PARTE 2: DESPUÉS DE TRES AÑOS CREYENDO QUE MI ESPOSO HABÍA DESAPARECIDO POR UN ABSURDO MAESTRO DE FENG SHUI, DESCUBRÍ QUE DAMIAN HABÍA REGRESADO POR UNA RAZÓN QUE NUESTRAS DOS FAMILIAS LLEVABAN AÑOS OCULTÁNDOME.

—Abre la puerta.

Damian no se movió.

Yo seguía mirando su rostro, intentando reconciliar al desconocido del gimnasio con el hombre de las fotografías de nuestra boda.

—Primero quiero entender algo —dijo.

—¿Qué?

—¿De verdad no me reconociste?

—Te vi durante nuestra boda, dormimos en habitaciones separadas y desapareciste a la mañana siguiente durante tres años.

Me crucé de brazos.

—Perdóname por no memorizar tus poros.

Por primera vez, Damian pareció genuinamente divertido.

—Entonces ¿el hombre del gimnasio te pareció atractivo?

—Ese hombre todavía no había resultado ser mi marido irresponsable.

Su sonrisa desapareció.

—Irresponsable.

—Tres años, Damian.

Señalé alrededor.

—Treinta y seis meses viviendo aquí sola mientras tú enviabas dinero como si mantener una tarjeta activa sustituyera tener un matrimonio.

Él guardó silencio.

—¿Y ahora apareces en mi ducha?

—También es mi dormitorio.

—No empieces.

Damian respiró lentamente.

—Tienes razón.

Aquello me desarmó más que cualquier discusión.

—¿Qué?

—Tienes derecho a estar enfadada.

Lo estudié con sospecha.

—¿Quién eres y qué hiciste con el multimillonario arrogante con el que me casé?

—Sigue aquí.

—Qué alivio.

Pasé junto a él.

—Ahora vístete.

—¿Por qué?

—Porque quiero discutir contigo sin preguntarme dónde mirar.

Damian soltó una risa y regresó al baño.

Diez minutos después apareció vestido.

Nos sentamos frente a frente en el salón.

—Empieza con el feng shui —ordené.

Damian apoyó los brazos sobre las rodillas.

—Era mentira.

Parpadeé.

—Naturalmente.

—El maestro existe. Pero nunca dijo que debíamos separarnos.

—Entonces tú inventaste todo.

—Sí.

Sentí que la indignación regresaba.

—¿Por qué?

Su expresión cambió.

—Porque alguien intentó matarme dos días antes de nuestra boda.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Manipularon los frenos de mi coche.

Lo miré fijamente.

—Nunca escuché nada sobre un accidente.

—Porque no ocurrió. El conductor detectó el problema antes.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—El día siguiente recibimos una amenaza.

Damian sacó el teléfono.

Buscó una fotografía antigua.

En la pantalla aparecía una nota.

No necesitó enseñármela durante mucho tiempo.

Entendí lo suficiente.

La amenaza mencionaba a su nueva esposa.

A mí.

—Pensé que mientras todos creyeran que nuestro matrimonio era únicamente un acuerdo formal y que vivíamos separados, perderías valor como objetivo.

Me levanté.

—¿Así que decidiste por mí?

—Sí.

—¿Nunca pensaste en contarme la verdad?

—Todos los días.

—Pero no lo hiciste.

—No.

Me reí con incredulidad.

—Fantástico. Resulta que no me abandonaste por superstición. Me abandonaste por paternalismo. Muchísimo mejor.

Damian se levantó también.

—Podías haber muerto.

—También podía haber decidido si quería asumir el riesgo.

Eso lo dejó callado.

—¿Por qué regresar ahora?

Pregunté.

—¿De repente ya no existe el peligro?

Damian tardó demasiado en responder.

Mi estómago se tensó.

—Damian.

—Hace dos semanas encontramos a la persona que había pagado para sabotear el coche.

—¿Quién?

—Todavía no puedo decírtelo.

—Entonces vuelve a tu residencia antigua.

Intenté caminar hacia las escaleras.

Él habló detrás de mí.

—La orden salió de alguien relacionado con nuestras familias.

Me detuve.

—¿Mi familia?

—Dije relacionado.

—No juegues con las palabras.

Damian se acercó a una distancia prudente.

—Por eso regresé personalmente.

—¿Y el gimnasio?

—Sabía que Chloe te llevaría.

