La señora Harper se agachó demasiado rápido para recoger las toallas.
—Se me resbalaron —murmuró.
Pero sus manos temblaban.
Yo no aparté los ojos de ella.
Vincent tampoco.
—Señora Harper —dijo él lentamente—. ¿Hay algo que deba saber sobre esa ventilación?
—No, señor.
La respuesta llegó demasiado deprisa.
Vincent dio un paso hacia ella.
—Lleva doce años trabajando para mi familia. No me mienta ahora.
La mujer palideció.
—Solo… recuerdo que hicieron modificaciones después de la muerte de la señora Isabella.
Sentí que algo se tensaba dentro de mí.
—¿Qué modificaciones?
Harper miró hacia las habitaciones de los gemelos.
—El doctor Blake dijo que los niños tenían problemas para dormir. Ordenó instalar un sistema ambiental independiente en esta zona.
Vincent quedó inmóvil.
—¿Blake?
—Sí, señor.
El mismo médico que llevaba once meses afirmando no conocer la causa de la enfermedad había intervenido personalmente en el sistema que alimentaba el aire de los dormitorios.
Me acerqué nuevamente a la rejilla.
El aroma dulce seguía allí.
—¿Puede apagarse?
Harper negó con la cabeza.
—Desde el panel central.
—Entonces quiero verlo.
Vincent no discutió.
Bajamos al cuarto técnico, ubicado detrás de la cocina. Había pantallas para calefacción, humedad, cámaras y seguridad. Sin embargo, cuando buscamos el sector de los gemelos, apareció algo extraño.
Las habitaciones 17 y 18 figuraban conectadas a un circuito separado.
“AMBIENTE PEDIÁTRICO”.
—¿Quién tiene acceso? —pregunté.
Harper introdujo su clave.
ACCESO DENEGADO.
Vincent utilizó la suya.
Lo mismo.
Su rostro se endureció.
—Esta es mi casa.
Llamó inmediatamente al jefe de seguridad.
Marcus Reed llegó cinco minutos después.
Al ver la pantalla, frunció el ceño.
—Señor Moretti, nunca había visto esta partición.
—Averigüe quién la creó.
Marcus conectó una computadora portátil.
Mientras trabajaba, subí nuevamente con los niños.
Lucas estaba sentado junto a la ventana armando un rompecabezas. Leo permanecía acostado.
Eran idénticos, pero la enfermedad había dejado pequeñas diferencias.
Lucas parecía luchar contra su cansancio.
Leo parecía haberse rendido a él.
Me senté junto a la cama.
—¿Siempre duermes aquí?
Leo asintió.
—Papá no quiere que cambiemos de cuarto.
—¿Alguna vez te sientes mejor fuera de casa?
La pieza del rompecabezas se detuvo entre los dedos de Lucas.
—En verano.
—¿Dónde pasan el verano?
—En Maine.
Mi pulso se aceleró.
—¿Y allí están menos cansados?
Los gemelos se miraron.
Leo respondió:
—Mucho.
—¿Se lo dijeron al doctor Blake?
Lucas soltó una risa pequeña.
—Él dice que es porque estamos felices de vacaciones.
Aquella respuesta me inquietó.
—¿Qué ocurre cuando regresan?
—Nos enfermamos otra vez.
La enfermedad parecía seguir la casa, no a los niños.
Entonces Lucas señaló hacia arriba.
—También vuelve la señorita de las flores.
Miré el techo.
—¿Quién?
—La señorita de las flores.
Leo se incorporó ligeramente.
—Lucas, papá dijo que no inventáramos cosas.
—No invento.
Me incliné hacia ellos.
—¿Qué señorita?
Lucas señaló la rejilla.
—A veces, por la noche, huele como las flores de mamá. Después escuchamos algo dentro de la pared.
Un escalofrío me recorrió los brazos.
—¿Qué escuchan?
—Un clic.
Leo añadió:
—Después nos da sueño.
Antes de que pudiera preguntar más, Vincent apareció en la puerta.
Había oído lo suficiente.
Su rostro había perdido todo color.
—Lucas, ¿por qué nunca me dijiste eso?
El niño bajó la mirada.
—Se lo dijimos al doctor Blake.
Silencio.
—¿Qué respondió?
—Que eran sueños.
Vincent salió al pasillo y llamó al médico.
Lo siguió el buzón de voz.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nada.
—No lo llames más —dije.
Me miró.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sabemos qué está pasando. Si alguien ha ocultado algo durante meses, no conviene avisarle de que acabamos de descubrirlo.
Por primera vez desde que llegué, Vincent no pareció un multimillonario acostumbrado a controlar cada habitación.
Parecía simplemente un padre aterrorizado.
—¿Crees que alguien está enfermando a mis hijos?
—Creo que necesitamos pruebas antes de acusar a nadie.
Marcus apareció corriendo.
—Señor Moretti.
Llevaba la computadora abierta.
