PARTE 2: MI ESPOSO PENSÓ QUE PODRÍA PROTEGER A SU AMANTE DE UNA SIMPLE OFICINISTA, PERO CUANDO ABRIMOS EL DOBLE FONDO DE SU MALETA DESCUBRIÓ QUE CLAIRE NO HABÍA REGRESADO AL PAÍS POR ÉL.

—¡Julian, tú dijiste que tu mujer no sabía nada!

El silencio que siguió fue absoluto.

Julian miró primero a Claire.

Después a mí.

—¿Qué significa eso?

Claire comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.

—Nada. Estoy nerviosa.

Hice una señal a mis compañeros.

—Continúen.

Uno de los agentes retiró el revestimiento interior de la maleta. Debajo había una placa metálica demasiado gruesa para pertenecer a un equipaje normal.

El técnico utilizó una herramienta para levantarla.

Apareció un compartimento oculto.

Julian dejó de respirar.

No había drogas.

Había seis pasaportes, tarjetas de acceso, varios dispositivos de almacenamiento cifrado y pequeñas piezas metálicas envueltas individualmente.

Claire retrocedió.

—Eso no es mío.

—La maleta está registrada a su nombre —respondió el agente.

—Me la dieron antes del vuelo.

—¿Quién?

No contestó.

Tomé uno de los pasaportes sin tocarlo directamente.

La fotografía era de Claire.

El nombre no.

Había cinco identidades diferentes.

Julian parecía incapaz de procesarlo.

—Claire, dime qué está pasando.

Ella lo miró desesperadamente.

—Jules, no les digas nada.

Aquella frase me hizo volver los ojos hacia él.

—¿Qué podría decirnos Julian?

—Nada —respondió inmediatamente.

Demasiado rápido.

Recordé algo.

El automóvil.

—¿Dónde está tu coche?

Julian palideció.

—En el estacionamiento.

—¿Claire puso algo dentro?

—No.

Claire cerró los ojos.

Supe que acababa de mentir.

—Agente Morales, localice el vehículo.

Julian me agarró del brazo.

—Elena, basta.

Miré su mano.

La soltó inmediatamente.

—Esto ya no es una discusión matrimonial.

—No sabes lo que estás haciendo.

Por primera vez aquella tarde casi sonreí.

—Llevo cinco años sabiendo exactamente lo que hago.

Su expresión cambió.

Claire me observó como si estuviera reconstruyendo todas las conversaciones que había mantenido sobre mí.

—Dijiste que archivaba documentos —susurró.

Julian no respondió.

—¡Me dijiste que era una oficinista!

—Eso creía.

Me volví hacia ellos.

—Los dos permanecerán aquí hasta que terminemos.

—¿Los dos? —repitió Julian—. Yo no he hecho nada.

—Eso lo determinará la investigación.

Veinte minutos después, Morales regresó.

No venía solo.

Traía una bolsa de pruebas.

—Encontramos esto debajo del asiento del acompañante.

Dentro había un teléfono.

Julian negó inmediatamente.

—No es mío.

—¿De quién es?

Miró a Claire.

Ella permaneció en silencio.

Morales añadió:

—También encontramos una tarjeta de acceso escondida en el compartimento de la puerta.

Al verla sentí que algo se endurecía dentro de mí.

Reconocía aquel diseño.

Pertenecía a una instalación restringida vinculada a una investigación conjunta en la que mi unidad llevaba meses trabajando.

Claire Bell no era una viajera desafortunada.

Era exactamente la clase de persona que aquella operación pretendía localizar.

Mi supervisor entró en la sala.

—Elena.

Le entregué la tarjeta.

La examinó y su expresión cambió.

—Aseguren la habitación.

Julian me miró.

—¿Quién eres?

No contesté.

Claire sí.

—Alguien que tú subestimaste.

La miré.

—Y tú también.

Su rostro se endureció.

—Quiero un abogado.

—Es su derecho.

Mientras los agentes comenzaban a documentar cada objeto, Julian intentó acercarse.

—Elena, necesito explicarte lo de Claire.

Saqué del bolsillo la ecografía arrugada.

La observé unos segundos.

Había pensado entregársela durante una cena.

Había imaginado su sonrisa.

Quizá incluso lágrimas.

Ahora parecía pertenecer a la vida de otra mujer.

—Hoy iba a decirte que estoy embarazada.

Julian quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

Claire giró la cabeza.

—Elena…

—No te estoy hablando a ti.

Julian miró mi vientre.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Lo suficiente para haber venido aquí pensando que esta noche celebraríamos nuestro aniversario y nuestro hijo.

Su rostro se descompuso.

—Yo no sabía…

—Exactamente.

Guardé la ecografía.

—Porque estabas demasiado ocupado mintiéndome.

—Claire y yo no…

—No me importa cómo quieras llamarlo.

—Elena, escúchame.

