PARTE 2: ADRIAN ME CONVIRTIÓ EN SU ESPOSA DELANTE DE DOS FAMILIAS Y VEINTE PERIODISTAS, PERO CUANDO VICTORIA REVELÓ POR QUÉ REALMENTE ME HABÍA ELEGIDO, DESCUBRÍ QUE NUESTRA DEUDA HABÍA COMENZADO MUCHO ANTES DE CONOCERNOS.

Los flashes comenzaron antes de que Elena pudiera retirar la mano.

—Señor Blackwood, ¿esto significa que cancela su compromiso con Victoria Hale?

—¿Quién es ella?

—¿Cuándo se casarán?

—¿La familia Blackwood aprueba esta decisión?

Elena sintió que el anillo pesaba una tonelada.

Se volvió hacia Adrian.

—Dijiste un contrato.

—Lo es.

—Dijiste que tendría opción de aceptar.

—Y no retiraste la mano.

Elena soltó una risa incrédula.

—Eso no convierte una emboscada en consentimiento.

Por primera vez, la expresión de Adrian cambió.

Apenas.

Pero ella lo vio.

Antes de que pudiera responder, Victoria avanzó.

—Adrian, necesito hablar contigo.

—Puedes hacerlo aquí.

—No querrás eso.

Victoria miró a Elena.

—Especialmente delante de ella.

La tensión atravesó el salón.

En la cabecera de la mesa, una mujer de cabello plateado golpeó suavemente su copa.

Eleanor Blackwood.

La abuela de Adrian.

—Que salgan los periodistas.

Adrian levantó una mano.

—Que se queden.

Elena lo miró.

Entonces comprendió.

Él quería que aquello fuera irreversible.

Victoria también.

—Perfecto —dijo ella—. Entonces hagámoslo delante de todos.

Se volvió hacia Elena.

—¿Sabes por qué te ayudó?

—Victoria —advirtió Adrian.

—Ella merece saberlo.

—No te corresponde decidirlo.

Elena retiró finalmente la mano de Adrian.

—A mí sí.

Miró a Victoria.

—Habla.

Victoria sonrió.

—Pregúntale quién compró la deuda de tu familia seis meses antes de que tu madre dejara de poder pagarla.

Elena se quedó quieta.

Adrian no respondió.

—¿Qué significa eso?

Victoria continuó:

—Blackwood Capital adquirió la cartera del banco. Adrian sabía exactamente qué propiedad podía terminar embargada.

Elena sintió frío.

—¿Tú compraste nuestra deuda?

—La compañía compró una cartera completa.

—No he preguntado por la compañía.

Sus ojos se clavaron en él.

—¿Sabías que mi casa estaba incluida?

Silencio.

Respuesta suficiente.

—Sí —dijo finalmente Adrian.

Elena retrocedió.

—¿Y la investigación de mi hermano?

Victoria soltó una carcajada.

—También deberías preguntarle eso.

Adrian perdió la paciencia.

—Basta.

—¿La cirugía de mi madre también formaba parte de esto?

—No.

—¿Y aquella acusación contra mí?

Adrian guardó silencio otra vez.

Aquello fue peor.

Elena se quitó el anillo.

Pero antes de poder dejarlo sobre la mesa, Adrian cerró los dedos alrededor de su mano.

No con fuerza.

Solo impidiéndole soltarlo.

—Escúchame primero.

—Suéltame.

Lo hizo inmediatamente.

Elena dejó el anillo sobre la mesa.

El sonido del diamante contra la madera silenció incluso a los periodistas.

—Me dijiste que nunca hacías nada gratis.

Su voz tembló de rabia.

—Lo que olvidaste mencionar es que quizá primero creabas la deuda.

Adrian palideció.

—Nunca provoqué la enfermedad de tu madre.

—No he dicho eso.

—Nunca hice que tu hermano cometiera sus errores.

—Tampoco he dicho eso.

—Y no filtraste aquellos documentos.

Elena dejó de respirar.

Victoria también perdió la sonrisa.

—¿Qué acabas de decir?

Adrian la miró.

—Sé quién lo hizo.

—Entonces ¿por qué permitiste que todos me acusaran?

—Porque necesitaba encontrar la cadena completa.

—¿Durante tres meses?

—Sí.

Elena quiso abofetearlo.

En cambio, preguntó:

—¿Quién?

Adrian miró hacia el extremo del salón.

—Todavía no.

Ella se rio sin humor.

—Claro. Otra verdad que no necesito conocer.

Cogió su bolso.

—Nuestro trato ha terminado.

Adrian se interpuso, pero no la tocó.

—Si sales ahora, mañana volverán por tu hermano.

—Que lo hagan.

Aquella respuesta lo sorprendió.

—¿Qué?

—Estoy cansada de vivir debiéndote mi siguiente respiración.

—Elena…

—Si mi hermano cometió un delito, contrataré un abogado. Si perdemos la casa, encontraremos otra. Si la empresa me acusa, me defenderé.

Lo miró directamente.

—Prefiero perderlo todo siendo libre que conservarlo porque tú decidiste convertirme en una deuda.