—Encontré el registro.
Vincent leyó la pantalla.
La partición había sido creada diecisiete meses atrás.
Casi exactamente cuando comenzaron los síntomas graves.
Había tres usuarios autorizados.
Uno pertenecía a una empresa de automatización que ya no existía.
Otro era administrativo.
El tercero aparecía identificado solamente como:
HB-01.
Harrison Blake.
Vincent apretó la mandíbula.
—Quiero que abras el sistema.
—Puedo intentarlo, pero hay algo más.
Marcus amplió el historial.
Todas las noches, a las 9:40, el circuito ejecutaba automáticamente un ciclo de doce minutos.
—¿Qué ciclo? —pregunté.
—No lo especifica.
Miré el reloj.
9:31.
Nueve minutos.
—Saca a los niños.
Vincent reaccionó inmediatamente.
Los llevó al ala opuesta de la mansión mientras Marcus y yo regresábamos al pasillo.
A las 9:39, acerqué el rostro a la rejilla.
Nada.
9:40.
Se escuchó un clic.
Exactamente como Lucas había descrito.
Después llegó un leve zumbido.
Y aquel perfume dulce comenzó a extenderse por el corredor.

Marcus retrocedió.
—Eso no es normal.
—Apágalo.
Intentó hacerlo desde la tableta.
No respondió.
—El sistema está bloqueado.
—Entonces corta la corriente.
Corrió hacia las escaleras.
Yo permanecí unos segundos observando la rejilla.
Entonces vi algo.
Un pequeño tornillo estaba más limpio que los demás.
Lo toqué.
Flojo.
Busqué una moneda en mi bolsillo y comencé a girarlo.
—Claire.
Vincent había regresado.
—¿Qué haces?
—Alguien ha abierto esto recientemente.
Retiramos la cubierta.
Detrás no había solamente un conducto.
Había una pequeña caja metálica conectada a la tubería.
Vincent levantó el teléfono para fotografiarla.
—No la toques.
Entonces escuchamos pasos.
El doctor Blake apareció al final del pasillo.
Nadie lo había visto entrar.
Llevaba su maletín médico.
Su expresión cambió al descubrir la rejilla abierta.
—¿Qué demonios están haciendo?
Vincent se colocó delante de mí.
—Eso iba a preguntarte.
Blake recuperó rápidamente la compostura.
—Ese dispositivo pertenece al sistema terapéutico de los niños.
—¿Qué terapia?
—Regulación ambiental.
—¿Por qué está registrada exclusivamente bajo tu usuario?
El médico guardó silencio.
Vincent avanzó.
—Mis hijos llevan dieciocho meses enfermos.
—Y yo he intentado ayudarlos.
—Entonces explícame qué libera esa caja cada noche.
Blake miró hacia mí.
—Esto es culpa suya, ¿verdad? Una niñera llega aquí durante unas horas y convierte una tragedia médica en una conspiración.
—Los niños mejoran cuando abandonan esta casa —respondí—. El ciclo funciona solamente aquí. Y ellos mismos dijeron que usted sabía del olor.
Su máscara se quebró durante un segundo.
Fue suficiente.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Todas las luces del pasillo se apagaron.
La mansión quedó sumida en oscuridad.
Escuché a Vincent maldecir.
Luego un golpe.
Cuando las luces de emergencia se encendieron, Blake ya no estaba.
Su maletín permanecía en el suelo.
Abierto.
Dentro había documentos, frascos sellados y una fotografía antigua de Isabella Moretti.
Vincent tomó la fotografía.
En el reverso había una fecha escrita a mano.
Dos semanas antes de su accidente.
Y debajo, una frase:
“Si Vincent descubre lo que hicimos, lo perderemos todo.”
—Esa es la letra de Isabella —susurró.
Entonces Marcus gritó desde el cuarto técnico:
—¡Señor Moretti! ¡Tiene que ver esto!
Corrimos escaleras abajo.
En su pantalla aparecía el registro completo del sistema.
Marcus señaló una columna que acababa de recuperar.
—El ciclo no empezó hace diecisiete meses.
Vincent frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Marcus tragó saliva.
—Este sistema lleva funcionando cuatro años.
Cuatro años.
Exactamente desde la muerte de Isabella.
Pero había algo peor.
En la pantalla aparecía una lista de habitaciones conectadas históricamente al circuito.
Los dormitorios de los gemelos no habían sido los primeros.
La primera habitación figuraba con un nombre.
SUITE PRINCIPAL — ISABELLA MORETTI.
Vincent dejó de respirar.
Entonces sonó su teléfono.
Número desconocido.
Contestó.
Nadie habló durante varios segundos.
Finalmente, una voz masculina dijo:
—Vincent, si quieres que tus hijos sigan vivos, deja de investigar la muerte de tu esposa.
La llamada terminó.
Y desde arriba escuchamos a Lucas gritar:
—¡Papá! ¡Hay alguien en mi habitación!