Adrian tardó menos de diez minutos en intentar abandonar el hospital.
No consiguió llegar al ascensor.
La debilidad lo obligó a apoyarse contra la pared y una enfermera apareció corriendo.
—¡Señor Cole, vuelva a la cama!
—Necesito encontrar a mi hijo.
—Necesita recuperarse.
—Mi hijo acaba de salir de un trasplante y su madre cree que quiero quitárselo.
La enfermera parpadeó.
—Eso sigue sin permitirle desmayarse en el pasillo.
Ethan llegó veinte minutos después.
Adrian estaba sentado en la cama, furioso.
—Encuéntrala.
—¿Quiere que contacte a seguridad?
—No.
—Podemos localizar…
—Nada que pueda hacerla pensar que la estoy persiguiendo.
Ethan comprendió.
—Entonces ¿qué hacemos?
Adrian cerró los ojos.
—Buscarla sin asustarla. Y averigua si Leo está recibiendo atención médica adecuada. Eso es lo primero.
Mientras tanto, Maya llevaba cuatro horas en un autobús.
Leo dormía con la cabeza sobre sus piernas.
Cada vez que el vehículo se detenía, ella miraba hacia atrás.
Sabía que probablemente estaba exagerando.
Pero también sabía quién era Adrian Cole.
Un hombre capaz de conseguir en horas cosas que otras personas tardaban meses en obtener.
Cuando llegaron, alquiló una habitación cerca de un hospital regional.
Al día siguiente llevó a Leo a revisión.
El médico estudió los informes.
—Su evolución parece buena, pero no debería estar viajando así.
Maya bajó la mirada.
—Lo sé.
Leo permaneció callado hasta salir.
Entonces preguntó:
—¿Estamos huyendo de papá?
Maya se detuvo.
Era la primera vez que lo llamaba así.
—Leo…
—¿Hizo algo malo?
—No lo sé.
Aquella respuesta sorprendió incluso a Maya.
—Entonces deberíamos preguntarle.
—Los adultos no siempre pueden resolver todo preguntando.
Leo frunció el ceño.
—Tú dices que mentir es malo.
—Sí.
—Pues irnos sin decir nada se parece un poquito.
Maya no respondió.
Aquella noche encontró un correo de Ethan.
No contenía amenazas.
Ni exigencias.
Solo un archivo.
«El señor Cole me pidió que le enviara esto. No necesita responder.»
Maya estuvo a punto de borrarlo.
Pero abrió el documento.
Era el borrador preparado por los abogados.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Su respiración comenzó a cambiar.
No había ninguna petición para arrebatarle la custodia.
Todo lo contrario.
Adrian reconocía formalmente la custodia principal de Maya.
También solicitaba reconocimiento legal de paternidad.
Había un fondo destinado exclusivamente a tratamientos médicos, educación y necesidades futuras de Leo.
Y una cláusula adicional.
Si Adrian fallecía durante el procedimiento, Maya sería la administradora exclusiva de los bienes destinados al niño hasta que Leo alcanzara la edad establecida.
Maya se cubrió la boca.
Había huido por una conversación escuchada a medias.
Entonces encontró una carta adjunta.
Era de Adrian.
«No voy a perseguirte. Tampoco intentaré llevarme a Leo. Solo necesito saber que está bien.»
Maya dejó de leer.
Lloró en silencio.
Leo apareció en la puerta.

—Mamá.
Ella se secó rápidamente el rostro.
—¿Qué haces despierto?
—Tengo hambre.
Maya preparó algo sencillo.
Mientras comían, Leo preguntó:
—¿El señor Cole está bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Está recuperándose.
Leo miró su plato.
—Quiero verlo.
—Leo…
—Me salvó.
Maya cerró los ojos.
—Lo sé.
Tres días después regresaron.
Maya no avisó a Adrian.
Fue directamente al hospital.
Pero su habitación estaba vacía.
Sintió pánico.
Una enfermera la reconoció.
—El señor Cole fue dado de alta ayer.
—¿Está bien?
—Todavía débil, pero estable.
Maya llamó a Ethan.
Contestó inmediatamente.
—Señorita Bennett.
—¿Dónde está Adrian?
Silencio.
—En casa.
—Quiero hablar con él.
—No sé si…
—Por favor.
Una hora después estaba frente a la residencia de Adrian.
Leo tocó el timbre.
Ethan abrió.
Su expresión pasó de sorpresa a alivio.
—Gracias a Dios.
Adrian estaba en la biblioteca.
Pálido.
Más delgado.
Tenía documentos sobre las piernas.
Cuando levantó la cabeza y vio a Leo, no dijo nada.
El niño corrió.
—¡Papá!
Adrian se quedó congelado.
