PARTE 2: ME MARCHÉ CON TRES NIÑOS Y SOLO 8.300 YUANES MIENTRAS FU JINGSHEN CREÍA QUE NO PODRÍA SOBREVIVIR SIN ÉL, PERO AQUELLA MISMA NOCHE DESCUBRIÓ LO QUE HABÍA PERDIDO.

Recordé perfectamente aquella primera noche.

Fu Jingshen había subido mi maleta hasta el apartamento sin decir una sola palabra.

Yo caminaba detrás de él, todavía convencida de que el silencio de aquel hombre significaba estabilidad.

Cinco años después comprendía que había confundido frialdad con madurez e indiferencia con tranquilidad.

Esta vez fui yo quien tomó la maleta.

Fu Jingshen no hizo ningún intento por detenerme.

—¿Dónde vas a vivir?

—Encontraré un lugar.

—Con tres niños no será fácil.

—Lo sé.

Miró hacia el dormitorio.

—Nian’an está acostumbrado a ciertas condiciones.

Aquella frase consiguió que lo mirara.

—¿Qué condiciones?

Se quedó callado.

—¿Que su padre aparte el cuerpo cuando intenta abrazarlo?

Su expresión se endureció.

No esperé respuesta.

Entré en el dormitorio.

Nian’an estaba sentado junto a la cuna de los gemelos.

Cuando me vio, preguntó:

—Mamá, ¿nos vamos?

—Sí.

—¿Papá viene?

Mi garganta se cerró.

Me agaché delante de él.

—Papá tiene cosas que hacer.

El niño permaneció en silencio.

Después tomó su cuaderno de dibujo.

—Entonces yo llevo esto.

Nada más.

Ni juguetes.

Ni el coche eléctrico que Fu Jingshen le había comprado por su cumpleaños.

Ni siquiera preguntó cuándo volveríamos.

Un niño de tres años ya había aprendido a no esperar demasiado de su padre.

Eso terminó de matar cualquier duda que pudiera quedarme.

A las nueve y veinte salimos del apartamento.

Yo llevaba a uno de los gemelos sujeto contra el pecho.

El otro dormía en el cochecito.

Nian’an sostenía mi abrigo con una mano.

Cuando las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse, Fu Jingshen seguía junto a la entrada.

No vino detrás.

Solo dijo:

—Si no puedes manejarlo, llámame.

Lo miré por última vez.

—No lo haré.

Las puertas se cerraron.

Aquella noche alquilé una habitación pequeña en un hotel económico.

Tenía una cama doble, una mesa, un baño estrecho y apenas espacio para abrir el cochecito.

Pero cuando cerré la puerta sentí algo que no había sentido durante años.

Paz.

Nian’an saltó sobre el colchón.

—¿Esta es nuestra casa nueva?

Sonreí.

—Solo por unos días.

—Me gusta.

—¿Por qué?

El niño pensó seriamente.

—Porque mamá está aquí.

Tuve que girarme para que no viera mis lágrimas.

A la mañana siguiente empecé a buscar apartamento.

El problema apareció inmediatamente.

Depósito.

Primer mes.

Garantías.

Con 8.300 yuanes y tres niños, cada cifra parecía una montaña.

Pero yo no había pasado cinco años completamente desconectada del mundo.

Antes de casarme con Fu Jingshen había trabajado como diseñadora de interfaces.

Lo abandoné cuando nació Nian’an.

Fu Jingshen nunca me pidió directamente que renunciara.

Simplemente dijo:

—Mi hijo no necesita una madre que llegue cansada a casa.

Yo interpreté aquello como preocupación.

Ahora entendía que cada renuncia había reducido un poco más mi capacidad de marcharme.

Abrí mi antiguo portátil.

Todavía conservaba algunos contactos.

Escribí a seis.

Dos no respondieron.

Uno dijo que necesitaba alguien a tiempo completo.

Otro me ofreció un proyecto pequeño.

Y el quinto mensaje cambió todo.

Era de Chen Yu, un antiguo compañero.

«¿Tú? ¿Después de cinco años?»

Respondí:

«Yo.»

El teléfono sonó inmediatamente.

—¿Dónde demonios has estado?

Me reí por primera vez en días.

—Casada.

—Eso explica muchas cosas.

—Necesito trabajo.

Chen Yu dejó de bromear.

—¿Qué ocurrió?

—¿Tienes trabajo o no?

—Tengo demasiado.

Aquella misma tarde me envió una prueba.

Trabajé mientras los gemelos dormían.

Nian’an coloreaba a mi lado.

Terminé a las tres de la madrugada.

A las ocho recibí la respuesta.

«Contratada.»

No era suficiente para cambiar nuestra vida.

Pero era un comienzo.

Mientras tanto, Fu Jingshen regresó aquella noche al apartamento vacío.

Eso lo supe mucho después.

Al principio, aparentemente, no le molestó.

Pensó que regresaría en dos días.

Después encontró la leche infantil que había quedado en un armario.

Luego los pequeños zapatos de Nian’an debajo del sofá.

Y finalmente aquel dibujo.

La familia tomada de la mano.

La enorme X negra sobre el padre.

Por primera vez llamó.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después escribió:

«¿Dónde está Nian’an?»

No preguntó por mí.

Ni por los gemelos.

