PARTE 2: CUANDO ETHAN DESCUBRIÓ QUE LA MUJER QUE HABÍA TRAICIONADO ERA LA HEREDERA SINCLAIR, YA ERA DEMASIADO TARDE: MI FAMILIA ESTABA A PUNTO DE COMPRAR EL HOSPITAL DONDE ÉL Y SU PROMETIDA CREÍAN SER INTOCABLES.

El restaurante quedó completamente en silencio.

Mi padre continuó hablando desde el teléfono.

—El equipo legal llegará mañana a Charleston. Si das tu aprobación definitiva, iniciaremos la revisión de los activos del hospital.

—La doy.

—Perfecto. Te esperamos en Nueva York cuando termines.

Colgué.

Victoria fue la primera en reaccionar.

—¿Sinclair?

Ya no sonaba arrogante.

Ethan seguía mirándome.

—Ava… ¿qué significa esto?

Recogí mi bolso.

—Exactamente lo que escuchaste.

—¿Eres una Sinclair?

—Ava Sinclair —respondí—. Brooks es el apellido de mi abuela.

Victoria soltó una risa nerviosa.

—Esto debe ser una broma.

La miré.

—Mañana puedes preguntárselo a tu padre.

Su expresión cambió.

Por primera vez comprendió que la adquisición no era una amenaza vacía.

St. Anne llevaba meses buscando capital.

Sinclair Holdings ya había analizado discretamente la operación antes de que yo supiera siquiera que Victoria existía.

Mi decisión solo había acelerado el proceso.

Ethan intentó seguirme cuando salí.

—Ava, espera.

No me detuve.

Me alcanzó en la acera.

—Cinco años.

Su voz temblaba.

—¿Durante cinco años me ocultaste quién eras?

Me giré.

—¿Quieres hablarme de secretos?

Se quedó callado.

—Tú estabas preparando un compromiso mientras seguías durmiendo conmigo.

—No amo a Victoria.

—Eso no mejora nada.

—Mi familia me presionó.

—Y aceptaste.

—Necesitaba esa alianza para mi carrera.

Lo miré durante varios segundos.

—Entonces espero que haya valido la pena.

Me tomó del brazo.

Me solté inmediatamente.

—Ava, déjame explicarte.

—Tuviste la oportunidad anoche.

Su rostro se endureció.

—Te dije que la mujer que amo eres tú.

—Mientras te comprometías con otra.

Hice una pausa.

—Eso no es amor, Ethan. Es querer conservar dos vidas hasta decidir cuál te conviene más.

Subí al coche.

No miré atrás.

A la mañana siguiente, St. Anne parecía otro hospital.

Los rumores habían corrido más rápido que cualquier comunicado oficial.

Cuando entré para terminar algunos trámites, las conversaciones se apagaron.

—¿Es verdad?

—¿Ella es la hija de Richard Sinclair?

—Dicen que Sinclair Holdings comprará el hospital.

No respondí.

Había pasado cinco años intentando que me evaluaran por mi trabajo.

No iba a convertirme ahora en un espectáculo por mi apellido.

Entonces apareció el director Chambers.

El padre de Victoria.

—Doctora Brooks.

—Sinclair.

La corrección salió de mi boca sin esfuerzo.

Su sonrisa se tensó.

—¿Podemos hablar?

Entramos en su despacho.

Victoria ya estaba allí.

Ethan también.

Casi me reí.

—¿Esto es una intervención?

—Ava —dijo Ethan—, solo queremos aclarar las cosas.

El director Chambers levantó una mano.

—Mi hija y el doctor Lawson tienen un acuerdo familiar. Nada de esto debería interferir con una operación empresarial.

—No interferirá.

Pareció relajarse.

—Me alegra escuchar eso.

—La adquisición se evaluará exactamente como cualquier otra.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué significa?

—Auditoría financiera, cumplimiento normativo, contratos, conflictos de interés y decisiones de personal.

Victoria se puso rígida.

—¿Conflictos de interés?

La miré.

—La hija del director comprometida con el jefe de Cirugía parece un excelente lugar para empezar.

—¡Eso es personal!

—Precisamente por eso se revisa.

Ethan intervino.

—Ava, estás enfadada.

—Sí.

—Entonces no deberías participar en decisiones que me afecten.

—Estoy de acuerdo.

Aquello lo desconcertó.

—¿Qué?

—He solicitado formalmente apartarme de cualquier evaluación directa sobre tu puesto.

Miré al director Chambers.

—Un equipo independiente realizará la auditoría.

Su rostro se volvió aún más pálido.

No podían acusarme de venganza.

Y tampoco podían pedirme que detuviera lo que otros encontraran.

Dos días después llegó el equipo de Sinclair Holdings.

No hubo limusinas.

No hubo espectáculo.

Solo abogados, auditores y especialistas en cumplimiento.

Eso resultó mucho más aterrador.

En menos de cuarenta y ocho horas encontraron irregularidades.

Contratos adjudicados sin competencia adecuada.

Gastos inflados.

Contrataciones vinculadas a familiares.

Y una fundación asociada al hospital que había pagado viajes, cenas y alojamiento de determinados ejecutivos.

El nombre de Victoria aparecía repetidamente.

También el de Ethan.

Él vino a buscarme esa noche.

Yo estaba vaciando mi antiguo casillero.

