PARTE 2: ADRIAN CREYÓ QUE ELENA VOLVERÍA ROGANDO COMO SIEMPRE, HASTA QUE DESCUBRIÓ QUE EL HOMBRE QUE LA LLAMABA «MI NOVIA» ERA SU MAYOR RIVAL Y CONOCÍA EL SECRETO QUE PODÍA HUNDIRLO.

Adrian permaneció con el teléfono pegado al oído incluso después de que la llamada terminara.

—¿Mi novia?

Pronunció aquellas palabras como si fueran una ofensa personal.

Marcó otra vez.

Número apagado.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Vanessa apareció en la puerta del despacho.

—¿Qué ocurre?

Adrian levantó la mirada.

—¿Conoces a alguien que utilice esta frase? «Una flecha disparada no regresa al arco».

Vanessa se encogió de hombros.

—Suena pretencioso.

Pero Adrian ya había recordado dónde la había escuchado.

Tres años antes.

En una negociación que casi le costó la adquisición más importante de Blackwood Capital.

Julian Ashford.

El único empresario que jamás había conseguido hacer que Adrian abandonara una mesa de negociación sin obtener lo que quería.

Tomó el teléfono.

—Consígueme todo sobre Julian Ashford. Ahora.

Su asistente tardó cuarenta minutos.

La respuesta confirmó lo imposible.

El número desde el que había contestado aquel hombre estaba registrado a nombre de una empresa perteneciente al grupo Ashford.

Adrian sintió una presión brutal en el pecho.

—No puede ser.

Vanessa frunció el ceño.

—¿Quién?

—Julian.

Ella palideció ligeramente.

Hasta ella conocía el nombre.

Los Blackwood y los Ashford competían desde hacía décadas.

Pero había algo todavía peor.

Adrian sabía que Julian había conocido a Elena antes que él.

Mucho antes.

Lo que jamás había sabido era cuánto.


A treinta kilómetros de allí, Elena abrió los ojos.

No estaba en la cama de Julian.

Estaba dormida en el sofá de su biblioteca, cubierta con una manta.

Julian permanecía junto a la ventana.

—¿Llamó?

—Tres veces.

Elena suspiró.

—No debiste decirle eso.

—¿Qué parte?

—Lo de tu cama.

Julian sonrió.

—Técnicamente, este sofá también me pertenece.

Ella le lanzó un cojín.

Por primera vez en semanas, se rio.

Pero la sonrisa desapareció cuando Julian colocó una carpeta frente a ella.

—Encontramos lo que pediste.

Elena no la abrió inmediatamente.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Durante seis años, Adrian había creído que Elena dependía económicamente de él.

Era exactamente lo contrario.

Antes de conocerlo, Elena había trabajado con Julian desarrollando modelos de análisis para adquisiciones empresariales.

Cuando comenzó su relación con Adrian, abandonó aquella carrera.

No porque Adrian se lo hubiera exigido directamente.

Había sido más sutil.

«No necesitas matarte trabajando.»

«Yo puedo cuidar de ti.»

«¿Por qué competir conmigo cuando podemos construir una vida juntos?»

Poco a poco, Elena desapareció profesionalmente.

Pero una cosa nunca desapareció.

Su participación en un fondo privado creado años atrás con Julian.

Adrian no lo sabía.

Tampoco sabía que varias herramientas analíticas que Blackwood Capital utilizaba todavía estaban basadas en metodologías desarrolladas originalmente por Elena.

Julian abrió la carpeta.

—Blackwood está preparando una adquisición.

—¿Cuál?

—Helix Technologies.

Elena levantó la mirada.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque Helix tiene una contingencia escondida en su filial europea. Si Adrian compra sin reestructurarla primero, heredará una exposición enorme.

Julian sonrió apenas.

—Sigues siendo buena.

—¿Él lo sabe?

—No parece.

Elena pasó las páginas.

Entonces encontró algo peor.

—Estos números…

—Sí.

—Son míos.

Julian asintió.

Adrian estaba utilizando un modelo financiero que Elena había desarrollado cinco años antes.

Un modelo creado para condiciones completamente diferentes.

Y alguien había eliminado su nombre de los archivos.

—¿Quién presentó esto al consejo?

Julian señaló la última página.

Adrian Blackwood.

Elena cerró la carpeta.

Aquello dolió más de lo esperado.

No porque quisiera dinero.

Sino porque incluso después de reemplazarla en su cama, Adrian seguía beneficiándose del trabajo que durante años había fingido considerar insignificante.

—No hagas nada todavía —dijo Elena.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Por él?

Ella negó.

—Por mí.


Dos días después, Adrian apareció frente a Ashford Group.

No tenía cita.

Tampoco la necesitó.

Su apellido consiguió llevarlo hasta el piso ejecutivo.

Julian lo recibió solo.

—Blackwood.

—¿Dónde está Elena?

—Buenos días para ti también.

—No estoy jugando.

Julian se sirvió café.

—Ese siempre ha sido tu problema.

Adrian se acercó.

—Mantente lejos de ella.

Julian dejó la taza.