—Después.

—¿Después de qué?

Miré los objetos extendidos sobre la mesa.

—Después de saber cuánto sabías realmente.

Aquello lo hizo callar.


Las siguientes horas fueron interminables.

Los documentos encontrados en la maleta resultaron ser falsificados.

Las piezas metálicas formaban componentes vinculados a equipos restringidos.

Los dispositivos estaban cifrados.

Pero el teléfono hallado en el automóvil ofreció la primera grieta.

Claire había borrado gran parte de su contenido.

No todo.

Un técnico recuperó fragmentos de conversaciones.

Uno mencionaba a Julian.

Otro, mi dirección.

Y un tercero contenía una fotografía mía tomada sin que yo lo supiera.

Claire me había estado observando antes de regresar al país.

Cuando Julian vio la imagen, se sentó.

—No entiendo.

—¿Cuándo volviste a contactar con ella?

—Hace cuatro meses.

—¿Quién buscó a quién?

—Ella me escribió.

Claire, desde el otro extremo de la sala, levantó la cabeza.

—Cállate, Julian.

Él la miró.

Algo finalmente se rompió.

—¿Me utilizaste?

Claire soltó una carcajada seca.

—No te creas tan importante.

Julian palideció.

—Dijiste que habías vuelto porque me echabas de menos.

—Y funcionó.

No sentí satisfacción.

Solo una tristeza profunda al comprender lo fácil que había sido manipularlo.

Mi supervisor colocó delante de Julian varias capturas recuperadas.

—¿La señora Bell le pidió alguna vez información sobre el trabajo de su esposa?

Julian tardó demasiado en contestar.

—Cosas normales.

—¿Qué cosas?

—Horarios. Dónde trabajaba. Cuándo viajaba.

Mi estómago se contrajo.

—¿Le dijiste mis horarios?

—Pensé que estaba celosa.

—¿Mis viajes también?

Bajó la mirada.

—Algunos.

Mi supervisor intervino.

—¿Le proporcionó credenciales, documentos o acceso a dispositivos pertenecientes a Elena?

—¡No!

Claire empezó a reír.

Todos la miramos.

—Pregúntenle por la memoria que encontró en casa.

Julian se puso blanco.

Sentí un frío recorrerme.

—¿Qué memoria?

—Elena, puedo explicarlo.

—¿Qué memoria, Julian?

Se pasó ambas manos por el rostro.

—Hace unos meses encontré una USB en tu despacho.

—Mi despacho estaba cerrado.

No respondió.

Ya sabía la respuesta.

Había entrado.

—¿Qué hiciste con ella?

—Claire dijo que podía averiguar por qué siempre eras tan misteriosa con tu trabajo.

El silencio me resultó ensordecedor.

—Se la diste.

—Solo durante una noche.

Mi supervisor se levantó inmediatamente.

—¿Cuándo ocurrió?

Julian dio la fecha.

Yo la reconocí.

Dos días después se había producido una brecha que obligó a suspender una operación completa.

Claire dejó de sonreír.

Los agentes también comprendieron la gravedad.

Julian empezó a temblar.

—Yo no sabía qué contenía.

—No necesitabas saberlo —respondí—. Sabías que no era tuyo.

Claire fue apartada para continuar el interrogatorio con su abogado.

Julian permaneció sentado, mirando el suelo.

Antes de irme, me llamó.

—Elena.

Me detuve.

—¿Qué?

Tenía los ojos húmedos.

—¿Hay alguna posibilidad de arreglar nuestro matrimonio?

Lo miré durante varios segundos.

—Nuestro matrimonio dejó de ser el problema más importante hace unas horas.

Me marché.

A la mañana siguiente, un agente llamó a la puerta de mi despacho.

Traía los primeros resultados del análisis de los dispositivos.

—Encontramos el objetivo principal de Bell.

—¿Era información aduanera?

Negó con la cabeza.

—Eso era secundario.

Dejó una carpeta frente a mí.

—Claire regresó específicamente por una persona.

Abrí la primera página.

Había fotografías mías.

Mi casa.

Mi automóvil.

Julian.

Y finalmente, una copia de mi expediente médico.

Llegué hasta la última fotografía.

Era la imagen ampliada de una ecografía.

La fecha correspondía a días antes de que yo misma supiera con certeza que estaba embarazada.

Debajo alguien había escrito:

«EMBARAZO CONFIRMADO. CAMBIA EL OBJETIVO.»

Levanté lentamente la cabeza.

—¿Cómo consiguieron esto?

El agente cerró la puerta detrás de él.

—Eso es lo que necesitamos descubrir.

Hizo una pausa.

—Porque Claire no estaba intentando entrar al país con esa información.

Estaba intentando sacarla.

Y entonces comprendí que detener a la amante de mi marido en la aduana no había terminado la operación.

Acababa de iniciarla.

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