Alexander siguió mirando nuestras manos entrelazadas.
Noah fue el primero en soltarme.
No por miedo.
Simplemente porque se volvió hacia mí y preguntó:
—¿Estás segura?
Aquello me sorprendió.
Después de tres años persiguiendo a alguien que siempre daba por hecho que mis sentimientos estarían disponibles cuando él quisiera, Noah me estaba dando la oportunidad de cambiar de opinión.
—Sí.
Sonrió.
—Entonces yo también.
Los jugadores comenzaron a gritar otra vez.
Alexander no.
Arrojó la botella aplastada a un banco y se marchó.
Pensé que aquello sería todo.
Me equivocaba.
A la mañana siguiente estaba esperándome frente al dormitorio.
—Tenemos que hablar.
Seguí caminando.
Alexander se puso delante.
—¿Estás utilizando a Noah para provocarme?
Solté una risa.
—Sigues creyendo que todo lo que hago tiene que ver contigo.
—Hace un mes estabas obsesionada conmigo.
—Y hace un mes me desmayé delante de ti y me llamaste mentirosa.
Su rostro se endureció.
—Grace estaba peor.
—Nunca te reproché que la ayudaras.
Me acerqué un paso.
—Te reprocho que me miraras tirada en el suelo y decidieras que estaba fingiendo.
Por primera vez no respondió inmediatamente.
—No sabía que realmente estabas enferma.
—Exactamente.
Lo rodeé.
—Porque nunca te molestaste en comprobarlo.
Aquella tarde Noah me llevó a cenar.
Nada elegante.
Hamburguesas cerca del campus.
Me preguntó tres veces si mi presión estaba bien y apareció con una botella de agua adicional “por si acaso”.
Me reí.
—No soy de cristal.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de vigilarme.
Noah me miró.
—Preocuparme por ti no significa creer que eres débil.
Me quedé callada.
Una frase tan sencilla consiguió hacerme entender cuánto había normalizado.
Con Noah las cosas avanzaron despacio.
Estudiábamos juntos.
Íbamos a los partidos.
Yo tomaba fotografías mientras él entrenaba.
Nunca me exigió demostrar cuánto me importaba.
Nunca convirtió mi cariño en algo humillante.
Alexander, en cambio, comenzó a aparecer en todas partes.
En la biblioteca.
En la cafetería.
Después del club de fotografía.
Una noche incluso dejó un café sobre mi mesa.
Mi favorito.
Lo miré sorprendida.
—¿Qué es esto?
—Siempre me comprabas uno.
—Sí. Para ti.
—Pensé que ahora podía comprártelo yo.
No toqué el vaso.
—No hace falta.
Algo se apagó en su expresión.
—Claire, ¿de verdad vas a fingir que ya no sientes nada?
—No estoy fingiendo.
—Tres años no desaparecen en un mes.
—No desaparecieron.
Lo miré con calma.
—Me enseñaron algo.
—¿Qué?
—Que puedo amar muchísimo a una persona y aun así decidir que no quiero seguir haciéndolo.
Alexander apretó la mandíbula.
—Noah es mi mejor amigo.
—Entonces deberías confiar en que es una buena persona.
Aquello lo enfureció todavía más.
Dos semanas después ocurrió lo inevitable.
Alexander y Noah discutieron en el dormitorio.
Yo no estaba allí.
Pero medio edificio escuchó los gritos.
Noah apareció después con una mochila.
—¿Qué pasó?
—Voy a dormir con Ryan unos días.
—¿Por mí?
—Por Alexander.
Suspiró.
—Dice que lo traicioné.
Sentí culpa.
—Quizá deberíamos parar.
Noah me miró fijamente.
—¿Quieres parar?
No respondí.
—No te he preguntado qué quiere Alexander.
Se acercó.
—Te pregunto qué quieres tú.
Aquello era precisamente la diferencia.

—No quiero parar.
—Entonces no paramos.
Un mes se convirtió en tres.
Alexander dejó de hablar con nosotros.
Grace, en cambio, empezó a acercarse más a él.
Los veía juntos algunas veces.
Y descubrí algo que me sorprendió:
no sentía celos.
Hasta que Grace me buscó una tarde.
—Claire, necesito decirte algo.
Parecía nerviosa.
—¿Qué ocurre?
—Alexander y yo nunca estuvimos juntos.
—No necesitas explicarme eso.
