No salí corriendo detrás de Adrián.
No grité su nombre.
No arrojé la bandeja al suelo.
Me quedé exactamente donde estaba hasta escuchar cerrarse la puerta del ascensor.
Solo entonces dejé la bandeja sobre una mesa vacía.
—¿Te encuentras bien? —preguntó mi supervisora.
—Sí.
Mi propia voz me pareció desconocida.
Terminé el turno.
Después de descubrir que el hombre al que amaba había convertido nuestra pobreza en una representación, todavía necesitaba cobrar mi salario de aquella noche.
A las cinco y veinte regresé al pequeño apartamento.
Adrián ya estaba allí.
Había cambiado el traje por sus pantalones gastados y aquella camiseta gris que llevaba desde hacía años.
El reloj millonario había desaparecido.
En la entrada estaban perfectamente colocadas sus zapatillas baratas.
El casco amarillo descansaba sobre la mesa.
Incluso se había ensuciado deliberadamente las manos.
Lo miré desde la puerta.
Por primera vez pude ver el escenario completo.
—¿Cómo fue el trabajo? —preguntó.
—Cansado.
Adrián se acercó inmediatamente.
—Te dije que todavía debías descansar.
Su preocupación habría conseguido hacerme llorar veinticuatro horas antes.
Ahora sentí náuseas.
Me tocó la frente.
—Estás pálida.
Aparté suavemente la cabeza.
—Solo necesito dormir.
Él suspiró.
—Aguanta un poco más. Cuando paguemos la deuda, todo mejorará.
Dos mil yuanes.
Recordé la botella de ciento ochenta mil.
—¿Cuánto debemos todavía?
—Casi todo.
—¿Y los intereses?
—Altísimos.
Frunció el ceño con aquella expresión preocupada que tantas veces había visto.
—Pero no pienses en eso. Yo encontraré la manera.
Lo observé.
—Adrián, si hubieras tenido dinero… ¿habrías querido que tuviéramos al bebé?
Su cuerpo se tensó apenas.
—¿Por qué preguntas eso ahora?
—Respóndeme.
Evitó mis ojos.
—No sirve de nada pensar en cosas que no podemos cambiar.
Entonces lo comprendí.
No era solamente que pudiera haber pagado.
Nunca había querido hacerlo.
La pobreza había sido su excusa perfecta.
Me acosté sin decir nada más.
Durante los siguientes cuatro días actué exactamente como siempre.
Preparé arroz.
Conté monedas delante de él.
Pregunté cuánto faltaba para pagar la deuda.
Adrián continuó interpretando su papel.
Pero yo regresé cada noche al club.
No para vigilarlo.
Para trabajar.
Necesitaba dinero que fuera únicamente mío.
También necesitaba entender quién era el hombre con quien había compartido mi vida.
La respuesta llegó antes de lo esperado.
En mi tercer turno, uno de los hombres de aquella sala privada me reconoció.
—Espera.
Me detuve.
—¿Tú no eres la novia de Adrián?
Sentí que se me helaban las manos.
Era el joven que había bromeado sobre “la obrera”.
Me preparé para que llamara a Adrián.
Pero no lo hizo.
Me observó con una expresión extraña.
—Entonces realmente no sabes nada.
—¿Saber qué?
Soltó una carcajada incrédula.
—Dios mío. Adrián está más enfermo de lo que pensaba.
Dejó su copa.

—Su familia posee hoteles, centros comerciales y una empresa de logística. El fideicomiso que recibió al cumplir veinticinco años ya superaba los cien millones.
No reaccioné.
Ya nada podía sorprenderme.
Me equivoqué.
—¿Por qué fingiría ser pobre?
El hombre se encogió de hombros.
—Empezó como una apuesta.
—¿Una apuesta?
—Quería demostrar que podía conseguir que una mujer lo quisiera sin saber quién era.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Cuánto duraba la apuesta?
Su sonrisa desapareció.
—Seis meses.
—Llevamos juntos cuatro años.
Eso lo hizo callar.
Finalmente murmuró:
—Entonces supongo que dejó de ser una apuesta.
—¿Por qué siguió mintiendo?
—Eso tendrás que preguntárselo.
Lo miré fijamente.
—¿Sabías que estaba embarazada?
Su rostro cambió.
—¿Qué?
No necesité decir más.