—¿Sabías que esto ocurriría?

—No.

—Tu gente está destruyendo mi reputación.

—Si una auditoría puede destruirla, quizá no era tan sólida.

Golpeó la puerta del casillero.

—¡Todo lo hice por nosotros!

Lo miré.

—¿Comprometerte con Victoria fue por nosotros?

—Su padre prometió recomendarme para director médico.

Finalmente.

La verdad.

—Ahí está.

Ethan se pasó las manos por el cabello.

—Pensaba terminar el compromiso después.

Sentí náuseas.

—¿Después de conseguir el puesto?

No respondió.

—¿Y qué iba a pasar conmigo mientras tanto?

—Te habría explicado todo.

—¿Cuándo? ¿Después de la ceremonia?

—Ava…

Cerré mi caja.

—No me traicionaste porque amaras a Victoria.

Lo miré.

—Me traicionaste por un ascenso.

Eso pareció dolerle más.

Pero ya no era problema mío.

Al día siguiente mi madre llegó a Charleston.

Entró en el hospital acompañada por el equipo jurídico.

Victoria estaba en recepción.

La reconoció inmediatamente.

Mi madre, Eleanor Sinclair, aparecía con frecuencia en revistas financieras y actos benéficos.

Victoria se levantó.

—Señora Sinclair…

Mi madre pasó junto a ella.

Llegó hasta mí.

Y me abrazó.

—Cinco años son demasiado tiempo.

Todo el vestíbulo quedó inmóvil.

Después mi padre entró.

Ethan estaba saliendo del ascensor.

Cuando lo vio, se detuvo.

Papá me besó la frente.

—¿Lista para volver a casa?

—Sí.

Ethan se acercó.

—Señor Sinclair, yo…

Mi padre lo observó.

—¿Usted es Ethan Lawson?

Ethan tragó saliva.

—Sí, señor.

—He oído hablar mucho de usted.

Ethan miró hacia mí.

—Quiero que sepa que amo a su hija.

Mi padre permaneció inexpresivo.

Fui yo quien respondió.

—Ya no importa.

Ethan palideció.

Entonces apareció uno de los auditores.

Traía una carpeta roja.

—Señor Sinclair, necesitamos hablar urgentemente.

Papá frunció el ceño.

—¿Qué encontraron?

El hombre miró a Ethan.

Luego al director Chambers, que acababa de llegar.

—Una serie de pagos vinculados a Cirugía.

Ethan se tensó.

—¿Qué pagos?

—Fondos provenientes de una empresa proveedora.

El director Chambers intervino.

—Eso debe revisarlo Finanzas.

—Ya lo hicimos.

El auditor abrió la carpeta.

—Los pagos terminaron en una sociedad privada.

—¿De quién? —preguntó mi padre.

El auditor colocó una hoja sobre el mostrador.

ETHAN LAWSON MEDICAL CONSULTING.

Ethan perdió el color.

Victoria retrocedió.

—Ethan… ¿qué es esto?

—Puedo explicarlo.

El auditor sacó otra página.

—Hay algo más.

Mostró una transferencia.

Después otra.

Y otra.

—Parte de esos fondos fueron enviados posteriormente a una segunda cuenta.

Victoria miró el documento.

Su expresión se transformó.

—¿Mi nombre?

El auditor asintió.

La cuenta pertenecía conjuntamente a Victoria Chambers y Ethan Lawson.

El compromiso ya no parecía únicamente una alianza matrimonial.

Parecía financiero.

Mi padre habló con absoluta calma.

—Suspendan la adquisición hasta determinar el alcance.

El director Chambers palideció.

—Richard, eso podría hundir el hospital.

—Entonces debería haber administrado mejor su hospital.

Ethan intentó acercarse a mí.

—Ava, juro que esto no es lo que parece.

Sonreí tristemente.

—Curioso. Es exactamente lo que dijiste en el restaurante.

Me marché con mis padres.

Creí que aquello era el final.

Pero aquella noche, mientras preparaba mi vuelo a Nueva York, recibí una llamada del auditor.

—Señorita Sinclair, encontramos algo que necesita ver personalmente.

—¿Relacionado con Ethan?

—Sí.

—¿Más pagos?

—No exactamente.

Escuché páginas al otro lado.

—Encontramos el expediente interno de su contratación en St. Anne hace cinco años.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué tiene de extraño?

—Usted cree que llegó aquí como una residente anónima.

—Así fue.

—Según estos documentos, no.

Mi respiración se detuvo.

—Explíquese.

—Ethan Lawson conocía su verdadera identidad antes de que ustedes empezaran a salir.

No pude hablar.

—Eso es imposible.

—Tenemos un correo enviado tres semanas antes de su primera cita.

—¿De quién?

El auditor guardó silencio durante un instante.

—Del padre de Ethan.

Cerré los ojos.

Entonces llegó el archivo a mi teléfono.

Abrí el correo.

La primera línea hizo desaparecer todo el aire de mis pulmones:

«La hija Sinclair ya está dentro de St. Anne. Acércate a ella, Ethan. Si conseguimos que confíe en ti, algún día este hospital puede ser nuestro».

Y en ese instante comprendí que quizá los cinco años que yo había llamado amor habían comenzado como un plan mucho antes de que Ethan pronunciara mi nombre por primera vez.

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