PARTE 2: MI HERMANA CREYÓ QUE PODÍA ROBAR MI IDENTIDAD PARA QUEDARSE CON EL CHICO QUE AMÉ EN SECRETO DURANTE CINCO AÑOS, PERO NO SABÍA QUE JULIAN LLEVABA TODO ESE TIEMPO ENAMORADO DE LA VERDADERA CHICA DE LA FOTOGRAFÍA.

Me quedé mirando la fotografía hasta que las letras comenzaron a desenfocarse.

«Esa soy yo.»

Tres palabras.

Eso era todo lo que Sophie había necesitado para entrar en una historia que nunca le había pertenecido.

—Claire.

Nathan me quitó suavemente el teléfono de las manos.

Observó la pantalla y su expresión cambió.

—No puede estar haciendo esto.

—Claro que puede.

Me levanté.

—Siempre puede. Después pide perdón y todos olvidan lo ocurrido.

Nathan permaneció callado.

—Esta vez no —dijo finalmente.

Extendí la mano para recuperar el teléfono.

—No hagas nada.

—¿Vas a dejar que Julian crea que Sophie es la chica que vio?

—¿Qué quieres que haga? ¿Que le escriba diciendo que mi hermana le está mintiendo porque llevo cinco años enamorada de él?

Nathan me miró con una expresión extraña.

—Podrías empezar por decirle la verdad.

Solté una risa amarga.

—Eso es fácil para ti.

—No, Claire. No lo es.

Antes de que pudiera preguntarle qué significaba, mi teléfono volvió a vibrar.

Julian.

«Voy a verla mañana.»

Sentí un nudo en el estómago.

Debajo llegó otro mensaje.

«Nathan nos consiguió una mesa en el café de siempre. Estoy nervioso.»

Giré lentamente hacia él.

—¿Tú organizaste una cita?

Nathan parecía tan sorprendido como yo.

Sacó su móvil.

—Organicé una reunión antes de saber lo que Sophie había hecho. Julian llevaba semanas pidiéndome que encontrara una forma de presentarle a la chica de mi cumpleaños.

—Y pensaste que era Sophie.

—No. Siempre supe que eras tú.

Me quedé inmóvil.

—Entonces ¿por qué le diste el contacto de Sophie?

Nathan apretó la mandíbula.

—Porque estaba enfadado contigo.

Aquello dolió más de lo esperado.

—¿Así que decidiste regalarle mi historia a mi hermana?

—No sabía que estabas enamorada de Julian.

—Pero sabías que Julian estaba interesado en mí.

Nathan bajó la mirada.

No necesitaba otra respuesta.

—Vete.

—Claire…

—Vete.

Esta vez obedeció.

A la mañana siguiente, Sophie bajó las escaleras con un vestido azul que reconocí inmediatamente.

Era mío.

—Quítatelo.

Ella pestañeó.

—¿Qué?

—Mi vestido.

Mi madre apareció desde la cocina.

—Claire, por favor. Solo se lo presté para su cita.

—No es tuyo para prestarlo.

Sophie hizo aquel gesto inocente que conocía demasiado bien.

—Perdón. Pensé que no te importaría.

—Te importa tanto lo que pienso que le estás diciendo a Julian que eres yo.

El rostro de Sophie se congeló.

Mi madre frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

Le mostré el mensaje.

Sophie reaccionó enseguida.

—¡Fue un malentendido!

—Le enviaste una fotografía mía y escribiste «Esa soy yo».

Mi padre dejó el periódico.

—Sophie.

Ella empezó a llorar.

Tan rápido que casi habría resultado admirable si no lo hubiera visto durante toda mi vida.

—¡Solo quería que me diera una oportunidad!

Mi madre suspiró.

—Claire, tu hermana acaba de pasar por una ruptura.

No podía creerlo.

—¿Eso justifica que suplante mi identidad?

—No exageres. Es una fotografía de espaldas.

—Mamá, leyó mi diario, descubrió quién me gustaba, consiguió su contacto y ahora está fingiendo ser la mujer que él recuerda.

Sophie se secó una lágrima.

—¡Pero tú nunca hiciste nada durante cinco años!

La habitación quedó en silencio.

Ella continuó:

—Si de verdad lo hubieras querido, se lo habrías dicho.

Aquello fue diferente.

Porque por primera vez no estaba fingiendo que todo había sido accidental.

Creía sinceramente que aquello que yo no había tenido valor de tomar le pertenecía a ella.

—Entonces ve —dije.

Sophie parpadeó.

—¿Qué?

—Ve a tu cita.

Subí las escaleras.

Mi madre me llamó, pero no me detuve.

Una hora después, Julian me escribió.

«Claire, necesito preguntarte algo raro.»

No respondí.

Llegó otro mensaje.

«¿Qué libro te regalé virtualmente cuando cumpliste veintidós?»

Mi corazón dio un salto.

Luego otro.

«¿Y qué canción escuchamos aquella noche cuando ninguno podía dormir?»

