PARTE 2: AL DÍA SIGUIENTE, MI EXNOVIO Y MI MEJOR AMIGA DESCUBRIERON QUE EL ASIENTO QUE ME QUITARON ERA LO MENOS IMPORTANTE QUE ACABABAN DE PERDER.

A las siete y doce de la mañana envié tres correos.

El primero fue al socio director del bufete.

El segundo, al comité responsable del caso.

El tercero, a Recursos Humanos.

No mencioné el asiento delantero.

Ni el abrigo.

Ni mi ruptura con Ethan.

Solo hablé de trabajo.

Adjunté las versiones originales de los documentos de Sophia, mis correcciones con marcas de tiempo y el registro interno que mostraba quién había realizado realmente cada parte del expediente.

Después solicité formalmente que Sophia fuera retirada de mi equipo.

A las ocho y cinco recibí respuesta.

«Aprobado.»

A las ocho y veinte entré en el bufete.

Sophia estaba junto a mi despacho.

—Claire, tenemos que hablar.

—Si es sobre el caso, puedes hablar con Recursos Humanos.

Su rostro cambió.

—¿De verdad me quitaste?

—Sí.

—¡Pero llevo seis meses trabajando en él!

Abrí mi portátil.

—Has estado asignada seis meses. No significa que hayas hecho seis meses de trabajo.

Se puso pálida.

Ethan apareció entonces.

Trabajaba en desarrollo corporativo para uno de nuestros principales clientes y, durante meses, había utilizado mi posición para introducir a Sophia en reuniones a las que normalmente una asociada junior no habría tenido acceso.

Cerró la puerta.

—Esto ya es ridículo.

—Buenos días a ti también.

—Estás castigando profesionalmente a Sophia porque terminamos.

—Terminamos después de que decidí retirarla.

Levanté la mirada.

—No confundas el orden.

Sophia comenzó a llorar.

—Sé que cometí algunos errores, pero tú siempre dijiste que me ayudarías.

—Te ayudé.

—Entonces ¿por qué haces esto?

Giré el monitor.

En la pantalla aparecía un escrito preparado por ella.

Diecisiete páginas.

Cuarenta y tres correcciones sustanciales.

Dos citas jurisprudenciales incorrectas.

Una cifra modificada sin respaldo documental.

—Porque esto iba a presentarse ante el tribunal con mi firma.

Sophia dejó de llorar.

—Yo iba a corregirlo.

—Lo corregí yo.

Ethan frunció el ceño.

—Todo el mundo comete errores.

—Entonces deja que firme Ethan.

Él se quedó callado.

—Eso pensé.

Mi teléfono sonó.

Era el socio director.

—Claire, sala de juntas. Ahora.

Cuando llegué, había cuatro personas esperando.

El socio director.

La responsable de litigios.

Recursos Humanos.

Y el director jurídico del cliente.

Sobre la mesa estaba el expediente que acabábamos de ganar.

—Claire —dijo el socio—, estamos revisando la asignación de horas y responsabilidades del caso.

Sentí que algo no encajaba.

—¿Por qué?

La responsable de litigios deslizó una hoja hacia mí.

—Porque Sophia presentó esto hace dos semanas.

Era una solicitud interna para promoción anticipada.

En la sección de logros había incluido:

«Responsable principal del análisis estratégico y preparación procesal del caso Whitmore.»

Seguí leyendo.

El argumento que yo había desarrollado.

Las entrevistas que yo había dirigido.

La estrategia que había diseñado.

Todo aparecía descrito como trabajo suyo.

—Nunca vi esto.

—Lo sabemos —respondió Recursos Humanos.

Había algo más.

Una carta de recomendación.

Firmada por Ethan.

Decía que Sophia había sido «fundamental para la victoria» y que su criterio había superado incluso al de abogados con más experiencia.

Sentí algo mucho más definitivo que celos.

Comprendí que Ethan no solo le había dado mi asiento. También llevaba meses dándole crédito por mi trabajo.

—¿Cuánto sabías? —preguntó el socio.

—Nada.

Le enseñé mis registros.

Versiones.

Correos.

Historiales de edición.

Horas.

En menos de veinte minutos quedó claro quién había producido realmente el trabajo.

El director jurídico del cliente cerró la carpeta.

—Entonces tenemos otro problema.

—¿Cuál?

—Sophia nos envió directamente material del expediente.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué material?

—Documentos internos.

El socio director levantó la cabeza bruscamente.

—¿Sin autorización?

—Eso parece.

La situación dejó de ser incómoda.

