Daniel permaneció sentado frente a mí con los calcetines de bebé entre las manos.
Por primera vez desde que lo conocía, no intentó justificarse.
—¿Diez semanas? —preguntó finalmente.
—Sí.
—Llevábamos dos años intentándolo.
—Lo sé.
Se cubrió el rostro.
—Dios mío.
No sentí satisfacción al verlo derrumbarse.
Solo cansancio.
—Sofía, si hubiera sabido…
—Ese es el problema, Daniel. No sabías porque no contestaste.
Levantó la cabeza.
—Estaba operando.
—No voy a discutir otra vez sobre la cirugía.
—Entonces dime qué puedo hacer.
—Firmar.
Su rostro se endureció.
—No quiero divorciarme.
—Yo sí.
En ese instante sonó mi teléfono.
Era el detective encargado del accidente.
Contesté.
—Señora Ortega, necesitamos que venga a la comisaría. El informe técnico de su vehículo está terminado.
—¿Encontraron algo?
Hubo una pausa.
—Preferiría explicárselo personalmente.
Daniel levantó la cabeza.
Una hora después estábamos frente al detective Harris.
Yo no había invitado a Daniel.
Simplemente me siguió.
Harris abrió una carpeta.
—Inicialmente consideramos que el accidente pudo deberse al clima. Pero el examen mecánico encontró manipulación deliberada en el sistema de frenos.
Daniel se inclinó hacia delante.
—¿Está diciendo que alguien intentó matarla?
—Estoy diciendo que el vehículo fue manipulado de una forma incompatible con una avería accidental.
Sentí las manos heladas.
—¿Cuándo?
—Probablemente durante las veinticuatro horas anteriores.
Entonces Harris preguntó:
—¿Quién tuvo acceso al coche?
Pensé.
Yo había trabajado desde casa aquel día.
Daniel estaba en el hospital.
El coche permaneció estacionado casi toda la tarde.
Excepto durante aproximadamente una hora.
—Luna.
Daniel se volvió hacia mí.
—¿Qué?
—Luna utilizó mi coche.
—Eso no es posible.
—Sí lo es.
La mañana anterior me había escrito diciendo que el suyo estaba en el taller.
Yo tenía una cita médica cerca de su apartamento y, como regresaría en taxi, le permití utilizar el mío para hacer unos recados.
Daniel negó.
—Luna no haría algo así.
Lo miré.
Incluso entonces.
Incluso después de todo.
Su primer instinto seguía siendo defenderla.
El detective reparó en mi expresión.
—No estamos acusando a nadie todavía.
Después colocó una fotografía sobre la mesa.
Era una imagen de una cámara de seguridad.
Luna aparecía devolviendo mi coche al estacionamiento.
—¿Reconoce a esta mujer?
—Sí.
Daniel se quedó pálido.
—¿A qué hora fue tomada?
—A las seis y diecisiete.
Mi accidente ocurrió poco después de las nueve.
Harris pasó a otra imagen.
Un hombre aparecía junto al coche aproximadamente veinte minutos antes de que Luna lo devolviera.
No podía verse bien su rostro.
—Estamos intentando identificarlo.
Daniel tomó la fotografía.
—Luna tiene que explicar esto.
—Lo hará —respondió Harris.
La interrogaron al día siguiente.
Luna negó saber nada.
Dijo que había ido al supermercado, a una farmacia y después a visitar a un amigo.
Cuando le mostraron al hombre de la fotografía, aseguró no reconocerlo.
Pero su teléfono decía otra cosa.
Había intercambiado seis llamadas con un número no registrado durante aquella tarde.
La última terminó nueve minutos antes de devolver mi coche.
Daniel dejó de llamarme durante dos días.
Al tercero apareció frente al despacho de mi abogada.

—Necesito hablar contigo.
—No.
—Es sobre Luna.
Me detuve.
—Entonces habla.
Parecía no haber dormido.
—La policía registró su apartamento.
—¿Y?
—Encontraron cosas.
—¿Qué cosas?
Daniel tragó saliva.
—Fotografías nuestras.
—¿Nuestras?
—Tuyas y mías.
Había fotografías tomadas desde lejos.
Saliendo de casa.
Entrando al hospital.
Cenando.
Incluso imágenes mías frente a la clínica de fertilidad.
Sentí náuseas.
—¿Desde cuándo?
—Algunas tienen más de un año.
—¿Y sigues pensando que es una coincidencia?
—No.
Aquella palabra parecía costarle.
—Ya no.
Una semana después, Harris volvió a llamarme.
Habían identificado al hombre.
Se llamaba Marco Salazar.
