Parte 2: CUANDO FINALMENTE ME ELIGIÓ, YO YA NO LO QUERÍA

—Dame un poco más de tiempo. Voy a terminar con ella.

Aparté lentamente sus brazos.

—¿Cuánto?

Alexander dudó.

Eso bastó.

—Tres días —dijo finalmente.

Asentí.

—Tienes tres días.

Él creyó que había ganado.

Me besó la frente y regresó a la cama.

Yo no dormí.

A la mañana siguiente llamé a mi abogado.

—Quiero el divorcio.

—¿Está segura?

Miré a Alexander desayunando en el jardín mientras escribía mensajes escondiendo la pantalla.

—Completamente.

Durante nuestro matrimonio, yo había heredado acciones del Hawthorne Group de mi abuelo. Alexander siempre decía que eran una formalidad.

No lo eran.

Yo controlaba el dieciocho por ciento de la empresa.

Y existía una cláusula en nuestro acuerdo matrimonial: cualquier uso de fondos corporativos para mantener una relación extramatrimonial podía activar una auditoría sobre los activos administrados por el cónyuge responsable.

Entregué al abogado los informes sobre Ivy.

La empresa de su hermano.

La casa de sus padres.

Los viajes.

La joyería.

—Investíguelo todo.

Dos días después, Alexander llegó con flores.

—Terminé con Ivy.

Lo miré.

—¿De verdad?

—Sí.

Su teléfono vibró.

“Ivy”.

Alexander rechazó la llamada.

—Necesita tiempo para aceptarlo.

Sonreí.

—Claro.

Aquella noche dijo que tenía una reunión urgente.

Lo seguí únicamente hasta la puerta.

Un automóvil esperaba afuera.

Dentro estaba Ivy.

Alexander subió.

No regresó hasta el amanecer.

El tercer día coloqué los documentos de divorcio sobre la mesa.

Cuando los vio, perdió el color.

—¿Qué es esto?

—Se acabaron tus tres días.

—¡Te dije que terminaría con ella!

—Y yo quería comprobar cuánto tardarías en volver a mentirme.

Alexander rompió los papeles.

—No voy a divorciarme.

Saqué otra copia.

—Romper papel no rompe una demanda.

Entonces su teléfono sonó.

Era su director financiero.

Alexander contestó irritado.

—¿Qué ocurre?

La voz del hombre se escuchó incluso desde donde estaba.

—Señor Hawthorne, el consejo ha ordenado congelar varias cuentas relacionadas con las operaciones europeas.

Alexander me miró.

—¿Qué hiciste?

—Pregunté cuánto dinero de nuestra empresa utilizaste para financiar tu segunda familia.

—¡Era mi dinero!

—Eso decidirán los auditores.

Su rostro cambió.

Por primera vez apareció miedo.

—Natalie, podemos arreglar esto.

—Hace tres noches me dijiste que fingiera no saber nada para seguir siendo la señora Hawthorne.

Me quité el anillo.

—Ya no quiero el puesto.

Entonces ocurrió algo que no esperaba.

Ivy apareció en nuestra casa.

Entró llorando.

—Alexander, dijiste que hablarías con ella.

Él se levantó bruscamente.

—¡Te dije que no vinieras!

Ivy se quedó paralizada.

—¿Por qué me hablas así?

—Porque estás empeorándolo todo.

Ella me miró.

Después dejó una carpeta sobre la mesa.

—Entonces quizá Natalie debería saber otra cosa.

Alexander palideció.

—Ivy, cállate.

Abrí la carpeta.

Había transferencias bancarias.

Pero no solo hacia Ivy.

Alexander había movido dinero a cuentas privadas durante casi dos años.

—¿Qué es esto?

Ivy soltó una risa amarga.

—Me dijo que estaba preparando su salida del grupo. Algunas cuentas quedaron a nombre de mi hermano.

Alexander avanzó hacia ella.

—¡Estás loca!

—¿Ahora estoy loca?

Ivy lloraba.

—Durante tres años me presentaste como tu futura esposa. Dijiste que Natalie era solo un matrimonio conveniente.

Sentí que algo dentro de mí terminaba de apagarse.

Alexander intentó tomarme la mano.

—Natalie, escucha…

Retrocedí.

—No hace falta.

Aquella carpeta convirtió una auditoría interna en una investigación financiera completa.

Alexander no solo había traicionado nuestro matrimonio. También había utilizado estructuras corporativas para ocultar millones.

El consejo lo suspendió temporalmente.

Su padre, fundador del grupo, llegó esa misma tarde.

—¿Es verdad?

Alexander guardó silencio.

El señor Hawthorne comprendió.

Luego me miró.

—Natalie, protege la compañía.

No a su hijo.

La compañía.

Aquella fue la última derrota de Alexander.

Durante los siguientes meses, sus abogados intentaron negociar.

Yo no pedí destruirlo.

Solo reclamé lo que legalmente me correspondía y protegí mis acciones.

Ivy desapareció de su vida cuando comprendió que Alexander ya no podía mantener el mundo que le había prometido.

El divorcio se firmó ocho meses después.

Al salir del tribunal, Alexander me esperaba.

Parecía haber envejecido años.

—Ivy se fue.

—Lo sé.

—Nunca la amé como te amé a ti.

—Eso lo hace peor.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque destruiste nuestro matrimonio por alguien a quien ni siquiera amabas.

Sus ojos se humedecieron.

—Si pudiera volver tres años atrás…

—Pero no puedes.

—Natalie, ahora sí te elegiría.

Lo miré durante unos segundos.

Durante años habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.

Ahora no significaban nada.

—Ese es tu castigo, Alexander.

—¿Qué?

—Finalmente aprendiste a elegirme cuando yo ya había aprendido a vivir sin ti.

Subí al automóvil.

Un año después asumí un puesto permanente en el consejo del Hawthorne Group.

No conservé el apellido por él.

Lo conservé porque también formaba parte de una empresa que yo había ayudado a construir.

La última vez que vi a Alexander fue durante una reunión de accionistas.

Al terminar, se acercó.

—¿Eres feliz?

Pensé en aquella madrugada, cuando descubrí que mi marido había aprendido en otra cama una nueva manera de abrazar.

Entonces pensé en mi vida actual.

En dormir sin sospechas.

En despertar sin mentiras.

Sonreí.

—Sí.

Alexander bajó la mirada.

Y comprendí finalmente que perderlo no había sido mi tragedia.

Mi tragedia habría sido aceptar su oferta aquella noche, cerrar los ojos y seguir siendo la señora Hawthorne a cambio de fingir que no sabía la verdad.

Él había querido conservar dos hogares.

Terminó perdiendo ambos.

Y yo, que durante tres años había esperado que mi esposo regresara a casa, descubrí algo mucho más importante:

la mujer que realmente necesitaba regresar era yo misma.

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