PARTE 2: ESTA VEZ NO VOLVÍ

La aguja atravesó el primer hilo dorado.

Nadie volvió a hablar.

Trabajé durante casi dos horas bajo aquella lámpara. No sustituí el bordado antiguo; reforcé cada sección desde el reverso, conservando las puntadas originales.

Cuando terminé, la señora Lancaster pasó lentamente los dedos cerca de la manga.

Sus ojos se humedecieron.

—Es exactamente como cuando me casé.

El viejo sastre que antes había dudado de mí examinó la costura.

Después levantó la cabeza.

—¿Quién le enseñó?

—Mi abuela.

La señora Lancaster sonrió.

—Eleanor Morgan.

Lucas frunció el ceño.

—¿La conocía?

La anciana soltó una pequeña risa.

—Muchacho, medio mundo de la conservación textil conoce ese apellido.

Celeste dejó de sonreír.

Yo guardé mis agujas.

Mi abuela había sido restauradora de textiles históricos. Yo estudié conservación antes de casarme y durante años trabajé discretamente para coleccionistas privados.

Cuando entré en la familia Reed, Lucas dijo que aquello era un pasatiempo innecesario.

Así que dejé de hablarle de mi trabajo.

No dejé de hacerlo.

Simplemente dejé de contárselo.

La señora Lancaster pidió que trajeran un sobre.

—Tus honorarios.

—No hace falta.

—Entonces considéralo un adelanto.

—¿Adelanto?

La anciana sonrió.

—Quiero que supervises la restauración de nuestra colección familiar.

Lucas intervino:

—Clara tendrá que revisar su agenda.

Lo miré.

—¿Mi agenda?

Pareció confundido.

Entonces recordé.

Ya estábamos divorciados.

—Quise decir…

—Sé lo que quisiste decir.

Tomé el sobre.

—Acepto.

Celeste soltó una carcajada.

—¿Y ahora vas a fingir que eres una gran profesional?

La señora Lancaster la miró fríamente.

—La señorita Morgan ha restaurado piezas para tres museos y varias colecciones privadas. Si desconoce su trabajo, eso habla de usted, no de ella.

Celeste enmudeció.

Lucas también.

Pero la verdadera sorpresa llegó cuando salimos.

Mi agente inmobiliaria me llamó.

—Señora Morgan, tenemos comprador para la villa. Pago completo.

Lucas escuchó.

—¿Qué villa?

Lo miré.

—La que me regalaste ayer.

Su rostro se endureció.

—Te dije que no la vendieras.

—Me lo dijiste después de que legalmente pasó a ser mía.

—Clara.

—Además, el contrato se firmó esta mañana.

Su expresión cambió.

—¿Ya la vendiste?

—Sí.

Celeste explotó:

—¡Esa propiedad pertenece a los Reed!

Saqué del bolso una copia de la escritura.

—No.

Se la mostré.

—Pertenecía a Lucas. Después me perteneció a mí. Ahora pertenece al comprador.

Lucas me observó durante varios segundos.

Algo parecido a inquietud apareció por primera vez en sus ojos.

—¿Por qué tienes tanta prisa por vender?

Sonreí.

—Porque esta vez no pienso volver.


Lucas no me creyó.

¿Por qué habría de hacerlo?

Ocho veces me había divorciado de él.

Ocho veces había regresado.

Pero había algo que Lucas nunca supo.

Después del tercer divorcio comprendí que nuestro matrimonio no era amor.

Era un negocio absurdo en el que él pagaba enormes cantidades para mantener intacto su ego.

Así que empecé a administrar cada compensación.

Vendí propiedades.

Invertí.

Compré participaciones en empresas pequeñas.

Reabrí discretamente mi estudio de restauración.

Cuando llegó el noveno divorcio, ya no necesitaba absolutamente nada de Lucas Reed.

Y, sobre todo, había dejado de quererlo.

Dos días después recibí su llamada.

—La chica se fue.

Casi me dio risa.

—Qué rápido.

—Discutió con mi madre.

Naturalmente.

