PARTE 2: CUATRO AÑOS DESPUÉS DE TRAICIONARME, ETHAN VOLVIÓ A MI RESTAURANTE BUSCANDO PERDÓN, PERO LA LLEGADA DE MI EXMEJOR AMIGA CON UN NIÑO REVELÓ LA VERDAD QUE AMBOS ME HABÍAN OCULTADO.

La mujer que entró llevaba un niño de la mano.

Era Chloe Bennett.

Mi antigua mejor amiga.

Durante un instante, ninguno de los tres habló.

El niño tendría unos cinco años. Llevaba una pequeña mochila azul y observaba las mesas con curiosidad, ajeno al silencio que acababa de caer sobre nosotros.

Chloe fue la primera en reaccionar.

—Maya…

Bajé la mirada hacia el niño.

Después hacia Ethan.

Él también estaba pálido.

Mi primera conclusión fue inevitable.

—Entiendo.

Chloe frunció el ceño.

—¿Qué entiendes?

—Nada que me interese discutir.

Señalé una mesa vacía.

—Si van a comer, siéntense. Si vienen a resolver asuntos personales, háganlo afuera.

Ethan se levantó de golpe.

—No es lo que piensas.

Casi me reí.

—¿Todavía seguimos con esa frase cuatro años después?

Chloe apretó la mano del pequeño.

—Ethan no es su padre.

Eso sí consiguió detenerme.

Miré otra vez al niño.

—No necesito explicaciones.

—Yo sí necesito dártelas.

—Tuviste cuatro años.

Su rostro se contrajo.

—Lo sé.

El niño tiró suavemente de su manga.

—Mamá, tengo hambre.

Toda la dureza de Chloe desapareció.

—Ya comemos, cariño.

Los senté lejos de Ethan.

No porque quisiera proteger a nadie.

Simplemente no iba a convertir mi restaurante en escenario de un drama delante de veinte clientes.

Cuando terminé de servirles, Ethan seguía sin tocar su plato.

—¿Por qué vino ella? —pregunté.

—No lo sé.

Chloe lo escuchó.

—Te seguí.

Ethan se puso rígido.

—¿Cómo sabías dónde estaba?

—Tu madre me llamó.

Él cerró los ojos.

Aquello me produjo una sensación extraña.

Seguían formando parte de la vida del otro.

No sabía de qué manera.

Tampoco quería saberlo.

—Maya —dijo Chloe—, necesito hablar contigo a solas.

—No.

—Por favor.

—No tenemos nada pendiente.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tú crees que Ethan y yo estuvimos juntos.

La miré.

—Los vi abrazados en una habitación de hotel.

—Sí.

—Me mentiste sobre dónde estabas.

—Sí.

—Él también.

—Sí.

—Entonces no me interesa cómo decidisteis llamar a aquello después.

Chloe bajó la cabeza.

Ethan habló:

—Nunca me acosté con ella.

Mi asistente dejó caer una cuchara en la cocina.

El sonido metálico pareció enorme.

—No voy a tener esta conversación aquí.

Ethan se levantó.

—Entonces dime dónde.

—En ninguna parte.

Cogí su plato.

—Y si no vas a comer, necesito la mesa.

Me agarró suavemente de la muñeca.

Me quedé quieta.

Él la soltó inmediatamente.

—Lo siento.

—No vuelvas a tocarme.

—Maya, aquella noche…

—Aquella noche terminamos.

Lo miré directamente.

—Lo que hicieras cinco minutos antes o después ya no cambia los cuatro años siguientes.

Ethan tragó saliva.

—Para mí sí.

—Ese es tu problema.

Entonces Chloe sacó un sobre del bolso.

Lo dejó sobre la mesa.

—La fotografía que viste fue tomada por alguien.

Mi mano se detuvo.

—Obviamente.

—No accidentalmente.

Ethan la miró.

—Chloe.

—Ya no voy a seguir ocultándolo.

Él se levantó.

—No tienes derecho.

Chloe soltó una risa amarga.

—¿Después de cuatro años todavía vas a hablarme de derechos?

Aquello despertó mi curiosidad a pesar de mí misma.

Abrí el sobre.

Dentro estaba la misma fotografía.

Ethan abrazando a Chloe.

La habitación.

La cama detrás.

La fecha impresa en una esquina.

Pero había otras imágenes.

En una, Chloe estaba llorando.

En otra, Ethan le entregaba algo.

En la última aparecía una tercera persona reflejada en el espejo del armario.

Amplié la fotografía con el teléfono.

—¿Quién es?

Ninguno respondió.

Levanté la mirada.

—Habla, Chloe.

—Tu hermano.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Ryan?

Ella asintió.

—Él tomó las fotografías.

Me reí.

No porque fuera gracioso.

Porque era absurdo.

—Ryan estaba trabajando en Canadá.

—Eso te dijo.

Miré a Ethan.

—¿Es verdad?

—Sí.

La palabra cayó entre nosotros.

