El trozo de velo cayó al suelo.
Nadie habló.
Sebastián fue el primero en reaccionar.
—¿Te has vuelto loca?
Dejé las tijeras sobre la mesa.
—No. Precisamente acabo de recuperar la cordura.
Extendí la mano hacia Isabella.
—Mi collar.
Ella se llevó instintivamente los dedos a las perlas.
—Valeria, no tienes que humillarme.
Casi me reí.
—Estás usando el vestido que compré para mi boda, el anillo que diseñé para mi prometido y el collar que heredé de mi madre. ¿Y la humillada eres tú?
Natalia intervino:
—Solo queríamos hacer unas fotografías.
La miré.
—Dame la contraseña de mi apartamento.
Palideció.
—¿Qué?
—La cambiaré igualmente. Pero quiero escucharte decir que nunca volverás a entrar en mi casa.
Sebastián perdió la paciencia.
—¡Basta!
Se acercó y trató de tomarme del brazo.
Retrocedí.
—No me toques.
Algo en mi voz consiguió detenerlo.
Entonces apareció la gerente de la tienda.
—¿Hay algún problema?
—Sí —respondí—. Quiero retirar inmediatamente todas las pertenencias registradas a mi nombre.
Señalé el vestido.
—Incluido ese.
Isabella abrió mucho los ojos.
—Pero estamos en mitad de la sesión.
—Entonces tendrás una fotografía inolvidable.
La gerente comprobó el contrato.
Yo había pagado el vestido.
Yo había contratado las modificaciones.
El collar también figuraba a mi nombre.
—Señora Reed —dijo finalmente—, tendrá que cambiarse.
Isabella miró a Sebastián esperando que él resolviera el problema.
—Págale otro —dijo él.
La gerente negó.
—Este modelo fue encargado especialmente para la señorita Valeria.
Me acerqué a Isabella.
—Y el collar, ahora.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Sebastián se interpuso.
—Dale cinco minutos.
—No.
—Valeria, su boda fue cancelada.
—La mía también.
Aquello lo hizo callar.
Me acerqué un poco más.
—La diferencia es que yo no necesito robarle el vestido a otra mujer para fingir que todavía tengo una.
Isabella se quitó finalmente las perlas.
Cuando el collar cayó sobre mi palma, sentí algo que no había sentido desde que vi aquella captura.
Alivio.
Guardé el último recuerdo de mi madre dentro de su estuche.
Luego miré a Natalia.
—Nuestra amistad termina aquí.
—Valeria…
—Usaste la llave de mi casa. Mentiste. Ayudaste a mi prometido a casarse con otra mujer y después pusiste las joyas de mi madre sobre su cuello.
Sus lágrimas comenzaron a caer.
—Pensé que después entenderías.
—Ese fue vuestro error.
Tomé mi bolso.
—Todos pensasteis que yo terminaría entendiendo.
Sebastián me siguió hasta la escalera.
—¿Y qué piensas hacer ahora?
Me detuve.
—Cancelar mi boda.
—Nuestra boda.
—No existe un «nuestra» cuando tú ya tienes esposa.
Su rostro se oscureció.
—En unas semanas Isabella y yo nos divorciaremos.
—Perfecto. Entonces serás un hombre divorciado.
—Y podremos casarnos.
Lo miré incrédula.
Todavía no entendía.
—No, Sebastián.
Pronuncié cada palabra despacio.
—Tú podrás divorciarte. Yo podré seguir adelante. Son dos cosas distintas.
Aquella tarde cancelé el hotel.
Después las flores.
La fotografía.
El catering.
La luna de miel.
Perdí algunos depósitos.
No me importó.
Lo que sí me sorprendió fue descubrir cuántos contratos estaban únicamente a mi nombre.
Sebastián apenas había participado en la organización porque siempre estaba «demasiado ocupado».
Ahora esa indiferencia trabajaba a mi favor.
A las seis, Camila llamó.
—¿Cancelaste el hotel?

—Sí.
—¡Mamá está llorando!
—Entonces llama a Sebastián.
—Los invitados ya compraron billetes.
—Que él se lo explique.
—Estás castigando a toda la familia por una tontería.
Cerré los ojos.
—Tu hermano se casó con otra mujer.
—¡Temporalmente!
—Entonces celebrad una boda temporal.
Colgué.
Esa noche bloqueé el acceso de Natalia a mi apartamento y pedí que cambiaran el código.
Sebastián llegó una hora después.
Su clave ya no funcionaba.
Golpeó durante diez minutos.
No abrí.
