche la respuesta era diferente.

—Quiero dejar de sentirme sola estando casada.

Julian se quedó callado.

—Podemos arreglarlo.

—¿Quieres arreglarlo?

—Claro.

—Entonces dime qué problemas tiene nuestro matrimonio.

Abrió la boca.

Nada.

Esperé.

—Dijiste que necesitábamos tiempo porque nuestro matrimonio tenía problemas. Nómbrame uno.

—Trabajas demasiado.

—Tú también.

—Siempre estás cansada.

—Tú casi nunca estás en casa.

—¿Ves? Ya estás convirtiéndolo en una discusión.

Negué lentamente.

Ahí estaba nuestro verdadero problema.

Cada conversación que podía incomodarlo terminaba antes de empezar.

—¿Sabes cuál fue el peor momento de estos tres días?

—Imagino que el aeropuerto.

—No.

Julian pareció sorprendido.

—Fue la segunda noche.

—¿Por qué?

—Porque cociné para mí, vi una película y me fui a dormir.

Hice una pausa.

—Y estuve tranquila.

Su expresión cambió.

—¿Qué intentas decir?

—Que tu ausencia dejó de parecerme una pérdida.

Julian se levantó.

—Estás exagerando porque estás enfadada.

—No estoy enfadada.

Y aquella era precisamente la parte que más lo inquietaba.

Me acerqué a la mesa y saqué una carpeta.

Dentro había copias de nuestras cuentas, documentos del apartamento y una lista de gastos compartidos.

Julian la abrió.

—¿Qué es esto?

—He separado nuestras finanzas.

Levantó bruscamente la cabeza.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—¿Sin hablar conmigo?

—Las cuentas personales son personales. La conjunta sigue intacta.

—¿Y preparaste mi maleta?

—Solo puse dentro lo que llevabas estos días. El resto sigue en el armario.

Julian cerró la carpeta.

—¿Quieres divorciarte?

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

Por primera vez, fue él quien parecía tener miedo de escuchar la respuesta.

—Todavía no lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Exactamente como tú no sabías cuándo volverías.

Su rostro se endureció.

—Así que esto es venganza.

—No.

Me puse de pie.

—Tú pediste tiempo. Yo acepté.

—No me refería a esto.

—¿A qué te referías entonces?

Julian no respondió.

Lo entendí.

Esperaba que aquellos días me asustaran.

Que lo llamara veinte veces.

Que cuando regresara estuviera dispuesta a prometer cualquier cosa para que no volviera a marcharse.

Pero había ocurrido lo contrario.

Me había obligado a descubrir cómo se sentía una casa cuando dejaba de esperar a que él entrara por la puerta.

Julian se pasó una mano por el cabello.

—No quiero divorciarme.

—Entonces ¿por qué dijiste que necesitábamos un tiempo?

—Porque pensé que…

Se detuvo.

—¿Qué?

—Que reaccionarías.

Lo miré.

—¿Querías asustarme?

No contestó.

No hacía falta.

Entonces su teléfono vibró sobre la mesa.

Julian lo agarró demasiado rápido.

Un gesto pequeño.

Pero lo conocía desde hacía siete años.

—¿Quién es?

—Marcus.

—Marcus está en Japón.

Su rostro se congeló.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez apareció una vista previa en la pantalla.

No alcancé a leer todo.

Solo una frase.

«¿Ya se lo dijiste?»

Y debajo, un nombre.

Sophie.

Julian bloqueó inmediatamente la pantalla.

—Claire, no es lo que parece.

Me quedé mirándolo.

Curiosamente, mi corazón no se rompió.

Sentí algo mucho más sencillo.

Cansancio.

—¿Quién es Sophie?

—Una amiga.

—¿La amiga con la que pasaste estos tres días?

—No dormí con ella.

—Otra vez estás respondiendo algo que no pregunté.

Julian apretó el teléfono.

—Estuve con varios amigos. Sophie estaba allí.

—¿Y qué tienes que decirme?

—Nada importante.

—Entonces enséñame el mensaje.

—No voy a dejar que revises mi teléfono.

Asentí.

—Está bien.

Cogí la maleta y la acerqué a la puerta.

—¿Qué haces?

—Terminar la conversación.

—Claire.

—Esta noche duermes donde hayas dormido las últimas tres.

Su rostro se volvió oscuro.

—Esta también es mi casa.

—El contrato está únicamente a mi nombre. La compré dos años antes de conocerte.

Julian se quedó inmóvil.

Parecía haber olvidado aquel detalle.

Entonces llamaron a la puerta.

Los dos miramos hacia la entrada.

Eran casi las diez.

—¿Esperas a alguien? —preguntó.

—No.

Abrí.

Una mujer de unos treinta años estaba en el pasillo.

Tenía los ojos rojos.

En cuanto vio a Julian detrás de mí, su expresión se quebró.

Él palideció.

—Sophie…

Ella lo miró.

Después me miró a mí.

—¿Tú eres Claire?

No respondí inmediatamente.

Sophie sacó un sobre de su bolso.

—Perdona por venir así. Pero después de lo que Julian me dijo estos tres días, pensé que tú ya lo sabías.

Julian avanzó.

—Sophie, vete.

Ella retrocedió.

—No.

—He dicho que te vayas.

Me interpuse.

—Déjala hablar.

Julian me miró con auténtico pánico.

Sophie extendió el sobre hacia mí.

—Él me dijo que vuestro matrimonio llevaba meses terminado.

No aparté los ojos de Julian.

—¿Y qué más?

Sophie tragó saliva.

—Que solo necesitaba estos tres días para convencerte de firmar.

—¿Firmar qué?

Ella abrió el sobre.

Sacó una copia de un documento.

Vi nuestros nombres.

Una fecha.

Y una firma que se parecía muchísimo a la mía.

Pero yo nunca había firmado aquella página.

Levanté lentamente la vista.

—Julian, ¿qué es esto?

Él no respondió.

Sophie empezó a llorar.

—Claire, hay algo más.

Sacó una segunda hoja.

—Él no desapareció tres días porque necesitara tiempo para pensar.

Julian dio un paso hacia ella.

—Cállate.

Sophie negó con la cabeza.

Y colocó sobre mi mesa el documento que finalmente explicaba por qué mi marido había necesitado exactamente tres días lejos de casa.

—Desapareció porque estaba preparando algo para que, cuando regresara, una parte de tu vida ya no te perteneciera.

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