PARTE 2: DESPUÉS DE 99 VECES ESPERANDO A MI ESPOSO, DESCUBRÍ QUE MI MADRE Y MI MEJOR AMIGA HABÍAN PASADO AÑOS PROTEGIENDO SU DOBLE VIDA… PERO LA MUJER EMBARAZADA A SU LADO GUARDABA UNA VERDAD TODAVÍA PEOR.

Daniel me miró como si mi presencia en aquel hospital fuera una molestia.

—¿Qué haces aquí?

No respondí inmediatamente.

Mis ojos bajaron hacia la ecografía que sostenía.

Después miré a la mujer.

Tendría unos treinta años. Una mano descansaba sobre su vientre mientras la otra permanecía aferrada al brazo de mi esposo.

Daniel interpretó mi silencio como siempre.

Como debilidad.

—Elena, te pregunté algo.

—¿Quién es ella?

La mujer palideció.

Daniel suspiró.

—No empieces.

Aquellas dos palabras casi me hicieron reír.

Durante años, cada vez que me acercaba demasiado a la verdad, Daniel decía exactamente lo mismo.

No empieces.

No exageres.

No imagines cosas.

Esta vez levanté la mirada.

—Tranquilo. Ya terminé.

Su expresión cambió.

—¿Qué significa eso?

La enfermera apareció detrás de mí.

—Señora Morales, su documentación está lista. Cuando se encuentre mejor puede marcharse acompañada.

Daniel frunció el ceño.

—¿Documentación de qué?

La enfermera miró mi expediente y luego a él.

—Lo siento. Es información privada de la paciente.

Por primera vez vi preocupación en su rostro.

—Elena, ¿qué te hicieron?

—Nada que te corresponda saber.

Intenté caminar.

Daniel me sujetó del brazo.

—Soy tu marido.

Miré su mano.

—Suéltame.

—Primero dime por qué estás aquí.

La mujer embarazada habló finalmente.

—Daniel, déjala.

Su voz era suave.

Demasiado familiar.

Él me soltó.

Entonces la mujer me miró.

—Elena, siento que hayas tenido que enterarte así.

Me detuve.

—¿Sabes mi nombre?

Daniel cerró los ojos.

Ella comprendió demasiado tarde que había cometido un error.

—Daniel me habló de ti.

—Qué considerado.

La miré.

—Yo, en cambio, todavía no sé cómo te llamas.

—Camille.

—¿Cuánto tiempo?

Daniel intervino.

—No tenemos que discutir esto aquí.

—No te pregunté.

Camille bajó los ojos.

—Cinco años.

El pasillo pareció inclinarse.

Cinco.

De nuestros siete años de matrimonio.

Entonces comprendí la magnitud de aquellas noventa y nueve ausencias.

No eran errores.

Eran una vida paralela organizada con ayuda de las dos mujeres en quienes más confiaba.

—¿Mi madre lo sabía desde el principio?

Camille no respondió.

—¿Sophie?

Su silencio volvió a contestarme.

Daniel se acercó.

—Podemos hablar en casa.

—No volveré a esa casa contigo.

—Estás alterada.

—Curiosamente, me siento más lúcida que nunca.

Saqué el teléfono.

—Mi abogado recibirá noticias mañana.

Su rostro se endureció.

—¿Vas a divorciarte por esto?

Lo miré incrédula.

—No, Daniel. Voy a divorciarme porque después de cinco años mintiéndome todavía eres capaz de preguntar eso.

Me marché.

Dos días después cambié las cerraduras del apartamento que había comprado antes del matrimonio.

Bloqueé a Daniel.

A Sophie.

Y a mi madre.

Después abrí una hoja de cálculo.

Durante años había administrado las finanzas familiares.

Si Daniel había mantenido una segunda vida durante cinco años, el dinero tenía que haber dejado huellas.

Las encontré antes de medianoche.

Hoteles.

Restaurantes.

Transferencias.

Una clínica privada.

Alquileres.

Pero había algo extraño.

Varias transferencias destinadas aparentemente a Camille no procedían de Daniel.

Procedían de una cuenta de mi madre.

Me quedé mirando la pantalla.

Llamé al banco a la mañana siguiente.

La cuenta había recibido regularmente dinero de otra fuente antes de transferirlo.

Sophie.

Mi madre y mi mejor amiga no se limitaban a inventar excusas.

También movían dinero.

Guardé cada extracto.

A las once, alguien golpeó mi puerta.

Era mamá.

—Elena, abre.

No respondí.

—Necesitamos hablar.

Abrí finalmente, pero no la dejé entrar.

—¿Cuánto tiempo?

Su rostro se derrumbó.

—No es tan sencillo.

—Cinco años parece una respuesta bastante sencilla.

—Daniel cometió errores.

—Noventa y nueve.

Ella parpadeó.

—Los conté.

Mi madre bajó la mirada.

—Camille necesitaba ayuda.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué te importaba Camille más que tu propia hija?

—No digas eso.

—Mentiste mientras mi marido estaba con ella.

—Intentaba protegerte.

Me reí.

—¿De qué? ¿De la verdad?

Mamá comenzó a llorar.