Eleanor Blackwood sonrió desde la mesa.

Una sonrisa pequeña.

Casi orgullosa.

Victoria, en cambio, se puso pálida.

Elena lo notó.

Y Adrian también.

—Abuela —dijo él—, cierra las puertas.

Los guardias obedecieron.

Los periodistas comenzaron a protestar.

—¿Qué haces? —preguntó Elena.

Adrian no la miraba.

Miraba a Victoria.

—Terminando lo que vine a hacer.

Victoria retrocedió.

—No puedes.

—Ya lo hice.

Adrian sacó su teléfono.

En las pantallas del salón apareció una transferencia bancaria.

Después otra.

Y otra.

Todas procedían de empresas vinculadas al Grupo Hale.

El destinatario era un ejecutivo de la compañía donde trabajaba Elena.

El hombre que había asegurado que ella había filtrado los documentos confidenciales.

Elena sintió que las piernas le fallaban.

—Victoria…

—¡Es falso!

Adrian cambió la pantalla.

Aparecieron correos.

Registros de acceso.

Una grabación.

—La investigación contra Elena fue fabricada —dijo Adrian—. Y el objetivo era que el consejo la despidiera antes de que pudiera revisar ciertas cuentas.

Victoria miró a su padre.

—Di algo.

El señor Hale no se movió.

Adrian continuó:

—Esas cuentas contienen pagos desviados durante cuatro años de una sociedad conjunta entre Hale Industries y Blackwood Group.

Los periodistas comenzaron a escribir frenéticamente.

Elena entendió de pronto.

—Por eso querías cancelar el compromiso con Victoria.

—En parte.

—¿En parte?

Adrian la miró.

—El matrimonio entre nuestras familias habría cerrado la disputa internamente. Nadie investigaría.

Victoria soltó:

—¡Y por eso necesitabas una esposa sustituta!

Elena se volvió hacia él.

Aquellas palabras dolieron más de lo esperado.

—¿Eso soy?

Adrian no contestó inmediatamente.

—Al principio necesitaba impedir el matrimonio con Victoria.

Elena sintió que algo se hundía dentro de ella.

—Gracias por la sinceridad.

—He dicho al principio.

—No importa.

—A mí sí.

Por primera vez, Adrian Blackwood parecía haber perdido el control de la conversación.

—Elena, la primera vez que pagué una deuda tuya ni siquiera sabías quién era yo.

—Eso no mejora nada.

—No pretendía cobrarte.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

Adrian miró a su abuela.

Eleanor asintió lentamente.

Él sacó una fotografía antigua de su chaqueta.

La colocó frente a Elena.

En ella aparecían dos hombres jóvenes.

Uno era el padre de Adrian.

El otro…

Elena reconoció inmediatamente aquellos ojos.

—Mi padre.

—Sí.

Su padre había muerto cuando Elena tenía doce años.

Siempre le habían dicho que había sido un accidente durante un viaje de negocios.

—¿Cómo se conocían?

—Tu padre trabajó para Blackwood Group.

—Eso es imposible.

—No lo es.

Adrian colocó otro documento.

—Descubrió el primer desvío de dinero de los Hale hace veintidós años.

Victoria se quedó inmóvil.

—Estás mintiendo.

—Tu padre ordenó silenciarlo.

Elena levantó la cabeza.

—¿Silenciarlo?

Adrian no respondió.

El salón pareció alejarse.

—Adrian.

—No puedo probar todavía que su muerte fuera provocada.

Aquella palabra fue suficiente.

Elena se aferró a la mesa.

—¿Por eso me vigilabas?

—Por eso sabía quién eras.

—¿Desde cuándo?

—Desde que tenías dieciocho.

Elena lo miró horrorizada.

—Llevas años siguiéndome.

—Protegiéndote.

—¡No llames protección a controlar mi vida!

Adrian aceptó el golpe sin defenderse.

Entonces Victoria comenzó a reír.

Todos la miraron.

—Qué conmovedor.

Sus ojos estaban llenos de odio.

—Pero todavía no se lo has contado.

Adrian se tensó.

—Victoria.

—¿Por qué parar ahora?

Elena sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Contarme qué?

Victoria señaló la fotografía.

—Pregúntale quién estaba con tu padre la noche que murió.

Elena miró a Adrian.

Su rostro se había vuelto completamente inexpresivo.

Demasiado.

—¿Quién?

Nadie habló.

—Adrian, ¿quién estaba con él?

Finalmente, Eleanor Blackwood cerró los ojos.

Y Adrian respondió:

—Mi padre.

Elena dejó de respirar.

Pero Victoria todavía no había terminado.

—Eso no es lo peor.

Adrian se volvió hacia ella.

—Cállate.

Victoria sonrió.

—Durante veinte años los Blackwood te hicieron creer que tu padre murió intentando protegerlos.

Se acercó a Elena.

—Lo que nunca te dijeron es quién dio la orden que lo envió aquella noche al lugar donde murió.

Elena miró lentamente a Adrian.

Él no negó nada.

Y por primera vez desde que conocía al hombre más peligroso de la ciudad, vio verdadero miedo en sus ojos.

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