Lo miré.

—¿Organizaste aquello?

—No exactamente.

—Damian.

—Compré el gimnasio hace cuatro meses.

Abrí la boca.

La cerré.

—Eso es inquietante.

—Es una inversión excelente.

—Me observaste coquetear contigo sabiendo perfectamente quién era yo.

—Admito que esa parte fue inesperadamente entretenida.

Le lancé un cojín.

Lo atrapó.

—Y para que conste —añadió—, el Ferrari no fue comprado con “mi tarjeta”. El dinero de esa cuenta pertenece legalmente a un fideicomiso matrimonial.

—¿Eso significa que he estado gastando mi propio dinero?

—En parte.

—Esto empeora cada minuto.

Mi teléfono vibró.

Chloe.

«¿LE ESCRIBISTE AL HOMBRE DEL GIMNASIO?»

Miré a Damian.

Luego escribí:

«Es complicado.»

La respuesta llegó inmediatamente.

«NO ME DIGAS QUE ESTÁ CASADO.»

Casi me atraganté.

Guardé el teléfono.

—Mañana se lo explicaré.

Damian arqueó una ceja.

—¿Qué le dirás?

—Que intenté ligar con un hombre casado y después descubrí que su esposa era yo.

Él sonrió.

—Bastante preciso.

—No te acostumbres a divertirte.

Su teléfono comenzó a sonar.

La expresión de Damian cambió en cuanto vio el nombre.

Contestó.

—Habla.

Escuchó durante varios segundos.

Toda ligereza desapareció de su rostro.

—¿Cuándo?

Silencio.

—No toquen nada. Voy para allá.

Colgó.

—¿Qué ocurrió?

—Tengo que salir.

—Acabas de regresar después de tres años.

—Lo sé.

Tomó su chaqueta.

—Esta vez vienes conmigo.

—¿A dónde?

—A la residencia antigua.

Veinte minutos después atravesábamos unas puertas que yo solo había visto en fotografías.

La residencia Cross parecía menos una casa que una fortaleza privada.

Dos hombres de seguridad nos esperaban.

Uno entregó a Damian una bolsa transparente.

Dentro había un objeto pequeño.

Mi amuleto.

El mismo que había comprado tres años atrás para protegerlo.

Me quedé helada.

—¿Por qué tienes eso?

Damian no respondió.

Uno de los hombres habló:

—Lo encontramos esta noche dentro del despacho del señor Cross.

—¿Y?

—El despacho permanecía sellado desde que él se mudó.

Damian tomó la bolsa.

En la parte posterior del amuleto había una pequeña abertura que yo jamás había visto.

Dentro aparecía un diminuto dispositivo electrónico.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Un transmisor —respondió Damian.

Sentí frío.

—Yo compré ese amuleto.

—Lo sé.

—Nadie lo tocó antes de entregártelo.

Damian levantó los ojos.

—¿Estás segura?

La pregunta me ofendió.

—Fui personalmente al templo. Lo recogí y te lo entregué la noche anterior a nuestra boda.

El jefe de seguridad intercambió una mirada con Damian.

—Entonces tenemos un problema.

—¿Cuál?

El hombre abrió otra carpeta.

—El número de serie del dispositivo coincide con una partida adquirida por una empresa de seguridad privada.

—¿Quién la contrató?

Nadie respondió inmediatamente.

Damian tomó el documento.

Su rostro se endureció.

Me acerqué.

—Déjame verlo.

—No.

—Damian.

—Claire…

Le arrebaté la hoja.

En la parte inferior aparecía el nombre de quien había autorizado el contrato.

Lo reconocí inmediatamente.

Era mi padre.

Sentí que el suelo desaparecía.

—Esto es imposible.

Mi padre había organizado mi matrimonio con Damian.

Había insistido en que los Cross eran nuestra mejor alianza.

Y había sido él quien me recomendó aquel templo.

Miré a Damian.

—¿Lo sabías?

Su silencio fue suficiente.

Retrocedí.

—¿Desde cuándo?

—Claire…

—¿Desde cuándo sabías que mi padre podía estar involucrado?

Damian cerró los ojos.

—Desde antes de nuestra boda.

Y en ese instante comprendí que los tres años de separación quizá nunca habían sido para protegerme únicamente de un enemigo.

También habían sido para ocultarme quién me había colocado a su lado desde el principio.

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