PARTE 2: MI ESPOSO APOSTÓ UNA FORTUNA PARA REGALARLE UN DIAMANTE A SU CUÑADA, PERO ANTES DE QUE TERMINARA LA SUBASTA YA HABÍA PERDIDO MI DINERO, MI CASA Y EL MATRIMONIO QUE CREÍA PODER TRAICIONAR SIN CONSECUENCIAS.

El rostro de Marco pasó del blanco al rojo.

—Sofía.

Mi nombre resonó por todo el salón.

Valeria se había apartado de él, pero el daño ya estaba hecho.

Cientos de personas la habían visto sentada sobre sus piernas.

Cientos habían escuchado que aquel diamante era para ella.

Y yo tenía algo todavía mejor.

Las cámaras de seguridad de una casa de subastas privada que registraban cada rincón.

El subastador carraspeó.

—¿Continuamos?

Sonreí.

—Por supuesto.

Marco levantó la mano.

—Cincuenta millones.

Su asesor se acercó desesperadamente.

—Señor Ferrer…

—¡He dicho cincuenta!

El subastador miró hacia mí.

Negué con suavidad.

—Me retiro.

Un murmullo recorrió la sala.

Marco tardó dos segundos en comprender.

Había ganado.

Y precisamente por eso acababa de perder.

—¡Adjudicado por cincuenta millones!

Los aplausos fueron débiles.

Marco no celebró.

Miraba su teléfono.

Sabía que no tenía cincuenta millones líquidos.

Había esperado utilizar parte del dinero que mi compañía transfirió para financiar su proyecto.

Pero esos fondos ya estaban congelados.

Me levanté.

Marco atravesó el salón.

—¿Qué demonios acabas de hacer?

—Comprarte un regalo de aniversario.

—¿Qué?

Señalé a Valeria.

—La oportunidad de demostrar cuánto estás dispuesto a pagar por ella.

Su mandíbula se endureció.

—No montes una escena.

Casi me reí.

—Marco, tú acabas de ofrecer cincuenta millones por un diamante mientras tu cuñada estaba sentada sobre tus piernas. La escena ya la montaste tú.

Valeria se acercó.

—Sofía, estás malinterpretando…

—No.

La miré.

—Te vi besándolo.

Calló.

—También escuché lo que dijo sobre darte todo aquello que su hermano no pudo darte.

Marco bajó la voz.

—Hablaremos en casa.

—Tú no.

Frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Mi abogado apareció detrás de mí.

—Señor Ferrer, significa que esta noche recibirá formalmente la documentación correspondiente a la separación.

Marco soltó una carcajada.

—¿Por esto?

Lo miré.

—No. Por los últimos dieciocho meses.

Su sonrisa desapareció.

Valeria palideció.

Aquello fue interesante.

Marco me agarró del brazo.

—¿Qué sabes?

Mi abogado intervino inmediatamente.

—Suéltela.

Marco lo hizo.

Yo acomodé tranquilamente la manga.

—Sé que pagaste el apartamento de Valeria.

Silencio.

—Sé que sus viajes a Milán coincidieron con tus supuestos viajes de negocios.

Valeria abrió la boca.

—Sofía…

—Y sé que llevas meses cargando gastos personales al proyecto Ferrer.

Marco se quedó inmóvil.

Eso era lo que realmente le preocupaba.

No el divorcio.

El dinero.

—No sabes de qué estás hablando.

—Soy la principal financiadora del proyecto. Sé exactamente de qué hablo.

Mi teléfono vibró.

La directora financiera.

«Fondos congelados. Auditoría iniciada.»

Le mostré la pantalla.

—Ahora también lo sabremos con precisión.

Marco intentó arrebatarme el teléfono.

Retrocedí.

—No hagas esto —dijo.

—Ya está hecho.

Entonces apareció el director de la subasta.

—Señor Ferrer, necesitamos completar la garantía del lote.

Marco recuperó inmediatamente su arrogancia.

—Mañana.

—Las condiciones requieren liquidación esta noche.

—Tengo activos suficientes.

—Entonces necesitaremos verificarlos.

Marco me miró.

Sabía lo que estaba pensando.

Durante nuestro matrimonio yo había permitido que utilizara una tarjeta vinculada a una de mis cuentas personales para determinados gastos familiares.

La tarjeta negra.

La sacó.

—Utilicen esta.

El director la recibió.

Treinta segundos después regresó.

—Ha sido rechazada.

Valeria dejó escapar un sonido ahogado.

Marco volvió hacia mí.

—La bloqueaste.

—Sí.

—¡Soy tu marido!

—Por unas horas más.

Valeria agarró su bolso.

—Marco, yo debería irme.

Él la sujetó.

—No.

—No puedo quedarme aquí.

—¡Dijiste que querías el diamante!

Ella lo miró como si acabara de decir algo absurdo.

—No si significa arruinarnos.

Aquella frase produjo un silencio delicioso.

Arruinarnos.

Marco también la oyó.

—¿Nos?

Valeria comprendió demasiado tarde lo que había revelado.

Yo sonreí.

—Parece que vuestra relación estaba más avanzada de lo que imaginaba.

Salí de la subasta sin volverme.

A las once y cuarenta llegué a mi casa.

Mi equipo legal ya estaba allí.

La propiedad había pertenecido a mi familia antes del matrimonio.

El personal de seguridad tenía instrucciones claras.

Las pertenencias personales de Marco fueron embaladas cuidadosamente.