—Sí necesito.
Se sentó frente a mí.
—El día del entrenamiento, yo no me desmayé por el calor.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Tuve una crisis relacionada con una condición médica. Alexander lo sabía.
Eso explicaba por qué había corrido directamente hacia ella.
—Entonces hizo bien en ayudarte.
—Sí.
Grace bajó la mirada.
—Pero después supo que tú habías perdido realmente el conocimiento.
Mi pecho se tensó.
—¿Cuándo?
—Antes de llegar a la enfermería.
Silencio.
—Le dijeron que te habían llevado.
—¿Y?
Grace tragó saliva.
—Quiso regresar.
—Pero no regresó.
—No.
—¿Por qué?
Sus ojos se llenaron de culpa.
—Porque yo le pedí que se quedara.
La observé.
—¿Por qué?
—Porque estaba enamorada de él.
Todo encajó.
Pero no de la manera que ella esperaba.
—Grace, tú no me debías nada.
—Lo sé, pero…
—Alexander sí sabía que yo estaba en la enfermería.
Ella asintió.
—Sí.
Aquello dolió más que la escena del campo.
No porque todavía quisiera que hubiera venido.
Sino porque durante semanas había permitido que yo creyera que simplemente no sabía.
Aquella noche Alexander me encontró antes de que pudiera buscarlo.
—Grace habló contigo.
No era una pregunta.
—Sí.
—Claire…
—¿Sabías que estaba en la enfermería?
—Sí.
—¿Sabías que realmente me había desmayado?
Silencio.
—Sí.
Asentí lentamente.
—Gracias.
Frunció el ceño.
—¿Gracias?
—Necesitaba escuchar eso.
Intenté marcharme.
Me agarró de la muñeca y me soltó inmediatamente al ver mi expresión.
—Fui un idiota.
—Sí.
—Pensé que si iba a verte creerías que finalmente me importabas.
Me quedé inmóvil.
Alexander continuó:
—Pensaba que estabas persiguiéndome otra vez. Que cualquier gesto mío te daría esperanzas.
—Así que preferiste dejarme sola.
—Sí.
Por primera vez, su voz se quebró.
—Y llevo meses arrepintiéndome.
Lo miré.
Aquel era el Alexander que había querido ver durante tres años.
Vulnerable.
Arrepentido.
Mirándome como si finalmente comprendiera mi valor.
Y no sentí absolutamente ninguna necesidad de correr hacia él.
—Te perdono.
Sus ojos se iluminaron.
—Claire…
—Pero no voy a volver contigo.
La esperanza desapareció.
—¿Porque amas a Noah?
Pensé unos segundos.
—Sí.
La respuesta salió fácil.
—Creo que sí.
Alexander cerró los ojos.
—Llegué tarde.
—Tres años.
Pasé junto a él.
—Llegaste tres años tarde.
Terminamos la universidad dos años después.
Noah y yo seguimos juntos.
Alexander recibió una oferta en otra ciudad.
Antes de marcharse me buscó una última vez.
—Espero que seas feliz.
—También yo.
Nos despedimos sin drama.
Pensé que aquel sería el final.
Cinco años después, Noah me llevó al mismo gimnasio donde habíamos empezado.
Las gradas estaban vacías.
En mitad de la cancha había una botella de agua deportiva.
La misma marca de aquel primer partido.
Me reí.
—No puede ser.
Noah se arrodilló.
Esta vez no fui yo quien hizo la propuesta.
—Claire, ¿quieres casarte conmigo?
Lloré antes de poder responder.
—Sí.
Entonces escuchamos una puerta abrirse.
Alguien había entrado en el gimnasio.
Alexander.
Había vuelto para una reunión de antiguos alumnos.
Se quedó inmóvil al ver a Noah de rodillas.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante un segundo recordé a la chica que había pasado tres años corriendo detrás de él.
Pero ya no existía.
Noah se levantó.
Alexander miró el anillo.
Después me miró a mí.
Y sonrió con una tristeza tranquila.
—Felicidades.
—Gracias.
Alexander se marchó.
No corrió detrás de mí.
Yo tampoco detrás de él.
Porque finalmente entendí algo que habría querido decirle a aquella muchacha de dieciocho años:
El amor no se demuestra soportando rechazo hasta que alguien decide valorarte.
A veces, la historia correcta comienza precisamente el día en que dejas de perseguir la equivocada.