PARTE 2: ADRIÁN CREYÓ QUE PODÍA INVESTIGAR AL HOMBRE CON QUIEN IBA A CASARME, PERO TERMINÓ DESCUBRIENDO QUE DANIEL HABÍA ESTADO PRESENTE LA NOCHE EN QUE ÉL CASI ME DESTRUYÓ Y QUE MI DESAPARICIÓN NUNCA FUE UN CAPRICHO.

A las seis de la mañana, Adrián ya tenía un informe sobre Daniel Ortega.

Treinta y ocho años.

Cirujano de urgencias.

Había trabajado durante cinco años en el Hospital Universitario San Carlos antes de trasladarse a Valencia.

Sin antecedentes.

Sin escándalos.

Sin matrimonio anterior.

Nada que pudiera utilizar contra él.

Hasta que el secretario encontró una coincidencia.

—Señor Rivas —dijo por teléfono—, hay algo extraño.

Adrián estaba sentado solo en su despacho.

—Habla.

—El doctor Ortega estaba de guardia en Madrid la noche del 17 de septiembre de hace tres años.

Silencio.

Adrián conocía aquella fecha.

Era la última noche que me había visto.

—¿Y?

—Hay un ingreso hospitalario aquella madrugada asociado a una mujer llamada Laura Montes.

Adrián dejó de respirar.

—¿Qué ingreso?

—No puedo acceder al expediente médico.

—Consíguelo.

—Eso sería ilegal.

—Entonces averigua lo que puedas legalmente.

Colgó.

A esa misma hora, yo estaba frente al espejo ajustándome un vestido sencillo color crema.

Daniel entró en la habitación con dos cafés.

—¿Nerviosa?

—Un poco.

Sonrió.

—Todavía podemos escapar.

Lo miré.

—¿Antes de registrarnos?

—Especialmente antes. Después habrá papeleo.

Me reí.

Eso era Daniel.

Nunca convertía una decisión importante en una prueba de amor.

Nunca me obligaba a demostrar nada.

Dejó el café y me tomó la mano.

—Laura.

Su tono cambió.

—Anoche, cuando viste a Adrián… ¿estás bien?

Asentí.

—Sí.

—No tienes que fingir conmigo.

—No estoy fingiendo.

Hice una pausa.

—Creo que por fin entendí algo.

—¿Qué?

—Que recordar a alguien no significa querer volver.

Daniel apretó suavemente mis dedos.

Entonces llamaron a la puerta.

Pensé que sería el conductor.

No lo era.

Adrián estaba en el pasillo.

Daniel se quedó inmóvil.

Yo también.

Adrián tenía el rostro tenso y ojeras profundas.

—Necesito hablar contigo.

—No.

—Laura, por favor.

Miré el reloj.

—Hoy me caso.

Sus ojos bajaron hacia mi vestido.

Fue como si aquella realidad finalmente adquiriera peso.

—Lo sé.

Daniel dio un paso adelante.

—Ella ya te respondió.

Adrián lo miró.

—Esto es entre ella y yo.

—Dejó de serlo hace tres años.

La mandíbula de Adrián se tensó.

—Tú estabas allí.

Sentí frío.

Daniel no respondió.

Adrián sacó una hoja doblada.

—Hospital San Carlos. Diecisiete de septiembre.

Me quedé completamente quieta.

—¿Me investigaste?

—A él.

—Eso no mejora nada.

—Quiero saber qué pasó aquella noche.

Una risa amarga escapó de mí.

—¿Ahora?

—Desapareciste al día siguiente.

—Sí.

—Nunca contestaste mis llamadas.

—También.

—Vendiste tu parte del apartamento. Cambiaste de número. Dejaste el trabajo.

Su voz comenzó a romperse.

—Pensé que me odiabas.

Lo miré.

—Te odié durante un tiempo.

—¿Qué pasó?

Daniel me observó.

Yo sabía lo que estaba preguntando sin palabras.

Si quería contarlo.

Durante tres años aquella noche había pertenecido únicamente a nosotros dos.

Respiré.

—Déjalo entrar.

Daniel dudó.

Después se apartó.

Adrián entró.

No se sentó.

Yo tampoco.

—La última pelea —dije—. ¿La recuerdas?

Su rostro cambió.

Claro que la recordaba.

Habíamos discutido porque Adrián desapareció durante dos días después de que yo encontrara mensajes de otra mujer en su teléfono.

No eran sexuales.

Pero eran suficientes.

Coqueteo.

Promesas ambiguas.

El tipo de conversación que él justificaba diciendo:

«No ocurrió nada.»

Como si la intención no contara.

Aquella noche le dije que me marchaba.

Adrián había bebido.

Mucho.

—Me bloqueaste la puerta —continué.

—Laura…

—Déjame terminar.

Cerró la boca.

—Me dijiste que no iba a ninguna parte hasta que escuchara tu versión.

—Nunca te golpeé.

—No.

Lo miré.

—Pero cuando intenté apartarte, agarraste mi brazo.

Adrián palideció.

—Te solté.

—Después de que caí.

El silencio fue absoluto.