Ropa.

Relojes comprados antes del matrimonio.

Documentos.

Nada más.

Cuando llegó pasada la medianoche, encontró seis maletas junto a la entrada.

—No puedes echarme.

—Sí puedo.

—Esta también es mi casa.

Mi abogado le entregó una copia del título.

—No lo es.

Marco ni siquiera lo leyó.

Me miró.

—Después de diez años, ¿vas a tratarme como un extraño?

—Esta noche besaste a otra mujer durante nuestro aniversario.

Hice una pausa.

—Tú elegiste serlo.

Intentó entrar.

Dos guardias bloquearon el paso.

—Sofía, mañana te arrepentirás.

—Mañana tengo una auditoría a las ocho.

Aquello lo detuvo.

—No metas a la empresa en esto.

—Tú metiste a la empresa cuando utilizaste dinero del proyecto para financiar tu vida privada.

Su rostro cambió.

—Esos gastos estaban autorizados.

—Entonces no tendrás nada que temer.

Valeria apareció detrás de él.

Había llegado en otro coche.

—Marco, vámonos.

Él se volvió.

—¿Adónde?

Ella parpadeó.

Por primera vez comprendí algo extraordinario.

Ninguno de los dos tenía un lugar preparado para vivir juntos.

El apartamento de Valeria pertenecía a una sociedad vinculada al proyecto.

Si la auditoría confirmaba lo que sospechaba, también podía quedar bloqueado.

Cerré la puerta.

A la mañana siguiente, mi directora financiera me esperaba con tres carpetas.

—Encontramos los gastos de Valeria.

—¿Cuánto?

—Eso es solo el principio.

Abrió la primera.

Hoteles.

Joyas.

Vehículos.

El apartamento.

Casi nueve millones.

Después abrió la segunda.

—Pero encontramos transferencias mucho mayores.

—¿A quién?

—Una sociedad registrada en el extranjero.

—¿Vinculada a Marco?

—Indirectamente.

Me entregó la estructura corporativa.

El beneficiario final era una empresa llamada VF Holdings.

VF.

Valeria Ferrer.

—¿Cuánto?

—Cuarenta y dos millones durante dos años.

Sentí cómo mi calma se endurecía.

Aquello ya no era una infidelidad.

—¿Dinero del proyecto?

—Parte.

Pasó a la tercera carpeta.

—Y aquí está el problema serio.

Había correos electrónicos entre Marco, Valeria y varios intermediarios.

Uno mencionaba expresamente mis treinta millones.

«Cuando Sofía transfiera el último tramo, tendremos suficiente para cerrar la salida.»

Leí la frase dos veces.

—¿Salida?

Mi directora financiera asintió.

—Parece que planeaban sacar dinero antes de que comenzara la siguiente fase.

Entonces apareció otro correo.

Valeria había escrito:

«Después del aniversario estará demasiado ocupada con el regalo para revisar las cuentas.»

Sentí una sonrisa fría.

El diamante rosa.

No era únicamente un regalo para la amante.

También era una distracción.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Marco.

Contesté.

—¿Qué?

Su voz ya no tenía arrogancia.

—Sofía, necesito verte.

—No.

—La auditoría está interpretando mal algunas transferencias.

—Entonces explícaselo a los auditores.

—No entiendes. Si esos fondos siguen congelados, no podré cubrir la subasta.

—Ese tampoco es mi problema.

—Pueden demandarme.

—Empiezas a comprender.

Silencio.

Después dijo:

—Valeria desapareció.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

—Su teléfono está apagado. El apartamento está vacío.

Miré a mi directora financiera.

Ella abrió rápidamente el sistema.

Su rostro cambió.

—Sofía…

—Espera.

Puse el teléfono en altavoz.

—¿Qué ocurre?

Mi directora señaló la pantalla.

—Alguien intentó mover esta madrugada los cuarenta y dos millones de VF Holdings.

Marco dejó de respirar al otro lado.

—¿Adónde?

Ella amplió la transferencia.

—A una cuenta privada en Suiza.

—¿A nombre de quién? —pregunté.

Tardó unos segundos.

Después me miró.

—No es Marco.

—¿Valeria?

—Tampoco.

Giró el portátil hacia mí.

El beneficiario tenía un nombre que conocía demasiado bien.

Alejandro Ferrer.

El hermano mayor de Marco.

El esposo de Valeria.

El hombre cuya muerte, cinco años atrás, había convertido a Valeria en viuda.

Marco habló desde el teléfono con una voz irreconocible.

—Eso es imposible.

Yo seguía mirando la pantalla.

Fecha de nacimiento.

Número de identificación.

Una firma bancaria reciente.

Todo correspondía a Alejandro.

Mi directora financiera señaló la última columna.

—Y hay algo más.

—¿Qué?

—La cuenta fue abierta hace apenas cuatro meses.

Sentí un escalofrío.

—Una persona muerta no abre cuentas.

Ella negó lentamente.

—Exactamente.

Entonces recibí un mensaje desde un número desconocido.

Solo contenía una fotografía.

Valeria estaba en un aeropuerto privado.

A su lado había un hombre de espaldas.

Pero reconocí inmediatamente el reloj que llevaba.

Había pertenecido a Alejandro.

Debajo de la imagen aparecía una frase:

«Si quieres saber dónde fueron realmente tus treinta millones, deja de buscar a la amante de tu marido y empieza por averiguar por qué su hermano fingió su propia muerte.»

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