Esperé hasta que Adrián salió de la habitación de Sofía.
—Esa pulsera.
Se detuvo.
—¿Qué pasa con ella?
—Sofía dice que te la regaló la semana pasada.
Su mirada descendió hacia su muñeca.
—¿Y?
—La vi en una fotografía tuya de hace casi un año.
Silencio.
Adrián cerró lentamente la puerta.
—Finalmente lo notaste.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Él levantó la vista.
—Significa que esta no me la dio Sofía.
—Pero yo hice esa pulsera.
—Lo sé.
Mi corazón dio un salto.
—¿Cómo puedes saberlo?
Adrián permaneció callado unos segundos.
—Porque la primera también la hiciste tú.
Me quedé inmóvil.
Entonces recordó algo que yo había olvidado.
Durante la universidad había tejido varias pulseras para una actividad benéfica. Paula se llevó algunas. Una terminó accidentalmente dentro del automóvil de Adrián.
—La encontré después de llevarte a la residencia aquella noche de lluvia —dijo—. Paula me explicó que la habías hecho tú.
—¿Y la conservaste?
—Sí.
Miré la pulsera.
—¿Durante años?
—Durante años.
Todo dejó de tener sentido.
—Entonces ¿por qué Sofía…?
—Sofía vio la antigua cuando empezamos a salir. Le gustó y quiso regalarme otra parecida.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Estás saliendo con ella?
Adrián frunció el ceño.
—¿Quién te dijo eso?
—¡Ella!
Justo entonces se abrió la puerta principal.
Sofía entró cargando una bolsa del hospital.
—¡Me dieron el alta!
Nos encontró frente a frente.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué ocurre?
La miré.
—¿Adrián es tu novio?
Sofía parpadeó.
Después miró a Adrián.
Y comenzó a reír.
—¡No!
Ahora fui yo quien quedó muda.
—Pero dijiste que tu novio se llamaba Adrián.
—Mi novio se llama Adrián Suárez.
Señaló al hombre que tenía delante.
—Este es Adrián Liang, su socio. Fue él quien condujo porque mi novio estaba atrapado en una tormenta.
Me llevé una mano a la frente.
—Entonces, ¿por qué te pidió agua en el hospital?
—Porque lo mandé como si fuera mi hermano mayor. Lo conozco desde hace años.
Adrián me observaba con una expresión indescifrable.
Sofía dejó de sonreír.
—Espera. ¿Ustedes se conocen?
—No —respondimos ambos.
Demasiado rápido.
Sofía entrecerró los ojos.
—Claro.
Tomó su bolsa.
—De repente necesito dormir unas doce horas.
Y desapareció.
Intenté marcharme también.
Adrián bloqueó mi camino, manteniendo distancia.
—Ahora me toca preguntar.
—No.
—Cambiaste de número al día siguiente.
Mi respiración se detuvo.
—¿Me reconociste desde el hospital?
—En cuanto levantaste la cabeza.
—Dijiste que no te habías fijado.
—Mentí.
—¿Por qué?
Su mandíbula se tensó.
—Porque tú fingiste no conocerme.
Aquello me enfureció.
—¡Tú me rechazaste!
—Porque había alguien que me gustaba.
—¡Exactamente!
—Eras tú.
No pude responder.
Adrián repitió:
—La mujer que llevaba años esperando eras tú.
Solté una risa incrédula.
—Eso es imposible.
Entonces me explicó lo que yo nunca había sabido.
Él me había visto mucho antes de que yo empezara a fijarme en él.
Sabía que prefería café sin azúcar.
Que evitaba las fiestas grandes.
Que siempre cedía mi paraguas a Paula aunque después tuviera que caminar bajo la lluvia.
Pero Adrián había interpretado mi timidez como desinterés.
Aquella noche, cuando finalmente nos acercamos, creyó que para mí solo había sido un impulso.
Y a la mañana siguiente, cuando confesé que me gustaba, reaccionó de la peor manera posible.
—Pensé que decías que te gustaba porque te sentías vulnerable después de lo ocurrido —admitió—. Quería saber si era algo verdadero.
—¿Humillándome?
Cerró los ojos.
—Sí. Fui un idiota.
—Después dijiste que esperabas a otra mujer.
—Intentaba hablar de ti.
—¡Ni siquiera recordabas mi nombre!
Por primera vez pareció avergonzado.
—Lo recordaba.
—Me preguntaste cómo me llamaba.

—Quería escuchártelo decir.
Lo miré horrorizada.
—Adrián, eres terrible comunicándote.
—Eso ya lo he descubierto.
Casi me reí.
Casi.
Pero dos años de dolor no desaparecían con una explicación.
—Me fui creyendo que había sido una vergüenza para ti.
Su rostro cambió.
—Te busqué.
—¿Qué?
—Fui a tu apartamento. Habías desaparecido. Pregunté a Paula. Nadie sabía dónde estabas.
Sacó su teléfono.
Había correos antiguos enviados a una dirección que yo había dejado de utilizar.
Decenas.
No eran declaraciones dramáticas.
Eran disculpas.
Preguntas.
“Solo dime que estás bien.”
El último había sido enviado hacía tres meses.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Dos años, Adrián.
—Lo sé.
—No puedes recuperarlos.
—No quiero recuperarlos.
Me miró directamente.
—Quiero dejar de desperdiciar los siguientes.
No volvimos juntos inmediatamente.
Eso habría sido demasiado fácil.
Adrián tuvo que aprender a decir lo que pensaba sin esconderlo detrás de frases ambiguas.
Y yo tuve que dejar de huir cada vez que sentía miedo de escuchar una respuesta.
Empezamos con café.
Después cenas.
Después largas conversaciones.
Seis meses más tarde, Paula descubrió todo.
Su reacción fue sencilla:
—¿Ustedes dos llevan años sufriendo porque ninguno sabe mantener una conversación normal?
Ninguno pudo discutirlo.
Un año después, Adrián me llevó al mismo lugar donde habíamos compartido aquel paraguas durante la universidad.
Llovía otra vez.
Miró la pulsera roja de su muñeca.
—Esta vez intentaré decirlo correctamente.
Sonreí.
—Sería un progreso.
Entonces me pidió que construyéramos una vida juntos.
Sin acertijos.
Sin orgullo.
Sin esperar que el otro adivinara sentimientos.
Y dije que sí.
Durante dos años pensé que había desaparecido para escapar del hombre que nunca me había querido.
La verdad era mucho más absurda.
Yo había sido la mujer que Adrián esperaba.
Pero ninguno de los dos había sabido decirlo cuando todavía estábamos a tiempo.
Por suerte, algunas historias no necesitan recuperar el pasado.
Solo necesitan que dos personas dejen de esconder la verdad para poder empezar de nuevo.