PARTE 2: CUANDO ADRIÁN CORRIÓ A IMPEDIR QUE ME FUERA A VIENA, DESCUBRÍ QUE LOS CINCO AÑOS DE TABLILLAS FALSAS, EL COLLAR EN EL CUELLO DE VALERIA Y AQUELLA SUITE ESCONDÍAN UNA VERDAD MUCHO PEOR.

Adrián tardó demasiado en responder.

Fue apenas un segundo.

Pero después de cinco años aprendiendo a leer sus silencios, supe que aquel era distinto.

—No pasó nada en esa habitación —dijo finalmente.

—No te he preguntado qué pasó.

Sus ojos se endurecieron.

—Entonces ¿qué quieres?

—La verdad.

—Ya te la estoy diciendo.

Negué lentamente.

—No. Me estás dando la versión que crees que todavía puede salvarte.

Mi padre seguía junto a la puerta.

Adrián lo miró con evidente incomodidad.

—Necesito hablar con Elena a solas.

—No —respondí.

—Esto es privado.

—Llevas cinco años convirtiendo nuestra relación en un asunto de familia cada vez que te conviene. Ahora puedes hablar delante de la mía.

Vi cómo apretaba la mandíbula.

—Valeria tuvo una crisis esa noche.

—¿Qué clase de crisis?

—No puedo contártelo.

Solté una risa breve.

—Claro.

Cogí la pequeña maleta que había dejado junto a las escaleras.

—Entonces tampoco tienes derecho a preguntarme adónde voy ni con quién.

Adrián dio un paso hacia mí.

—No puedes marcharte así.

—Ya no soy tu prometida.

—Eso puede arreglarse.

Me detuve.

—¿Cómo?

No respondió.

—¿Vas a pedirle al mayordomo que cambie otra tablilla? ¿O esta vez falsificarás una favorable?

Su rostro se tensó.

—Elena, basta.

—No. Bastó hace cinco años. Yo simplemente tardé demasiado en entenderlo.

Subí las escaleras.

Cuando llegué a mi habitación, mis manos temblaban.

No de tristeza.

De rabia.

Media hora después, Paula llegó para ayudarme con las últimas cosas.

Le conté lo ocurrido.

Cuando mencioné la suite, frunció el ceño.

—Hay algo raro.

—¿Qué?

—Cuando los vi salir, Valeria no parecía haber pasado por una crisis.

—¿Cómo estaba?

—Perfectamente arreglada.

Paula se quedó pensando.

—Y llevaba una carpeta.

La miré.

—¿Una carpeta?

—Negra. Adrián también llevaba documentos.

Aquello me inquietó.

Abrí el portátil.

El Hotel Imperial tenía varios salones privados utilizados por bufetes, bancos y notarios.

Busqué la fecha.

No encontré nada.

Entonces recordé el collar.

La reliquia pertenecía jurídicamente al patrimonio familiar, aunque me lo hubieran entregado como símbolo del compromiso.

Llamé al abogado.

—Necesito saber si alguien ha hecho movimientos recientes relacionados con el patrimonio Cifuentes.

—¿Qué clase de movimientos?

—Cualquier modificación donde aparezca Valeria.

Hubo silencio.

—Elena, eso podría tardar.

—Empieza por el fideicomiso familiar.

El abogado respiró hondo.

—Déjame revisar.

Veinte minutos después me llamó.

Su tono había cambiado.

—Encontré algo.

Me senté.

—Dime.

—Hace cuatro días se presentó una solicitud para reincorporar a Valeria como beneficiaria secundaria del fideicomiso Cifuentes.

—¿Reincorporarla?

—Fue excluida hace cinco años.

Sentí un frío lento.

—¿Por qué?

—No tengo acceso a esa parte todavía.

—¿Quién firmó la solicitud?

Pausa.

—Adrián.

Cerré los ojos.

Valeria había regresado.

Adrián había vuelto a aplazar la boda.

