Me quedé mirando las orejas rojas de Sebastián durante tanto tiempo que Natalia me dio una patada por debajo de la mesa.
—¿Qué haces?
Parpadeé.
—Nada.
Mentira.
Acababa de descubrir algo que llevaba casi un año buscando sin saber que lo tenía literalmente sentado delante.
Bajé los ojos al móvil.
W seguía conectado.
Sebastián también sostenía el suyo.
Entonces escribí:
“¿Te has puesto nervioso?”
El teléfono de Sebastián vibró.
Sus dedos se detuvieron sobre la pantalla.
W:
“No.”
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme.
Levanté la mirada.
Sebastián bebió agua.
Perfectamente serio.
Así que decidí seguir.
“Entonces mándame una foto ahora mismo.”
Esta vez Sebastián casi se atragantó.
Marcos levantó una ceja.
—¿Estás bien?
—Sí.
Su voz sonó un poco más grave de lo normal.
W respondió:
“Estoy cenando.”
“Ya lo sé.”
Silencio.
Me congelé un segundo.
Había escrito demasiado.
Sebastián levantó lentamente la vista.
Nuestros ojos se encontraron.
Mi corazón golpeó con tanta fuerza que tuve que apartar la mirada.
Rápidamente añadí:
“Porque me lo dijiste antes.”
No me lo había dicho.
W tardó casi dos minutos.
“Claro.”
No sabía si me había creído.
Yo tampoco sabía qué quería hacer con aquella información.
Sebastián Song.
El mismo hombre que apenas me dirigía la palabra en persona.
El que respondía con monosílabos.
El que parecía analizar cada frase antes de pronunciarla.
Era también W.
El hombre que me mandaba sopa cuando estaba enferma.
El que una madrugada permaneció despierto tres horas mientras yo lloraba porque había perdido un proyecto importante.
El que recordaba que odiaba las pasas.
El que una vez escribió:
“Si alguien te hace sentir que eres demasiado difícil de querer, probablemente esa persona es demasiado limitada para entenderte.”
De repente, todas aquellas frases tenían su voz.
Y eso lo cambiaba todo.
Natalia seguía hablando.
—Este sábado mi madre quiere que vayamos todos a casa. Dice que Sebastián ha vuelto definitivamente y quiere hacer una cena familiar.
—No puedo —respondí demasiado rápido.
Sebastián levantó los ojos.
—¿Por qué?
Era probablemente la primera vez que me preguntaba algo personal directamente.
—Tengo cosas.
—¿Qué cosas?
Marcos soltó una carcajada.
—Hermano, pareces un interrogador.
Sebastián volvió al plato.
—Solo preguntaba.
Mi teléfono vibró.
W:
“Ve.”
Lo miré.
“¿A dónde?”
“A la cena.”
Mi respiración se detuvo.
“¿Cómo sabes qué cena?”
No respondió.
Lo miré directamente.
Sebastián no levantó la cabeza.

Entonces escribí:
“Te estoy viendo.”
Su móvil vibró.
Esta vez no lo tocó.
Sonreí.
Te tengo.
Durante los días siguientes no dije nada.
Ni a Natalia.
Ni a Marcos.
Ni, por supuesto, a Sebastián.
Seguí hablando con W exactamente igual que siempre.
O casi.
Ahora cada conversación se había convertido en un experimento.
“Hoy he visto a Sebastián.”
W:
“¿Y?”
“Está más guapo de lo que recordaba.”
Cinco minutos después:
“Quizá necesitas graduarte la vista.”
Otro día escribí:
“Natalia dice que su hermano no tiene novia.”
W:
“Correcto.”
“¿Cómo sabes que es correcto?”
Silencio.
“Suposición.”
Yo sonreía cada vez más.
Pero hubo algo que empezó a molestarme.
¿Por qué me lo había ocultado?
No era solo que no me hubiera enseñado la cara.
Sebastián sabía perfectamente quién era yo.
Había estado sentado a mi lado.
Había hablado conmigo.
Había escuchado cómo yo le contaba a W cosas sobre él.
Y nunca dijo nada.
Eso ya no era simplemente timidez.
Era una elección.
Así que el sábado fui a la cena.
La casa de los Song parecía más un pequeño hotel que una vivienda familiar.
La madre de Natalia me abrazó nada más entrar.
—¡Por fin! Natalia siempre habla de ti.
Sebastián apareció al fondo del salón.
Camisa blanca.
Sin chaqueta.
Mangas ligeramente remangadas.
Tuve que recordarme que estaba enfadada.
Me saludó con un movimiento de cabeza.
—Buenas noches.
—Buenas noches, señor Excel.
Por primera vez, vi algo parecido a una sonrisa en su boca.
Natalia me señaló.
—¡Eso lo dije yo!
Sebastián la ignoró.
Durante la cena, decidí terminar el juego.
Saqué el teléfono.
Abrí el chat con W.
Y escribí:
“Marido, necesito decirte algo importante.”
