PARTE 2: MIENTRAS MARCOS SEGUÍA FINGIENDO SER POBRE PARA PONER A PRUEBA MI AMOR, YO YA HABÍA DESCUBIERTO SU ROLLS-ROYCE, OCULTADO MI EMBARAZO Y PREPARADO UNA DESPEDIDA QUE NI TODO EL DINERO DE LOS HERRERA PODRÍA DETENER.

Encontré una habitación esa misma tarde.

Pequeña.

Un dormitorio, una cocina mínima y una ventana que daba a un callejón.

La propietaria se disculpó porque no había ascensor.

Yo miré mi vientre todavía plano.

—Está bien.

Pagué tres meses por adelantado con los ahorros que Marcos creía que estábamos guardando para nuestra futura casa.

En realidad, eran mis ahorros.

Él siempre encontraba alguna razón para no aportar.

Una reparación de la moto.

Una semana con pocos pedidos.

Una deuda antigua.

Ahora comprendía por qué.

El heredero de los Herrera me había dejado contar monedas mientras él regresaba en secreto a una mansión.

Durante los siguientes cuatro días no le dije nada.

Marcos continuó actuando.

Salía con la vieja moto.

Volvía con comida rebajada.

Incluso una noche apareció emocionado porque había conseguido un cupón de veinte yuanes.

—Guárdalo —me dijo—. Tenemos que ahorrar para el futuro.

Miré su sonrisa.

—Sí. Para el futuro.

No sabía que hablábamos de futuros diferentes.

El quinto día recibí una llamada de la clínica.

Mis análisis estaban bien.

El embarazo evolucionaba normalmente.

Cuando colgué, Marcos estaba detrás de mí.

—¿Quién era?

Mi corazón se aceleró.

—Número equivocado.

Me observó durante unos segundos.

Después sonrió.

—Últimamente estás rara.

—Quizá estoy cansada de algunas cosas.

Aquella noche me abrazó por detrás.

—Cuando termine este mes, te llevaré a algún sitio bonito.

—¿Con qué dinero?

Se rio.

—Ahorraré.

Cerré los ojos.

Antes aquella respuesta me habría conmovido.

Ahora me parecía cruel.

A la mañana siguiente encontré algo sobre la mesa.

Una caja de terciopelo.

Por un instante pensé que sabía lo del bebé.

La abrí.

Había un anillo sencillo.

—¿Qué es?

Marcos parecía nervioso.

—No es gran cosa.

Se rascó la nuca.

—Costó ochocientos yuanes. Podemos cambiarlo más adelante.

Lo miré.

—¿Me estás proponiendo matrimonio?

—Después de siete años, ya toca.

Se arrodilló.

En aquella habitación húmeda.

Con la camiseta barata.

Con las manos que fingían estar endurecidas por años de pobreza.

—Valeria, cásate conmigo.

Sentí ganas de llorar.

No de felicidad.

Porque hasta aquel momento que había esperado durante años formaba parte de su mentira.

—¿Por qué ahora?

Parpadeó.

—Porque te amo.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más necesitas?

Pensé en la frase que había escuchado en la villa.

Una mujer como ella no tiene categoría para tener un hijo de los Herrera.

Cerré la caja.

—Necesito tiempo.

Marcos se levantó lentamente.

—¿Hay alguien más?

Casi me reí.

—Qué pregunta tan interesante.

—Valeria.

—Dije que necesito tiempo.

Por primera vez vi algo oscuro en su expresión.

No dolor.

Desconfianza.

Esa misma noche revisó mi teléfono mientras fingía dormir.

Yo lo sabía porque había dejado marcada la posición exacta del aparato.

A la mañana siguiente estaba desplazado.

Entonces comprendí que la “prueba” todavía no había terminado.

Quizá nunca terminaría.

Dos días después trasladé mis documentos a la nueva habitación.

Después ropa.

Luego mis pocas cosas importantes.

Lo hice poco a poco para que no lo notara.

Finalmente solo quedaron algunas prendas y los objetos que habíamos comprado juntos.

La caja con los calcetines del bebé seguía conmigo.

La ecografía también.

El viernes, mientras trabajaba, recibí un mensaje desde un número desconocido.

«Señorita Valeria, la señora Herrera desea verla.»

Lo eliminé.

Llegó otro.

«Se trata del señor Marcos.»

Bloqueé el número.

Una hora después, un Rolls-Royce negro se detuvo frente al restaurante donde esperaba un pedido.

La madre de Marcos descendió.

—Sube.

—Estoy trabajando.

—Te compensaré.

—No necesito su dinero.

Su expresión cambió.

—Ya lo sabes.

No era una pregunta.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde el primer día que trabajé en su casa.

