—Tuyo.
Nathaniel me miró como si hubiera pronunciado una palabra imposible.
Después soltó una risa seca.
—No juegues conmigo, Elena.
—No estoy jugando.
Le quité lentamente el informe de la mano.
En la parte inferior aparecía la conclusión que había definido su vida durante años.
Infertilidad masculina irreversible.
—¿Cuándo te hicieron estas pruebas?
Su mandíbula se tensó.
—A los veinticuatro.
—¿Y nunca las repetiste?
—Tres veces.
Aquello me hizo vacilar.
Nathaniel señaló al bebé.
—Así que vuelve a intentarlo. ¿Quién es su padre?
—Tú.
—¡No puedo tener hijos!
Nuestro hijo se movió entre mis brazos.
Nathaniel calló inmediatamente.
Lo llevé a la cuna y esperé hasta que volvió a dormirse.
Después abrí el cajón de mi mesita.
Saqué una pequeña caja.
Nathaniel observó cómo la colocaba sobre la mesa.
—¿Qué es eso?
Abrí la tapa.
El reloj roto.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Luego vi cómo desaparecía el color de su rostro.
Lo tomó.
Giró la esfera agrietada.
En la parte posterior estaban grabadas dos iniciales.
N. P.
—¿Dónde conseguiste esto?
—Boston.
Sus ojos subieron lentamente hacia los míos.
—Cinco meses antes de nuestra boda.
El reloj cayó sobre la mesa.
—No.
—Hotel Beaumont. Habitación 1708. Hubo un apagón poco después de medianoche.
Nathaniel retrocedió.
—¿Tú?
Asentí.
La expresión con la que me miró fue casi dolorosa.
—Aquella mujer eras tú.
—Sí.
—Pero dijiste que ya estabas embarazada cuando nos casamos.
—De tres meses.
Hice una pausa.
—Haz las cuentas.
Nathaniel se dejó caer en una silla.
Por primera vez desde que lo conocía, el hombre que podía controlar una sala llena de ejecutivos parecía incapaz de ordenar sus propios pensamientos.
—Te busqué.
Ahora fui yo quien se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Volví al hotel esa tarde.
—Tú desapareciste por la mañana.
—Recibí una llamada de emergencia. Mi padre había sufrido un colapso.
Se pasó una mano por el rostro.
—Cuando regresé, ya te habías marchado. El hotel se negó a darme tus datos.
—Usaste otro nombre.
—Mi segundo nombre y el apellido de mi madre. Había periodistas siguiéndome aquella semana.
Cerré los ojos.
Siete meses de malentendidos resumidos en una habitación oscura.
Nathaniel volvió a mirar la cuna.
Algo cambió en su expresión.
Esperanza.
Y enseguida miedo.
—Necesito una prueba.
—Hazla.
Levantó la mirada.
—¿Aceptarías una prueba de paternidad?
—Mañana mismo.
No discutió.
La prueba se realizó bajo supervisión médica.

Nathaniel no habló durante todo el trayecto de regreso.
Tres días después llegaron los resultados.
Probabilidad de paternidad: superior al 99,99 %.
Nathaniel leyó aquella línea una vez.
Después otra.
Y otra.
Finalmente se sentó junto a la cuna.
Nuestro hijo le agarró un dedo.
Nathaniel bajó la cabeza.
No lloró.
Pero cuando habló, su voz estaba quebrada.
—Es mío.
—Sí.
—Todo este tiempo…
—Sí.
Entonces su expresión cambió.
Miró el antiguo diagnóstico.
—Si esto es cierto, alguien se equivocó.
—O algo cambió.
—Tres especialistas no cometen exactamente el mismo error.
Aquella frase me inquietó.
Nathaniel llamó personalmente a la clínica donde había sido diagnosticado.
La clínica seguía funcionando.
Pero el médico que había firmado sus informes se había jubilado.
Solicitó el expediente completo.
Dos días después recibimos una respuesta inesperada.
Parte de su historial original había desaparecido.
—Eso no ocurre por accidente —dijo Nathaniel.
Contrató a un investigador médico independiente.
Yo no intenté detenerlo.
Mientras tanto, la familia Pierce descubrió la prueba de paternidad.
Su madre apareció en nuestra casa sin avisar.
Margaret Pierce entró en el salón con el resultado impreso.
—¿Es auténtico?
