PARTE 2: LA MUJER QUE ENTERRÉ ESTABA VIVA… PERO SU VERDAD ERA PEOR QUE SU MUERTE

Víctor no corrió detrás de ella.

Esperó exactamente veinte segundos.

Después dejó dinero sobre la mesa.

—Diego, sígueme.

Cruzaron la calle.

La mujer del vestido amarillo caminaba unos cincuenta metros adelante con las niñas y aquel hombre.

Una de las pequeñas tropezó.

La mujer se agachó inmediatamente.

—Despacio, mi amor.

Víctor sintió que las piernas le fallaban.

Era su voz.

No una voz parecida.

La voz que durante años había intentado recordar por miedo a olvidarla.

—Mariana.

Ella se quedó inmóvil.

El hombre que la acompañaba giró primero.

Después Mariana se volvió lentamente.

Al verlo, soltó la mano de la niña.

Su rostro perdió todo color.

—Víctor…

Ocho años de duelo quedaron contenidos en una sola palabra.

Víctor cruzó la distancia.

—Estás viva.

Mariana empezó a llorar.

Él miró a las dos niñas.

Luego al hombre.

—¿Quiénes son?

—Víctor, aquí no.

—¡Te enterré sin cuerpo! Consolé a tu madre. Pasé años preguntándome si sufriste antes de morir. Así que vas a responderme ahora.

El desconocido intervino.

—Señor, tranquilícese.

Víctor lo miró.

—¿Quién eres?

—Lorenzo Bianchi.

Mariana cerró los ojos.

—Es mi esposo.

Aquello casi consiguió derribarlo.

—¿Tu esposo?

Entonces una de las niñas preguntó:

—Mamá, ¿quién es ese señor?

Víctor retrocedió.

Mariana pidió a Lorenzo que llevara a las pequeñas a casa.

Cuando se quedaron solos, habló.

—Lo del crucero fue real.

Víctor rio con amargura.

—¿También tu funeral?

—Caí al agua. Un barco pesquero me encontró horas después. Tenía un traumatismo grave.

—¿Y ocho años de amnesia?

—No.

Aquella respuesta fue peor.

Mariana bajó la mirada.

—Recuperé mis recuerdos meses después.

Víctor sintió un vacío en el estómago.

—Entonces recordabas mi nombre.

—Sí.

—Nuestra dirección.

—Sí.

—A tu madre.

Mariana lloraba.

—Sí.

—Y decidiste que siguiéramos creyéndote muerta.

Ella tardó varios segundos en responder.

—Tenía miedo.

—¿De mí?

—No.

Sacó algo de su bolso.

Una fotografía antigua.

En ella aparecía Mariana en el crucero junto a una de las amigas con las que había viajado.

Detrás había un hombre que Víctor reconoció inmediatamente.

Arturo Torres.

El hermano mayor de Mariana.

—Arturo murió seis meses después que tú —dijo Víctor.

—Eso te dijeron.

Víctor levantó los ojos.

Mariana explicó que, semanas antes del crucero, había descubierto movimientos extraños en una empresa familiar administrada por Arturo. Había cuentas abiertas usando sus datos y documentos firmados aparentemente por ella.

Cuando amenazó con denunciarlo, comenzaron las amenazas.

—La noche que caí —continuó— alguien había manipulado aquella baranda.

—¿Arturo?

—Nunca pude demostrar quién lo hizo.

Tras ser rescatada, Mariana permaneció hospitalizada en Italia sin identificación. Cuando recuperó suficiente memoria para contactar a México, descubrió algo aterrador.

Alguien ya había solicitado documentos relacionados con su desaparición y estaba intentando cerrar asuntos patrimoniales en su nombre.

—Pensé que si regresaba inmediatamente terminarían lo que habían empezado.

Víctor apretó los puños.

—Podías llamarme.

—Quería hacerlo.

—Pero no lo hiciste.

Mariana no encontró respuesta que pudiera reparar aquello.

—¿Tu madre sabe que estás viva?

Ella negó.

Eso terminó de destruir la última esperanza de Víctor.

Ni siquiera Alicia había sabido la verdad.

—¿Y Lorenzo?

—Lo conocí años después. Me ayudó cuando intenté reconstruir mi identidad.

—¿Las niñas son tuyas?

Mariana asintió.

Víctor apartó la mirada.

No tenía derecho a reprocharle haber continuado su vida.

Pero sí tenía derecho a preguntar por qué le había robado la verdad.

—Mañana regreso a México —dijo finalmente—. No voy a perseguirte. Pero tampoco voy a seguir participando en esta mentira.

Mariana palideció.

—¿Qué harás?

—Decirle a tu madre que su hija está viva.

—Víctor, espera.

—Ella visita una tumba vacía cada aniversario.

Mariana comenzó a temblar.

Entonces dijo algo inesperado:

—No puedes volver todavía.

—¿Por qué?

Sacó su teléfono y abrió una fotografía reciente.

Víctor reconoció inmediatamente al hombre que aparecía entrando en un edificio de Guadalajara.

Arturo.

Vivo.

La fecha de la fotografía era de hacía once días.

Víctor sintió un escalofrío.

—Eso es imposible.

—No. Su muerte también fue falsa.

Mariana deslizó otra imagen.

Arturo aparecía reuniéndose con alguien.

Esta vez Víctor sí dejó de respirar.

Era su propio socio.

El hombre que durante ocho años había administrado parte de sus inversiones y que había insistido en ayudarlo con todos los trámites posteriores a la “muerte” de Mariana.

Diego observó la fotografía por encima de su hombro.

—Víctor…

Pero Mariana todavía no había terminado.

—Hay algo que descubrí hace tres semanas.

Le mostró un documento.

—La póliza que cobraron después de mi desaparición no fue la única operación realizada usando mi supuesta muerte.

Víctor leyó su propio nombre.

—¿Qué significa esto?

Mariana lo miró directamente.

—Significa que alguien necesitaba que yo estuviera muerta legalmente.

Hizo una pausa.

—Y necesitaba que tú pasaras ocho años creyéndolo.

Por primera vez desde que la encontró, Víctor comprendió que quizá Mariana no era el único fantasma de aquella historia.

Alguien había construido una fortuna alrededor de su desaparición.

Y esa persona todavía estaba esperando en Guadalajara.

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