Y casi al mismo tiempo había iniciado trámites para devolverle derechos dentro del patrimonio.

—¿Hay algo más?

—Sí.

La voz del abogado bajó.

—La solicitud solo podía activarse si Adrián permanecía soltero.

Abrí los ojos.

—¿Qué?

—El fideicomiso tiene una cláusula antigua. Si el heredero principal contrae matrimonio, ciertas participaciones quedan bloqueadas durante una generación. Si permanece sin casar, puede redistribuirlas entre familiares directos.

Todo encajó.

No completamente.

Pero suficiente.

Adrián no había retrasado nuestra boda únicamente para complacer a Valeria.

Había dinero.

Mucho.

—¿Cuánto vale esa participación?

El abogado tardó unos segundos.

—Actualmente, cerca de treinta millones.

Me quedé en silencio.

Paula me observaba.

—¿Elena?

Colgué.

—No era una tablilla.

—¿Qué?

—Eran treinta millones.

A la mañana siguiente, antes de ir al aeropuerto, recibí un mensaje.

Valeria.

«Necesitamos hablar.»

Lo ignoré.

Llegó otro.

«Adrián te está mintiendo, pero no de la manera que crees.»

Luego una fotografía.

Una página de un documento antiguo.

En la parte superior podía leerse:

ACUERDO DE ADOPCIÓN Y RENUNCIA SUCESORIA.

Debajo aparecía el nombre de Valeria.

Sentí un vuelco.

Respondí.

«¿Dónde?»

Nos encontramos en una cafetería cercana al aeropuerto.

Valeria llegó sin maquillaje, con gafas oscuras y una expresión que no se parecía en nada a la mujer sonriente de las fotografías.

Se sentó frente a mí.

—No quería que te enteraras así.

—Entonces empieza por la suite.

Sus dedos se cerraron alrededor de la taza.

—Adrián fue allí para firmar documentos conmigo.

—¿Qué documentos?

—Los necesarios para devolverme lo que me quitaron hace cinco años.

—¿Por qué te lo quitaron?

Valeria levantó la mirada.

—Porque descubrí algo sobre la familia.

Esperé.

—¿Qué?

—Que yo no fui adoptada por casualidad.

Sentí un escalofrío.

—No entiendo.

—Mi madre biológica trabajaba para los Cifuentes.

Hizo una pausa.

—Y mi padre biológico también era un Cifuentes.

La miré fijamente.

—¿Quién?

Valeria apartó la mirada.

—El padre de Adrián.

El ruido de la cafetería pareció desaparecer.

—Eso te convierte en…

—Su media hermana.

Tragué saliva.

—Entonces ¿por qué te expulsaron?

Valeria sonrió sin humor.

—Porque cuando cumplí veinticinco años descubrí que tenía derecho a una parte del patrimonio.

—¿Y Adrián lo sabía?

—Desde hace cinco años.

Cinco años.

La misma cantidad de tiempo que llevábamos esperando nuestra boda.

—¿La primera tablilla falsa fue después de que lo descubrieras?

Valeria asintió.

—Exactamente una semana después.

Sentí náuseas.

—¿Por qué?

—Porque si Adrián se casaba contigo, una cláusula bloqueaba para siempre mi reclamación. Su abuela le pidió que esperara mientras encontraban una forma de eliminarme legalmente del fideicomiso.

—¿Y aceptó?

Valeria cerró los ojos.

—Sí.

Aquella respuesta dolió más que todas las demás.

No había sido un acto impulsivo.

No había sido una hermana caprichosa.

Adrián había utilizado cinco años de mi vida para proteger una estrategia patrimonial.

—¿Y ahora por qué quiere devolverte el dinero?

Valeria sacó la carpeta negra.

—Porque encontré esto.

Colocó varios documentos sobre la mesa.

Había transferencias.

Firmas.

Sociedades.

Y el nombre de la abuela Cifuentes aparecía repetidamente.

—¿Qué estoy viendo?

