—¿Hay alguien más?
Miré la mano de Sebastián todavía cerrada alrededor de mi muñeca.
—Suéltame.
Esta vez obedeció.
—No —respondí—. No hay nadie.
Vi cómo sus hombros se relajaban.
Solo durante un segundo.
—Pero puede haberlo algún día.
Su expresión volvió a endurecerse.
—¿Y eso qué significa?
—Que voy a divorciarme de ti, Sebastián. Después podré cenar con quien quiera.
—No.
Parpadeé.
—¿No qué?
—No quiero divorciarme.
Casi me reí.
Tres meses atrás había tenido que amenazar indirectamente el futuro de su empresa para conseguir que aceptara casarse conmigo.
Ahora le estaba devolviendo todo.
Y él decía que no.
—Ya no tienes ninguna razón para seguir aquí.
—Eso lo decidiré yo.
Aquella frase me irritó.
—¿Ahora quieres decidir? Qué curioso. Cuando yo quería este matrimonio, parecía una condena para ti.
Sebastián miró la maleta.
—¿Qué cambió?
Pensé en mentir.
No tenía sentido.
Abrí el cajón y saqué la caja.
En cuanto la vio, perdió el color.
—¿Leíste las cartas?
—Sí.
Cerró los ojos.
—Camila…
—Siete años.
Mi voz salió sorprendentemente tranquila.
—Amabas a otra mujer desde hacía siete años y yo te obligué a casarte conmigo.
—No sabes toda la historia.
—Sé suficiente.
Tomé una carta.
—“Hay personas que llegan tarde a tu vida y aun así descubres que las estabas esperando desde siempre.”
Sebastián me la quitó.
—No sigas.
—¿Por qué? Tú lo escribiste.
—Hace años.
—La última tiene cuatro meses.
Silencio.
Cuatro meses.
Un mes antes de nuestra boda.
—¿Quién es? —pregunté.
Sebastián se sentó lentamente.
—Lucía Ferrer.
Conocía el nombre.
Era una arquitecta que había trabajado con su empresa durante sus primeros años.
—¿Fueron pareja?
—No.
Aquello dolió todavía más.
—¿Nunca?
—Nunca.
—Entonces la amaste durante siete años sin decírselo.
—Ella lo sabía.
—¿Y?
Sebastián miró hacia la ventana.
—Amaba a mi mejor amigo.
Finalmente entendí.
Lucía se había casado hacía dos años con Daniel Robles, uno de los socios fundadores de la empresa.
—¿Por eso aceptaste casarte conmigo?
—Acepté porque amenazaste el futuro de cuatro personas que no tenían culpa de nada.
No intenté defenderme.
—Lo sé.
—Pero Lucía no tuvo nada que ver.
—También lo sé.
Aquello pareció desconcertarlo.
—Entonces ¿por qué te vas?
—Precisamente porque finalmente lo sé.
Cerré la maleta.
—Pasé tres meses castigándote por no quererme como yo quería que me quisieras. Revisé horarios. Exigí explicaciones. Convertí cada mujer que se acercaba en una amenaza.
Respiré hondo.
—No quiero seguir siendo esa persona.
Sebastián se puso de pie.
—Podemos cambiar.
—Tú no necesitas cambiar. Necesitas ser libre.
—Deja de decidir lo que necesito.
Nos miramos.
Entonces pregunté:
—¿Me amas?
Sebastián quedó inmóvil.
No respondió.
Sonreí tristemente.
—Eso pensé.
Tomé la maleta.
Esta vez no intentó detenerme.
Vivimos separados durante seis semanas.
Mis abogados terminaron de desvincular completamente mi influencia de su empresa.
No pedí acciones.
No pedí compensación.
Solo solicité aquello que realmente era mío antes del matrimonio.
Sebastián tampoco discutió las condiciones.
Pero no firmaba.
Siempre encontraba una razón.
Una cláusula.
Una reunión.
Un viaje.
Hasta que mi abogado perdió la paciencia.
—Ese hombre no quiere divorciarse.
—Ya firmará.
—¿Estás segura?
No lo estaba.
Mientras tanto recuperé mi vida.
Volví a trabajar.
Retomé amistades que había abandonado porque toda mi energía estaba concentrada en Sebastián.
Y una noche acepté cenar con aquel viejo amigo del mensaje.
Álvaro.
No fue una cita.
Pero alguien tomó una fotografía.
A la mañana siguiente Sebastián estaba frente a mi apartamento.
—¿Dormiste con él?
Lo miré incrédula.
—Buenos días para ti también.
—Respóndeme.
—No es asunto tuyo.
—Sigues siendo mi esposa.
—Porque tú sigues retrasando el divorcio.
Sebastián entró cuando abrí más la puerta.
