PARTE 2: DESPUÉS DE RECHAZARME DURANTE TRES AÑOS, ALEXANDER CREYÓ QUE SIEMPRE SEGUIRÍA ESPERÁNDOLO, HASTA QUE SU MEJOR AMIGO TOMÓ MI MANO DELANTE DE ÉL.

—Desde ahora.

Las palabras de Noah fueron tranquilas.

Pero el efecto sobre Alexander fue inmediato.

Sus ojos permanecieron clavados en nuestras manos entrelazadas.

—Suéltala.

Noah arqueó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque esto es ridículo.

—No parece ridículo para mí.

Alexander finalmente me miró.

—Claire, dile que deje de hacer el idiota.

Un mes atrás habría obedecido.

Habría buscado desesperadamente alguna señal de celos detrás de su enfado.

Ahora solo pregunté:

—¿Por qué tendría que hacerlo?

Su expresión se congeló.

—Porque no te gusta Noah.

—¿Y tú cómo sabes quién me gusta?

—Te conozco.

Aquello casi me hizo reír.

—Alexander, durante tres años no supiste ni siquiera cuándo estaba enferma.

El recuerdo del campo de entrenamiento cayó entre nosotros.

Varias personas bajaron la mirada.

Alexander apretó la mandíbula.

—Ya te dije que pensé que fingías.

—Exactamente.

Solté la mano de Noah.

No porque me arrepintiera.

Sino porque aquello no debía convertirse en un espectáculo para castigar a Alexander.

Miré a Noah.

—Mi propuesta sigue en pie. Pero no tienes que responder ahora.

Noah sonrió.

—Ya respondí.

—Quizá deberías pensarlo.

—Lo hice durante bastante más de un mes.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

Noah se pasó una mano por el cabello húmedo.

—Claire, llevo dos años viendo cómo apareces en nuestra habitación con comida para un hombre que muchas veces ni siquiera se molestaba en darte las gracias.

Los jugadores comenzaron a guardar silencio.

—Noah —advirtió Alexander.

—Tú querías saber desde cuándo.

Noah lo miró.

—Pues desde mucho antes de que ella supiera que yo existía.

Mi corazón dio un pequeño salto.

Alexander soltó una risa fría.

—Así que estabas esperando tu oportunidad.

—No.

Noah dejó la botella sobre un banco.

—Esperaba que algún día ella dejara de hacerse daño por ti.

Aquello borró la última sombra de arrogancia del rostro de Alexander.

Me marché con Noah poco después.

No hubo beso.

Ni declaración dramática.

Solo caminamos hasta una cafetería cercana.

Cuando nos sentamos, Noah me miró seriamente.

—Necesito preguntarte algo.

—Ya me arrepiento.

Sonrió.

—¿Me pediste salir porque realmente quieres intentarlo conmigo o porque Alexander estaba mirando?

La pregunta era justa.

Pensé antes de contestar.

—Alexander mirando probablemente me dio valor para decirlo en voz alta.

Noah bajó la vista.

Añadí:

—Pero si él no hubiera estado allí, habría querido cenar contigo igualmente.

Volvió a mirarme.

—Eso me basta.

Así empezó.

Despacio.

Noah no me pidió que demostrara nada.

La primera vez que salimos, fuimos a comer fideos cerca del campus.

La segunda, me acompañó al club de fotografía.

La tercera apareció con dos cafés.

—¿Cuál es el mío? —pregunté.

Me entregó uno.

—Sin azúcar. Un poco de leche.

Me quedé mirándolo.

—¿Cómo lo sabes?

—Te he visto pedir café durante dos años.

Sentí una punzada extraña.

Había pasado tres años memorizando cada preferencia de Alexander.

Mientras tanto, alguien había estado recordando las mías.

Alexander empezó a aparecer más.

Primero fueron coincidencias.

En la biblioteca.

En la cafetería.

Fuera del aula.

Después dejaron de parecer coincidencias.

Una tarde se sentó frente a mí sin preguntar.

—Necesitamos hablar.

Cerré mi libro.

—Habla.

—A solas.

—No.

Su mirada se oscureció.

—¿Noah controla ahora con quién puedes hablar?

—Noah no controla nada.

—Entonces ven.

Negué.

Alexander me observó durante varios segundos.

—Has cambiado.

—Sí.

—No para mejor.

Aquello habría destruido a la antigua Claire.

Esta vez solo abrí nuevamente mi libro.

—Entonces deberías estar contento. Ya no estoy persiguiéndote.

No se movió.

—¿Realmente estás saliendo con él?

—Sí.

—¿Lo amas?

Levanté la mirada.

—Llevamos tres semanas.

—Eso no responde.

—No tengo que responderte.

Alexander golpeó suavemente la mesa con los dedos.

—Tres años, Claire.

—¿Qué pasa con ellos?

—No puedes dejar de amar a alguien en un mes.