—Pruebas de que parte de la fortuna familiar se construyó desviando activos que pertenecían a mi madre.

Levanté la mirada.

—¿Adrián lo sabe?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de tu tercer intento de boda.

Me quedé inmóvil.

—Entonces podría habérmelo contado.

—Podría.

—Y eligió seguir mintiendo.

Valeria no intentó defenderlo.

Eso fue peor.

—Hay algo más —dijo.

—Siempre hay algo más.

Sacó una hoja.

Era una copia del registro del santuario.

Seis años.

Seis ceremonias.

Pero junto al primer año aparecía una anotación.

FAVORABLE.

Luego otra junto al segundo.

FAVORABLE.

La miré.

—¿Qué significa esto?

—Que no solo cambió la tablilla este año.

—Ya lo sabía.

—No, Elena.

Valeria señaló las columnas.

—Los cinco años anteriores tampoco fueron todos desfavorables.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Cuántos?

—Cuatro fueron favorables.

Me quedé sin palabras.

—¿Y quién ordenó cambiarlas?

Valeria no respondió inmediatamente.

Eso me asustó.

—¿Adrián?

—Algunas.

—¿Y las otras?

Se inclinó hacia mí.

—Su abuela.

Miré nuevamente los documentos.

La familia entera había sabido.

La familia que cada año me abrazaba y decía que el destino era caprichoso.

La familia que me pedía paciencia.

La familia que sonreía mientras yo posponía becas, viajes y oportunidades.

Todos habían convertido mi vida en una variable de sus negocios.

Mi teléfono empezó a sonar.

Adrián.

Lo rechacé.

Volvió a llamar.

Otra vez.

Finalmente llegó un mensaje.

«No subas a ese avión. Sé que estás con Valeria.»

Le mostré la pantalla.

El rostro de Valeria cambió.

—¿Cómo sabe dónde estamos?

Entonces miró hacia la ventana.

Su cara perdió el color.

Me giré.

Un coche negro acababa de detenerse.

Adrián salió primero.

Pero no estaba solo.

La abuela Cifuentes descendió del asiento trasero.

A sus ochenta años caminaba erguida, apoyada en un bastón de plata.

Entraron en la cafetería.

Adrián vino directamente hacia mí.

—Elena, tenemos que irnos.

Me levanté.

—Yo no voy a ninguna parte contigo.

La abuela golpeó suavemente el suelo con el bastón.

—Entonces escucha antes de destruir algo que no comprendes.

La miré.

—Creo que ya entiendo bastante.

—No.

Sus ojos fueron hacia Valeria.

—Ella te ha contado la mitad conveniente.

Valeria se puso de pie.

—No te atrevas.

La anciana ignoró la advertencia.

Sacó un sobre antiguo.

—Elena, si tomas ese avión sin leer esto, probablemente no vuelvas a ver a Adrián.

—Ese era el objetivo.

—No me refiero a vuestra relación.

Su voz se volvió más baja.

—Me refiero a que quizá no vuelva a estar vivo cuando regreses.

Adrián cerró los ojos.

Valeria palideció.

Yo miré el sobre.

En el frente estaba escrito mi nombre.

ELENA MORALES.

Pero la fecha era de hacía cinco años.

Exactamente tres días antes de nuestra primera ceremonia.

—¿Qué es esto?

La abuela lo dejó frente a mí.

—La verdadera razón por la que Adrián empezó a cambiar las tablillas.

Lo abrí.

Dentro había un informe médico.

Leí la primera línea.

Luego la segunda.

Y sentí que todo el aire abandonaba mis pulmones.

Levanté la vista hacia Adrián.

—¿Desde cuándo lo sabes?

No contestó.

La abuela sí.

—Desde antes de pedirte que esperaras el primer año.

Y entonces comprendí que los treinta millones, Valeria y las tablillas podían no haber sido más que la parte visible de una mentira que llevaba cinco años protegiendo algo mucho más oscuro.

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