—Conduce.
Ethan Cross no levantó la voz.
No hizo falta.
El automóvil comenzó a avanzar justo cuando dos vehículos aparecieron detrás de ellos.
Aria se volvió hacia la ventana.
—Nos siguen.
Ethan miró por el espejo.
—Lo sé.
—Tiene que ir más rápido.
—No.
Ella lo miró, aterrorizada.
—¡No entiende!
—Entiendo que estás herida, que alguien te persigue y que probablemente tomarán decisiones estúpidas si creen que pueden alcanzarnos.
Sacó su teléfono.
—Prefiero saber quiénes son.
Marcó un número.
—Cross. Envía seguridad a mi ubicación.
Aria escuchó el apellido.
Cross.
Algo en su memoria reaccionó.
Pero antes de poder preguntarle, unas luces destellaron detrás.
Uno de los vehículos aceleró y se colocó junto al sedán.
El hombre del asiento del copiloto bajó la ventana.
—¡Deténganse! ¡Es un asunto familiar!
Ethan ni siquiera miró hacia él.
—Interesante.
—¿Qué?
—Las personas que hacen cosas indefendibles suelen llamarlas asuntos familiares.
Minutos después, dos camionetas de seguridad aparecieron desde una intersección.
Los vehículos que perseguían a Aria frenaron.
Ethan habló con el conductor:
—Detente ahora.
—¿Qué está haciendo? —susurró Aria.
—Averiguar cuánto miedo tienen de que hables.
El sedán se detuvo.
Las camionetas formaron una barrera.
Un hombre bajó del vehículo perseguidor.
Aria lo reconoció.
Marcus, jefe de seguridad de Victoria.
—Señor —dijo, acercándose—, disculpe las molestias. La señorita Montgomery está atravesando una crisis emocional. Su familia nos pidió llevarla a casa.
Aria abrió la boca.
Ethan levantó una mano.
—¿Ella quiere ir?
Marcus vaciló.
—Su madrastra…
—No pregunté qué quiere su madrastra.
Ethan giró hacia Aria.
—¿Quieres volver?
—No.
Una sola palabra.
Pero fue la primera decisión que alguien le había permitido tomar aquella noche.
Ethan miró nuevamente a Marcus.
—Entonces ya tiene su respuesta.
—No sabe con quién está interfiriendo.
Uno de los hombres de seguridad de Ethan casi sonrió.
Ethan permaneció inexpresivo.
—Dígame.
Marcus miró el automóvil.
Probablemente reconoció entonces el discreto emblema corporativo.
Su expresión cambió.
—¿Señor Cross?
Ethan abrió la puerta y bajó.
Bajo la lluvia parecía todavía más intimidante.
—Ahora que sabe quién soy, ¿su respuesta cambia?
Marcus retrocedió.
—La señora Montgomery solo está preocupada.
—Entonces puede hablar con las autoridades.
Aria sintió un escalofrío.
—No.
Ethan se volvió.
—¿Qué ocurre?
—No quiero que sepan dónde estoy.
—No tienen por qué saberlo.
Por primera vez ella lo miró directamente.
—¿Por qué me ayuda?
Ethan tardó un segundo.
—Porque pediste ayuda.
Nada más.
Aquella respuesta casi hizo llorar a Aria.
Era increíble que algo tan básico pudiera parecerle extraordinario.
Ethan ordenó que la llevaran a un hospital privado.
Durante el trayecto, una asistente de su equipo le consiguió ropa seca.
Una médica documentó sus lesiones.
Aria contó lo sucedido.
Todo quedó registrado.
El dormitorio.
Victoria.
El señor Vance.
La puerta cerrada.
La huida.
Cuando terminó, Ethan estaba al otro lado de la habitación hablando con un abogado.
—No quiero deberle nada —dijo Aria.

Él colgó.
—No me debes nada.
—Personas como usted nunca hacen nada gratis.
Una sombra atravesó su expresión.
—Personas como yo.
—Ricas.
—Tú también perteneces a una familia rica.
Aria soltó una risa amarga.
—El dinero de los Montgomery nunca fue mío.
—Eso puede ser más complicado de lo que crees.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué significa?
Ethan no respondió inmediatamente.
Había reconocido su apellido desde el principio.
Montgomery.
No era casualidad.
Cross Capital llevaba meses revisando discretamente las cuentas del Grupo Montgomery por una posible adquisición.
Y lo que sus auditores habían encontrado era extraño.
Empresas vacías.
Préstamos ocultos.
Activos vendidos sin autorización.
Y un fideicomiso creado por el difunto padre de Aria.
Un fideicomiso que debía haber pasado a ella al cumplir veintiún años.
Aria tenía veinticuatro.
—¿Tu padre dejó testamento? —preguntó Ethan.
Ella se quedó inmóvil.
—Sí.
—¿Lo viste?
—Victoria dijo que casi todo quedó comprometido por las deudas.