—¿Qué hacía mi hermano allí?

Ethan pasó una mano por su rostro.

—Intentaba conseguir dinero.

—¿De quién?

—De mí.

Chloe habló:

—Ryan debía mucho dinero. Había usado información de tu madre para conseguir préstamos. Yo lo descubrí porque…

Miró al niño.

—Porque el padre de Noah estaba involucrado con la misma gente.

Ahora entendí por qué había llevado al pequeño.

No era hijo de Ethan.

Era hijo de otro hombre relacionado con algo que yo ni siquiera sabía que existía.

—Aquella noche llamé a Ethan —continuó— porque Ryan me amenazó. Yo estaba aterrorizada. Ethan vino al hotel.

—¿Y el abrazo?

—Tuve un ataque de pánico.

Ethan me miró.

—La estaba tranquilizando.

Sentí una punzada.

Pero no de arrepentimiento.

—Entonces ¿por qué mentiste?

Ethan guardó silencio.

—Esa es la parte importante, ¿verdad?

Chloe cerró los ojos.

—Ryan amenazó con hacer responsable a tu madre de las deudas si alguien te contaba la verdad.

Me quedé inmóvil.

Mi madre había estado recuperándose de un problema financiero grave por aquel entonces.

Yo había trabajado durante años creyendo que simplemente había administrado mal sus ahorros.

—¿Mi madre sabía esto?

—No todo.

Miré a Ethan.

—Tú sí.

Asintió.

—¿Y decidiste que era mejor dejarme creer que me habías engañado?

—Intenté explicártelo.

—Me dijiste que confiara en ti mientras te negabas a decirme qué había ocurrido.

—Porque Ryan estaba vigilándonos.

—¿Cuánto tiempo?

—Meses.

Sentí que algo dentro de mí se endurecía.

—Podrías haber acudido a la policía.

Ethan miró a Chloe.

Ella respondió:

—Lo hicimos.

Eso no encajaba.

—Entonces ¿por qué nunca me dijeron nada?

Ethan sacó su teléfono.

Abrió una carpeta antigua.

Había informes.

Declaraciones.

Una investigación.

—Porque Ryan desapareció antes de que pudieran detenerlo.

Leí la fecha.

Tres días después de nuestra ruptura.

—¿Y tú?

—Me marché de la ciudad intentando encontrarlo.

—¿Durante cuatro años?

—Durante los primeros once meses.

—¿Y después?

Sus ojos se enrojecieron.

—Después comprendí que habías construido una vida sin mí.

Lo miré.

—Entonces debiste dejarla en paz.

—Lo intenté.

Chloe intervino:

—Maya, hay algo que no entiendes.

—Parece que hay muchas cosas.

Sacó otro documento.

—Ryan volvió.

Mi respiración se detuvo.

—¿Cuándo?

—Hace seis semanas.

Ethan cerró los ojos.

—Por eso estoy aquí.

Lo miré.

—Dijiste que habías venido porque querías verme.

—También.

—¿Dónde está mi hermano?

Nadie respondió.

—¿Dónde está Ryan?

Chloe miró hacia la ventana.

Entonces su rostro perdió el color.

El niño dejó de comer.

—Mamá…

Ethan se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

Seguí su mirada.

Un vehículo gris estaba estacionado al otro lado de la calle.

No lo había visto llegar.

Dentro había un hombre.

No podía distinguir bien su rostro.

Pero reconocí la pequeña cicatriz sobre su ceja incluso después de tantos años.

Ryan.

Mi hermano.

El hombre al que toda mi familia creía viviendo en el extranjero.

El hombre que aparentemente había destruido mi relación y desaparecido.

Abrió la puerta del coche.

Ethan se colocó delante de mí.

—Llama a la policía.

—¿Qué está pasando?

—Maya, hazlo.

Ryan cruzó la calle.

No parecía asustado.

Sonreía.

Entró en el restaurante y miró primero a Ethan.

Después a Chloe.

Finalmente a mí.

—Cuatro años —dijo—. Y ninguno tuvo valor para contarle la verdad completa.

Ethan apretó los puños.

—No te acerques.

Ryan soltó una carcajada.

—¿Todavía finges que la protegiste?

Me giré hacia Ethan.

—¿Qué quiere decir?

Su silencio me dio miedo por primera vez.

Ryan sacó una carpeta de su chaqueta.

La dejó sobre el mostrador.

—Pregúntale por qué aceptó que lo fotografiaran aquella noche.

Mi corazón se detuvo.

—¿Aceptó?

Ethan cerró los ojos.

Ryan sonrió.

—La fotografía que acabó con vuestra relación no fue una trampa para Ethan, Maya. Él sabía que yo estaba allí.

Miré al hombre que había amado durante seis años.

—Dime que está mintiendo.

Ethan abrió los ojos.

Pero no lo hizo.

Y entonces comprendí que la traición que había tardado cuatro años en superar quizá nunca había sido la verdadera.

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