PARTE 2: EL DIAGNÓSTICO MÉDICO QUE TODOS QUISIERON EVITAR TERMINÓ CONVIRTIENDO UN ALMUERZO FAMILIAR EN UNA INVESTIGACIÓN CRIMINAL

No recuerdo cómo manejé hasta el hospital.

Solo recuerdo los gritos de Sofía.

Cada segundo parecía eterno.

Mi hija lloraba con una desesperación que jamás había escuchado. Intentaba tocarse la mejilla quemada mientras yo conducía con una mano y con la otra trataba de impedir que se lastimara más.

—Ya llegamos, mi amor…

Ya llegamos…

Mentía.

Todavía faltaban varios minutos.

Cuando por fin entré al área de Urgencias Pediátricas del Hospital San Javier, una enfermera vio el estado de Sofía y corrió hacia nosotras.

—¡Quemadura térmica!

Gritó sin perder tiempo.

Dos médicos aparecieron inmediatamente.

Uno tomó a Sofía con extremo cuidado.

Otro comenzó a hacerme preguntas.

—¿Qué ocurrió?

Sentí que la voz apenas me salía.

—Le… le aventaron café caliente.

Los médicos intercambiaron una mirada.

—¿Accidentalmente?

Respiré profundamente.

—No.

La habitación quedó completamente en silencio.

—Se lo lanzaron.

El médico dejó de escribir durante un instante.

Levantó lentamente la vista.

—¿Está diciendo que un adulto arrojó deliberadamente café hirviendo sobre una niña de dos años?

Asentí.

No pude decir una sola palabra más.

Mientras atendían a Sofía, otra enfermera me condujo a una pequeña sala.

Me ofreció agua.

Ni siquiera pude sostener el vaso.

Las manos me temblaban sin control.

En ese momento sonó mi teléfono.

Era Daniel.

Contesté inmediatamente.

—¿Dónde estás?

Su voz sonaba preocupada.

—Tu mamá me dijo que hiciste un escándalo y te fuiste.

Cerré los ojos.

Hasta el último momento seguían mintiendo.

—Estoy en el hospital.

Silencio.

—¿Qué pasó?

Mi voz salió completamente rota.

—Mariela le aventó café hirviendo a Sofía.

No escuché absolutamente nada durante varios segundos.

Después su respiración comenzó a acelerarse.

—¿Qué?

—Está en urgencias.

Daniel colgó sin despedirse.

Sabía que venía.

Pero antes de que él llegara hice una llamada mucho más importante.

Marqué un número que llevaba años prometiéndome no utilizar jamás para resolver problemas familiares.

Mi padre contestó al primer tono.

—¿Hija?

Solo escuchar su voz hizo que se me quebrara el alma.

—Papá…

Hubo un largo silencio.

Él comprendió inmediatamente.

—¿Qué pasó?

Miré hacia la puerta del área de quemados.

—Lastimaron a Sofía.

Su tono cambió por completo.

—¿Está viva?

—Sí.

Respiró profundamente.

—¿Quién fue?

Tragué saliva.

—Mariela.

Otro silencio.

Mucho más frío.

—¿Dónde estás?

Le di el nombre del hospital.

No hizo más preguntas.

Solo dijo una frase.

—No firmes absolutamente nada. No hables con nadie. Ya voy para allá.

Colgó.

Veinte minutos después apareció Daniel.

Entró corriendo.

Tenía la camisa mal acomodada y el rostro completamente blanco.

—¿Dónde está?

Señalé la puerta.

No alcanzó a entrar.

El médico salió justo en ese momento.

—¿Los padres de la menor?

Nos acercamos.

El especialista sostuvo una carpeta entre las manos.

—Su hija presenta quemaduras de segundo grado superficiales en rostro, cuello y parte superior del tórax.

Daniel sintió que las piernas le fallaban.

—¿Va a quedar bien?

El médico respondió con honestidad.

—Necesitará tratamiento.

Observación.

Y seguimiento dermatológico.

Hizo una pausa.

—Pero hay algo más.

Abrió lentamente la carpeta.

—Por protocolo…

Toda lesión de este tipo en un menor debe notificarse.

Daniel frunció el ceño.

—¿Notificarse a quién?

—Al Ministerio Público y a la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes.

El silencio volvió a llenar el pasillo.

El médico continuó.

—Especialmente cuando el mecanismo de lesión no corresponde a un accidente doméstico.

Daniel me miró.

Comprendió exactamente lo que significaba.

Ya no era solamente un problema familiar.

Era una investigación oficial.

En ese instante llegaron mis padres.

Mi padre, Roberto Salinas, caminaba con una serenidad que daba miedo.

Había sido fiscal durante más de treinta años.

Conocía perfectamente cada procedimiento.

Se acercó primero a Sofía.

La besó con cuidado en la frente.

Después miró el expediente médico.

No necesitó leer demasiado.

Asintió lentamente.

—Doctor…

¿Ya emitieron el reporte inicial?

—Sí.

—Perfecto.

Mi padre sacó una tarjeta.

—Quiero copia certificada de toda la documentación.

El médico reconoció inmediatamente su nombre.

—Por supuesto, licenciado.

Daniel me observó sorprendido.

Sabía quién había sido mi padre.

Pero jamás imaginó que intervendría.

Mientras hablábamos, comenzaron a sonar varios teléfonos al mismo tiempo.

El mío.

El de Daniel.

Y el de mi padre.

Era doña Carmen.

Daniel contestó.

La escuchábamos perfectamente porque tenía el altavoz activado.

—¿Ya se calmó tu esposa?

Daniel cerró los ojos.

—Mamá…

Sofía está quemada.

La voz de su madre respondió con absoluta frialdad.

—Pues que deje de exagerar.

Los niños se recuperan rápido.

Mi padre levantó lentamente la vista.

No dijo una sola palabra.

Pero tomó discretamente su teléfono.

Había activado la grabación.

Doña Carmen seguía hablando.

—Además, esa niña provocó todo por andar agarrando cosas ajenas.

Mariela no hizo nada malo.

Fue una lección.

Mi padre detuvo la grabación.

Miró directamente a Daniel.

—Gracias.

Él no entendió.

—¿Por qué?

Mi padre guardó el teléfono.

—Porque tu madre acaba de reconocer espontáneamente que la agresión existió.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, dos agentes de la policía investigadora entraron al área de urgencias acompañados por una trabajadora social.

Uno de ellos sostenía el reporte preliminar del hospital.

El otro buscó con la mirada.

—¿Quién es la señora Mariela Torres?

Daniel tragó saliva.

—No está aquí.

El agente cerró la carpeta lentamente.

—No importa.

Levantó la vista.

Acabamos de recibir un segundo informe del hospital. Además de las quemaduras, el especialista concluyó que el patrón de lesiones es totalmente compatible con una agresión intencional. A partir de este momento ya no investigamos un accidente… investigamos un posible delito cometido contra una menor de edad.

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