PARTE 2: CUANDO ALEXANDER POR FIN CONFESÓ LA VERDAD QUE TODOS HABÍAN VISTO DURANTE OCHO AÑOS, DESCUBRÍ QUE MI PROMETIDO TAMBIÉN ME HABÍA OCULTADO ALGO QUE PODÍA CAMBIARLO TODO.

Me quedé mirando el mensaje de Alexander hasta que la pantalla se apagó.

Sophie no dijo nada.

No hacía falta.

Volví a encender el teléfono.

«Antes de que te cases, necesito decirte la verdad».

Mis dedos temblaron sobre el teclado.

«¿Qué verdad?»

La respuesta llegó casi inmediatamente.

«No por mensaje.»

Después apareció otra línea.

«Estoy abajo.»

Me levanté tan rápido que casi golpeé la mesa.

—¿Abajo?

Sophie corrió hacia la ventana.

Apartó la cortina.

Un sedán negro estaba estacionado frente al edificio.

Alexander permanecía junto al coche.

Sin chófer.

Sin abrigo.

Sin la postura impecable que llevaba todos los días en la oficina.

Parecía simplemente un hombre que había conducido hasta allí porque ya no sabía qué más hacer.

—Ve —dijo Sophie.

—Estoy comprometida.

—Precisamente por eso tienes que escucharlo antes de casarte.

Bajé.

Alexander levantó la cabeza cuando salí.

Durante ocho años había sabido interpretar cada una de sus expresiones.

Aquella no la conocía.

Parecía agotado.

—Gracias por bajar.

—Dijiste que tenías que contarme algo.

Asintió.

Pero no habló.

Esperé.

Finalmente soltó una risa breve y amarga.

—Puedo negociar adquisiciones de miles de millones sin preparar una sola frase.

Sus ojos encontraron los míos.

—Y llevo diez minutos intentando decidir cómo decirte esto.

Mi corazón comenzó a latir demasiado rápido.

—Alexander…

—No voy a pedirte que canceles tu boda.

Aquello me sorprendió.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

—Porque preguntaste durante años por qué nunca tuve pareja.

Lo miré.

Él continuó.

—Porque todos creían que era incapaz de tener una vida fuera de la empresa. Porque cada vez que alguien intentaba presentarme a una mujer encontraba alguna excusa.

Dio un paso hacia mí.

—La verdad era que ya estaba enamorado de alguien.

Dejé de respirar.

—Emma, llevo enamorado de ti desde tu segundo año trabajando conmigo.

Cerré los ojos.

Escucharlo era completamente diferente de sospecharlo.

—¿Seis años?

—Casi siete.

—¿Y nunca dijiste nada?

—Eras mi empleada.

Su respuesta fue inmediata.

—Dependías profesionalmente de mí. Yo podía ascenderte, despedirte, cambiar tu salario. Si te decía lo que sentía, ¿cómo sabrías si realmente podías rechazarme?

Aquella explicación desmontó de golpe una parte de la rabia que empezaba a crecer dentro de mí.

Alexander bajó la mirada.

—Así que esperé.

—¿A qué?

—A que dejaras de trabajar para mí.

Solté una risa incrédula.

—¿Y pensabas decírmelo cuando renunciara?

—Sí.

Me quedé inmóvil.

—Entonces renuncié.

Su mandíbula se tensó.

—Para casarte con otro hombre.

Durante un segundo ninguno habló.

—Podrías haber dicho algo aquella mañana.

—Estabas comprometida.

—¡Con alguien que conocía desde hacía un mes!

—Pero era tu elección.

Su voz se volvió más baja.

—Y si realmente eras feliz, no tenía derecho a convertir mi confesión en una carga para ti.

Sentí un dolor extraño detrás del pecho.

—Entonces, ¿por qué me lo dices ahora?

Alexander me miró directamente.

—Porque cuando te pregunté si eras feliz, dijiste «creo que lo seré».

Recordé perfectamente aquel instante.

—No dijiste «sí».

Se acercó apenas.

—Y llevo tres semanas preguntándome si fui un cobarde por dejarte salir de mi oficina.

Tragué saliva.

—Alexander, yo…

Mi teléfono sonó.

El nombre de mi prometido apareció en la pantalla.

Michael Turner.

Alexander lo vio.

Inmediatamente retrocedió.

—Contesta.

—Puedo llamarlo después.

—Emma.

Su tono recuperó parte de aquella autoridad familiar.

—No quiero que empieces nuestra primera conversación sincera engañando al hombre con quien planeas casarte.

Aquello era exactamente el tipo de cosa que Alexander diría.

Contesté.

—Hola, Michael.

—¿Dónde estás?

Algo en su voz me incomodó.

—Con Sophie.

Hubo una pausa.

—Pensaba pasar por tu apartamento.

—No estoy allí.

—¿Quién está contigo?

Miré a Alexander.

—¿Por qué importa?

Otra pausa.

—Solo preguntaba.

Michael colgó pocos minutos después.

Cuando guardé el teléfono, Alexander ya había abierto la puerta de su coche.

—Vuelve con Sophie.

—¿Eso es todo?

Me miró.

—Te dije la verdad. Lo demás tiene que ser decisión tuya.

—¿Y si decido casarme con Michael?

Por primera vez, vi dolor desnudo en sus ojos.