El móvil de Sebastián vibró sobre la mesa.
No lo tocó.
W no respondió.
Esperé.
Luego escribí:
“Creo que me gusta otro hombre.”
Sebastián dejó lentamente los cubiertos.
Natalia continuaba hablando con su madre.
Marcos discutía sobre vino.
Nadie parecía notar nada.
Yo sí.
W:
“¿Quién?”
Sonreí.
“Alguien que está sentado muy cerca.”
Sebastián levantó los ojos.
Directamente hacia mí.
Entonces escribí:
“Es frío.”
Su teléfono vibró.
“Arrogante.”
Otra vibración.
“Controlador.”
Sus ojos se estrecharon.
“Pero tiene unas orejas muy fáciles de poner rojas.”
Sebastián se quedó inmóvil.
Yo alcé mi copa.
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
El móvil vibró.
W:
“¿Desde cuándo lo sabes?”
Mi sonrisa desapareció.
Ahí estaba.
La confesión.
Escribí:
“Desde el restaurante.”
Él respondió casi inmediatamente.
“Lo siento.”
Ya no tenía ganas de jugar.
“¿Por qué no me lo dijiste?”
Sebastián leyó.
Después dejó el teléfono sobre la mesa.
—Necesito hablar contigo.
Todos se callaron.
Natalia parpadeó.
—¿Con ella?
—Sí.
—¿Por qué?
Sebastián me miró.
—Es privado.
Marcos abrió la boca con una expresión de absoluto escándalo.
Yo me levanté.
—Perfecto.
Lo seguí hasta una biblioteca en la segunda planta.
En cuanto cerró la puerta, me crucé de brazos.
—Habla.
Sebastián respiró hondo.
—Cuando empezamos a escribir, no sabía quién eras.
—¿Y cuándo lo descubriste?
—Hace cuatro meses.
Eso dolió más de lo esperado.
—Cuatro meses.
—Sí.
—¿Y seguiste fingiendo?
—Sí.
—¿Por qué?
Él tardó en responder.
—Porque contigo podía ser alguien que no era Sebastián Song.
Lo miré.
—Eso suena muy dramático.
—Lo sé.
—También suena cobarde.
Su mandíbula se tensó.
—También lo sé.
Aquella respuesta me desarmó un poco.
Sebastián continuó:
—Cuando descubrí que eras amiga de Natalia, quise decírtelo. Después pensé que quizá empezarías a tratarme diferente.
—¿Y decidiste mentirme?
—Decidí retrasarlo.
—Cuatro meses no es retrasarlo.
—No.
Bajó los ojos.
Por primera vez, aquel hombre no parecía un director ejecutivo.
Parecía simplemente alguien que había cometido un error y no sabía cómo arreglarlo.
—¿El hotel? —pregunté.
Sus orejas empezaron a ponerse rojas otra vez.
—No.
—Sí. Quiero saberlo.
Sebastián cerró los ojos un segundo.
—Fui porque…
Se detuvo.
—Porque recibí tu mensaje.
Tardé en entenderlo.
Después abrí mucho los ojos.
—¿Fuiste al hotel por lo que te pedí?
—Pensé que podía resolverlo sin…
—¿Sin qué?
—Sin enviarte exactamente lo que estabas pidiendo.
Me llevé una mano a la boca para no reírme.
—¿Reservaste una habitación?
Sebastián no contestó.
Eso fue respuesta suficiente.
—Dios mío.
—No es gracioso.
—Es muchísimo más gracioso de lo que imaginas.
Por fin sonrió.
Pequeño.
Casi derrotado.
Y entonces dijo:
—Hay algo más.
La sonrisa desapareció de mi cara.
—¿Qué?
Sebastián metió la mano en el bolsillo y sacó su teléfono.
Abrió nuestra conversación.
Pero no la actual.
Se desplazó hasta el principio.
Hasta aquel primer mensaje accidental que le había enviado casi un año atrás.
—Nunca fue un número aleatorio.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Tú creíste que escribiste al contacto equivocado.
—Sí.
—No fue exactamente así.
Sentí un extraño frío en el estómago.
—Sebastián.
Él me sostuvo la mirada.
—Yo ya tenía tu número antes de que me escribieras.
Mi sonrisa se borró por completo.
—¿Por qué?
No respondió inmediatamente.
Y entonces comprendí que la revelación de que W era Sebastián quizá ni siquiera era el verdadero secreto.
—¿Desde cuándo me conocías?
Sebastián guardó silencio.
Demasiado.
Finalmente dijo:
—Desde tres años antes de que tú supieras quién era yo.
Y justo cuando iba a preguntarle qué significaba aquello, alguien golpeó violentamente la puerta de la biblioteca.
Natalia habló desde fuera.
—¡Sebastián! Mamá acaba de encontrar algo en tu despacho.
Él se puso pálido.
—¿Qué cosa?
La respuesta de Natalia llegó después de unos segundos.
—Una caja llena de fotografías de ella.