Se volvió seria.

Cuando regresé a mi planta, Ethan estaba esperando.

—¿Qué dijiste?

—La verdad.

—Sophia acaba de recibir una notificación para entregar su portátil.

—Entonces debería hacerlo.

Me sujetó del brazo.

Me solté inmediatamente.

—No vuelvas a tocarme.

Bajó la voz.

—Estás destruyendo su carrera.

—No.

Lo miré directamente.

—Estoy dejando de sostenerla. Hay una diferencia.

Sophia apareció detrás de él.

Ya no lloraba.

Estaba furiosa.

—Siempre has pensado que eres mejor que yo.

—No.

—¡Me dabas las tareas imposibles para hacerme quedar mal!

—Te daba tareas correspondientes a tu puesto.

—¡Y después corregías todo a mis espaldas!

No pude evitar mirarla con incredulidad.

—Sophia, corregir tu trabajo era literalmente mi responsabilidad.

Ethan se interpuso.

—Basta. Yo hablaré con el socio.

—Hazlo.

Él se detuvo.

—¿No te importa?

—Ya no.

Aquello pareció afectarlo más que cualquier discusión de la noche anterior.

Durante las siguientes horas, el equipo de cumplimiento revisó el portátil de Sophia.

A las tres de la tarde la suspendieron mientras investigaban el envío de información.

A Ethan le retiraron temporalmente el acceso a nuestras reuniones porque su participación en la recomendación planteaba un conflicto.

A las cinco me llamó.

No contesté.

A las seis apareció frente a mi apartamento.

No lo dejé entrar.

Hablamos en el vestíbulo.

—Claire, lo siento.

—¿Por qué parte?

—Por anoche.

—Eso es lo más pequeño.

Bajó la cabeza.

—Pensé que Sophia necesitaba ayuda.

—Yo también.

—Ella estaba intentando avanzar.

—Yo también.

Lo miré.

—Pero cuando ella necesitaba avanzar, tú abrías puertas. Cuando yo avanzaba, ni siquiera recordabas celebrarlo.

—No fue intencional.

—Ese es exactamente el problema.

Guardó silencio.

—¿Hay alguna posibilidad para nosotros?

—No.

—Siete años no pueden desaparecer en una noche.

—No desaparecieron en una noche.

Mi voz permaneció tranquila.

—Se desgastaron durante seis meses. Anoche simplemente dejé de fingir que no lo veía.

Me pidió perdón otra vez.

Después se marchó.

Pensé que aquello cerraría la historia.

Me equivocaba.

A la mañana siguiente, el socio director me llamó nuevamente.

Esta vez había dos investigadores internos en su despacho.

Sobre la mesa estaba el portátil de Sophia.

—Encontramos una carpeta eliminada —dijo uno.

—¿Qué contenía?

—Información relacionada con tu caso.

—¿Los documentos que envió al cliente?

—Más que eso.

Me mostraron varios archivos recuperados.

Había borradores míos.

Notas privadas.

Calendarios de reuniones.

Incluso evaluaciones internas a las que Sophia nunca debería haber tenido acceso.

—¿Cómo consiguió esto?

El investigador tardó en responder.

—Alguien utilizó tus credenciales.

Sentí un escalofrío.

—Eso es imposible.

—Hubo accesos durante noches en las que no estabas conectada.

Recordé algo.

Durante meses Ethan había esperado en mi apartamento mientras yo terminaba de trabajar.

Conocía mi ordenador.

Sabía dónde guardaba mi tarjeta de acceso cuando llegaba a casa.

—¿Desde dónde se hicieron?

El investigador giró la pantalla.

Varias conexiones procedían de mi red doméstica.

Una fecha me llamó inmediatamente la atención.

La noche de mi cumpleaños.

Yo había salido a cenar con mi madre.

Ethan supuestamente había estado trabajando hasta tarde.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje de Sophia.

«Claire, tienes que saber algo antes de que Ethan hable contigo.»

Debajo había una fotografía.

Ethan estaba sentado frente a mi ordenador personal.

Sophia estaba a su lado.

La fecha coincidía.

Después llegó otro mensaje:

«Yo no fui la primera en usar tus archivos. Ethan llevaba meses haciéndolo.»

Levanté lentamente la mirada hacia los investigadores.

El asiento delantero.

El abrigo.

Los mensajes de madrugada.

De pronto todo aquello parecía pequeño.

Porque quizá Ethan no había estado ayudando a Sophia únicamente porque sentía algo por ella.

Quizá ambos habían construido sus carreras utilizando la mía.

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