Solo por el hijo mayor.

Respondí:

«Conmigo.»

Su siguiente mensaje llegó inmediatamente.

«Mañana hablaré con un abogado.»

Sonreí con cansancio.

«Hazlo.»

Porque Fu Jingshen había olvidado algo.

Él mismo había firmado el acuerdo aceptando que yo me marchara con los tres niños.

Dos días después llegó otro mensaje.

Pero no era suyo.

Era de un número desconocido.

«Soy Su Wan.»

Me quedé mirando el nombre.

La mujer que había regresado.

El amor que Fu Jingshen nunca había olvidado.

No respondí.

Llegó un segundo mensaje.

«Creo que deberíamos hablar.»

Lo bloqueé.

No tenía nada que hablar con ella.

Mi matrimonio había sido con Fu Jingshen.

Sus decisiones eran responsabilidad suya.

Pasaron tres semanas.

Con el primer pago de Chen Yu pude alquilar un apartamento pequeño.

Dos habitaciones.

Sin ascensor.

Una cocina diminuta.

Pero tenía ventanas enormes.

Nian’an eligió inmediatamente la habitación más pequeña.

—Aquí dormiremos los tres hermanos.

—Cuando los gemelos sean mayores.

—Yo los cuidaré.

Le acaricié el cabello.

—Tú eres su hermano, no su papá.

Se quedó pensando.

Después preguntó:

—¿Entonces quién es su papá?

No supe responder.

Aquella misma tarde alguien llamó a la puerta.

Pensé que era el propietario.

Abrí.

Fu Jingshen estaba allí.

Traje negro.

Rostro cansado.

Ojos fríos.

Pero había algo nuevo debajo de aquella frialdad.

Desorden.

—¿Cómo encontraste esta dirección?

—No fue difícil.

—Para ti quizá.

Intentó mirar hacia dentro.

Me interpuse.

—¿Qué quieres?

—Ver a mis hijos.

—¿A los tres?

Su mandíbula se tensó.

—No empieces.

—No estoy empezando nada.

Entonces Nian’an apareció detrás de mí.

Al ver a Fu Jingshen, se quedó inmóvil.

Mi exmarido se agachó.

—Nian’an.

El niño no corrió hacia él.

No sonrió.

Simplemente se escondió detrás de mi pierna.

Fu Jingshen perdió el color.

—Soy papá.

Nian’an agarró mi pantalón.

—Mamá dijo que papá tenía cosas que hacer.

Vi cómo aquella frase atravesaba a Fu Jingshen.

Se incorporó lentamente.

—Necesitamos hablar.

—Habla.

Sacó una carpeta.

—Mi abogado dice que la cláusula sobre los niños no puede resolverse simplemente con una frase escrita en el acuerdo.

—Entonces que hable con mi abogado.

Sus ojos cambiaron.

—¿Tienes abogado?

—Ahora sí.

Eso pareció molestarlo más de lo necesario.

—¿De dónde sacaste dinero para un abogado?

Sonreí.

—Trabajo.

—¿Trabajo?

Me observó como si aquella palabra no encajara conmigo.

—¿Cuándo empezaste?

—Cuando dejé de ser tu esposa.

Silencio.

Fu Jingshen miró el apartamento.

Los juguetes baratos.

La ropa infantil secándose junto a la ventana.

Mi portátil abierto.

Y algo en su rostro se quebró.

—Puedes volver.

Creí haber oído mal.

—¿Qué?

—Los niños necesitan estabilidad.

—La tienen.

—Esto no es estabilidad.

—No.

Lo miré directamente.

—Esto es libertad.

Entonces escuchamos pasos en la escalera.

Una mujer apareció en el rellano.

Su Wan.

Fu Jingshen se volvió bruscamente.

—¿Por qué viniste?

Ella no respondió.

Me miraba a mí.

Después miró a Nian’an.

Su expresión cambió de una forma extraña.

—Así que este es el niño.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Qué significa eso?

Fu Jingshen dio un paso hacia ella.

—Wanwan, vete.

Pero ella abrió su bolso.

Sacó un sobre.

—No puedo.

Me lo extendió.

—Hay algo que deberías haber sabido antes de casarte con él.

Fu Jingshen se quedó completamente inmóvil.

—Su Wan.

Su voz contenía una advertencia.

Ella lo ignoró.

—Pregúntale por qué se casó contigo exactamente tres meses después de que yo desapareciera.

Sentí frío.

—¿Desaparecieras?

—Y pregúntale —continuó— por qué tu nombre ya aparecía en un documento preparado por su familia antes de que él siquiera te pidiera matrimonio.

Fu Jingshen le arrebató el sobre.

Demasiado tarde.

Una hoja cayó al suelo.

Me agaché.

Era un documento antiguo.

En la parte superior aparecía mi nombre.

Debajo, el de Fu Jingshen.

Y al final había una cláusula relacionada con un fideicomiso familiar que jamás había visto.

Levanté la mirada.

—¿Qué es esto?

Por primera vez desde que lo conocía, Fu Jingshen parecía verdaderamente asustado.

Su Wan habló antes que él.

—La razón por la que cinco años atrás él necesitaba una esposa.

Miró hacia mis tres hijos.

—Y la razón por la que ahora su familia jamás permitirá que te lleves a los niños.

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