—¿Te gusta?
—¿Álvaro?
—Sí.
—Es mi amigo.
—Eso dijiste antes.
Entonces comprendí lo absurdo de la situación.
—Estás celoso.
—No.
—Sebastián.
—No me gusta cómo te mira.
Me reí.
—Durante meses me dijiste que mis celos eran enfermizos.
—Lo eran.
—¿Y esto qué es?
No respondió.
Me acerqué.
—Firma los papeles.
Su mandíbula se tensó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero verte con otro.
—Eso no es amor. Es posesión.
Aquellas palabras lo golpearon.
Quizá porque eran exactamente las que él podría haberme dicho meses atrás.
Se marchó sin responder.
Dos días después apareció nuevamente.
Esta vez llevaba la caja de cartas.
La dejó frente a mí.

—Quémalas.
—No son mías.
—Ya tampoco son mías.
Fruncí el ceño.
Sebastián se sentó.
—La última carta fue una despedida.
—¿Qué?
—Lucía estaba embarazada. Daniel acababa de contármelo.
Recordé la fecha.
Cuatro meses.
—Escribí todo lo que nunca iba a decirle y cerré esa parte de mi vida.
—Entonces aparecí yo.
—Tú ya estabas ahí.
Lo miré.
—No entiendo.
Sebastián tardó varios segundos.
—Empecé nuestro matrimonio odiando la forma en que ocurrió.
—Con razón.
—Pensé que te odiaría a ti también.
Bajó la mirada.
—Pero después comenzaste a dejar de perseguirme.
—Porque encontré las cartas.
—Yo no lo sabía.
Me miró.
—Y cuando dejaste de preguntarme dónde estaba, empecé a preguntarme dónde estabas tú.
Mi corazón golpeó una vez con fuerza.
—Cuando dejaste de esperarme despierta, descubrí que odiaba llegar y encontrar la habitación vacía.
—Sebastián…
—Y cuando hiciste esa maleta entendí algo que debería haber entendido antes.
Se acercó.
—No sé exactamente cuándo dejaste de ser la mujer que me obligó a casarme y empezaste a convertirte en la mujer que no quería perder.
Sentí lágrimas en los ojos.
Pero no cedí.
—Eso todavía no arregla cómo empezamos.
—Lo sé.
Sacó los documentos del divorcio.
Esta vez estaban firmados.
Los puso frente a mí.
—Por eso te dejo elegir de verdad.
Lo miré sorprendida.
—¿Firmaste?
—Sí.
—Entonces se terminó.
Sebastián tragó saliva.
—Si eso quieres.
Por primera vez nuestra relación no tenía amenazas, contratos ni empresas entre nosotros.
Y precisamente por eso dolió más.
Tres meses después, el divorcio quedó finalizado.
No volvimos a hablar.
Hasta una tarde en que recibí una invitación para la presentación de un nuevo proyecto tecnológico.
Fui por motivos profesionales.
Sebastián estaba allí.
Nos vimos desde extremos opuestos del salón.
No se acercó.
No intentó reclamarme.
Solo inclinó ligeramente la cabeza.
Yo hice lo mismo.
Entonces Lucía Ferrer apareció a su lado.
Embarazada.
Sonriente.
Mi antigua inseguridad despertó durante medio segundo.
Hasta que Lucía caminó directamente hacia mí.
—¿Camila?
—Sí.
Me entregó un sobre.
—Sebastián me pidió hace meses que te diera esto únicamente cuando el divorcio fuera definitivo.
Miré hacia él.
—¿Qué contiene?
—Algo que creo que debes saber antes de decidir si quieres volver a verlo alguna vez.
Abrí el sobre.
Dentro había una sola de aquellas cartas.
Pero no estaba dirigida a Lucía.
La fecha era dos semanas después de nuestra boda.
En la parte superior aparecía mi nombre.
“Camila:
Hoy hiciste algo ridículo mientras desayunábamos y me descubrí riéndome cuando ya estabas fuera de la habitación.
Eso me asustó más de lo que debería.
Porque llevo años creyendo que solo podía amar una vez.
Y empiezo a sospechar que estaba equivocado.”
Mis manos comenzaron a temblar.
Levanté la vista hacia Sebastián.
Seguía al otro lado del salón.
Esperando.
Sin acercarse.
Sin obligarme.
Por primera vez desde que lo conocía, Sebastián Alcázar no estaba atrapado conmigo y yo no estaba persiguiéndolo a él.
Éramos dos personas completamente libres.
Y entonces comprendí que la verdadera pregunta nunca había sido si finalmente conseguiría que me amara.
Era mucho más difícil.
Ahora que ya no necesitaba obligarlo a quedarse, tenía que decidir si quería ser yo quien caminara hacia él.