—Vine porque sabía que tú trabajabas aquí.
Nadie dijo nada.
Yo miré aquella hoja amarillenta entre sus dedos y sentí que once años desaparecían de golpe.
—¿Eso debería impresionarme?
Adrián bajó la mano.
—No.
—Entonces guarda la carta.
Me dirigí hacia la salida.
Esta vez no intentó detenerme.
A la mañana siguiente llegué a la oficina a las ocho.
Sobre mi escritorio había una carpeta.
Sin flores.
Sin regalos.
Solo una nota.
«No espero que me perdones. Pero tienes derecho a saber qué ocurrió.»
Estuve a punto de tirarla.
No lo hice.
Dentro encontré copias de correos electrónicos, documentos escolares y páginas de un expediente disciplinario.
El nombre de la antigua novia de Adrián aparecía repetidamente.
Camila Zhou.
La misma compañera de habitación que me había acusado de plagio.
El primer documento estaba fechado un día después de mi partida.
Adrián había solicitado revisar los archivos originales del concurso.
El segundo contenía los metadatos de los textos enviados.
Mi historia había sido creada meses antes que la versión de Camila.
Seguí leyendo.
Había declaraciones de profesores.
Correos.
Una confesión parcial de otra estudiante.
Y finalmente una copia de la investigación interna.
Yo no había plagiado nada.
Camila había encontrado mi manuscrito en nuestro dormitorio, lo había copiado y después había presentado fragmentos como propios.
Cuando yo gané el concurso antes de que ella pudiera utilizarlo, se adelantó y me acusó.
Cerré la carpeta.
Mis manos temblaban.
No porque necesitara saber que era inocente.
Siempre lo había sabido.
Lo que me dolía era descubrir que ellos también lo supieron.
Adrián apareció junto a mi escritorio media hora después.
—¿Lo leíste?
—Sí.
—Sofía…
—¿Cuándo supiste toda la verdad?
—Dos días después de que te marcharas.
Lo miré.
—Anoche dijiste que la descubriste la noche siguiente.
—Esa noche encontré tu carta y empecé a sospechar. Dos días después tuve las primeras pruebas.
—¿Y qué hiciste?
Su rostro se endureció.
—Fui contra Camila.
—No te pregunté qué hiciste con ella.
Me levanté.
—¿Qué hiciste por mí?
Adrián se quedó callado.
Aquello era suficiente.
—Exactamente.
—Intenté encontrarte.
—¿Restauraste mi premio?
—Sí.
Me detuve.
—¿Qué?
Abrió otra carpeta.
Había una resolución del concurso.
Mi nombre.
Primer premio.
Restituido.
Fecha: once años atrás.
—También retiraron tu disculpa del expediente —dijo.
—Nunca me informaron.
—Porque tu madre rechazó todas las comunicaciones.
Sentí un golpe en el pecho.
—Mi madre murió hace cinco años.
Adrián cerró los ojos.
—Lo sé.
—¿Qué quieres decir con que rechazó las comunicaciones?
Sacó varias cartas devueltas.
Todas dirigidas a mí.
Todas a la antigua casa familiar.
En una aparecía una anotación escrita por mi madre:
«Sofía no desea ningún contacto con el instituto ni con Adrián Lu.»

Reconocí su letra.
Me senté lentamente.
Después de abandonar el instituto, mi madre me había dicho que nadie había preguntado por mí.
Que todos estaban convencidos de mi culpabilidad.
Que lo mejor era empezar de nuevo.
—¿Por qué haría eso?
—No lo sé.
Adrián parecía sincero.
Pero ya había aprendido que la sinceridad tardía también podía destruir.
—¿Y Camila?
—La expulsaron.
—¿Seguiste con ella?
—No.
—Eso no cambia nada.
—Lo sé.
Lo dijo sin defenderse.
Aquello me irritó todavía más.
—Deja de decir que lo sabes.
Adrián levantó la mirada.
—Entonces dime qué quieres que diga.
—Nada.
Respiré profundamente.
—Tenías dieciocho años. Te acercaste a una chica que apenas conocías y la acusaste públicamente porque tu novia te dio una versión. Ni siquiera me preguntaste.
Su rostro palideció.
—Tenía miedo de perderla.
—Y yo perdí todo.
Silencio.
—Así que no conviertas tu culpa en una historia romántica sobre cómo me buscaste durante once años.
Él bajó la cabeza.
—Tienes razón.