—Tú terminaste con Elena.

—Eso no la convierte en tuya.

—Correcto.

Su expresión se volvió fría.

—La convierte en suya.

Adrian apretó los puños.

—¿Desde cuándo está contigo?

Julian lo observó durante varios segundos.

—¿Quieres saber cuándo empezamos a acostarnos o cuándo empecé a quererla?

El rostro de Adrian se endureció.

Julian sonrió.

—Tranquilo. La primera respuesta es nunca.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Elena no es mi novia.

—Tú dijiste…

—Quería saber cuánto tardarías en venir.

—¿Por qué?

Julian se acercó.

—Porque necesitaba comprobar si todavía la considerabas una posesión.

Adrian lo agarró por la chaqueta.

—No vuelvas a hablar de ella.

La puerta se abrió.

—Suéltalo, Adrian.

Elena estaba allí.

Adrian liberó a Julian inmediatamente.

—Elena.

Ella vestía un traje negro.

Nada en ella recordaba a la mujer que había salido del penthouse arrastrando una maleta.

—Tenemos que hablar.

—No tenemos nada que hablar.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

Adrian calló.

Elena lo entendió.

—Porque pensaste que estaba con Julian.

—Seis años no desaparecen en diez días.

—Curioso.

Se acercó.

—A ti te bastó una noche para instalar a Vanessa en nuestra casa.

Adrian bajó la voz.

—Cometí un error.

Elena sintió una punzada.

Durante años habría dado cualquier cosa por escuchar aquello.

Ahora llegaba demasiado tarde.

—No fue un error.

—Elena…

—Elegiste. Hay una diferencia.

Adrian la miró con desesperación.

—Vuelve conmigo.

Ella quedó inmóvil.

Adrian Blackwood, el hombre que había apostado que ella regresaría de rodillas, estaba rogándole ahora.

—Echaré a Vanessa.

—No.

—Te devolveré el penthouse.

—No.

—Dime qué quieres.

Elena lo miró.

—Que respetes la decisión que tú mismo tomaste.

Adrian palideció.

Entonces su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Su asistente.

Respondió.

—¿Qué?

Su expresión cambió lentamente.

—¿Quién suspendió la operación?

Silencio.

—Eso no puede pasar.

Julian observó a Elena.

Ella no había movido un dedo.

Adrian terminó la llamada.

—Helix acaba de exigir una revisión completa de la adquisición.

Julian arqueó una ceja.

—Inteligentes.

Adrian lo miró con furia.

—¿Tú hiciste esto?

—No.

—Entonces ¿quién?

Elena habló:

—Probablemente alguien finalmente leyó tus números.

Adrian se volvió hacia ella.

—¿Qué sabes?

—Más de lo que crees.

Su teléfono volvió a sonar.

Esta vez era el presidente del consejo.

Adrian escuchó.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué modelo?

Miró directamente a Elena.

—¿Carter?

Ella no reaccionó.

—No, señor. Elena Carter no trabaja para nosotros.

Otra pausa.

—Entiendo.

Colgó.

Durante varios segundos permaneció completamente quieto.

—El modelo de valoración lleva tu nombre en los metadatos originales.

Elena sostuvo su mirada.

—Porque lo hice yo.

—Me dijiste que habías dejado las finanzas.

—Dejé mi carrera.

Hizo una pausa.

—No mi cerebro.

Adrian pareció recibir una bofetada.

—¿Por qué nunca me dijiste esto?

Elena soltó una risa triste.

—Te lo dije.

—¿Cuándo?

—Muchas veces.

Lo miró.

—Tú simplemente nunca escuchabas cuando hablaba de algo que no fueras tú.

Su teléfono vibró una tercera vez.

Un mensaje apareció en pantalla.

Adrian lo leyó.

Y su expresión cambió completamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó Elena.

Él levantó lentamente la mirada.

—El consejo encontró transferencias vinculadas a Helix.

—¿Y?

—Fueron autorizadas desde mi oficina.

Julian dejó de sonreír.

—¿Las autorizaste?

—No.

Adrian volvió a leer.

—Utilizaron mis credenciales.

Entonces recibió un archivo adjunto.

Lo abrió.

Había registros de acceso.

Fechas.

Direcciones.

Y un nombre.

Adrian dejó de respirar.

Elena lo vio.

—¿Quién?

Él giró el teléfono.

VANESSA REED.

Pero debajo aparecía otro nombre.

Uno que hizo que Julian se pusiera de pie.

Uno que Elena conocía demasiado bien.

Adrian la miró.

—Elena… ¿por qué aparece tu padre aquí?

La sangre abandonó su rostro.

Su padre llevaba ocho años muerto.

O eso era lo que Elena había creído.

Julian cerró inmediatamente la puerta del despacho.

—No digas nada más.

Elena miró la pantalla otra vez.

Junto al nombre de su padre había una fecha de acceso.

Tres días antes.

Y en aquel instante comprendió que el regreso de Adrian, Vanessa y la adquisición de Helix podían ser piezas de una historia que había comenzado mucho antes de que ella conociera a Adrian Blackwood.

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