Sebastian ordenó cerrar todas las entradas de la mansión.
No levantó la voz.
No necesitaba hacerlo.
En menos de tres minutos, el jefe de seguridad apareció en el dormitorio acompañado por dos hombres.
—Nadie entra ni sale —dijo Sebastian—. Revisen el coche de Claire y las cámaras exteriores de las últimas seis horas.
—Entendido.
Yo seguía mirando la fotografía del teléfono.
Mi automóvil.
Tomada desde la calle.
Aquello significaba que alguien había estado observando la casa.
—Puede ser una amenaza vacía.
Sebastian me lanzó una mirada.
—No pienso comprobarlo dejándote conducir.
—No puedes encerrarme aquí.
—Puedo impedir que salgas mientras alguien amenaza con hacerte daño.
—No soy una de tus empresas.
Su mandíbula se tensó.
—Precisamente por eso estoy preocupado.
Aquella respuesta me silenció.
Durante cuatro años Sebastian había resuelto mis problemas antes de que yo supiera que existían.
Una invitación retirada.
Un empresario que dejó de acosarme.
Un periodista que nunca publicó una historia.
Yo siempre había interpretado aquello como parte de su naturaleza controladora.
Por primera vez me pregunté cuántas cosas había ocultado para que yo siguiera viviendo con tranquilidad.
El jefe de seguridad regresó veinte minutos después.
—Encontramos algo.
Sebastian se puso rígido.
—¿Qué?
—El vehículo está limpio. Pero una cámara de la residencia de enfrente registró un sedán estacionado durante cuarenta minutos.
Colocó una tableta frente a nosotros.
La imagen era borrosa.
Pero distinguí a una mujer bajando del coche.
Cabello oscuro.
Abrigo largo.
—¿Isabelle?
Sebastian negó.
—No.
Amplió la imagen.
Yo tampoco la reconocí.
Entonces apareció una segunda grabación.
La mujer entregaba algo a uno de los empleados temporales que había trabajado aquella tarde durante los preparativos de una cena.
Sebastian tomó el teléfono.
—Quiero su nombre.
El jefe de seguridad salió.
Me crucé de brazos.
—¿Cuánto tiempo sabías que Isabelle estaba intentando perjudicarme?
—Tres semanas.
Lo miré incrédula.
—¿Tres semanas?
—Al principio creí que solo estaba alimentando rumores.
—Y decidiste no contarme nada.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que alguien menciona su nombre, haces exactamente lo que estabas haciendo cuando llegué.
Señaló las maletas.
—Prepararte para desaparecer.
Aquello me dolió porque era cierto.
—Quizá porque nunca me diste motivos para pensar que me elegirías.
Sebastian me observó durante unos segundos.
—¿Crees que comprar una casa contigo, incluirte en cada acto importante de mi vida y dejar que tengas acceso a todo lo mío no significa nada?
—No sustituye una frase.
—¿Qué frase?
Lo miré.
—Que querías que me quedara.
El silencio se extendió.
Sebastian abrió la boca.
Pero alguien llamó a la puerta.
El jefe de seguridad regresó con un sobre transparente.
—Encontramos esto en el despacho del empleado.
Dentro había dinero.
Y una nota.
Sebastian leyó primero.
Su expresión se volvió helada.
—¿Qué dice?
Me la entregó.
Solo había una línea.
“Haz que Claire crea que Sebastian eligió a Isabelle. El resto lo hará ella sola.”
Sentí un nudo en el estómago.
No necesitaban expulsarme.
Solo necesitaban convencerme de que sobraba.
Y casi había funcionado.
—¿Quién pagó?
—El empleado dice que fue una mujer llamada Victoria Laurent.
Sebastian levantó la cabeza.
—La madre de Isabelle.
Aquello no tenía sentido.
—¿Por qué la madre de Isabelle querría que yo me fuera?
Sebastian guardó silencio.
—Dímelo.
Se acercó al escritorio y abrió la carpeta que había traído.
Sacó un documento antiguo.
—Porque hace cuatro años, cuando comenzaste a vivir conmigo, mi abuelo cambió una disposición del fideicomiso familiar.
—¿Qué tengo yo que ver con un fideicomiso?
—Mucho más de lo que crees.
Me entregó la página.
Leí dos veces.
No entendí hasta llegar al párrafo final.
Si Sebastian mantenía una convivencia estable durante cinco años con una pareja reconocida por el consejo familiar, determinadas acciones de Hale Industries quedarían bajo su control directo.
Faltaban cuatro meses.
—¿Y si me voy antes?
—La condición se reinicia.
Lo miré.
—¿Isabelle sabe esto?
—Su madre sí.
—Entonces no quieren separarnos por amor.
—No.
Sebastian apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Quieren impedir que obtenga el control de una participación que la familia Laurent lleva años intentando comprar.

Todo encajó.
Los rumores.
La fotografía.
Las invitaciones canceladas.
La fiesta donde parecía que Sebastian e Isabelle volverían a estar juntos.