Daniel miró al suelo.

Adrián negó lentamente.

—No…

—Golpeé la cabeza contra el borde de la mesa.

Sus labios se separaron.

—Te levantaste.

—Sí.

Me llevé inconscientemente una mano detrás de la oreja.

La cicatriz era pequeña.

Casi invisible.

—Salí del apartamento. Caminé dos calles. Después me desplomé.

Adrián parecía incapaz de respirar.

—No sabía eso.

—Porque nunca saliste a buscarme.

Aquella frase sí lo destruyó.

—Estaba enfadado.

—Yo estaba inconsciente en una acera.

Daniel habló por primera vez.

—Un taxista llamó a emergencias. Yo estaba de guardia cuando llegó.

Adrián lo miró.

—¿Tú la atendiste?

—Sí.

—¿Qué tenía?

Daniel no respondió inmediatamente.

Yo lo hice.

—Conmoción cerebral. Deshidratación. Una herida que necesitó puntos.

Adrián cerró los ojos.

—Dios.

—Cuando desperté, tenía cuarenta y tres llamadas tuyas.

Su mirada se levantó.

—Te llamé toda la noche.

—Después.

—Laura…

—Siempre era después contigo.

Mi voz seguía tranquila.

—Después de gritar. Después de romper algo. Después de desaparecer. Después de coquetear con otras mujeres. Después llegaban las flores, las disculpas y las promesas.

Adrián bajó la cabeza.

—Yo habría cambiado.

—Quizá.

—Habría cambiado por ti.

Negué.

—Ese también era el problema.

Se quedó desconcertado.

—Yo no quería que cambiaras por miedo a perderme. Quería estar con alguien que supiera cómo tratarme incluso cuando estuviera enfadado.

Daniel permaneció a mi lado.

Sin tocarme.

Sin apropiarse del momento.

Adrián lo notó.

—¿Y él sí?

Lo miré.

—Sí.

Aquella respuesta fue sencilla.

Y definitiva.

Adrián respiró hondo.

—¿Te enamoraste de tu médico?

Daniel casi sonrió.

Yo no.

—No.

—Entonces…

—No volvimos a vernos durante ocho meses.

Eso lo sorprendió.

—Daniel me dio su tarjeta porque no tenía a nadie a quien llamar. Después me ayudó a contactar con una amiga.

Miré a Daniel.

—Nos reencontramos por casualidad meses más tarde.

—Y empezamos tomando café —añadió él.

—Sin rescates.

—Sin secretos.

—Sin castigos.

Adrián apartó la mirada.

Por primera vez desde que había llegado, parecía comprender que Daniel no me había robado.

Simplemente me había conocido después de que yo aprendiera a no volver a aceptar ciertas cosas.

—¿Por qué nunca me lo dijiste? —preguntó.

—Porque si te lo hubiera explicado entonces, habrías convertido mi salida en otra discusión.

—No.

—Sí.

Me acerqué.

—Habrías llorado, prometido cambiar, culpado al alcohol, culpado a los mensajes, culpado a mi manera de provocarte.

Su silencio confirmó que yo tenía razón.

Miré el reloj.

—Tenemos que irnos.

Adrián se quedó junto a la puerta.

—Laura.

Me detuve.

—Una cosa más.

Sacó algo del bolsillo.

El mechero negro.

El mismo que Sofía había sostenido la noche anterior.

Lo dejó sobre la mesa.

—Nunca estuve con ella.

—No me importa.

La frase salió sin crueldad.

Pero vi cómo le dolía.

—Entonces ¿por qué ella tenía esto?

—Porque quería ver si reaccionabas.

Lo miré durante varios segundos.

—¿Le diste algo que durante años fue importante entre nosotros para provocarme?

Adrián cerró los ojos.

—Sí.

Sonreí tristemente.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Porque acabas de demostrarme que tomé la decisión correcta.

Pasé junto a él.

Daniel recogió los documentos.

Cuando llegamos al ascensor, Adrián habló detrás de nosotros.

—¿Si hubiera salido a buscarte aquella noche… habría cambiado algo?

No quería responder.

Pero lo hice.

—Quizá.

Sus ojos se llenaron de algo que ya no necesitaba interpretar.

—Pero no saliste.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Entonces su teléfono sonó.

Adrián miró la pantalla.

Su secretario.

Contestó sin apartar los ojos de mí.

—¿Qué pasa?

Escuchó.

Su expresión cambió.

—¿Qué has encontrado?

Daniel me miró.

Las puertas casi se cerraban cuando escuchamos la última frase del secretario desde el teléfono, suficientemente fuerte para atravesar el silencio.

—Señor Rivas, el ingreso hospitalario de Laura no fue el único expediente relacionado con aquella noche. La policía también abrió un informe.

Adrián metió una mano entre las puertas y detuvo el ascensor.

Me miró.

—¿Policía?

Yo no respondí.

Porque esa era la parte que Daniel y yo nunca habíamos contado.

Y también la única razón por la que, tres años atrás, mi desaparición había tenido que ser mucho más rápida y definitiva de lo que Adrián jamás imaginó.

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