Leo lo abrazó con cuidado.
Los ojos del hombre se cerraron.
Por primera vez, Maya vio llorar a Adrian Cole.
—No vuelvas a hacer eso —murmuró.
Leo se apartó.
—Fue mamá.
—Lo sé.
Maya casi quiso desaparecer.
Adrian levantó la mirada hacia ella.
No había furia.
Eso era peor.
—Leo, ve con Ethan un momento.
Cuando quedaron solos, Maya habló.
—Leí los documentos.
—Bien.
—Lo entendí mal.
—Sí.
—Escuché “custodia” y pensé…
—Sé lo que pensaste.
—Adrian, lo siento.
Él soltó una risa cansada.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando desperté?
Maya negó.
—Que la operación había fallado y Leo había muerto.
Ella palideció.
—Después vi su cama vacía.
Adrian bajó la mirada.
—Tardaron varios minutos en explicarme que te lo habías llevado.
—Tenía miedo.
—Lo entiendo.
Maya lo miró sorprendida.
—¿No estás enfadado?
—Estoy furioso.
Él levantó los ojos.
—Pero entiendo por qué no confías en mí.
Eso la dejó sin palabras.
Adrian continuó:
—Hace seis años desapareciste embarazada y nunca supe por qué.
Maya se tensó.
—Sabes por qué.
—No. Sé lo que dijiste.
—Te vi con Victoria.
—Victoria era mi prometida por decisión de nuestras familias. La relación había terminado.
—Te escuché decir que nunca permitirías que un embarazo arruinara tu futuro.
Adrian quedó inmóvil.
—¿Cuándo escuchaste eso?
—La noche antes de irme.
Su rostro cambió.
—Maya… yo no hablaba de ti.
Ella frunció el ceño.
—Estabas hablando con tu padre.
—Sobre mi hermana.
Silencio.
—¿Qué?
—Mi hermana estaba embarazada. Mi padre quería obligarla a terminar su relación porque el hombre no pertenecía a nuestro círculo. Yo le dije que no permitiría que utilizara su embarazo para destruir su futuro.
Maya sintió que el suelo desaparecía.
Seis años.
Había construido seis años sobre una frase incompleta.
—Entonces…
—Nunca supe que estabas embarazada.
Adrian respiró profundamente.
—Si lo hubiera sabido, habría ido detrás de ti.
—¿Para traerme de vuelta?
—Para preguntarte qué querías hacer.
La respuesta fue tan sencilla que dolió.
Maya bajó la cabeza.
—Perdí seis años.
—Los perdimos los dos.
La puerta se abrió.
Leo asomó la cabeza.
—¿Ya terminaron de discutir?
Adrian casi sonrió.
—Estamos intentándolo.
—Bien. Porque quiero pizza.
Maya soltó una risa entre lágrimas.
Por primera vez, los tres cenaron juntos.
No como familia.
Todavía no.
Pero tampoco como extraños.
Durante las semanas siguientes, Adrian no intentó imponer nada.
Visitaba a Leo cuando Maya lo permitía.
Asistía a sus revisiones.
Aprendió qué cereal le gustaba y qué historias pedía antes de dormir.
Nunca volvió a mencionar la custodia.
Hasta que una tarde Ethan llegó con un sobre.
—Tenemos un problema.
Adrian lo abrió.
Su expresión se endureció.
—¿Qué ocurre? —preguntó Maya.
Ethan miró a Leo antes de bajar la voz.
—Alguien ha presentado una impugnación sobre el reconocimiento de paternidad.
Maya palideció.
—¿Quién?
Adrian pasó a la última página.
Y se quedó inmóvil.
Maya le arrebató el documento.
El nombre del solicitante hizo que se le helara la sangre.
Richard Cole.
El padre de Adrian.
El hombre al que Maya no veía desde la noche en que huyó seis años atrás.
Debajo aparecía una petición para realizar una nueva prueba genética y suspender temporalmente cualquier modificación legal relacionada con Leo.
—¿Por qué haría esto? —susurró Maya.
Adrian siguió leyendo.
Entonces encontró una declaración adjunta.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Qué dice?
Él levantó lentamente los ojos.
—Mi padre afirma que ya sabía de tu embarazo antes de que desaparecieras.
Maya dejó de respirar.
—Eso es imposible.
—Hay más.
Adrian giró la hoja.
Richard afirmaba que Maya no había huido por voluntad propia.
Según su declaración, alguien de la familia Cole le había entregado información falsa deliberadamente para conseguir que desapareciera.
Maya sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Adrian miró la firma del testigo situada al final del documento.
Y su mandíbula se tensó.
—Victoria.
En ese instante, Maya comprendió que quizá los seis años que había perdido no habían sido producto de un simple malentendido.