—Ven a cenar esta noche —continuó—. Podemos hablar de volver a casarnos.

—No.

Hubo silencio.

—¿Qué dijiste?

—Que no.

Lucas se rio.

—Clara, deja el berrinche.

—No estoy enojada.

Eso pareció preocuparlo mucho más.

—¿Hay otro hombre?

—Siempre crees que mi vida necesita girar alrededor de alguno.

—Entonces ¿qué quieres?

Miré los documentos que tenía frente a mí.

—Nada de ti.

Colgué.


La mañana siguiente Lucas apareció en mi estudio.

Fue la primera vez que descubrió que existía.

En la entrada había una placa:

MORGAN HERITAGE CONSERVATION

Dentro trabajaban doce personas.

Había textiles antiguos, pinturas, documentos y piezas provenientes de colecciones privadas.

Lucas recorrió el lugar como si hubiera entrado accidentalmente en la vida de una desconocida.

—¿Esto es tuyo?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Hace años.

—¿Por qué nunca me dijiste?

Lo miré.

—Lo hice.

Se quedó callado.

—Cuando nos casamos te hablé durante cuarenta minutos de restauración histórica. Me dijiste que no necesitabas una esposa que trabajara.

Su mandíbula se tensó.

—Pensé que habías renunciado.

—Renuncié a intentar que te interesara.

Entonces llegó mi contadora con una carpeta.

—Señora Morgan, ya tenemos el cierre definitivo.

Lucas miró los documentos.

Ocho propiedades vendidas.

Dos departamentos alquilados.

Fondos de inversión.

Participaciones empresariales.

Y la compensación del noveno divorcio.

Su rostro perdió color.

—¿Guardaste todo?

—No.

Cerré la carpeta.

—Lo multipliqué.

Entonces comprendió.

Las ocho veces que creyó comprar mi paciencia, había financiado mi independencia.

—¿Me utilizaste? —preguntó.

Casi me reí.

—Lucas, tú eras quien aparecía con amantes y acuerdos de divorcio.

—¡Pero siempre regresabas!

—Porque todavía te quería.

Hice una pausa.

—Hasta que dejé de hacerlo.

Eso fue lo único que realmente lo hirió.


Celeste intentó convertirlo en un escándalo familiar.

Dijo que yo había “saqueado” a los Reed.

No funcionó.

Cada propiedad había sido transferida legalmente.

Cada compensación figuraba en acuerdos firmados por Lucas y sus abogados.

No había fraude.

Solo nueve divorcios extraordinariamente caros.

La propia señora Reed terminó llamándome.

—Lucas no está bien.

—Debería buscar ayuda.

—Te necesita.

—Durante años me enseñaron que ninguna persona es indispensable en la familia Reed.

Colgué.


Seis meses después, la colección Lancaster inauguró una exposición privada restaurada por mi estudio.

La señora Lancaster apareció usando su vestido rojo.

Los periodistas fotografiaron cada detalle.

Aquella noche, mientras observaba la pieza que había iniciado mi nueva vida, alguien se acercó.

Lucas.

Parecía más delgado.

—Clara.

—Lucas.

Sacó una pequeña caja.

Reconocí inmediatamente el anillo con el que me había pedido matrimonio por primera vez.

—Esta vez será diferente.

Miré el anillo.

Después a él.

—¿Sabes qué fue lo más triste de nuestro matrimonio?

No respondió.

—Que durante años creíste que yo siempre regresaba porque no podía vivir sin ti.

Cerré suavemente la caja en su mano.

—Y yo tardé demasiado en comprender que podía vivir muchísimo mejor.

Pasé junto a él.

Lucas no intentó detenerme.

Quizá finalmente había entendido.

La novena vez sí había sido diferente.

No porque apareciera una amante más joven.

Ni por la villa.

Ni por el dinero.

Fue diferente porque, después de años esperando que Lucas volviera arrepentido, finalmente llegó el divorcio en el que yo esperaba que no lo hiciera.

Y cuando regresó…

ya no quedaba ninguna señora Reed esperándolo.

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