—¿Y firmaste documentos después de cumplir veintiuno?
—Muchos.
—¿Los leías?
Aria bajó la mirada.
—Victoria decía que eran trámites.
Ethan llamó otra vez a su abogado.
—Quiero revisar el fideicomiso Montgomery.
Aria levantó la cabeza.
—¿Cómo sabe que existe?
Silencio.
Ethan comprendió que ya no podía evitar explicarlo.
—Mi compañía lleva meses investigando al grupo de tu familia.
—¿Por qué?
—Porque Victoria está intentando venderlo.
Aria palideció.
—No puede.
—¿Por qué?
—Mi padre me dijo antes de morir que nunca podría venderse sin mi autorización.
Ahora fue Ethan quien se quedó inmóvil.
—¿Cuántos años tenías?
—Diecinueve.
—¿Hay algún documento?
—Había una carta.
—¿Dónde?
Aria tragó saliva.
—En la caja fuerte de mi padre.
Ethan llamó inmediatamente a su equipo.
A la mañana siguiente llegó el primer informe.
Su abogado entró en la habitación con una carpeta.
—Tenemos un problema.
—¿Cuál? —preguntó Ethan.
El abogado miró a Aria.
—Legalmente, la señorita Montgomery posee una participación considerable en el grupo.
Aria dejó de respirar.
—¿Cuánto?
—Cuarenta y nueve por ciento.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Eso es imposible.
—No.
El abogado colocó varios documentos frente a ella.
—Su padre creó una estructura para que recibiera las acciones al cumplir veintiún años.
—Nunca recibí nada.
—Alguien presentó documentación afirmando que usted había cedido temporalmente sus derechos de voto a Victoria.
Aria miró la firma.
—Yo no firmé esto.
Ethan se inclinó.
—¿Estás segura?
—Completamente.
La fecha correspondía a una semana en la que Aria había estado hospitalizada después de un accidente.
Entonces recordó algo.
Victoria había llevado documentos al hospital.
Le había pedido firmas.
Pero aquella no era una de ellas.
El abogado pasó otra página.
—Hay más.
El señor Vance no había asistido a la fiesta únicamente como posible socio.
Su empresa estaba negociando la compra de varios activos Montgomery.
Y la operación necesitaba una última cosa:
la firma de Aria.
Ella comprendió.
La habitación.
La presión.
La amenaza.
Todo estaba conectado.
—Querían obligarme a firmar.
—Probablemente —respondió Ethan.
Aria se levantó.
—Tengo que regresar.
—No.
—La carta de mi padre sigue allí.
—Si Victoria sospecha que conoces la verdad, ya estará buscándola.
Como si lo hubiera invocado, el teléfono de Aria sonó.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Aria?
Victoria.
Su cuerpo se tensó.
—Vuelve a casa.
—No.
Silencio.
—No sabes lo que estás haciendo.
Aria miró a Ethan.
—Empiezo a saberlo.
La voz de Victoria se volvió fría.
—El hombre que te recogió no es tu salvador.
Aria apretó el teléfono.
—Nunca dije que lo fuera.
Victoria soltó una risa.
—Pregúntale por qué Cross Capital lleva seis meses intentando comprar nuestra empresa.
Aria miró a Ethan.
Él no apartó los ojos.
—Pregúntale qué obtiene si tú recuperas tus acciones.
La llamada terminó.
El silencio se hizo insoportable.
—¿Es verdad? —preguntó Aria.
—Parte.
—¿Qué parte?
Antes de que Ethan pudiera responder, su abogado recibió un mensaje.
Lo leyó.
Su expresión cambió.
—Señor Cross.
—¿Qué?
—Acaban de enviarnos imágenes de seguridad de la mansión.
Giró la tableta.
Victoria estaba dentro del antiguo despacho del padre de Aria.
La caja fuerte estaba abierta.
Un hombre permanecía junto a ella.
El señor Vance.
Victoria sacó un sobre amarillo.
Aria se acercó a la pantalla.
—Esa es la carta.
Pero Vance extrajo algo más.
Una fotografía antigua.
La cámara captó apenas unos segundos antes de que la guardara.
Ethan congeló la imagen.
Aria miró la fotografía.
Su padre aparecía mucho más joven.
A su lado había otro hombre.
Y en brazos de aquel hombre, un niño pequeño.
Ethan.
Aria giró lentamente hacia él.
—¿Por qué mi padre tenía una fotografía tuya?
Por primera vez desde que la había encontrado bajo la tormenta, Ethan Cross perdió completamente su calma.
Su abogado amplió el reverso de la fotografía.
Había una frase escrita a mano:
«Si algo me ocurre, Ethan sabrá por qué Aria nunca debe quedar bajo el control de Victoria.»
Aria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Porque Ethan ya no parecía un extraño que había tenido la casualidad de detener su automóvil.
Parecía un hombre que llevaba muchos años formando parte de una historia que ella apenas acababa de descubrir.