PARTE 2: DESPUÉS DE OCHO AÑOS ENGAÑÁNDOME CON UN MATRIMONIO FALSO, MI «ESPOSO» REGRESÓ DE SU LUNA DE MIEL CON OTRA MUJER Y DESCUBRIÓ QUE SUS DOS HIJOS Y YO YA HABÍAMOS DESAPARECIDO.

La llamada de Ting Yu Xiao llegó menos de diez minutos después.

Miré su nombre parpadear en la pantalla.

Antes, incluso estando enfadada, siempre contestaba inmediatamente.

Aquella vez dejé que sonara hasta casi el final.

—¿Sí?

—Chu Jiamin, ¿qué significa esa publicación?

Su tono era frío.

No preocupado.

No culpable.

Lo primero que le importaba era si su mentira estaba a punto de quedar expuesta.

—¿Qué publicación?

—¡Sabes perfectamente de qué hablo! Bórrala.

Miré la fotografía enviada por Lin Mengyao.

—Solo dije que el hombre se parecía a mi esposo.

Se hizo un silencio.

—¿Por qué estás tan nervioso?

—No estoy nervioso. Simplemente no quiero que publiques tonterías y hagas que mis compañeros se rían de mí.

—Entiendo.

—Bórrala ahora.

—Está bien.

Mi obediencia pareció tranquilizarlo.

Su voz se suavizó.

—Cariño, sé que acabas de dar a luz y estás más sensible. Cuando vuelva te compensaré.

Cerré los ojos.

—¿Cuándo vuelves?

—En tres días. Para tu cumpleaños.

Mentía con una naturalidad aterradora.

—Entonces te esperaré.

Colgué.

No eliminé la publicación.

En cambio, hice copias de todo.

El vídeo de Hokkaido.

Los mensajes amenazantes.

Las fotografías.

Las conversaciones de sus amigos mintiendo deliberadamente.

Y el registro que demostraba que Ting Yu Xiao figuraba oficialmente como soltero hasta casarse con Lin Mengyao.

Después llamé a un abogado.

La respuesta fue tan sencilla como cruel.

Legalmente, yo nunca había sido su esposa.

El certificado que había guardado durante ocho años no tenía ningún valor.

Pero aquello también significaba algo que Ting Yu Xiao no parecía haber considerado.

No existía un matrimonio que divorciar.

No tenía derecho automático sobre mis bienes.

Y los niños, registrados bajo mi apellido y mi registro familiar, estaban documentalmente vinculados conmigo desde el nacimiento.

Recordé entonces aquella sonrisa suya cuando nació nuestro primer hijo.

«Tú sufriste para traerlo al mundo. Debe llevar tu apellido.»

Durante años había considerado aquella decisión una prueba de amor.

Ahora parecía otra cosa.

Preparación.

Ting Yu Xiao había sabido desde el principio que nunca pensaba reconocerme legalmente como esposa.

Quizá por eso jamás discutió por el apellido.

Quizá por eso le resultó tan fácil construir una familia conmigo sin concedernos nunca una existencia real sobre el papel.

Dos días después, mis padres confirmaron que los primeros trámites para llevarnos con ellos estaban preparados.

Yo no esperé el cumpleaños.

Compré tres billetes.

Vendí únicamente las cosas que me pertenecían.

Guardé la ropa de los niños.

Documentos médicos.

Certificados.

Fotografías.

Dejé intacto todo lo que Ting Yu Xiao había comprado.

Incluso el collar que me regaló por nuestro séptimo aniversario.

La mañana de nuestra partida, recibí un mensaje suyo.

«Cariño, mañana estaré en casa. Tengo una sorpresa enorme.»

Miré a mis dos hijos dormidos.

Respondí:

«Yo también.»

Después apagué el teléfono.

Cuando Ting Yu Xiao regresó, yo ya estaba a miles de kilómetros.

Lo supe porque, al encender el móvil durante la escala, aparecieron cuarenta y siete llamadas.

Luego cincuenta y tres.

Sesenta.

Finalmente llegó un mensaje.

«¿DÓNDE ESTÁN LOS NIÑOS?»

Otro.

«Chu Jiamin, deja de hacer tonterías.»

Y después:

«Vuelve inmediatamente.»

No respondí.

Entonces llamó la empleada doméstica.

—Señora Chu…

Estaba llorando.

—El señor Ting está fuera de control. Llegó con flores y un pastel. Cuando vio la casa vacía empezó a buscar a los niños por todas partes.

Mi pecho se contrajo.

—¿Encontró lo que dejé?

—Sí.

Sobre la mesa había colocado el certificado matrimonial falso.

Encima escribí solamente:

«Devuélveselo a quien lo fabricó.»

La mujer bajó la voz.

—Cuando lo vio, se quedó inmóvil.

—¿Y después?

—Llamó a alguien y empezó a gritar preguntando quién le había contado.

Sonreí amargamente.

Incluso entonces seguía buscando al traidor.

No preguntándose qué me había hecho.

Durante las siguientes horas, sus mensajes cambiaron.

Primero fueron órdenes.

Después acusaciones.