—¿Y tu hermano?
—Julian realmente iba a anunciar su compromiso con Isabelle.
—¿Ella lo ama?
Sebastian soltó una risa fría.
—Empiezo a dudar de que alguien en esa familia ame algo que no tenga acciones asociadas.
Su teléfono vibró.
Esta vez era Julian.
Sebastian contestó en altavoz.
—¿Dónde estás?
La voz de su hermano sonaba furiosa.
—Isabelle desapareció.
Sebastian se tensó.
—¿Qué quieres decir?
—Después de que abandonaste la fiesta, discutió con su madre. Luego se fue.
—¿Sabes adónde?
—No.
Una pausa.
—Pero antes de salir dijo algo sobre Claire.
Sentí frío.
—¿Qué dijo?
Julian respondió:
—Que necesitaba llegar antes que Victoria.
Sebastian y yo nos miramos.
—¿Antes de que Victoria hiciera qué? —preguntó él.
—No lo sé.
En ese momento el sistema de seguridad emitió un aviso.
El jefe de seguridad miró su tableta.
—Tenemos un vehículo en la entrada principal.
Una cámara mostró un coche negro.
La puerta del conductor se abrió.
Isabelle salió.
Su vestido de compromiso estaba roto en el hombro y tenía una mancha oscura en la falda.
Parecía aterrorizada.
Corrió hacia la verja.
Sebastian ordenó:
—Déjenla entrar.
—¿Estás loco?
—Si quisiera hacerte daño, no habría venido corriendo sola.
Minutos después Isabelle entró en el salón.
Al verme, cerró los ojos con evidente alivio.
—Gracias a Dios sigues aquí.
Sebastian se interpuso.
—Habla.
Isabelle respiraba con dificultad.
—Mi madre descubrió que yo quería contárselo.
—¿Contarle qué?
Me miró directamente.
—La razón verdadera por la que Sebastian te llevó a vivir con él.
Sentí que algo se contraía dentro de mí.
Sebastian giró hacia ella.
—Isabelle.
—Ya no puedes seguir ocultándolo.
—No es el momento.
—Nunca será el momento para ti.
Me acerqué.
—¿Qué está diciendo?
Sebastian no contestó.
Isabelle sí.
—Que no te conoció por casualidad.
Mi pecho se enfrió.
—¿Qué?
—Cuatro años atrás, alguien le pidió que te protegiera.
Miré a Sebastian.
Su rostro era suficiente confirmación.
—¿Quién?
Isabelle abrió su bolso y sacó una fotografía antigua.
La dejó sobre la mesa.
En ella estaba Sebastian.
Mucho más joven.
A su lado había un hombre que reconocí inmediatamente.
Se me doblaron las rodillas.
—Eso es imposible.
Era mi padre.
Había muerto cinco años antes de que yo conociera a Sebastian.
O eso había creído.
—¿Dónde conseguiste esto?
—En los archivos privados de mi madre.
Tomé la foto.
Detrás había una fecha.
Dos meses antes de la muerte de mi padre.
Y una frase escrita con su letra:
“Si algo me ocurre, protege a Claire de los Laurent. Ella nunca debe saber lo que heredó.”
Levanté lentamente la mirada hacia Sebastian.
—¿Tú conocías a mi padre?
Él cerró los ojos.
—Sí.
La palabra destruyó de golpe cuatro años de recuerdos.
La mansión.
Las joyas.
La protección.
Incluso la primera noche en que supuestamente nos habíamos conocido en una gala benéfica.
—¿Entonces todo fue preparado?
—No.
—¿Te acercaste a mí porque él te lo pidió?
Sebastian dio un paso.
—Al principio.
Retrocedí.
—No me toques.
Por primera vez vi miedo auténtico en sus ojos.
Isabelle continuó:
—Claire, hay algo más.
—¿Qué?
—Tu padre no murió dejando solamente dinero.
Miré la fotografía.
—¿Qué dejó?
Ella tragó saliva.
—Una participación empresarial escondida mediante un fideicomiso.
Sebastian cerró los puños.
—Isabelle, basta.
—No. Ella tiene derecho.
Me sostuvo la mirada.
—La participación que Sebastian obtendrá dentro de cuatro meses…
Hizo una pausa.
—pertenecía originalmente a tu padre.
El salón quedó en completo silencio.
Yo miré a Sebastian.
—¿Es verdad?
No respondió.
No hacía falta.
Entonces Isabelle pronunció la frase que terminó de destruir la única certeza que me quedaba.
—Y Victoria no intenta echarte de esta casa para quedarse con Sebastian.
Su voz bajó.
—Intenta hacerlo antes de que descubras que, legalmente, puedes reclamar una parte del imperio Hale mucho mayor que la suya.
Antes de que pudiera reaccionar, todas las luces de la mansión se apagaron.
El sistema de seguridad murió.
Y desde el piso inferior llegó el sonido inconfundible de un cristal rompiéndose.