Finalmente escribió:
«También vivo ahí.»
Respondí:
«El contrato está a mi nombre. Tus cosas estarán preparadas mañana.»
Su siguiente mensaje tardó varios minutos.
«¿De verdad vas a tirar siete años por esto?»
Miré aquellas palabras.
Era fascinante.
Él se había casado con otra persona.
Pero era yo quien estaba tirando siete años.
No respondí.
A la mañana siguiente apareció su madre.
No venía a disculparse.
Venía a negociar.
—Valeria, Sebastián cometió un error.
Le ofrecí té.
—Casarse requiere identificación, documentos, firmas y presentarse en un registro civil. Es un error bastante organizado.
Su rostro se endureció.
—Isabella siempre fue especial.
Ahí estaba.
La verdad.
—Lo sé.
—Ellos hicieron una promesa cuando tenían dieciocho años.
—También lo sé.
—Después la vida los separó.
La miré.
—¿Y eso convierte mi vida en el intervalo entre su promesa y su nostalgia?
No respondió.
Finalmente dejó una caja sobre la mesa.
Dentro estaba el anillo de Sebastián.
—Isabella ya se lo devolvió.
—No es mío.
—Tú lo diseñaste.
—Para mi futuro marido.
Cerré la caja.
—Ese hombre ya se casó con otra.
La señora Moore se marchó sin llevársela.
Tres días después, Sebastián apareció en mi oficina.
Parecía no haber dormido.
—Isabella y yo iniciamos la anulación.
Seguí revisando un documento.
—Bien.
—Puede estar terminada antes de nuestra fecha original.
—Ya no existe esa fecha.
—Valeria.
Finalmente levanté la cabeza.
—¿Qué quieres que haga?
—Que vuelvas.
—¿Por qué?
Pareció desconcertado.
—Porque me amas.
—Te amaba cuando creía que eras un hombre que jamás me humillaría deliberadamente.
Se quedó inmóvil.
—Ahora sé que podías mirarme mientras planeaba nuestra boda sabiendo que estabas casado.
—Quería protegerte.
—No. Querías protegerte de mi reacción.
No supo responder.
Entonces mi asistente llamó a la puerta.
—Valeria, llegaron los documentos de Singapur.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Singapur?
No contesté.
Antes de descubrir su matrimonio había recibido una oferta para dirigir la nueva oficina regional de mi empresa.
La había rechazado.
Porque nuestra boda estaba cerca.
Porque Sebastián no quería mudarse.
Porque después de siete años seguía organizando mi futuro alrededor del suyo.
La noche de la captura había escrito al director.
La vacante seguía disponible.
—Me voy dentro de dos semanas.
Su rostro perdió color.
—No puedes.
—Ya acepté.
—¿Y nosotros?
—Tú ya elegiste tu «nosotros» cuando firmaste aquel certificado.
Sebastián salió sin despedirse.
Pensé que finalmente lo había entendido.
Me equivoqué.
La noche anterior a mi vuelo, alguien llamó a la puerta.
Era Isabella.
Sin maquillaje.
Sin ropa elegante.
Llevaba un sobre en la mano.
—Necesito decirte algo antes de que te vayas.
—No tenemos nada que hablar.
—Sí tenemos.
Me entregó el sobre.
Dentro había copias de mensajes entre ella y Sebastián.
Las fechas empezaban ocho meses antes de nuestra boda.
Mucho antes de que cancelaran la boda de Isabella.
Mucho antes de aquel supuesto impulso sentimental.
Seguí leyendo.
Sebastián había escrito:
«Si vuelves, cumpliré la promesa.»
Otro mensaje:
«Valeria nunca sospechará.»
Y después uno que hizo que mis dedos se detuvieran.
«Solo necesito que ella termine primero la operación. Después podremos decidir qué hacer con la boda.»
Levanté lentamente la cabeza.
—¿Qué operación?
Isabella tragó saliva.
—La adquisición en la que trabajabas.
—¿Qué tiene que ver mi trabajo con vosotros?
—Más de lo que crees.
Sacó otro documento.
Era un acuerdo empresarial.
Reconocí inmediatamente el nombre de la compañía.
Una de las empresas beneficiadas por la operación que yo había negociado durante casi un año.
Al final aparecía una firma.
Sebastián Moore.
—No entiendo.
Isabella me miró con los ojos llenos de miedo.
—Sebastián no estaba esperando un mes para divorciarse de mí y casarse contigo.
Hizo una pausa.
—Estaba esperando que cerraras esa operación para poder quitarte algo mucho más valioso que una boda.