Me senté en la cama.

Julian sabía.

O empezaba a saber.

Finalmente escribí:

«¿Por qué preguntas?»

La respuesta llegó enseguida.

«Porque la chica sentada frente a mí no conoce ninguna de las respuestas.»

Me tapé la boca.

Cinco minutos después sonó el timbre.

No era Julian.

Era Sophie.

Entró llorando.

—¡¿Qué le dijiste?!

—Nada.

—¡Mentira! Empezó a preguntarme cosas sobre conversaciones que nunca tuvimos.

—Porque nunca las tuviste.

Mi madre apareció detrás.

—Claire, arréglalo.

La miré incrédula.

—¿Qué quieres que arregle?

—Habla con Julian. Explícale que Sophie se confundió.

—No se confundió.

Sophie gritó:

—¡Siempre tienes que arruinarme todo!

Y entonces una voz llegó desde la puerta abierta.

—No fue Claire quien lo arruinó.

Todos nos volvimos.

Julian estaba allí.

Detrás de él estaba Nathan.

Julian no miró a Sophie.

Me miró directamente a mí.

—Hola, Claire.

Después de cinco años hablando detrás de una pantalla, escuchar mi nombre en su voz me dejó sin palabras.

Sophie corrió hacia él.

—Julian, puedo explicarlo.

—Ya lo hiciste.

—Yo pensé que…

—Me dijiste que eras la chica de la fiesta.

—Porque sabía que si te decía la verdad no me darías una oportunidad.

Julian guardó silencio unos segundos.

—Exactamente.

Sophie empezó a llorar otra vez.

Mi madre intervino.

—Ha cometido un error. Tampoco es necesario humillarla.

Julian negó con la cabeza.

—No vine a humillarla.

Entonces sacó su teléfono.

En la pantalla apareció una fotografía tomada durante la fiesta de Nathan.

Yo estaba junto a una ventana, riéndome de algo fuera de cámara.

—Esta es la fotografía que Nathan me envió aquella noche.

Me quedé helada.

Julian deslizó el dedo.

Había un mensaje suyo debajo.

«¿Quién es ella?»

La fecha era de hacía casi un año.

—Pero… —susurré— tú dijiste que te habías enamorado de la chica de la fiesta.

—Sí.

Julian sonrió débilmente.

—De ti.

Mi respiración se detuvo.

—Entonces ¿por qué nunca me dijiste nada?

Su sonrisa desapareció.

—Porque cuando Nathan me dio tu contacto hace años, tú ya eras mi mejor amiga en línea. No sabía cómo decirte que había descubierto quién eras sin hacerte sentir observada.

Miré a Nathan.

Él apartó los ojos.

Y de repente varias piezas encajaron.

—Tú lo sabías.

Nathan asintió.

—Desde hace tiempo.

—¿Y nunca me dijiste nada?

No respondió.

Julian lo miró.

—Eso también quiero saber yo.

Nathan cerró los puños.

—Porque no quería que estuvieran juntos.

Sophie dejó de llorar.

Yo también olvidé respirar.

—¿Por qué?

Nathan me miró.

Diez años de amistad parecieron concentrarse en aquel silencio.

Finalmente habló.

—Porque llevo demasiado tiempo intentando convencerme de que verte feliz con otro hombre no me destruiría.

Julian endureció el rostro.

—Nathan.

Pero él ya había empezado.

—La noche de mi cumpleaños, Julian me preguntó quién eras. Le mentí. Le dije que estabas saliendo con alguien.

Lo miré horrorizada.

—¿Qué?

—Y cuando Sophie pidió su contacto… estaba enfadado contigo y pensé que si Julian conocía a otra persona, todo terminaría.

Sophie soltó una risa incrédula.

—¿Así que también me utilizaste a mí?

Nathan no pudo responder.

Por primera vez, nadie estaba mirando a Sophie para decidir cómo consolarla.

Mi madre tampoco tenía una excusa preparada.

Julian dio un paso hacia mí.

—Claire, hay algo más.

Sacó su teléfono.

—Anoche revisé nuestras conversaciones antiguas porque algo no encajaba.

Abrió un chat de hacía cinco años.

—El día que empezamos a hablar me dijiste que encontraste mi cuaderno después de la graduación.

—Sí.

—Yo nunca perdí ningún cuaderno.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Julian miró a Nathan.

—Se lo di a alguien para que te lo entregara.

Todos seguimos su mirada.

Nathan había palidecido.

—¿A quién? —pregunté.

Julian respondió sin apartar los ojos de él.

—A Nathan.

El silencio fue absoluto.

Miré al hombre que había sido mi mejor amigo desde la infancia.

—Nathan…

Él cerró los ojos.

—Claire, déjame explicarlo.

—¿Tú pusiste aquel cuaderno donde yo pudiera encontrarlo?

No respondió.

Y entonces comprendí que la historia entre Julian y yo quizá nunca había comenzado por casualidad.

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