PARTE 2: LOS TRES HIJOS NUNCA FUERON SUYOS

Los tres resultados decían lo mismo.

Probabilidad de paternidad: 0%.

Gabriel permaneció sentado detrás de su escritorio durante casi una hora.

Cinco años.

Había traicionado a Elena durante cinco años por tres hijos que ni siquiera eran suyos.

Cuando Clara entró con café, él escondió los informes.

—Esta noche lleva a los niños a casa de mi madre.

Clara sonrió.

—¿Por fin vas a hablar del divorcio con Elena?

Gabriel levantó lentamente los ojos.

—Sí. Esta noche resolveremos muchas cosas.

Clara no percibió la amenaza.

Aquella noche estaban todos reunidos.

Su madre sostenía a Noah mientras presumía delante de varios familiares.

—Mis tres nietos. Menos mal que Clara pudo darle a Gabriel lo que su esposa nunca consiguió.

Elena dejó los cubiertos.

Gabriel sintió vergüenza por primera vez.

¿Cuántas veces había escuchado aquello sin defenderla?

Entonces colocó tres sobres sobre la mesa.

—Ethan no es mío.

Silencio.

—Lucas tampoco.

Clara palideció.

—Gabriel…

—Noah tampoco.

Su madre casi dejó caer al niño.

—¡Eso es imposible!

Gabriel arrojó los resultados delante de Clara.

—Yo nací estéril.

La copa que ella sostenía cayó al suelo.

Aquella reacción confirmó más que cualquier ADN.

—¿Quién es el padre?

—Las pruebas pueden estar equivocadas.

—Tres laboratorios diferentes.

Clara retrocedió.

—Puedo explicarlo.

—Entonces explica cinco años de mentiras.

Elena seguía sentada.

Tranquila.

Demasiado tranquila.

Gabriel giró hacia ella.

—Tú lo sabías.

No fue una pregunta.

Elena levantó los ojos.

—Sí.

Su madre explotó.

—¿¡Lo sabías y permitiste que todos viviéramos engañados!?

Elena sonrió amargamente.

—Qué curioso. Durante cinco años ustedes trajeron a la amante de mi marido a mi mesa, me llamaron inútil y celebraron delante de mí que otra mujer le había dado herederos. Pero ahora resulta que yo tenía la obligación de protegerlos de la verdad.

Gabriel apenas podía respirar.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes del primer niño.

Sacó una carpeta.

Dentro había un informe médico fechado siete años atrás.

Gabriel lo reconoció.

Era de un chequeo prematrimonial que jamás había recogido personalmente.

—El hospital me llamó porque tú estabas viajando —explicó Elena—. El médico recomendó repetir las pruebas antes de intentar tener hijos.

—¿Por qué nunca me dijiste?

Elena lo miró incrédula.

—Te lo dije.

Gabriel se quedó inmóvil.

Entonces recordó.

Una noche.

Elena intentando hablar.

Él respondiendo correos mientras decía:

“Si es algo médico, ocúpate tú. Estoy ocupado.”

Ella había intentado nuevamente semanas después.

Para entonces Clara ya había anunciado su primer embarazo.

—Cuando intenté explicártelo —continuó Elena—, me acusaste de estar celosa.

Gabriel bajó la cabeza.

Lo recordaba.

También recordó su propia frase:

“Que tú no puedas darme hijos no significa que debas odiar al mío.”

El silencio se volvió insoportable.

Clara aprovechó para correr hacia la puerta.

Pero allí esperaba el abogado de Gabriel.

Porque el ADN no había sido lo único investigado.

Los tres niños tenían el mismo padre biológico.

Michael Bennett.

El hermano mayor de Clara.

No había existido relación entre ellos: Michael no era realmente su hermano biológico. Había sido criado por la familia Bennett desde pequeño, algo que Clara había ocultado.

Juntos habían creado el engaño.

Cada embarazo aumentaba las propiedades, fideicomisos y dinero que Gabriel transfería para “sus hijos”.

En cinco años habían recibido millones.

Clara empezó a llorar.

—Yo te amaba.

Gabriel rio sin alegría.

—Me convertiste en una cuenta bancaria.

Entonces Elena se levantó.

—¿Terminamos?

Gabriel corrió detrás de ella.

—Elena, espera.

Ella se detuvo.

—Ahora entiendo todo —dijo él—. Podemos empezar de nuevo.

Por primera vez, Elena se rio.

—¿Empezar qué?

—Nuestro matrimonio.

—Nuestro matrimonio terminó hace cinco años. Solo que tú estabas demasiado ocupado jugando a ser padre para notarlo.

Sacó otro sobre.

Documentos de divorcio.

Gabriel palideció.

—¿Por eso estabas hoy en ginecología?

Elena negó.

Y entonces dijo la frase que terminó de destruirlo.

—Estaba recogiendo mis análisis para comenzar un tratamiento de fertilidad cuando mi divorcio sea definitivo.

Gabriel la miró sin comprender.

—¿Tratamiento?

—Yo nunca fui estéril, Gabriel.

Silencio.

Durante años, su madre había llamado defectuosa a Elena.

Gabriel lo había permitido.

Y el problema nunca había sido ella.

—Podríamos hacerlo juntos —susurró.

Elena negó.

—Quiero ser madre.

Lo miró directamente.

—Pero ya no quiero que tú seas el padre de mis hijos.

Se marchó.

El fraude de Clara terminó en tribunales. Parte de los bienes transferidos fueron recuperados y Gabriel garantizó que los tres niños conservaran protección económica mientras los adultos respondían por sus actos. Ellos tampoco tenían culpa de haber sido utilizados.

Un año después, el divorcio quedó finalizado.

Gabriel nunca volvió a casarse.

Elena sí volvió a empezar.

Años después, Gabriel la vio por casualidad saliendo de una clínica.

Iba acompañada de otro hombre.

Entre ambos caminaba una niña pequeña agarrándolos de las manos.

Elena lo vio.

No se escondió.

Tampoco se detuvo.

Simplemente siguió caminando.

Y Gabriel comprendió finalmente cuál había sido su verdadero castigo.

No descubrir que los tres niños no eran suyos.

Sino descubrir que había destruido a la única mujer que habría construido una familia verdadera con él… por tres mentiras que alimentaron exactamente aquello que más orgullo le daba.

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