—Habías esperado tanto para formar una familia. Pensé que si descubrías todo…

Se detuvo.

—¿Todo qué?

—Nada.

—Mamá.

Retrocedió.

Entonces entendí que todavía escondía algo.

—Camille no es simplemente la amante de Daniel, ¿verdad?

Su expresión me dio la respuesta.

—Vete.

—Elena…

—Ahora.

Esa tarde llamé a Sophie desde otro número.

Contestó inmediatamente.

—¿Hola?

—Soy yo.

Silencio.

—Elena…

—Quiero una respuesta.

—Ya te dije que no te acerques a Camille.

—¿Por qué?

—Porque está embarazada.

—Yo también lo estaba.

Sophie dejó de respirar.

El silencio fue tan absoluto que escuché el tráfico detrás de ella.

—¿Qué dijiste?

—Estaba embarazada.

Su voz se quebró.

—¿Daniel sabía?

—No.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Sophie empezó a llorar.

No suavemente.

Lloró como si acabara de escuchar una noticia terrible.

—Dios mío…

—¿Por qué te importa?

—Elena, escucha. Hay cosas que Daniel no te ha contado.

—Eso ya lo sé.

—No. No entiendes.

Su voz bajó.

—Camille tampoco conoce toda la verdad.

Me quedé inmóvil.

—Entonces dímela.

Sophie tardó varios segundos.

—No por teléfono.

Nos encontramos una hora después en una cafetería.

Llegó sin maquillaje y con una carpeta.

La dejó frente a mí.

—Antes de odiarme más, mira esto.

—Ya te odio suficiente.

Aceptó el golpe sin defenderse.

Abrí la carpeta.

Había transferencias antiguas.

Fotografías.

Una prueba genética.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Qué es esto?

—Camille se hizo la prueba hace cinco años.

Leí los nombres.

Daniel Morales.

Camille Foster.

Después aparecía un tercer nombre.

Una niña.

Lucy Foster.

Edad: cuatro años.

Levanté la cabeza.

—¿Daniel tiene otra hija?

Sophie negó lentamente.

—Eso es lo que Camille cree.

Volví al informe.

Había una anotación adjunta.

—No entiendo.

Sophie señaló el porcentaje.

—Porque Daniel no es el padre biológico de Lucy.

Me quedé paralizada.

—Entonces ¿por qué lleva cinco años manteniéndolas?

Sophie cerró los ojos.

—Porque tu madre se lo pidió.

Sentí frío.

—¿Mi madre?

—Sí.

—¿Por qué?

Sophie me miró.

—Porque sabe quién es el verdadero padre.

No pude hablar.

Ella continuó:

—Cuando Camille quedó embarazada por primera vez, Daniel quiso dejarla. Tu madre intervino. Le dio dinero. Organizó encuentros. Nos pidió que inventáramos excusas para ti.

—¿Y tú aceptaste?

Las lágrimas volvieron a sus ojos.

—Al principio creí la historia que ella contó.

—¿Qué historia?

—Que si tú descubrías quién era Camille, destruirías tu matrimonio y también a tu familia.

Deslicé la prueba hacia ella.

—¿Quién es el padre de Lucy?

Sophie negó con la cabeza.

—No puedo demostrarlo.

—Pero sabes el nombre.

No respondió.

—Sophie.

Finalmente susurró:

—Pregúntale a tu madre qué ocurrió durante el viaje familiar de hace seis años.

Recordé aquel viaje.

Una casa junto al lago.

Mis padres.

Daniel.

Sophie.

Y mi hermano mayor, Matthew, que murió meses después en un accidente.

De pronto dejé de respirar.

—No.

Sophie lloraba.

—Lo siento.

—No.

—Elena…

—¿Estás diciendo que Camille estuvo con mi hermano?

—Estoy diciendo que Lucy podría ser hija de Matthew.

Me levanté tan rápido que la silla cayó.

Entonces mi teléfono vibró.

Un mensaje de Daniel.

Había utilizado un número desconocido.

«Tenemos que hablar. Camille desapareció.»

Debajo llegó otro.

«Se llevó los documentos de Lucy.»

Y un tercero:

«Antes de irse dijo que tu madre finalmente le contó quién es el padre de su bebé actual.»

Me quedé mirando aquellas palabras.

El bebé actual.

No Lucy.

El que Camille llevaba ahora.

Llamé inmediatamente.

Daniel contestó al primer tono.

—¿Dónde está Camille?

—No lo sé.

—¿El bebé es tuyo?

Silencio.

—Daniel.

Su respiración tembló.

—Eso creía.

—¿Qué significa “creía”?

Entonces escuché otra voz detrás de él.

Mi madre.

Estaba llorando.

—Elena, por favor, no vengas.

Cerré los ojos.

—¿Dónde están?

Nadie respondió.

Y entonces mamá pronunció una frase que convirtió cinco años de infidelidad en algo mucho más oscuro.

—Porque Camille acaba de descubrir que Daniel nunca fue el hombre por el que entró en nuestra familia.

Abrí los ojos.

—¿De qué estás hablando?

Mi madre sollozó.

Y antes de que la llamada se cortara, escuché:

—Todo empezó con Matthew. Pero no terminó cuando tu hermano murió.

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