—Entonces nunca volveré a mencionarlo.

Subió al coche.

—Pero no te cases conmigo en la cabeza y con él en el altar, Emma. Ninguno de los tres merece eso.

Se marchó.

Aquella noche no dormí.

Pensé en Michael.

En nuestras cinco citas.

Era amable.

Correcto.

Estable.

Nunca me había hecho daño.

Pero cada recuerdo suyo parecía una lista de cualidades en un formulario.

Cuando pensaba en Alexander, en cambio, recordaba ocho años completos.

El café que siempre aparecía cuando trabajaba demasiado.

Su abrigo sobre mis hombros.

Las llamadas breves después de cada vuelo para asegurarse de que había llegado.

La forma en que sabía cuándo me dolía la cabeza antes incluso de que yo lo mencionara.

A las siete de la mañana llamé a Michael.

—Tenemos que hablar.

Nos encontramos en una cafetería cerca de Bryant Park.

No pensaba romper el compromiso allí mismo.

Solo quería ser sincera.

Pero cuando llegué, Michael ya estaba sentado.

Y no estaba solo.

Frente a él había un hombre de traje gris.

En cuanto me vio, el desconocido cerró una carpeta.

Michael se levantó demasiado rápido.

—Emma.

—¿Quién es?

—Un cliente.

—Pensé que trabajabas en consultoría médica.

—Es complicado.

El hombre recogió la carpeta.

Antes de cerrarla completamente vi un logotipo.

Hawthorne Financial Group.

Mi estómago se tensó.

—¿Por qué tienes documentos de la empresa de Alexander?

Michael palideció.

—No son lo que crees.

La frase me hizo sentir peor.

—Entonces explícame qué son.

El desconocido se marchó sin despedirse.

Michael intentó tomarme la mano.

La retiré.

—¿Quién era?

—Emma, escúchame.

—¿Quién?

Finalmente respondió.

—Trabajo como consultor externo para una firma que está investigando a Hawthorne.

Sentí frío.

—¿Investigando qué?

—Posibles irregularidades internas.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

—Porque no podía.

—¿Antes o después de saber que yo era asistente de Alexander?

Su silencio fue suficiente.

Me puse de pie.

—¿Sabías quién era yo antes de nuestra primera cita?

Michael también se levantó.

—No exactamente.

—Eso no es una respuesta.

—Sabíamos que estabas cerca de Hawthorne.

Sabíamos.

No «sabía».

—¿Quiénes?

Michael miró alrededor.

—No puedo hablar aquí.

—Nuestra cita organizada…

Sentí cómo las piezas empezaban a encajar.

—¿Realmente fue casualidad?

No respondió.

Di un paso atrás.

—¿Me conociste porque querías casarte conmigo o porque necesitabas acercarte a Alexander?

—Emma, mis sentimientos son reales.

—Eso tampoco responde.

Mi teléfono vibró.

Era Daniel, del departamento legal de Hawthorne.

«Emma, necesito que me llames inmediatamente.»

Después llegó otro mensaje.

«No se lo digas a nadie. Alexander encontró algo esta mañana.»

Lo llamé.

Daniel respondió en el primer tono.

—¿Dónde estás?

Miré a Michael.

—Con mi prometido.

Del otro lado se hizo un silencio alarmante.

—Emma… sal de ahí.

Mi corazón se detuvo.

—¿Por qué?

—Esta madrugada nuestro equipo de seguridad detectó una filtración. Alguien llevaba meses intentando obtener acceso mediante una persona cercana a Alexander.

Miré fijamente a Michael.

Él ya sabía que algo había cambiado.

Daniel continuó.

—Encontramos correos, transferencias y fotografías.

—¿Fotografías de quién?

—Tuyas.

Sentí que las piernas se me debilitaban.

—¿Mías?

—Desde antes de que conocieras oficialmente a Michael Turner.

Michael avanzó.

—Emma, dame el teléfono.

Retrocedí.

—No me toques.

Daniel habló con urgencia.

—Alexander va hacia ti.

—¿Cómo sabe dónde estoy?

—Porque acaba de recibir un mensaje.

—¿De quién?

La puerta de la cafetería se abrió.

Alexander entró.

Su mirada encontró primero la mía.

Después a Michael.

Nunca había visto su rostro tan frío.

Caminó directamente hacia nosotros y dejó su teléfono sobre la mesa.

Había una fotografía en la pantalla.

Era yo.

Tomada ocho meses atrás.

Mucho antes de aquella supuesta cita organizada.

Debajo aparecía un mensaje enviado desde un número desconocido.

«Ella nunca fue una coincidencia, Hawthorne. Y tampoco lo fue su boda.»

Levanté los ojos hacia Michael.

Su rostro estaba completamente pálido.

Alexander habló con una calma que me dio más miedo que cualquier grito.

—Emma, aléjate de él.

Michael cerró los puños.

—No sabes toda la historia.

Alexander lo miró.

—Entonces cuéntanosla.

Michael permaneció en silencio.

Y en ese instante comprendí algo mucho peor que haber estado a punto de casarme con un hombre al que no amaba.

Quizá Michael nunca había entrado en mi vida para convertirse en mi marido.

Quizá alguien lo había enviado para llegar hasta Alexander a través de mí.

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