La respuesta estaba escrita en su expresión.
Salí de la sala.
Aquella noche, al terminar mi turno, encontré a Adrián esperando junto al ascensor.
Ya no llevaba casco.
Ni ropa barata.
Vestía de negro, con las manos en los bolsillos.
Esta vez no estaba interpretando al repartidor.
—¿Desde cuándo lo sabes?
No respondí.
Adrián cerró los ojos.
—La primera noche.
—Sí.
—¿Por qué no dijiste nada?
Solté una risa amarga.
—¿Te molesta que yo también sepa guardar un secreto?
—Podemos hablar en casa.
—Ese apartamento ya no es mi casa.
Su expresión cambió.
—¿Qué significa eso?
Saqué la llave y la puse sobre una mesa.
—Mis cosas ya no están allí.
Adrián me agarró de la muñeca.
—No puedes desaparecer así.
Miré su mano.
La soltó inmediatamente.
—Escúchame. Al principio sí fue una estupidez. Quería saber si alguien podía quererme sin dinero.
—Y lo descubriste.
—Sí.
—Entonces ¿por qué seguiste mintiendo?
Adrián guardó silencio.
—¿Por qué me viste contar monedas para comprar comida?
Nada.
—¿Por qué pediste aquel préstamo delante de mí?
Su mandíbula se tensó.
—Porque si de repente aparecía dinero tendrías preguntas.
Sentí que algo dentro de mí se rompía definitivamente.
—¿Y nuestro bebé?
—No hagas esto.
—¿Nuestro bebé también era parte de mantener tu mentira?
—Yo no estaba preparado para ser padre.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Me quedé inmóvil.
Adrián pareció darse cuenta de lo que acababa de admitir.
—No quise decir…
—Sí quisiste.
Las lágrimas llegaron por fin.
Pero no bajé la cabeza.
—Me dejaste creer que no teníamos alternativa.
—Pensé que después tendríamos otro.
—¿Otro?
Mi voz tembló.
—¿Como si pudieras reemplazarlo cuando te resultara conveniente?
—Puedo arreglarlo.
Sacó una tarjeta negra de su cartera y la puso frente a mí.
—No tendrás que trabajar nunca más.
Miré la tarjeta.
Después lo miré a él.
—Todavía no entiendes nada.
La dejé donde estaba.
—Yo habría vivido contigo en aquel apartamento toda mi vida.
Respiré profundamente.
—Habría comido arroz con agua contigo.
Di un paso atrás.
—Pero no pasaré un día más con un hombre que me vio sufrir para proteger una mentira que solo servía a su comodidad.
Me marché.
Tres semanas después había encontrado una habitación pequeña y un trabajo administrativo durante el día. Conservé algunos turnos del club hasta pagar con mi propio dinero aquella absurda deuda que Adrián había creado.
Él llamó más de cien veces.
Nunca contesté.
Hasta que una tarde apareció una mujer frente a mi trabajo.
Tenía unos cincuenta años, un traje impecable y el mismo tipo de mirada que Adrián.
—Soy su madre.
—No tengo nada que hablar con usted.
—Yo creo que sí.
Me entregó una carpeta.
—Mi hijo lleva semanas negándose a volver a casa. Dice que quiere casarse contigo.
Casi me reí.
—Eso ya no es asunto mío.
—Lo será cuando veas esto.
Abrí la carpeta.
Dentro había fotografías mías.
Informes sobre mi trabajo.
Mi universidad.
Mi familia.
Incluso información sobre la deuda médica.
Algunas páginas tenían fechas anteriores al día en que Adrián y yo supuestamente nos conocimos por casualidad.
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
La mujer me observó durante varios segundos.
—Que mi hijo te mintió sobre algo mucho más importante que su dinero.
Pasó hasta la última página.
Allí había una fotografía tomada cuatro años atrás.
Yo aparecía saliendo de la universidad.
A varios metros, dentro de un coche negro, estaba Adrián.
La fotografía había sido tomada seis semanas antes de nuestro primer encuentro.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Por qué me estaba siguiendo?
Su madre cerró lentamente la carpeta.
—Porque conocerte nunca fue una coincidencia.
Se inclinó hacia mí.
—Y si quieres saber por qué Adrián te eligió precisamente a ti para aquella supuesta “apuesta”, primero tendrás que saber quién era realmente tu padre.