Aquello terminó la conversación.
O eso pensé.
Tres días después, Recursos Humanos convocó una reunión extraordinaria.
Cuando entré, estaban Adrián, el director jurídico y dos representantes de la sede central.
Sobre la mesa había una copia de mi expediente laboral.
—¿Qué ocurre?
El director jurídico habló.
—Estamos revisando irregularidades relacionadas con el proceso mediante el cual el señor Lu fue asignado a esta filial.
Miré a Adrián.
—¿Irregularidades?
Uno de los representantes respondió:
—El director Lu solicitó específicamente esta empresa después de descubrir que usted trabajaba aquí.
—Eso ya lo sé.
—Lo que quizá no sabe es cómo la encontró.
Adrián se tensó.
—No hace falta.
—Sí hace falta —dije.
El representante deslizó una hoja hacia mí.
Era un informe interno de contratación.
Mi nombre aparecía marcado.
Debajo figuraba una referencia.
Camila Zhou.
Se me heló el cuerpo.
—¿Por qué está su nombre aquí?
Adrián habló finalmente.
—Camila trabaja para una consultora que colaboró con nuestra sede.
Lo miré incrédula.
—¿Volviste a verla?
—Una vez.
—¿Cuándo?
—Hace seis meses.
Justo antes de su llegada.
—¿Ella te dijo dónde trabajaba?
—Sí.
Me puse de pie.
—Entonces todo esto comenzó otra vez con Camila.
—No es lo que parece.
Solté una risa amarga.
—Esa frase debería estar prohibida.
El director jurídico levantó una mano.
—Señorita Sofía, hay más.
Sacó varios documentos.
—La consultora de la señora Zhou participó el año pasado en un proceso de selección para un importante proyecto creativo de nuestra compañía.
Reconocí inmediatamente el nombre.
Proyecto Aurora.
Yo había diseñado la propuesta inicial.
Pero mi proyecto había sido rechazado seis meses antes alegando que otra empresa había presentado una estrategia sorprendentemente similar.
Sentí frío.
—No.
El representante asintió.
—Estamos investigando una posible filtración.
Miré a Adrián.
—¿Sabías esto?
—Lo descubrí ayer.
—¿Y por eso abriste la investigación?
—Sí.
Tomé los documentos.
Había comparaciones entre mi propuesta y la presentada por la consultora de Camila.
Estructura.
Conceptos.
Incluso una frase que yo había escrito durante una reunión privada.
Era el instituto otra vez.
Solo que ahora había millones en juego.
—¿Cómo consiguió mi archivo?
Nadie respondió.
El director jurídico abrió una carpeta más.
—Eso es precisamente lo preocupante.
Mostró un registro de acceso.
Mi propuesta había sido descargada dos días antes de la presentación de Camila.
La cuenta utilizada pertenecía a un empleado de nuestra empresa.
Leí el nombre.
Y sentí que el estómago se me hundía.
Era mi mejor amiga de la oficina.
Laura Chen.
La misma mujer que tres noches antes había estado sentada junto a mí durante la cena anual.
La misma que me había preguntado si conocía a Adrián.
La misma que había insistido en que respondiera aquella pregunta sobre mi primer amor.
—Esto tiene que ser un error.
El director jurídico negó lentamente.
—Ojalá.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de Laura.
«Sofía, no confíes en Adrián. Él no vino únicamente por ti. Pregúntale qué le prometió a Camila a cambio de decirle dónde encontrarte.»
Levanté la mirada.
Adrián vio mi expresión.
—¿Qué ocurre?
Giré el teléfono hacia él.
Leyó el mensaje.
Y por segunda vez desde que había regresado a mi vida, vi cómo toda la sangre desaparecía de su rostro.
—Adrián —dije lentamente—, ¿qué le prometiste?
No respondió.
—¿Qué le diste a la mujer que destruyó mi vida para que te trajera hasta mí?
Sus dedos se cerraron sobre la mesa.
Finalmente levantó los ojos.
—Sofía, antes de responder necesito que entiendas algo.
—No.
Mi voz salió fría.
—Esta vez empiezas por la verdad.
Adrián respiró profundamente.
Y entonces dijo:
—Camila no me pidió dinero para decirme dónde estabas. Me pidió que te contratara para Proyecto Aurora.
Me quedé inmóvil.
Él continuó:
—Porque desde el principio, la persona a la que necesitaba para terminar ese proyecto eras tú.