Guardó silencio.

Después abrió la puerta trasera.

—Entonces debemos hablar.

—No tenemos nada que hablar.

—Te ofreceré dos millones.

La miré.

—¿Por qué?

—Para que desaparezcas.

Sentí una extraña tranquilidad.

—Pensaba hacerlo gratis.

Por primera vez perdió la compostura.

—¿Marcos sabe?

—No.

—Bien.

Sacó una tarjeta.

—Toma el dinero y no vuelvas a acercarte a él.

No la acepté.

—Quédese tranquila. No quiero nada de los Herrera.

Sus ojos descendieron brevemente hacia mi abdomen.

Fue apenas un segundo.

Pero lo vi.

Y ella vio que yo lo había visto.

La señora Herrera sabía que estaba embarazada.

Mi sangre se heló.

—¿Quién se lo dijo?

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabe.

Se acercó.

—Escúchame bien, Valeria. Algunas diferencias no pueden superarse con amor.

Instintivamente protegí mi vientre.

Sus ojos siguieron el movimiento.

Eso confirmó todo.

—¿Revisó mis registros médicos?

—Ten cuidado con las acusaciones.

—¿Marcos lo sabe?

No respondió.

—¿Sabe que estoy embarazada?

La puerta del coche se cerró detrás de ella.

—Pregúntaselo tú.

Se marchó.

Aquella noche regresé al apartamento antes de lo habitual.

Marcos estaba cocinando fideos.

—Llegaste temprano.

Dejé el casco sobre la mesa.

—¿Sabes que estoy embarazada?

La cuchara cayó dentro de la olla.

No necesité otra respuesta.

Me quedé inmóvil.

—Lo sabes.

—Valeria…

—¿Desde cuándo?

—Puedo explicarlo.

—¿Desde cuándo?

Bajó la mirada.

—Hace tres días.

Sentí náuseas.

—¿Cómo?

—Mi madre tiene contactos en la clínica.

Todo dentro de mí se volvió frío.

—¿Y durante tres días fingiste no saberlo?

—Necesitaba pensar.

—¿Pensar qué?

Silencio.

Entonces lo comprendí.

—Estabas esperando para ver qué hacía yo.

—No es así.

—Querías saber si te lo contaría.

No respondió.

—Otra prueba.

—Valeria, escucha.

Retrocedí.

—Siete años no fueron suficientes.

Mi voz se quebró por primera vez.

—Viviste conmigo fingiendo pobreza para comprobar si te quería sin dinero. Después descubriste que llevaba a tu hijo y decidiste esperar para comprobar si intentaría utilizarlo para entrar en tu familia.

—¡No!

—Entonces dime que estoy equivocada.

Marcos abrió la boca.

No pudo.

Fui al dormitorio.

Saqué la última maleta.

Él me siguió.

—No puedes irte embarazada.

—Puedo.

—Ese bebé también es mío.

Me volví.

—Hace una semana dijiste que una mujer como yo no tenía categoría para tener un hijo de los Herrera.

Su rostro se volvió blanco.

—¿Escuchaste eso?

—Todo.

—Valeria, yo no quería decir…

—No importa.

Saqué la caja de los calcetines.

La dejé sobre la cama.

—Esto era para ti.

Marcos la abrió.

Vio los calcetines.

Después la ecografía.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Yo iba a contártelo aquel día.

Levantó los ojos, completamente rojos.

—Valeria…

—Pero conocí al verdadero Marcos antes de poder hacerlo.

Tomé mi maleta.

Esta vez no intentó detenerme.

Quizá porque por fin entendió que ninguna explicación podía convertir siete años de engaño en amor.

Llegué a la puerta.

Entonces sonó su teléfono.

Era su madre.

Marcos contestó.

Escuchó unos segundos.

Su rostro cambió.

—¿Qué hiciste?

Silencio.

—¡Mamá, qué hiciste!

Me detuve.

Marcos levantó la mirada hacia mí.

Había verdadero pánico en sus ojos.

—Valeria, espera.

—¿Qué pasa?

Corrió hacia la mesa y abrió su portátil.

—Mi madre sabía del embarazo antes que yo.

—Eso ya lo sé.

—No.

Negó lentamente.

—No entiendes.

Abrió un correo.

En la pantalla aparecía el membrete de la clínica.

Después un formulario.

Mi nombre.

Mi número de paciente.

Y una solicitud que yo jamás había firmado.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Qué es eso?

Marcos tragó saliva.

—Mi madre no solo consiguió tus resultados médicos.

Levantó los ojos hacia mí.

—Llevaba semanas tomando decisiones sobre tu embarazo en tu nombre.

Y entonces vi la firma falsificada al final de la página.

Era la mía.

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