Luego explicaciones.

«Jiamin, puedo explicarlo.»

«Casarme con Mengyao fue únicamente para tranquilizar a nuestras familias.»

«Tú eres la persona con quien he vivido ocho años.»

«Un certificado no cambia nuestra relación.»

Me quedé mirando aquella última frase.

Qué curioso.

Durante ocho años, el certificado falso había sido suficiente para hacerme creer que era su esposa.

Ahora que poseía uno verdadero con otra mujer, pretendía convencerme de que un certificado no significaba nada.

Lo bloqueé.

Tres días después, mi madre me recibió en el aeropuerto.

Cuando vio a sus nietos, rompió a llorar.

Mi padre no dijo «te lo advertí».

Solo tomó al mayor en brazos y me dijo:

—Vámonos a casa.

Aquellas palabras me hicieron llorar por primera vez desde que descubrí la verdad.

Casa.

No era Ting Yu Xiao.

No era aquel apartamento.

Ni siquiera era un país.

Era el lugar donde mis hijos y yo no necesitábamos fingir qué éramos para merecer quedarnos.

Pensé que él acabaría aceptándolo.

Me equivoqué.

Dos semanas después apareció frente a la casa de mis padres.

Solo.

Despeinado.

Mucho más delgado.

Mi padre no le permitió entrar.

Ting Yu Xiao permaneció junto a la verja durante horas.

—¡Jiamin!

Lo escuché desde el segundo piso.

—¡Déjame ver a los niños!

No bajé.

—¡Sé que estás ahí!

Finalmente salí al balcón.

Al verme, sus ojos se pusieron rojos.

—Vuelve conmigo.

—No.

—Podemos arreglarlo.

—No hay nada que arreglar.

—¡Tenemos ocho años juntos!

—Tú tienes ocho años de mentiras.

Su rostro se deformó.

—Nunca dejé de amarte.

—Te casaste con otra mujer.

—Solo legalmente.

Casi me reí.

—Y conmigo te casaste solo falsamente.

No pudo responder.

Entonces pronunció la frase que terminó de destruir cualquier duda que pudiera quedarme.

—Mengyao sabía desde el principio que tú eras la mujer con la que quería vivir.

Lo miré con incredulidad.

Él parecía pensar que aquello lo justificaba.

—Entonces la engañaste a ella también.

—Jiamin…

—No amas a ninguna de las dos.

Mi voz permaneció tranquila.

—Solo amas tener a dos mujeres aceptando la parte de ti que les permites conocer.

Ting Yu Xiao se quedó junto a la verja hasta que oscureció.

Después desapareció.

Pero no se rindió.

Durante meses intentó contactarme mediante amigos.

Envió regalos a los niños.

Los devolví.

Solicitó formalmente establecer derechos sobre ellos.

Yo entregué toda la documentación a mis abogados.

Fue entonces cuando apareció algo que ninguno esperaba.

El abogado revisó el registro del nacimiento de nuestro hijo mayor y me llamó.

—Señora Chu, necesito preguntarle algo.

—¿Qué?

—¿Ting Yu Xiao estuvo presente cuando registraron al niño?

—Sí.

—¿Firmó algún documento adicional?

Pensé.

—Varios. Él se encargó de casi todo.

Hubo un silencio.

—Tenemos un problema.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué problema?

—Encontramos una declaración presentada poco después del nacimiento.

—¿Qué declaración?

El abogado giró la pantalla hacia mí.

Vi la firma de Ting Yu Xiao.

Después la mía.

Pero yo jamás había firmado aquel documento.

—¿Qué significa?

Su expresión se volvió grave.

—Significa que alguien intentó modificar posteriormente la situación registral del niño.

Sentí frío.

—¿Para qué?

—Eso estamos investigando.

Pasó a la siguiente página.

Entonces apareció otro nombre.

Lin Mengyao.

Dejé de respirar.

—¿Por qué está ella ahí?

—Esa es precisamente la pregunta.

El abogado abrió un segundo archivo.

—Y hay algo todavía más extraño. El trámite se inició hace seis años.

Seis años.

Cuando nuestro primer hijo apenas era un bebé.

Muchísimo antes de mi segundo embarazo.

Muchísimo antes de que supuestamente Ting Yu Xiao decidiera casarse con su amiga de la infancia.

—Entonces esto no empezó ahora…

—No.

El abogado me miró.

—Parece que Ting Yu Xiao y Lin Mengyao llevaban años preparando documentos relacionados con su hijo.

Mi teléfono vibró en ese instante.

Era un número desconocido.

Abrí el mensaje.

Una fotografía antigua apareció en la pantalla.

Ting Yu Xiao sostenía a nuestro hijo recién nacido.

A su lado estaba Lin Mengyao.

La fecha correspondía a tres días después de mi parto.

Debajo había una frase:

«Jiamin, si quieres saber por qué insistió realmente en que tus hijos llevaran tu apellido, pregúntale qué prometió a la familia Lin antes de conocerte.»

Y por primera vez comprendí que el matrimonio falso quizá nunca había sido la mayor mentira de aquellos ocho años.

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