Trabajaba ocasionalmente en un taller mecánico.
Y tenía antecedentes por fraude.
Pero lo verdaderamente importante era su relación con Luna.
Habían sido pareja.
Ella había mentido.
La policía recuperó mensajes borrados.
No me permitieron leerlos completos, pero Harris fue claro:
—Tenemos evidencia suficiente para considerar que la señora Méndez conocía al señor Salazar antes del accidente.
Daniel estaba conmigo cuando lo dijo.
—¿Por qué querría hacerle daño a Sofía?
Harris lo observó.
—Eso intentamos establecer.
La respuesta llegó tres días después.
No fue romántica.
Fue financiera.
Luna tenía deudas enormes.
Préstamos.
Tarjetas.
Facturas médicas.
Y una póliza.
—¿Una póliza de qué? —pregunté.
Harris deslizó el documento.
Seguro de vida.
A nombre de Daniel.
El beneficiario original era yo.
Pero seis meses antes alguien había presentado una solicitud de modificación.
Daniel tomó el papel.
—Yo nunca firmé esto.
—Eso creemos.
El nuevo beneficiario era una fundación privada.
Buscamos el nombre.
La fundación había sido creada por Luna.
Daniel se levantó de golpe.
—Esto es imposible.
—Si Sofía moría —explicó Harris—, había otro documento preparado para modificar nuevamente la estructura patrimonial después del pago.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Mi patrimonio?
—Sí.
Entonces lo entendí.
Yo no era necesariamente el objetivo final.
Era el primer obstáculo.
Luna no quería únicamente a mi marido.
Quería acceso a todo lo que rodeaba su vida.
Su dinero.
Su reputación.
Su confianza.
Y había pasado años construyendo esa dependencia.
Daniel se dejó caer en la silla.
—Yo le contaba todo.
Lo miré.
—Lo sé.
—Nuestros tratamientos.
—Lo sé.
—Nuestros problemas.
Sentí algo parecido a una herida vieja abriéndose.
—También lo sé.
Él cerró los ojos.
Había convertido a Luna en confidente de nuestro matrimonio y después se preguntaba cómo había conseguido conocer exactamente dónde golpear.
La investigación continuó.
Marco finalmente aceptó colaborar.
Su declaración vinculó a Luna con la manipulación del vehículo, aunque todavía quedaban detalles por demostrar.
Daniel firmó los papeles del divorcio dos semanas después.
No discutió.
Antes de marcharse del despacho de mi abogada, dejó una carpeta delante de mí.
—¿Qué es?
—Mi declaración completa para la policía.
—No necesito verla.
—Hay algo que sí necesitas saber.
Lo miré.
—La noche del accidente, Luna no entró a quirófano a la hora que te dije.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué?
Daniel estaba blanco.
—La cirugía empezó más tarde.
—Entonces ¿dónde estabas durante mis llamadas?
No respondió.
—Daniel.
Sus ojos se llenaron de culpa.
—Con ella.
Mi respiración se volvió lenta.
—¿Haciendo qué?
—Discutiendo.
—¿Sobre qué?
Daniel abrió la carpeta.
Dentro había capturas de mensajes.
—Luna sabía que estabas embarazada.
Me quedé inmóvil.
—Eso es imposible. Ni siquiera yo estaba segura hasta aquella tarde.
—Alguien de la clínica se lo dijo.
Sentí frío.
—¿Por qué?
Daniel señaló un mensaje enviado por Luna horas antes del accidente.
Solo decía:
«Si Sofía llega esta noche y te cuenta lo del bebé, todo cambia. Necesito verte antes.»
Lo miré.
—¿Tú sabías que yo iba a cenar contigo?
—Sí.
—¿Y aun así estabas con ella?
Bajó los ojos.
Ya tenía mi respuesta.
Pero había otra captura.
Un mensaje enviado desde el teléfono de Luna a Marco a las 8:41.
Diecinueve minutos antes de que yo tomara la autopista.
«Ya salió. Esta vez asegúrate de que no llegue.»
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
Daniel empezó a llorar.
Yo no.
Porque debajo de aquel mensaje aparecía algo todavía peor.
Una respuesta de Marco:
«Entonces cumple tu parte. Cuando termine, el doctor jamás puede descubrir que tú lo planeaste desde antes de la primera operación.»
Levanté lentamente la mirada.
—¿Primera operación?
Daniel palideció.
Y comprendí que la cirugía de aquella noche quizá no había sido el comienzo de la historia.
Tal vez Luna llevaba mucho más de un año creando emergencias para mantener a mi marido exactamente donde ella quería.