Nathaniel se interpuso.
—Sí.
La mujer miró a nuestro hijo.
Esperaba felicidad.
Lo que vi fue terror.
—Esto no puede saberse todavía.
Nathaniel frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque destruiría a la familia.
—¿Que tenga un hijo destruiría a nuestra familia?
Margaret apretó los labios.
—No entiendes.
Yo observé su rostro.
—Entonces explíquelo.
Me ignoró.
—Nathaniel, escucha a tu madre. Hay cosas que tu padre hizo para protegerte.
El silencio cayó de golpe.
Nathaniel se acercó.
—¿Qué hizo papá?
—Nada.
Demasiado rápido.
Nathaniel también lo notó.
—Madre.
Ella tomó su bolso.
—No abras asuntos enterrados hace veinte años.
Se marchó.
Aquella noche Nathaniel no salió.
Permaneció en su despacho hasta casi las tres de la madrugada.
A la mañana siguiente recibió una llamada del investigador.
—Encontramos al médico —dijo al poner el altavoz.
—¿Y?
—El doctor Samuel Harris recuerda su caso.
Nathaniel se enderezó.
—¿Qué recuerda?
—Que los resultados originales no coincidían con los informes entregados a su familia.
Nadie respiró.
—Explíquese —ordenó Nathaniel.
—Según Harris, usted presentaba una condición tratable. Nunca fue considerado definitivamente estéril.
Nathaniel cerró los ojos.
—Entonces ¿por qué tengo tres informes diciendo lo contrario?
El investigador tardó en responder.
—Porque alguien pidió que fueran sustituidos.
Mi piel se erizó.
—¿Quién?
—El doctor se negó a decirlo por teléfono. Pero aceptó reunirse esta tarde.
Fuimos juntos.
Harris vivía a una hora de la ciudad.
Era un hombre anciano que parecía llevar años esperando aquella visita.
Cuando Nathaniel colocó los informes sobre su mesa, el médico ni siquiera fingió sorpresa.
—Pensé que algún día vendrías.
—¿Quién falsificó mi diagnóstico?
Harris bajó la mirada.
—Yo firmé los documentos.
Nathaniel quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque me presionaron.
—¿Quién?
El médico nos miró.
—Tu padre.
El rostro de Nathaniel se endureció.
—¿Mi padre hizo creer a su propio hijo que era estéril?
—Sí.
—¿Por qué?
Harris respiró profundamente.
—Porque no quería que tuvieras descendencia.
Nathaniel golpeó la mesa.
—¡Eso no tiene sentido! ¡Soy el heredero de los Pierce!
—Precisamente.
El médico abrió un viejo archivador.
Sacó un sobre amarillento.
—Tu padre descubrió algo cuando tenías veinticuatro años. Después ordenó modificar tus registros y te convenció de que jamás podrías tener hijos.
—¿Qué descubrió?
Harris me miró primero a mí.
Después a Nathaniel.
—Que si algún día nacía un hijo biológico tuyo, podría cuestionarse legalmente quién tenía derecho a controlar Pierce Holdings.
El silencio se volvió insoportable.
Nathaniel tomó el sobre.
Dentro había un análisis genético antiguo.
Un nombre aparecía en la parte superior.
Nathaniel Pierce.
Debajo había otro.
Pero no pertenecía a su padre.
—¿Quién es Jonathan Vale? —pregunté.
Harris palideció.
Nathaniel leyó la siguiente página.
Sus manos comenzaron a temblar.
Entonces sonó su teléfono.
Era Margaret.
Contestó.
—¿Qué me ocultaste?
Su madre permaneció en silencio.
—Madre, ¿quién es Jonathan Vale?
Escuchamos su respiración al otro lado.
Finalmente habló.
—Nathaniel, vuelve a casa. No leas nada más.
—¿Quién es?
La respuesta llegó en un susurro.
—El hombre cuyo hijo nunca debiste descubrir que eras.
Nathaniel bajó lentamente el teléfono.
Yo miré el análisis.
Y entonces comprendí por qué la familia Pierce había necesitado un heredero que oficialmente jamás pudiera tener herederos propios.
Pero quedaba una pregunta mucho peor.
Si nuestro hijo acababa de demostrar que Nathaniel podía ser padre, también acababa de convertirse en la prueba viviente de un secreto capaz de destruir toda la sucesión de los Pierce.