Lo miré con calma.

—No dejé de sentir algo de repente.

Hice una pausa.

—Dejé de alimentar algo que llevaba años haciéndome daño.

Por primera vez no tuvo respuesta.

Pensé que terminaría allí.

Me equivoqué.

Dos días después, Grace Miller me buscó.

—¿Podemos hablar?

Acepté.

Parecía nerviosa.

—Es sobre Alexander.

Suspiré.

—Grace, no necesito saber nada.

—Sí necesitas saber esto.

Sacó su teléfono.

—Después del entrenamiento, Alexander vino a la enfermería.

Fruncí el ceño.

—No.

—Sí.

—Yo estaba despierta.

—Fue después de que te marcharas.

Grace me mostró un mensaje.

Era suyo.

«Está bien. Ya se fue.»

Debajo aparecía la respuesta de Alexander:

«¿Seguro que no tiene ninguna complicación?»

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué preguntó eso?

—Porque cuando supo que realmente te habías desmayado, regresó.

Grace bajó la voz.

—Discutió con el instructor por haberte dejado tanto tiempo en el suelo.

Sentí una confusión desagradable.

—¿Por qué nunca me lo dijo?

—No lo sé.

Grace guardó el teléfono.

—Pero tampoco pasó nada entre Alexander y yo. Nunca.

—No pensé que…

Me detuve.

Claro que lo había pensado.

Grace sonrió tristemente.

—Él siempre me ayudó porque mi beca depende de la fundación de su familia. Creo que te molestaba vernos juntos.

—Ya no importa.

Y lo decía en serio.

O quería decirlo.

Aquella noche Noah notó que estaba distraída.

No intenté ocultárselo.

Le conté todo.

Esperaba incomodidad.

En cambio preguntó:

—¿Quieres volver con él?

—No.

—Entonces estamos bien.

—¿Así de fácil?

—Claire, no compito con Alexander.

Me miró.

—Si algún día me eliges, quiero que sea porque me quieres a mí. No porque estés huyendo de él.

Por primera vez entendí la diferencia entre que alguien quisiera poseer mi atención y que alguien respetara mi elección.

Un mes después, la universidad celebró la gala anual de la fundación Hayes.

Noah me invitó.

Alexander estaría allí.

También su familia.

Estuve a punto de rechazarlo.

Finalmente fui.

A mitad de la noche, el presidente de la fundación anunció un programa nuevo de becas.

Después llamó a Alexander al escenario.

Él tomó el micrófono.

Pero en lugar de hablar del programa, buscó mi rostro entre la multitud.

—Hay algo que llevo demasiado tiempo haciendo mal.

El salón quedó en silencio.

Noah se tensó a mi lado.

Alexander continuó:

—Pensé que algunas personas nunca se marcharían, sin importar cómo las tratara.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—Y confundí la paciencia con debilidad.

Entonces bajó del escenario.

Caminó directamente hacia mí.

En la mano llevaba una pequeña caja.

Los murmullos estallaron.

—Claire.

—No hagas esto.

Pero Alexander ya estaba frente a nosotros.

Abrió la caja.

Dentro no había un anillo.

Había una pulsera sencilla que yo había perdido durante mi primer año.

La reconocí inmediatamente.

—¿Por qué tienes eso?

—La encontré hace tres años.

Lo miré incrédula.

—¿Y nunca me la devolviste?

Alexander tragó saliva.

—Porque era la única cosa tuya que tenía sin que tú me la hubieras dado.

Noah permaneció en silencio.

Alexander extendió la pulsera.

—No voy a pedirte que vuelvas conmigo.

Su voz bajó.

—Solo quiero que sepas que fui un cobarde.

Tomé la pulsera.

—Gracias.

Entonces regresé junto a Noah.

Alexander cerró los ojos.

Pero antes de que pudiera marcharme, apareció su padre.

Richard Hayes.

Su rostro estaba blanco de furia.

—Alexander, ¿qué demonios acabas de hacer?

Alexander se volvió.

—Lo que debería haber hecho hace años.

Richard me miró.

Y algo en su expresión me inquietó.

No era desprecio.

Era miedo.

—Claire —dijo—, tienes que venir conmigo.

—¿Por qué?

Miró la pulsera en mi mano.

—Porque eso no lo encontró Alexander. Se la di yo.

El salón pareció alejarse.

—¿Por qué tenía usted mi pulsera?

Richard guardó silencio.

Alexander lo miró, confundido.

—Papá.

Richard respiró profundamente.

—Porque Claire nunca empezó a perseguirte por casualidad.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Sus siguientes palabras hicieron desaparecer cualquier ruido a nuestro alrededor.

—Significa que tres años antes de que te enamoraras de Alexander, nuestras dos familias ya habían firmado un acuerdo sobre vosotros. Y tú eras la única que no lo sabía.

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